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Lección Primera
Introducción General: La Espiritualidad Franciscana

1.- Una ardua tarea

Pretender escribir el día de hoy un Manual de Espiritualidad de San Francisco es, a todas luces, una tarea dificilísima. no obstante, estamos dispuestos a emprender dicha tarea animados por un modesto y claro objetivo: proporcionar a nuestros Hermanos Laicos Franciscanos o Hermanos de la Orden Franciscana Seglar los elementos fundamentales del pensamiento y comportamiento de San Francisco de Asís.

Con ello esperamos ofrecerles una ayuda que les servirá de guía y orientación en su vida de cristianos y franciscanos.

El estudioso del Franciscanismo, hoy más que ayer, se enfrenta con estas desafiantes preguntas: ¿La Espiritualidad Franciscana se reduce a lo que dijo e hizo San Francisco durante su vida? En los aproximadamente 800 años de su historia que tiene la Orden Franciscana, ¿No ha evolucionado el pensamiento de San Francisco? ¿Cómo deberá vivirse y encarnarse la Espiritualidad Franciscana hoy para que no quede en letra muerta o en pura teoría?

2.- Lo que se ha escrito hasta ahora.

Son muchos los escritores franciscanos que han querido dar a sus obras el carácter unitario de una síntesis de Espiritualidad Franciscana. No intentamos, en modo alguno, exponer aquí el catálogo completo de estos trabajos.
Limitándonos a documentos del siglo XX, y como información básica, mencionaremos, a título de ejemplo, los siguientes:
a) P. Agustín Gemelli, El Franciscanismo (traducido al español en 1940). P. Hilarino Felder, Los Ideales de San Francisco (traducido al español en 1948). Son dos obras clásicas de la espiritualidad Franciscana.
b) Las obras de los Franciscanos de Alemania: Cayetano Esser, Engelberto Grau, Lothar Hardik, etc., que han sido traducidas al español (La respuesta del amor, por nuestros Padres Alfonso Martínez y Junípero Mata) y al inglés (“Repair my House” y “The Marrow of the Gospel”), se tienen que colocar también en esta línea.
c) Gozan de las mismas características, más o menos: “Nuestro Itinerario”, obrita traducida del francés en 1960 por el Centro de estudios Franciscanos y Pastorales para América Latina (CEFEPAL) y "En la Escuela de San Francisco", pequeño Manual para hermanos terciarios, hoy hermanos de la Orden Franciscana Seglar, preparado por los Padres Capuchinos de Suiza y traducido a nuestra lengua en 1965.
d) Como resúmenes de la más rica Espiritualidad Franciscana tienen que ser considerados: los Textos Espirituales de las nuevas Constituciones Generales de la Orden de los Frailes Menores, del Capítulo General habido en Asís en el año de 1967.
La declaración "La Vocación de la Orden hoy", del Capítulo general habido en Madrid el año de 1973. "La Declaración sobre la Vida de los Hermanos Menores en el mundo de hoy", hecha por la Fraternidad franciscana de Taizé.
e) Finalmente, queremos incluir en esta lista el Curso que el P. Lothar Hardik dictó en Bogotá, Colombia, el verano de 1970 sobre "Los Opúsculos de San Francisco" y "Espiritualidad Franciscana" que se imprimieron luego "pro manuscripto" y se repartieron entre los asistentes.
Puede verse, también: P. Constantino Koser, Vida con Dios en el mundo de hoy, Sevilla 1971; especialmente la Segunda Parte, páginas 87-141. P. Constantino Koser, "El pensamiento franciscano, Ed. Marova, Madrid 1976.

3.- Nuestro propósito concreto

Los trabajos arriba mencionados son todos ellos muy serios y cualquiera se amedrentaría con sólo pensar en escribir algo por el estilo. Lejos de nosotros tratar de medirnos con estos escritores. Nuestro propósito es muy modesto y muy simple.

Puesto que los estudios antes señalados y otros de similar categoría se mantienen en un nivel científico o no abarcan todos los aspectos de la Espiritualidad Franciscana, nuestro propósito es proporcionar a los Hermanos de la Orden Franciscana Seglar un manual de Espiritualidad de San Francisco para su estudio y reflexión y orientación.

Queremos presentar un resumen, lo más completo posible, de la Espiritualidad de San francisco de Asís y en un estilo netamente popular, haciendo así que la doctrina presentada sea fácilmente asequible con un mínimo de esfuerzo.

4.- El deseo de la Iglesia.

El empeño por conocer y estudiar con renovado interés la Espiritualidad de San Francisco, parte sin duda alguna, del Concilio Vaticano II. Fue este Concilio el que afirmó que es un gran bien para la Iglesia la multiplicidad de los Institutos Religiosos.
Que cada Instituto religioso tiene un carácter y una función propias en la Iglesia. Y que, por lo tanto, se mantenga fielmente, como el patrimonio más preciado de cada Instituto, el espíritu y propósito propios del fundador.

5.- Obra realizada por los Frailes Menores y por las Monjas Clarisas

La Familia Franciscana, obediente a la Iglesia, emprendió esta tarea que han dado por llamar con justicia "retorno a las fuentes", "retorno a los orígenes".

En la Primera Orden se comenzó haciendo un reexamen de toda la Legislación existente (Las Constituciones Generales, sobre todo) a la doble luz de las primitivas fuentes franciscanas y de las necesidades y urgencias del mundo actual. Luego, un grupo respetable de frailes estudiosos de las muchas Provincias del mundo se entregó con ahínco a una seria y profunda investigación del Franciscanismo primitivo para sacar a luz los valores perennes que nos transmitió San Francisco de Asís.

Se empezaron a palpar los frutos: estudios críticos de la Regla y demás Escritos de San francisco y de Santa Clara, de sus biografías, del conjunto de la espiritualidad Franciscana.
Entre los autores más notables debemos mencionar a los Padres Cayetano Esser, Santiago Cambel, Alberto Ghinato, Ignacio Omaecheverría, Fidel Chauvet.

Se han formado Centros de investigaciones: Centro de Estudios Franciscanos y Pastorales para América Latina (CEFEPAL); Instituto Franciscano de Grottaferrata (Italia); Centro de Redacción de la Revista "Selecciones de Franciscanismo", en Valencia (España), etc.

Algunos de los estudios que están llevando a cabo son tan importantes que se habla de descubrimientos y verdaderas revelaciones. Todo esto constituye para la Primera y Segunda Orden, como dice el Profeta Isaías, "un festín de manjares suculentos, un festín de vinos exquisitos..." (Is. 25, 6).

6.- Situación en la Hermandad Seglar Franciscana

Por desgracia, a este festín franciscano parece que no han sido invitados todavía nuestros hermanos los laicos Franciscanos.

Para la gran mayoría de ellos éste es un tesoro escondido. La culpa de esta anomalía la tenemos, en gran parte, los mismos Frailes, que como hermanos mayores y asistentes espirituales deberíamos proporcionarles, desmenuzados y en las dosis debidas, estos alimentos espirituales.

Algo se comenzó a hacer al respecto con ocasión de los 750 años de la muerte de nuestro Padre San Francisco de Asís.

7.- Lo que entendemos por Espiritualidad Franciscana

Compartimos la opinión y estamos perfectamente de acuerdo en afirmar que San Francisco no constituye sólo la Espiritualidad Franciscana. En San Francisco se dio ciertamente, el "carisma" fundamental o la "inspiración" inicial.

Creemos que aún se puede llegar a decir que en San francisco se dio la "inspiración" principal. Sin embargo, no podemos limitar la Espiritualidad Franciscana a la persona de San Francisco.
Espiritualidad Franciscana es todo un movimiento y todo un fenómeno espiritual que abarca muchas personas y muchos siglos.

No se pueden dejar fuera de visión los aproximadamente ocho siglos de vida y de realidad franciscana.

Las enseñanzas de San Buenaventura, del beato Juan Duns Escoto, de David de Augusta, son parte de nuestra Espiritualidad. La contribución de nuestros grandes místicos como Ubertino de Casale, la beata Angela de Foligno, el autor de las "Florecillas", es inestimable.

Es más, creemos que tenemos que legar a afirmar que existe en la Orden una "inspiración" permanente. Que la Espiritualidad Franciscana subsiste en un estado permanente de formación.
Las generaciones actuales también tienen el privilegio de explicar y actualizar el patrimonio dejado por San Francisco y de brindar su cooperación al desenvolvimiento que este fenómeno espiritual va experimentando a través de los siglos.

En este manual limitamos nuestro estudio, por las solas razones de espacio y de tiempo, a la persona misma de San Francisco. Por eso lo llamamos Manual de Espiritualidad de San Francisco.

8.- División de nuestro Trabajo

Nuestro manual estará dividido en dos grandes partes:
En la primera parte comenzaremos con una Cronología de San Francisco, que sirva de base y de orientación a todo el trabajo. En seguida, consagraremos toda nuestra atención al estudio de las fuentes de la Espiritualidad Franciscana.

Este es un campo virgen y desconocido para muchos de nuestros lectores. las fuentes de la Espiritualidad Franciscana constan de dos partes bien definidas que a veces se confunden: Los Escritos de San Francisco y sus Primeras Biografías.

Los Escritos de San Francisco son los que el mismo santo escribió con su propia mano o con la ayuda de un amanuense. Se suelen llamar también opúsculos, que quiere decir obras pequeñas. Se suelen catalogar en tres grupos: Escritos espirituales, líricos y legislativos.

Sus Primeros Biografías son los escritos que sobre San Francisco escribieron algunos contemporáneos del santo. Algunos de estos biógrafos fueron sus mismos compañeros.
Son cinco: Dos Vidas, (Primera y Segunda) de Fray Tomás de Celano, la Leyenda Mayor de San buenaventura, la Leyenda de los Tres Compañeros y el Espejo de perfección. A estas biografías tenemos que añadir las famosas Florecillas.

Todas estas biografías de San Francisco se escribieron cuando los frailes ya estaban divididos en distintas facciones defendiendo diversas formas de vida franciscana. Por eso estas primeras biografías difieren tanto entre sí cada una nos presenta a San Francisco con un color propio.

La segunda parte del manual será la que más espacio ocupe. Se trata de organizar con proporción y bajo la perspectiva de algunas ideas claves el material investigado. Se trata de darle una forma orgánica basada en las Fuentes de la Espiritualidad Franciscana o sea en los escritos de San Francisco y sus Primeras Biografías haremos una síntesis sobre el modo de pensar y de comportarse de San Francisco.

9.- Un manual para la enseñanza y el aprendizaje

Escribir un Manual significa, en primer lugar, que va destinado a la enseñanza y el aprendizaje. Por eso lo vamos a dividir en lecciones. Éstas se pueden impartir en las clases para Postulantes y Novicios y aún en la Junta General mensual de toda una Fraternidad.
Para facilitar la enseñanza y el aprendizaje ponemos, a propósito, un cuestionario al final de cada lección.

10. Lenguaje popular

Trataremos de usar un lenguaje totalmente popular, teniendo en cuenta el público a quien va dirigido y la tremenda desigualdad de cultura de los hermanos de la OFS, ésta parece ser la única solución.
Vamos a hacer un esfuerzo especial para lograr esto que queremos sea una de las características del presente Manual.

Los Hermanos que gozan de preparación especial nos van a dispensar la ausencia de todo un aparato científico en nuestro trabajo.

Los hermanos que carecen de preparación nos van a saber perdonar, también el aspecto de que en algunas ocasiones usemos algunas palabras, nombres y términos científicos que son absolutamente necesarios para tener una información completa.

A propósito vamos a suprimir citas y referencias. Sólo pondremos notas explicativas cuando sea necesario.

CUESTIONARIO

1.- ¿Cuáles son las tres preguntas que tienen que ponerse al comenzar un estudio de la Espiritualidad Franciscana?
2.- ¿Cuáles son las principales obras que existen hoy día, en español, sobre la Espiritualidad Franciscana?
3.- ¿Qué enseñó el Concilio Vaticano II sobre los Institutos religiosos?
4.- ¿Qué se entiende por retorno a las fuentes?
5.- ¿Qué se entiende por Espiritualidad Franciscana?
6.- ¿Por qué llamamos a nuestro trabajo manual de espiritualidad de San Francisco?
7.- ¿En qué se distingue un escrito de San Francisco de una biografía del mismo?
8.- ¿Cuáles son las cinco Primitivas Biografías de San Francisco?

Tomado de:
Espiritualidad de San Francisco de Asís
Manual para Laicos Franciscanos
Padre Cornelio Moya OFM
Zapopan, Jalisco
1977


Eugenio Amézquita Velasco

Para quien busca la Verdad, esta la encuentra sólo en Cristo y a Cristo lo encontramos en muchos lugares y momentos. Uno de los espacios donde puede ser encontrado es a través de su Palabra, plasmada en la Sagrada Escritura y específicamente en el Nuevo Testamento. Cristo cita en diversos momentos durante sus tres años de misión en la tierra, el Antiguo Testamento, para hacer ver al pueblo de Israel y a quienes lo escuchaban, que Él es el Mesías.

La Iglesia, a través de su Doctrina plasmada en el catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia fundad históricamente por Jesucristo, explica de manera amplia sobre la Palabra de Dios, sobre la Sagrada Escritura.

En la Primera Parte del Catecismo, donde se nos habla de La Profesión de Fe, en su primera sección "Creo-Creemos", capítulo segundo "Dios al Encuentro del Hombre" se nos explica sobre "La Sagrada Escritura, el artículo III de este capitulo.

Textualmente se nos habla de "Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura"

Textualmente se nos precisa que "en la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres»".

"A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (San Agustín, Enarratio in Psalmum, 103,4,1)".

"Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21)".

"En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21)".

Dentro del apartado denominado la "Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura" se nos precisa que "Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo»."

"«La santa madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia« (DV 11)."

"Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (DV 11)".

"Los libros inspirados enseñan la verdad. «Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (DV 11)".

"Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183, 86B). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24, 45)".

En el apartado III, sobre "El Espíritu Santo, intérprete de la Escritura", se nos recuerda que "en la sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres. Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras (cf. DV 12,1)".

"Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los «géneros literarios» usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar en aquel tiempo. «Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios» (DV 12,2)".

"Pero, dado que la sagrada Escritura es inspirada, hay otro principio de la recta interpretación , no menos importante que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: «La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (DV 12,3)".

"El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. DV 12,3):

1. Prestar una gran atención «al contenido y a la unidad de toda la Escritura». En efecto, por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios , del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua (cf. Lc 24,25-27. 44-46)".

"«Por el corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo se comprende la sagrada Escritura, la cual hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías» (Santo Tomás de Aquino, Expositio in Psalmos, 21,11)".

"2. Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia». Según un adagio de los Padres, Sacra Scriptura pincipalius est in corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis scripta («La sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos»). En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura (...secundum spiritualem sensum quem Spiritus donat Ecclesiae [Orígenes, Homiliae in Leviticum, 5,5])".

"3. Estar atento «a la analogía de la fe» (cf. Rm 12, 6). Por «analogía de la fe» entendemos la cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el proyecto total de la Revelación".

Sobre El sentido de la Escritura, según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia".

"El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super unum litteralem sensum (Santo Tomás de Aquino., S.Th., 1, q.1, a. 10, ad 1). Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal".

"El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos".

"El sentido alegórico. Podemos adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor 10, 2)".

"El sentido moral. Los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos «para nuestra instrucción» (1 Cor 10, 11; cf. Hb 3-4,11)".

"El sentido anagógico. Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (en griego: «anagoge») hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap 21,1- 22,5)".

"Un dístico medieval resume la significación de los cuatro sentidos:

"Littera gesta docet, quid credas allegoria,
Moralis quid agas, quo tendas anagogia"
(La letra enseña los hechos,
la alegoría lo que has de creer,
el sentido moral lo que has de hacer,
y la anagogía a dónde has de tender).

(Agustín de Dacia, Rotulus pugillaris, I: ed. A. Walz: Angelicum 6 (1929), 256)"

"«A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la sagrada Escritura, de modo que mediante un cuidadoso estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios» (DV 12,3):

Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas (No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica)

(San Agustín, Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5,6)."

Sobre El canon de las Escrituras, la Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos (cf. DV 8,3). Esta lista integral es llamada «canon» de las Escrituras. Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf. Decretum Damasi: DS 179; Concilio de Florencia, año 1442: ibíd.,1334-1336; Concilio de Trento: ibíd., 1501-1504):

Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás Miqueas, Nahúm , Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías para el Antiguo Testamento;

los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y la segunda a los Tesalonicenses, la primera y la segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, la primera y la segunda de Pedro, las tres cartas de Juan, la carta de Judas y el Apocalipsis para el Nuevo Testamento."

El Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento es una parte de la sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son divinamente inspirados y conservan un valor permanente (cf. DV 14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.

"En efecto, «el fin principal de la economía del Antiguo Testamento era preparar la venida de Cristo, redentor universal». «Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros», los libros del Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina pedagogía del amor salvífico de Dios: «Contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca de la vida del hombre, encierran admirables tesoros de oración, y en ellos se esconden el misterio de nuestra salvación» (DV 15)".

"Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre vigorosamente la idea de prescindir del Antiguo Testamento so pretexto de que el Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo)".

El Nuevo Testamento. «La palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento» (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (cf. DV 20).

"Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras «por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador» (DV 18)".

"En la formación de los evangelios se pueden distinguir tres etapas:

1. La vida y la enseñanza de Jesús. La Iglesia mantiene firmemente que los cuatro evangelios, «cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado al cielo».

2. La tradición oral. «Los apóstoles ciertamente después de la ascensión del Señor predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, instruidos y guiados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad».

3. Los evangelios escritos. «Los autores sagrados escribieron los cuatro evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la situación de las Iglesias, conservando por fin la forma de proclamación, de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús» (DV 19)".

"El Evangelio cuadriforme ocupa en la Iglesia un lugar único; de ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en todo tiempo sobre los santos:

«No hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida que el texto del Evangelio. Ved y retened lo que nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha enseñado mediante sus palabras y realizado mediante sus obras» (Santa Cesárea Joven,  Epistula ad Richildam et Radegundem: SC 345, 480)."

"«Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones; en él encuentro todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, París 1922, p. 268)."

La unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento. La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf. 1 Cor 10,6.11; Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente en su tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce, en las obras de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado.

"Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a la luz de Cristo muerto y resucitado. Esta lectura tipológica manifiesta el contenido inagotable del Antiguo Testamento. Ella no debe hacer olvidar que el Antiguo Testamento conserva su valor propio de revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf. Mc 12,29-31). Por otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído también a la luz del Antiguo. La catequesis cristiana primitiva recurrirá constantemente a él (cf. 1 Co 5,6-8; 10,1-11). Según un viejo adagio, el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo: Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet (San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum 2,73; cf. DV 16)".

"La tipología significa un dinamismo que se orienta al cumplimiento del plan divino cuando «Dios sea todo en todo» (1 Co 15, 28). Así la vocación de los patriarcas y el éxodo de Egipto, por ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de Dios por el hecho de que son al mismo tiempo etapas intermedias".

La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. «Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor para la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22)".

"«La sagrada Escritura debe ser como el alma de la sagrada teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y, en puesto privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad» (DV 24)".

"La Iglesia «recomienda de modo especial e insistentemente a todos los fieles [...] la lectura asidua de las divinas Escrituras para que adquieran "la ciencia suprema de Jesucristo» (Flp 3,8), «pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (DV 25; cf. San Jerónimo, Commentarii in Isaiam, Prólogo: CCL 73, 1 [PL 24, 17])".

Resumen

«Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo» (Hugo de San Víctor, De arca Noe 2,8: PL 176, 642C; cf. Ibíd., 2,9: PL 176, 642-643).

«Las sagradas Escritura contienen la Palabra de Dios y, porque están inspiradas, son realmente Palabra de Dios» (DV 24).

Dios es el autor de la sagrada Escritura porque inspira a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica (cf. DV 11).

La interpretación de las Escrituras inspiradas debe estar sobre todo atenta a lo que Dios quiere revelar por medio de los autores sagrados para nuestra salvación. «Lo que viene del Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción del Espíritu» (Cf Orígenes, Homiliae in Exodum, 4,5).

La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.

Los cuatro Evangelios ocupan un lugar central, pues su centro es Cristo Jesús.

La unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.

«La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo» (DV 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Sal 119,105; cf. Is 50,4).

El Beato Luquesio y su esposa Buonadonna
“El Señor me dio hermanos…”“Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener…y no queríamos tener más” Test 16-17


Por Fr. Amando Trujillo Cano, TOR

El 28 de abril la Iglesia celebra la memoria del beato Luquesio, quien ha sido tradicionalmente considerado como el primer miembro de la Tercera Orden de San Francisco, junto con su esposa Buonadonna, por ello, reflexionaremos este mes sobre su legado espiritual, con el fin de renovar nuestra forma de vida franciscana, que resplandece a través del ejemplo de todos nuestros santos antecesores de la familia franciscana.

Las fuentes más antiguas sobre Luquesio y Buonadonna datan de los siglos XVI y XV y han llegado a nosotros con claros signos de haber sido reelaborados para ajustarse a los estilos hagiográficos de la época y del lugar de origen.

Luquesio nació en Gaggiano, Chianti, (Italia) por los años 1180, en una familia de campesinos. Se casó con Buonadonna, de una familia pudiente de Borgo Marturi, (Italia) y tuvieron varios hijos.

Él se involucró en la política y llegó a ser el líder de uno de los partidos políticos de Toscana. Debido a que el ambiente político se agitó demasiado, la familia decidió mudarse a Poggibonsi, donde Luquesio se dedicó al comercio con mucha destreza, convirtiéndose en un hombre rico y avaro.

Sufrieron la pérdida de sus hijos y hacia el año 1220 la vida de Luquesio tuvo un cambio dramático cuando, tocado por la gracia, fijó su corazón y su mente en buscar el tesoro del reino de Dios.

Fascinado por el renombrado ejemplo y los valores evangélicos de san Francisco de Asís, a quien probablemente conoció en 1221, asumió el estado de vida de los penitentes, dedicándose a la oración intensa, al ayuno y a compartir sus bienes con los pobres. De acuerdo a la tradición, Buonadonna no apoyó inicialmente la generosidad de Luquesio, pero algunos signos de la providencia de Dios la convencieron de unirse a él de todo corazón en tal camino. Al ir avanzando en su conversión renunciaron a todos sus bienes, con excepción de una pequeña porción de tierra que Luquesio cultivaba para su propio sustento y para asistir a los pobres. Esta opción por la pobreza voluntaria parece comprobarse por un documento histórico, fechado el 7 de agosto de 1227, que atestigua la venta de la casa de Buonadonna llevada a cabo con el consentimiento de ambos esposos. La generosidad de Luquesio se demuestra también en el cuidado que brindó a los enfermos del hospital de Poggibonsi.

Luego de haber llevado una vida fructífera como penitentes por muchos años, ambos esposos se enfermaron y murieron con pocas horas de diferencia entre uno y otro, de acuerdo a algunas fuentes, el 28 de abril de 1241, según otras en 1260. Ellos habían recibido previamente la asistencia sacramental del guardián de los Frailes Menores de Poggibonsi, en cuya capilla fueron sepultados los dos.

El culto local empezó poco tiempo después y, como seguía creciendo, la iglesia fue ampliada y dedicada a san Francisco y al beato Luquesio. A través de los siglos, muchos milagros han sido atribuidos a la intercesión de esta pareja. La fiesta de Luquesio fue instituida como solemne por el municipio de Poggibonsi en el año 1331, cuando fue nombrado como el santo patrón del pueblo junto con san Lorenzo. A pesar que no se le dio a Buonadonna el título de beata, la tradición local la nombró como tal.

El testimonio de Luquesio y Buonadonna nos ayuda a recordar que la forma de vida franciscana surge de la conversión sincera al Evangelio de Jesucristo, que nos enriquece con el tesoro del reino de Dios y nos hace libres del apego egoísta a los bienes materiales. Esta conversión permanente nos permite servir a nuestros hermanos y hermanas –especialmente a los pobres y a los que sufren- compartiendo generosamente con ellos nuestros dones, talentos y tiempo.

Sus vidas ejemplares destaca la importancia de asumir los valores franciscanos en las realidades temporales, poniendo en práctica nuestra fe y el amor en la familia y en la sociedad, integrando la oración contemplativa y la vida sacramental al amor activo por nuestros vecinos, cuidando a los enfermos, siendo solidarios con los pobres, en quienes también vemos a Cristo, y adoptando una forma de vida marcada con la simplicidad y el trabajo honesto.

Oración a nuestro hermano Luquesio:

Señor Dios, tú llamaste al Beato Luquesio a la conversión e hiciste que destacara en obras de piedad y caridad. Por su intercesión y ejemplo, haz que podamos realizar frutos dignos de penitencia y produzcamos siempre abundantes buenas obras. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor… (Oración colecta de la memoria litúrgica).

***Les recordamos que en cumplimiento al artículo 25 de nuestra regla, debemos dar una aportación (JORNAL) acorde a nuestras posibilidades. Acércate a tu coordinador y haz tu aportación, con tu apoyo ayudas a sufragar los gastos de la fraternidad.

Mons. Héctor González Martínez, Arzobispo emérito de Durango.

Sin embargo, cuando un arzobispo emérito, como el de Durango, señala los vicios y aberraciones de nuestros tiempos, esa libertad es cuestionada y busca ser frenada

Por El Hermano Asno
Fraternidad de la Purísima Concepción de Celaya
(Publicado por El Sol del Bajío el 26 de Marzo de 2017, página 5-C)

El sábado 18 de marzo de 2017, el Arzobispo Emérito de Durango, Mons. Héctor González Martínez, en su colaboración semanal en su columna Episcopeo, de El Sol de Durango (https://www.elsoldedurango.com.mx/columna/episcopeo-13) habló sobre “La edad para el matrimonio”.

Textualmente, Mons. González señaló que “hay que notar que, no obstante la difusión de la homosexualidad en las culturas paganas, como la de Roma antes de ser evangelizada por la Iglesia Católica, los romanos no legislan a favor de la homosexualidad.

Para la razón práctica y justa de los romanos, la homosexualidad se toleraba como un mal menor debido a la degeneración de las costumbres, pero no como unión que favoreciera la fuerza y continuidad del Imperio. En la filosofía jurídica de los romanos, las uniones homosexuales, por la razón elemental que no generan prole, son dañinas para la familia y para las repúblicas.

Para los romanos, eran pues uniones contra naturam”.
Prosigue diciendo que “el Apóstol S. Pablo, judío culto y conocedor del mundo y de las culturas de su época, se refiere a las degeneraciones contra naturam, que agobiaban a griegos y romanos: “sus mujeres han cambiado la relación natural del sexo, por usos antinaturales; e igualmente los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se han encendido en deseos de unos por otros” (Rom. 1, 26-27); y lo atribuye a la ceguera de la razón, al debilitamiento de la voluntad, al abandono del verdadero Dios y a la caída en la idolatría (Cfr. 1Cor 6, 9-11)”.

“Los profesores mexicanos que leen en sus clases los libros de la Secretaría de Educación Pública, en donde se aboga por la vuelta de la cultura pagana de los indígenas precolombinos, gritan por los aires, negando la degeneración irracional de los indígenas”.

“A ellos les recomiendo que visiten algunos lugares del sur del país, habitados por etnias indígenas, donde podrán constatar que hay lugares, donde, a pesar de casi quinientos años de evangelización, aún persisten las aberraciones descritas por Bernal Díaz del Castillo en su crónica sobre la conquista de la Nueva España. Por la Sierra de Zongolica, conozco más de un pueblo, donde la degeneración de las costumbres está muy arraigada. Allí existen hasta degeneraciones genéticas por estos vicios”.
“También en Durango, con la proliferación y favorecimiento de la homosexualidad, ya se reclama esta práctica repugnante, como un derecho natural y positivo. Lo que es contra naturam, no es natural ni tiene derechos ni obligación correlativa de parte de ninguna sociedad. Y si es contra naturam, carece de validez ética, aunque se inscriba positivamente en un código”.

“Cuando se abandona a Cristo y las normas morales que nacen de su Evangelio, aparece como consta en Durango, toda suerte de vicios y degeneraciones”.

“Recuerdo que un diputado homosexual, que recientemente defendía ante el Congreso del Estado de Durango el arrejuntamiento civil de los homosexuales, gritaba al perder la votación: “Esto no es Biblia”.
“Sin querer argumentaba a favor del paganismo y sus aberraciones”.
“Y como Satanás se esconde tras los ídolos y sus corrupciones, el mismo Satán mugía por la boca de ese diputado: “Soy yo”.

“La jurisprudencia racional, incluída la de la Iglesia, siempre ha reconocido en los menores de edad, el derecho natural al matrimonio. Griegos, romanos, germanos y judeocristianos, siempre han reconocido este derecho y lo han consignado en sus leyes. Es verdad, que por la aparición de la sociedad industrial y por la consecuente sumisión de los campesinos y citadinos pobres, a la maquinaria del capitalismo liberal en el S. XVIII, los jóvenes abandonaron la vida matrimonial para someter sus fuerzas a las máquinas y a las minas. Es obvio que las nuevas estructuras económicas aumentaron la edad del matrimonio, pero no fundada en una evolución natural, como se pretende, sino en la presión del capitalismo liberal”.

“El derecho natural al matrimonio se volvió imposible, tanto por la carga de trabajo como por la insuficiencia de los salarios para sostener decentemente a la familia. El capitalismo, esclavizando a los jóvenes, hombres y mujeres, obstaculizó el derecho natural al matrimonio y a la procreación, pero no lo desapareció. Es notable, que en la Europa nórdica, donde la industrialización se afianzó con más fuerza, la edad para el matrimonio, para hombres y mujeres, se ubicó entre los 21 y 30 años.

En estas latitudes, la madurez sicofísica de los jóvenes es más tardía que en las latitudes templadas y cálidas, pero consta por la experiencia de casi tres siglos que la naturaleza se rebeló primero contra esta esclavitud en las regiones nórdicas. Fue ahí donde se iniciaron las relaciones prematrimoniales desde la adolescencia. Y no como decisión cristiana, sino como una desviación hacia una lujuria destructora de la juventud fértil y creativa. Los excesos sexuales apagaron el interés para formar una familia, nacida del matrimonio. Gracias, P. Jesús Gaona por esta valiosa aportación”.

Tras este artículo, lo que parecen actos de intolerancia se dejaron sentir. Infocatólica, un medio de comunicación español en linea citó que “la reacción a las palabras del arzobispo emérito de Durango no se ha hecho esperar. Asociaciones de defensa de los derechos de la comunidad LGBT a nivel local ya preparan una denuncia formal; mientras que el exdiputado local Israel Soto Peña reiteró la relevancia de mantener un Estado laico”. También “el presidente de la Asociación Civil Durango por la Igualdad, Tadeo Campagne, manifestó sus intenciones: En este momento estamos organizándonos las diferentes organizaciones porque vamos a interponer una denuncia en conjunto o por separado de cada organización ante este tema; no podemos permitir que este discurso se siga fomentando.

Campagne añadió que no se pueden permitir estas expresiones sin que haya consecuencias, por lo que se presentará una queja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), para dejar el antecedente y posteriormente acudirán al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred).” Pregunto: ¿Intolerancia?

Es evidente que como católico, el Arzobispo se apoyó en el Catecismo de la Iglesia Católica que señala que “la homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta -a los actos homosexuales- como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

Sin embargo, cuando habla de las personas homosexuales, el catecismo dice lo siguiente: “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.

En México, cualquier burro como yo puede rebuznar -en periódicos, pláticas, palestras y redes sociales- para atacar, insultar y burlarse de manera insidiosa -con risa sardónica y perversa- de Dios, de la Iglesia Católica, de los santos, de la Virgen María, del Papa, de los buenos ministros de Dios y también de los malos, entre los aplausos de unos cuantos -burros como yo- e invocando la libertad de expresión -y muy probablemente también a Satán-.  Pero si a un laico, a un sacerdote o a un obispo católicos o a un animalito de Dios -como yo- se les ocurre citar las palabras de la Biblia o del Catecismo de la Iglesia Católica señalando los actos homosexuales como intrínsecamente desordenados, o las aberraciones de algún politiquillo en el ejercicio del poder, entonces la libertad de expresión desaparece.

Permítaseme lanzar un burril, sonoro y alegre rebuzno y preguntar: ¿Esa es la tolerancia?

 



Consideraciones sobre las Llagas

CONSIDERACIÓN III

Aparición del serafín e impresión de las llagas a San Francisco

En cuanto a la tercera consideración, que es la de la aparición del serafín y de la impresión de las llagas, se ha de considerar que, estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre (1), fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con San Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y San Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como San Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera, y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de San Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu:

-- ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?

Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un haz de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de San Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con San Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a San Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.

Marchóse entonces, seguro y alegre por lo que había visto, y se encaminó a su celda. Como iba descuidado, San Francisco oyó el ruido que producían sus pies en las hojas del suelo, y le mandó que le esperase y no se moviese. El hermano León obedeció y se estuvo quieto esperándole; tan sobrecogido de miedo, que, como él lo refirió después a los compañeros, en aquel momento hubiera preferido que lo tragara la tierra antes que esperar a San Francisco, por pensar que estaría incomodado contra él; porque ponía sumo cuidado en no ofender a tan buen padre, no fuera que, por su culpa, San Francisco le privase de su compañía. Cuando estuvo cerca San Francisco, le preguntó:

-- ¿Quién eres tú?

-- Yo soy el hermano León, Padre mío -respondió temblando de pies a cabeza.

-- Y ¿por qué has venido aquí, hermano ovejuela? -prosiguió San Francisco-. ¿No te tengo dicho que no andes observándome? Te mando, por santa obediencia, que me digas si has visto u oído algo.

El hermano León respondió:

-- Padre, yo te he oído hablar y decir varias veces: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?» y «¿Quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?»

Cayendo entonces de rodillas el hermano León a los pies de San Francisco, se reconoció culpable de desobediencia contra la orden recibida y le pidió perdón con muchas lágrimas. Y en seguida le rogó devotamente que le explicara aquellas palabras que él había oído y le dijera las otras que no había entendido.

Entonces, San Francisco, en vista de que Dios había revelado o concedido al humilde hermano León, por su sencillez y candor, ver algunas cosas, condescendió en manifestarle y explicarle lo que pedía, y le habló así:

-- Has de saber, hermano ovejuela de Jesucristo, que, cuando yo decía las palabras que tú escuchaste, mi alma era iluminada con dos luces: una me daba la noticia y el conocimiento del Creador, la otra me daba el conocimiento de mí mismo. Cuando yo decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?», me hallaba invadido por una luz de contemplación, en la cual yo veía el abismo de la infinita bondad, sabiduría y omnipotencia de Dios. Y cuando yo decía: «¿Quién soy yo», etc.?, la otra luz de contemplación me hacía ver el fondo deplorable de mi vileza y miseria. Por eso decía: «¿Quién eres tú, Señor de infinita bondad, sabiduría y omnipotencia, que te dignas visitarme a mí, que soy un gusano vil y abominable?» En aquella llama que viste estaba Dios, que me hablaba bajo aquella forma, como había hablado antiguamente a Moisés. Y, entre otras cosas que me dijo, me pidió que le ofreciese tres dones; yo le respondí: «Señor mío, yo soy todo tuyo. Tú sabes bien que no tengo otra cosa que el hábito, la cuerda y los calzones, y aun estas tres cosas son tuyas; ¿qué es lo que puedo, pues, ofrecer o dar a tu majestad?» Entonces Dios me dijo: «Busca en tu seno y ofréceme lo que encuentres».

Busqué, y hallé una bola de oro, y se la ofrecí a Dios; hice lo mismo por tres veces, pues Dios me lo mandó tres veces; y después me arrodillé tres veces, bendiciendo y dando gracias a Dios, que me había dado alguna cosa que ofrecerle. En seguida se me dio a entender que aquellos tres dones significaban la santa obediencia, la altísima pobreza y la resplandeciente castidad, que Dios, por gracia suya, me ha concedido observar tan perfectamente, que nada me reprende la conciencia. Y así como tú me veías meter la mano en el seno y ofrecer a Dios estas tres virtudes, significadas por aquellas tres bolas de oro que me había puesto Dios en el seno, así me ha dado Dios tal virtud en el alma, que no ceso de alabarle y glorificarle con el corazón y con la boca por todos los bienes y todas las gracias que me ha concedido.

Estas son las palabras que has oído y aquel elevar las manos por tres veces que has visto. Pero guárdate bien, hermano ovejuela, de seguir espiándome; vuélvete a tu celda con la bendición de Dios. Y ten buen cuidado de mí, porque, dentro de pocos días, Dios va a realizar cosas tan grandes y maravillosas sobre esta montaña, que todo el mundo se admirará; cosas nuevas que Él nunca ha hecho con creatura alguna en este mundo.

Dicho esto, se hizo traer el libro de los evangelios, pues Dios le había sugerido interiormente que, al abrir por tres veces el libro de los evangelios, le sería mostrado lo que Dios quería obrar en él. Traído el libro, San Francisco se postró en oración; cuando hubo orado, se hizo abrir tres veces el libro, por mano del hermano León, en el nombre de la Santísima Trinidad; y plugo a la divina voluntad que las tres veces se le pusiese delante la pasión de Cristo. Con ello se le dio a entender que como había seguido a Cristo en los actos de la vida, así le debía seguir y conformarse a él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de dejar esta vida (2).

A partir de aquel momento comenzó San Francisco a gustar y sentir con mayor abundancia la dulzura de la divina contemplación y de las visitas divinas. Entre éstas tuvo una que fue como la preparación inmediata a la impresión de las llagas, y fue de este modo: El día que precede a la fiesta de la Cruz de septiembre, hallándose San Francisco en oración recogido en su celda, se le apareció el ángel de Dios y le dijo de parte de Dios:

-- Vengo a confortarte y a avisarte que te prepares y dispongas con humildad y paciencia para recibir lo que Dios quiera hacer en ti.

Respondió San Francisco:

-- Estoy preparado para soportar pacientemente todo lo que mi Señor quiera de mí.

Dicho esto, el ángel desapareció.

Llegó el día siguiente, o sea, el de la fiesta de la Cruz (3), y San Francisco muy de mañana, antes de amanecer, se postró en oración delante de la puerta de su celda, con el rostro vuelto hacia el oriente; y oraba de este modo:

-- Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores.

Y, permaneciendo por largo tiempo en esta plegaria, entendió que Dios le escucharía y que, en cuanto es posible a una pura creatura, le sería concedido en breve experimentar dichas cosas.

Animado con esta promesa, comenzó San Francisco a contemplar con gran devoción la pasión de Cristo y su infinita caridad. Y crecía tanto en él el fervor de la devoción, que se transformaba totalmente en Jesús por el amor y por la compasión. Estando así inflamado en esta contemplación, aquella misma mañana vio bajar del cielo un serafín con seis alas de fuego resplandecientes. El serafín se acercó a San Francisco en raudo vuelo tan próximo, que él podía observarlo bien: vio claramente que presentaba la imagen de un hombre crucificado y que las alas estaban dispuestas de tal manera, que dos de ellas se extendían sobre la cabeza, dos se desplegaban para volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo.

Ante tal visión, San Francisco quedó fuertemente turbado, al mismo tiempo que lleno de alegría, mezclada de dolor y de admiración. Sentía grandísima alegría ante el gracioso aspecto de Cristo, que se le aparecía con tanta familiaridad y que le miraba tan amorosamente; pero, por otro lado, al verlo clavado en la cruz, experimentaba desmedido dolor de compasión.

Luego, no cabía de admiración ante una visión tan estupenda e insólita, pues sabía muy bien que la debilidad de la pasión no dice bien con la inmortalidad de un espíritu seráfico. Absorto en esta admiración, le reveló el que se le aparecía que, por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado (4).

Durante esta admirable aparición parecía que todo el monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.

En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:

-- ¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que yo he hecho? Te he hecho el don de las llagas, que son las señales de mi pasión, para que tú seas mi portaestandarte (5). Y así como yo el día de mi muerte bajé al limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas mis llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las almas que encuentres allí de tus tres Ordenes, o sea, de los menores, de las monjas y de los continentes (6), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la gloria del paraíso, a fin de que seas conforme a mí en la muerte como lo has sido en la vida.

Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la pasión de Cristo. Porque al punto comenzaron a aparecer en las manos y en los pies de San Francisco las señales de los clavos, de la misma manera que él las había visto en el cuerpo de Jesús crucificado, que se le apareció bajo la figura de un serafín. Sus manos y sus pies aparecían, en efecto, clavados en la mitad con clavos, cuyas cabezas, sobresaliendo de la piel, se hallaban en las palmas de las manos y en los empeines de los pies, y cuyas puntas asomaban en el dorso de las manos y en las plantas de los pies, retorcidas y remachadas de tal forma, que por debajo del remache, que sobresalía todo de la carne, se hubiera podido introducir fácilmente el dedo de la mano, como en un anillo. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras.

Asimismo, en el costado derecho aparecía una herida de lanza, sin cicatrizar, roja y ensangrentada, que más tarde echaba con frecuencia sangre del santo pecho de San Francisco, ensangrentándole la túnica y los calzones. Lo advirtieron los compañeros antes de saberlo de él mismo, observando cómo no descubría las manos ni los pies y que no podía asentar en tierra las plantas de los pies, y cuando, al lavarle la túnica y los calzones, los hallaban ensangrentados; llegaron, pues, a convencerse de que en las manos, en los pies y en el costado llevaba claramente impresa la imagen y la semejanza de Cristo crucificado.

Y por mucho que él anduviera cuidadoso de ocultar y disimular esas llagas gloriosas, tan patentemente impresas en su carne, viendo, por otra parte, que con dificultad podía encubrirlas a los compañeros sus familiares, mas temiendo publicar los secretos de Dios, estuvo muy perplejo sobre si debía manifestar o no la visión seráfica y la impresión de las llagas. Por fin, acosado por la conciencia, llamó junto a sí a algunos hermanos de más confianza, les propuso la duda en términos generales, sin mencionar el hecho, y les pidió su consejo. Entre ellos había uno de gran santidad, de nombre hermano Iluminado (7); éste, verdaderamente iluminado por Dios, sospechando que San Francisco debía de haber visto cosas maravillosas, le respondió:

-- Hermano Francisco, debes saber que, si Dios te muestra alguna vez sus sagrados secretos, no es para ti sólo, sino también para los demás; tienes, pues, motivo para temer que, si tienes oculto lo que Dios te ha manifestado para utilidad de los demás, te hagas merecedor de reprensión.

Entonces, San Francisco, movido por estas palabras, les refirió, con grandísima repugnancia, la sobredicha visión punto por punto, añadiendo que Cristo durante la aparición le había dicho ciertas cosas que él no manifestaría jamás mientras viviera (8).

Si bien aquellas llagas santísimas, por haberle sido impresas por Cristo, eran causa de grandísima alegría para su corazón, con todo le producían dolores intolerables en su carne y en los sentidos corporales. Por ello, forzado de la necesidad, escogió al hermano León, el más sencillo y el más puro de todos, para confiarle su secreto; a él le dejaba ver y tocar sus santas llagas y vendárselas con lienzos para calmar el dolor y recoger la sangre que brotaba y corría de ellas.

Cuando estaba enfermo, se dejaba cambiar con frecuencia las vendas, aun cada día, excepto desde la tarde del jueves hasta la mañana del sábado, porque no quería que le fuese mitigado con ningún remedio humano ni medicina el dolor de la pasión de Cristo que llevaba en su cuerpo durante todo ese tiempo en que nuestro Señor Jesucristo había sido, por nosotros, preso, crucificado, muerto y sepultado. Sucedió alguna vez que, cuando el hermano León le cambiaba la venda de la llaga del costado, San Francisco, por la violencia del dolor al despegarse el lienzo ensangrentado, puso la mano en el pecho del hermano León; al contacto de aquellas manos sagradas, el hermano León sintió tal dulzura, que faltó poco para que cayera en tierra desvanecido.

Finalmente, por lo que hace a esta tercera consideración, cuando terminó San Francisco la cuaresma de San Miguel Arcángel, se dispuso, por divina inspiración, a regresar a Santa María de los Ángeles. Llamó, pues, a los hermanos Maseo y Ángel y, después de muchas palabras y santas enseñanzas, les recomendó aquel monte santo con todo el encarecimiento que pudo, diciéndoles que le convenía volver, juntamente con el hermano León, a Santa María de los Ángeles. Dicho esto, se despidió de ellos, los bendijo en nombre de Jesucristo crucificado y, condescendiendo con sus ruegos, les tendió sus santísimas manos, adornadas de las gloriosas llagas, para que las vieran, tocaran y besaran. Dejándolos así consolados, se despidió de ellos y emprendió el descenso de la montaña santa (9).

En alabanza de Cristo. Amén.

1) La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre.

2) El relato viene de 1 Cel 92s, pero el autor de las Consideraciones ha tenido delante, más bien, la LM 13,2.

3) El autor de las Consideraciones fija con precisión la lecha de la impresión de las llagas: el 14 de septiembre. Tomás de Celano no da ninguna fecha; San Buenaventura se limita a decir: «un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz» (LM 13,3). La fiesta litúrgica ha venido celebrándose el 17 de septiembre.

4) Es la idea reiteradamente expresada por San Buenaventura, a quien sigue casi literalmente el autor (cf. LM 13,3): Francisco anheló durante toda su vida el martirio por Cristo; no logró el martirio corporal, pero Cristo le reservaba otro martirio más meritorio: el de su transformación en el Crucificado.

5) En italiano, gonfaloniere. Es otra de las ideas de San Buenaventura: «Cristo le entregó su estandarte, esto es, la señal del Crucificado».

6) Las tres Ordenes de San Francisco: Menores, Clarisas y Terciarios. Estamos ante otra revelación, fruto tardío de la fantasía de ciertos ambientes conventuales, en que las glorias de la Orden suponían más que la imitación sincera del humilde Poverello.

7) El hermano Iluminado de Rieti, que había sido compañero del Santo en Egipto.

8) El texto de Actus 9,71 termina el relato de la estigmatización con estas palabras: «Estos hechos los supo el hermano Jacobo de Massa de boca del hermano León, y el hermano Hugolino de Monte Santa María los supo de boca de dicho hermano Jacobo, y yo, que lo escribo, de boca del hermano Hugolino, hombre enteramente digno de fe».

9) Fue el 30 de septiembre de 1224.



Historia

Se puede decir que la historia del monte Alverna se inicia propiamente en el siglo XIII. A comienzos de ese siglo el monte pertenecía al conde Orlando de Chiusi, del Casentino, quien lo había heredado de sus antepasados. Orlando era el terrateniente de la región y pasó a la historia más por su amistad con san Francisco que por sus dotes militares o políticas.

La amistad entre estos dos personajes tuvo su origen con ocasión de una fiesta que se celebró en el castillo de san León de Montefeltro (Romaña) en honor de un nuevo caballero. La predicación y el ejemplo de Francisco llamaron tan fuertemente la atención del conde, que después de una conversación, éste le ofreció como obsequio el monte Alverna. Esta fiesta se llevó a cabo en 1213 (el 8 de mayo), fecha que marca el comienzo de la historia del monte. Pocos días después, dos hermanos, enviados por Francisco, hicieron el reconocimiento del lugar.

La primera subida de Francisco al Alverna se suele ubicar en el año 1214, después de la cual se afirma que hizo otras cinco: 1215, 1216, 1217, 1221 y 1224. Esta última fue probablemente la estadía más larga y ciertamente la más memorable, pues fue entonces cuando recibió los estigmas (14 de septiembre).

Cuando los hermanos subieron por primera vez, no había en el monte ninguna construcción. Los ladrones y bandidos que algunas veces pasaban por la región, probablemente se refugiaban en las cavernas. Con la ayuda del conde Orlando, los hermanos construyeron algunas cabañas para protegerse del difícil clima. Por esta misma época (año 1218) se construyó una capillita en honor de nuestra Señora de los Ángeles, con las mismas dimensiones que la de la Porciúncula.

Inicialmente la presencia de los hermanos en este monte era temporal y se presume que se reducía a los meses de temperatura más benigna. San Antonio de Padua fue uno de los que estuvieron aquí, probablemente entre junio y octubre de 1230. Sólo alrededor del año 1250 se comienzan a tener datos de una presencia permanente, cuando ya había construcciones más sólidas.

Entre septiembre y octubre de 1259, san Buenaventura, siendo ya ministro general, habitó en este monte y fue entonces cuando escribió el famoso «Itinerarium mentis in Deum» (Itinerario de la mente hacia Dios) y el tratado de las tres vías o «Itinerario de la mente en sí misma».

En el año 1260 (¿23 de agosto?) se llevó a cabo la consagración de la iglesita de santa María de los Angeles con la presencia de san Buenaventura y de siete obispos de la región. Dos o tres años después murió el conde Orlando, cuyo cuerpo fue enterrado posteriormente en esta iglesia.

La capilla de los estigmas fue iniciada el 20 de agosto de 1263 sobre el lugar en que, según la tradición, se hallaba Francisco cuando recibió las llagas del Crucificado. Cuatro años después se construyeron cinco celditas para los hermanos encargados de cuidar esta capilla. El 9 de julio de 1274 los hijos del conde Orlando firmaron el documento que confirma la donación del monte Alverna hecha por su padre.

Fue en el monte Alverna donde Ubertino de Casale escribió su famosa obra «Arbor vitae crucifixae Jesu» durante su estadía entre el 19 de marzo y el 29 de septiembre de 1305.

El 5 de septiembre de 1310 se efectuó la consagración de la capilla de los Estigmas y en ese mismo siglo XIV se inició la construcción de la iglesia grande (año 1348), la cual sólo fue terminada en 1509 y consagrada solemnemente el 22 de abril de 1568. La torre fue construida con piedras tomadas del abandonado castillo del Conde Orlando. A lo largo del siglo XVI y a comienzos del XVII se hicieron importantes trabajos complementarios, como el pórtico de entrada, el coro, el nuevo altar, varias capillas laterales, así como la ampliación de la capilla de los Estigmas, la construcción del gran corredor y otras capillas.

En la construcción del Convento se suelen distinguir tres períodos, aunque hay que reconocer que cada siglo ha dejado su impronta en la edificación. El primer período (1250-1300) marca la aparición de las primeras habitaciones sólidas y estables a un lado de la capilla de santa María de los Angeles. El segundo período (1300-1430) corresponde a la construcción de un edificio cuadrado y bien proporcionado, de líneas simples. Durante el tercer período (1430-1625) se amplía la construcción anterior y se hacen los claustros y todas las dependencias más importantes: refectorio, biblioteca, enfermería y hospedería. Durante este período un incendio destruyó gran parte del convento (año 1468).

Descripción

El Alverna es un promontorio aislado que forma parte de una de las derivaciones montañosas de los Apeninos. En su máxima altura alcanza los 1283 metros, pero el santuario está a 1128 m. sobre el nivel del mar. Uno de sus extremos muestra las rocas al descubierto, recortadas perpendicularmente sobre el pequeño valle. Algunas de estas rocas presentan profundas hendiduras, resultado probablemente de un violento terremoto ocurrido hace muchos siglos.

El santuario-convento está constituido por un conjunto de edificaciones de forma irregular, que ha ido creciendo en el curso de los siglos en torno a dos o tres sitios de particular importancia. Como dato curioso, se dice que los techos alcanzan una superficie superior a los 5000 m2. Trataremos de ofrecer una descripción rápida de los lugares más importantes, sin observar un orden muy estricto.

Partimos de la plaza que se encuentra frente a la basílica y que es denominada el Cuadrante a causa del reloj solar que está sobre uno de los muros de la basílica. Ubicándonos junto a la gran cruz de madera, maravillosa por su sobriedad, obtendremos una vista panorámica del valle y sus alrededores. Sobresale el caserío de Chiusi della Verna y, muy cerca de él, las ruinas del castillo del conde Orlando. La plazuela del Cuadrante, con su forma irregular, da acceso a los principales sitios del santuario: la basílica, el corredor de los estigmas, la capilla de santa María de los Angeles, el claustro del convento y la hospedería. Su disposición actual fue hecha en el año 1953. El pozo que se encuentra a la izquierda de la entrada del antiguo camino de herradura, fue construido en el año 1516.

Muy cerca del pozo se halla la capilla de santa María de los Angeles, adornada en su exterior con un sencillo campanario en forma de espadaña y precedida por un pequeño pórtico irregular que da acceso también al convento y a algunas dependencias de la hospedería. Esta capilla es sin duda la edificación más antigua del santuario. Su interior está dividido en dos partes: la que se encuentra al entrar corresponde a la ampliación realizada durante la década de 1250; la segunda, que va después del cancel hasta el arco que da sobre el altar, corresponde en sus muros perimetrales a la que se construyó entre 1216 y 1218 por deseo de san Francisco. La bóveda protegida por varios arcos, no corresponde a la primitiva. En el altar mayor hay una gran cerámica de Andrea de la Robbia que representa la Asunción de la Virgen rodeada de ángeles y, a sus pies, san Buenaventura, san Francisco, santo Tomás que recibe el cíngulo y san Gregorio; en la luneta superior, la figura del Padre eterno entre dos ángeles. En el cancel que separa el coro del resto de la iglesita hay otras dos cerámicas atribuidas a Juan de la Robbia: la escena de la Navidad rodeada de ángeles, san Francisco y san Antonio, y la Sepultura de Cristo. Nótese que en éstas, como en las demás tablas robbianas, predomina la concepción cristológica franciscana. Una lápida en el piso frente al altar indica el lugar donde reposan los restos del conde Orlando: «Apud sacellum beati Orlandi sive Rolandi Cathani comitis de Clusio qui sacrum Alvernae montem seraphico Patri sancto Francisco donavit et singulari pietate claruit pie genu flecte» (En la capilla del beato Orlando o Rolando Catani, conde de Chiusi, quien donó el sagrado monte al seráfico Padre san Francisco y brilló por una especial piedad, dobla devotamente la rodilla).

La Basílica tiene como único adorno exterior un pórtico sobrio y elegante, que hubo de ser reconstruido después de la segunda guerra mundial. La torre, quizás un poco baja, es cuadrada y maciza. Su único adorno son los arcos que dan salida al sonido de las campanas. Su interior fue ideado en forma de cruz latina, pero diversas dificultades, especialmente económicas, impidieron realizar el proyecto inicial y obligaron a hacer ciertas simplificaciones. Consta de una sola nave y de varias capillas laterales construidas posteriormente, las cuales le hacen perder el sentido de unidad. El altar central, labrado en mármol, consta de un gran expositor rodeado por las estatuas de san Francisco y san Antonio. Fue hecho en 1772 para reemplazar a un retablo dorado del siglo XV y la gran cerámica de la Ascensión que ahora se halla en el primer altar lateral de la izquierda. A los lados del arco triunfal se encuentran dos altorrelieves en terracota: san Francisco (izquierda) y san Antonio Abad (derecha). Hacia el centro de la iglesia hay dos templetes con dos preciosas obras de Andrés de la Robbia: a la izquierda su obra maestra, la Anunciación, y a la derecha la Navidad. Obsérvese en el primer cruce de los arcos de la bóveda el escudo de la confraternidad del «Arte de la lana», con cuya ayuda se pudieron terminar los trabajos de la construcción. En la primera capilla de la derecha, entrando, son veneradas varias reliquias: de la santa Cruz, de san Francisco (un paño impregnado con la sangre de sus llagas, un pedazo de cordón, una disciplina, un bastón, y otras) y del beato Juan del Alverna (sus huesos recubiertos con una máscara de cera). La Basílica está dotada de un grandioso órgano tubular con cuatro teclados, 90 registros y más de 5000 tubos.

El Coro, detrás del altar mayor, fue construido en 1495. Consta de 57 sillas talladas en madera de nogal. Hay varias figuras hechas con incrustaciones de madera que representan: la estigmatización de san Francisco, la Asunción de la Virgen, san Lorenzo y el beato Juan del Alverna; estos tres últimos trabajos fueron hechos entre 1899 y 1902. En la cornisa de la mesa central hay una inscripción que dice: «Non clamor, sed amor cantat aure Dei; tunc vox est apta chori si cor consonat ori» (No el clamor, sino el amor canta al oído de Dios; por tanto la voz es apta para el coro si el corazón concuerda con las palabras).

La capilla de la Magdalena. Se llega a ella pasando por la puerta de hierro que está al frente de la basílica. Es conocida también como «la primera celda de san Francisco» y se halla debajo de la capilla de san Pedro de Alcántara. Fue construida entre finales del siglo XIV y comienzos del XV por orden de la condesa Catalina de Tarlati sobre el lugar de la primitiva celdita de madera que ocupaba casi siempre san Francisco cuando venía al Alverna. La piedra incrustada en el altar es la misma que sirvió de mesa al santo y sobre la cual, según la tradición, se le apareció Jesucristo.

Al salir de esta capilla, se desciende por las escalas hasta llegar al Sasso Spicco. Se trata de una profunda fosa abierta en la roca, la cual forma en la parte inferior un recinto cubierto parcialmente por un gigantesco bloque de piedra (sasso) que presenta tres de sus lados desprendidos de la montaña. La cruz de madera recostada a la roca recuerda que este fue uno de los lugares de retiro y oración frecuentado por Francisco y por varios hermanos de la primitiva Fraternidad. Afortunadamente las adaptaciones que se han hecho para llegar a él, no han logrado destruir el ambiente salvaje y primitivo que lo caracterizan y que nos da una idea sobre dónde y cómo oraba Francisco durante ciertos períodos de su vida. (Nota: El 12 de enero de 1867 se produjo el desprendimiento de una gran piedra y su incrustación en la grieta, produciendo un estruendo especial. En ese momento estaban en el Alverna los delegados del Parlamento italiano, encargados de ejecutar la ley de desapropiación de los bienes de las órdenes religiosas; dicen que se alejaron rápidamente del lugar).

El corredor de los estigmas fue edificado entre 1578 y 1582 para unir la basílica con la Capilla de los estigmas. Tiene 78 m. de largo por 4 m. de ancho. En tiempo de san Francisco sólo había un tronco de árbol que hacía de puente sobre la gran hendidura de la roca. Durante tres siglos el corredor fue convertido en un oscuro callejón, debido a los muros construidos entre las columnas, en los cuales únicamente algunas ventanas permitían un poco de luz. En 1926 se sustituyeron los muros por las vidrieras y se recuperó con ello la luminosidad primitiva. Los actuales frescos del muro opuesto fueron pintados entre 1929 y 1962 por Baccio María Bacci. Representan escenas de la vida de san Francisco. De la antigua serie pintada en 1670 por fray Manuel de Como y destruida por la humedad, solamente quedan dos cuadros.

A lo largo del corredor hay tres capillas: la primera (entrando) es la capilla de la Pietá, construida entre 1511 y 1515. Tiene un expresivo Descendimiento de la Cruz atribuido a Juan de la Robbia, fuertemente deteriorado durante la segunda guerra mundial.

La capilla Loddi, construida en 1581 por Loddo de Leonardo Loddi, fue reconstruida en 1950; sobre el altar hay un interesante crucifijo en madera, del siglo XIV.

La capilla de san Sebastián, a la izquierda al final del corredor, fue construida a fines del siglo XV.

Desde el año 1431, los hermanos que habitan en el convento hacen una procesión entre la basílica y la capilla de los estigmas. Las horas y las ceremonias han variado en el curso de los siglos, pero la práctica de la procesión se ha conservado. Una hermosa leyenda cuenta que en cierta ocasión los hermanos no pudieron hacer la procesión a causa de una fuerte tempestad de nieve y que, a la mañana siguiente, encontraron en el mismo trayecto, sobre la nieve, las huellas de los animales del bosque, que los reemplazaron en la procesión. Este fue, dicen, uno de los motivos que llevaron a la construcción del corredor. Actualmente la procesión se hace todos los días a las tres de la tarde, después del rezo de la hora intermedia (nona).

El lecho de san Francisco. Se llega a él pasando por la puerta que está en la mitad del corredor de los estigmas. Allí se puede observar la prolongación de la profunda hendidura de la roca, la cual forma en este sitio una gruta húmeda y fría. La reja de hierro colocada sobre un poyo que forma la roca, recuerda el sitio donde, según la tradición, venía Francisco algunas veces a descansar. También aquí se puede observar el estado primitivo de este lugar de oración.

La capilla de la cruz es la que sigue después de la capilla de san Sebastián, al final del corredor de los estigmas. Fue edificada sobre el lugar en donde, según la tradición, estaba la cabañita que habitó Francisco cuando hizo la cuaresma de san Miguel, por lo cual se la conoce también como «la segunda celda de san Francisco». En dicha cabaña tuvieron lugar los diversos acontecimientos narrados por las fuentes durante la cuaresma, en especial la compañía del halcón. Es muy probable que allí mismo haya compuesto las Alabanzas del Dios Altísimo y la Bendición para fray León. La capilla de la cruz fue edificada a fines del siglo XIII, simultáneamente con la capilla de los estigmas, pero sufrió varias transformaciones en el curso de los siglos. Allí se puede observar una expresiva imagen de san Francisco con un libro abierto y un halcón a su lado, obra de Juan Collina Graziani (1887).

Sobre la puerta que da acceso a la capilla de los estigmas hay un bajorrelieve en mármol que representa la impresión de las llagas. Fue hecho a fines del siglo XIII y desde 1529 hasta 1924 ocupó el sitio central de la capilla de los estigmas, donde, según la tradición, se produjo el fenómeno de la estigmatización. Una cuidadosa observación permite ver las huellas producidas por las monedas que dejaban caer encima los devotos.

La capilla de los estigmas, inicialmente separada, hoy está unida a la capilla de la cruz por una reja de hierro y unas escalas, desgastadas por el uso. La capilla que fue construida a finales del siglo XIII era más pequeña que la actual. A mediados del siglo XV fue colocado el retablo de la Crucifixión de Andrés de la Robbia, obra de gran valor artístico que acapara toda la atención de la capilla. La figura central, el Crucificado, aparece rodeado de ángeles que lloran y de algunos símbolos: el sol, la luna y el pelícano; en la parte inferior están las figuras de san Francisco, la Virgen, san Juan evangelista y san Jerónimo. Todo el conjunto está enmarcado por dos guardas: una de angelitos y otra policroma de ramos de frutas. A lo largo del siglo XV la capilla fue ampliada y adquirió la forma actual, un tanto fría. En el año 1531 fue colocada la elegante sillería del coro, la cual obligó a reducir la dimensión de las ventanas. Estas sillas adquirieron mucha más vistosidad con las figuras incrustadas en los espaldares por fray Leonardo Galiberti a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El sitio donde se hallaba Francisco al momento de recibir los estigmas se encuentra hoy indicado por una placa de mármol en forma de exágono irregular hecha a finales del siglo XIII, sobre la cual se halla escrita la antífona «Caelorum candor» en caracteres góticos. Cuatro pequeñas columnas y un cordón rojo la protegen.

La capilla de san Buenaventura está a un lado de la de los estigmas, sobre el precipicio, entrando por la capilla de la cruz. Cuando el Doctor Seráfico vino al Alverna, en este lugar no había ninguna construcción. Esta se hizo más tarde como un apéndice de la capilla de los estigmas, para observar la roca viva y abrupta. Desafortunadamente a comienzos del siglo XVI se le ocurrió al guardián rebanar la roca y organizar el lugar más o menos como hoy se ve. Sólo a mediados del siglo XVI comenzó a llamarse «capilla de san Buenaventura». Es un lugar pequeño y recogido, que invita fácilmente a la oración.

La capilla de san Antonio de Padua se halla a un lado de la capilla de la cruz, también en la parte que da al precipicio. Fue construida a fines del siglo XIII sobre el lugar donde estaba la cabaña que habitó san Antonio en 1230. El altar actual fue hecho en 1780.

El precipicio es la parte de la roca que cae perpendicularmente a cerca de 70 metros de altura. Un estrecho pasadizo permite la visita de este lugar que, por lo demás, ofrece una vista espléndida sobre el valle. Aquí se recuerda la amenaza que le hizo el demonio a Francisco de lanzarlo al abismo, en uno de los relatos del mismo tipo narrados por algunas leyendas.

La gruta de fray León se encuentra en la parte superior de la roca, sobre la capilla de los estigmas. Se llega a ella saliendo por la puerta pequeña que da al altar de los estigmas y subiendo por un estrecho sendero. Desde esa altura, el celoso secretario de Francisco pudo haber espiado muchos de sus movimientos.

Eremitorio de los estigmas. Originalmente consistió en cinco celdas para cinco hermanos encargados de custodiar la capilla de los estigmas y de velar por el culto allí. Las celdas fueron construidas en 1267 donde hoy se encuentra un jardincito al lado del corredor de los estigmas. Este eremitorio duró hasta el año 1431. Dos siglos después se restableció dicho eremitorio con una construcción hecha detrás de la capilla Loddi, que es sustancialmente la misma que hoy existe, a la cual se le han hecho algunas modificaciones.

Del gran Convento solamente llamamos la atención sobre algunos lugares u objetos importantes. El claustro grande o de la cisterna: se llega a él más fácilmente por la puerta contigua a la capilla de santa María de los Ángeles. Obsérvense sobre esta puerta los escudos de Eugenio IV, del pueblo de Florencia, del Municipio de Florencia y de los Cónsules del arte de la lana, protectores del Alverna durante muchos años. El claustro es un cuadrado circundado por un corredor cerrado, con grandes ventanales en arco que le dan luz. En el centro del patio hay un pozo para recoger las aguas de la lluvia, hecho en 1522. Mirado en su conjunto, este claustro da la idea de una gran austeridad.

El refectorio es un gran rectángulo de 38 por 8 m., construido en 1515 y ampliado en 1718. En la pared del fondo hay un cuadro de la última Cena pintado en 1873 por Fernando Folchi. En uno de sus muros hay una hermosa terracota de Lucas de la Robbia llamada La Virgen de la consolación.

El Museo contiene algunos cuadros, ornamentos y vasos sagrados y otros objetos de valor histórico.

En el claustro de santa Clara, al centro, hay una dramática estigmatización de san Francisco en bronce, obra de Fabrizio Giannini. La sala de santa Clara que se encuentra a su lado, tiene un retablo tallado en madera por Hildegarda Hendrichs en 1955; representa la oda de la alegría franciscana. Los medallones del dormitorio fueron pintados entre 1501 y 1509 por Gerino Gerini, discípulo de Perugino. Son retratos de diversos hermanos que vivieron o pasaron por el Alverna y se destacaron por su vida o sus obras.

En el bosque hay varios sitios de interés, entre los cuales vale la pena tener en cuenta: la capilla del haya, rodeada de un pequeño muro. Fue construida en 1518 donde había antes un haya, en cuyo tronco el beato Juan incrustó una cruz, frente a la cual solía orar. La capilla del beato Juan, construida a fines del siglo XV en el sitio donde se hallaba la cabaña que sirvió de habitación a este penitente durante casi 30 años. La roca del hermano Lupo, enorme pedazo de roca despegado de la montaña, ligado a algunas leyendas relacionadas con un feroz bandido llamado Lupo, o sea Lobo, quien entró a la Orden y se llamó «Cordero». La capilla de la Penna en el punto más alto del monte, construida en 1580 y recientemente reparada.

A la entrada del convento, por la carretera, se observa una escultura en bronce que representa a san Francisco y un muchacho con unas tórtolas. Es una obra de Vincenzo Rosignoli hecha en 1902. Inicialmente estuvo en la plaza del Cuadrante, en 1935 fue colocada a un lado del camino de herradura, cerca de la capilla de las aves, y a partir de 1985 ocupa este lugar.

La capilla de las aves fue construida en 1602 en el sitio donde había antes una enorme encina. Según la tradición, cuando Francisco subió por primera vez al Alverna, se recostó sobre esta encina y muchos pájaros vinieron a recibirlo. En el interior se observa una modesta escultura (de 1887) que recuerda el hecho.

El castillo del conde Orlando. Un complemento importante del monte Alverna es la visita de las ruinas del castillo llamado familiarmente del conde Orlando, pero que en realidad es el castillo de los condes Catani de Chiusi en el Casentino. Seguramente allí estuvo san Francisco varias veces como huésped de su amigo el conde Orlando. Sus orígenes se remontan a la república romana, cuando fue construida aquí una fortaleza para impedir que Aníbal pasara de Romaña a Toscana. El nombre de Chiusi parece que se deriva de «Clusium» (chiuso = cerrado), en cuanto cierra el paso que comunica el valle del Tíber con Romaña. Durante el medioevo el castillo tuvo también una función defensiva y de vigilancia contra los bandidos que asaltaban a los comerciantes y peregrinos que transitaban por la región. El interés del conde Orlando en traer a un grupo de hermanos al Alverna se explica en parte por el deseo de evitar que el monte continuara siendo el refugio de los malhechores.

En el año 967 se hizo un convenio firmado por el emperador Otón I, en el que se hace mención de este castillo, reconociendo su propiedad y los derechos de «clientela» a Gualfredo d'Ildebrando. Esto permite suponer que su construcción es un poco anterior al siglo X.

A lo largo de los siglos tuvo distintos dueños. La familia de los condes Catani figura como su propietaria por cerca de cuatro siglos, hasta el año 1324, cuando pasó a manos de la familia Tarlati de Arezzo, la cual lo tuvo hasta 1360. A partir de esta fecha volvió a los Catani, pero sólo por 24 años, pues a partir de 1384 formó parte de la república florentina, la cual lo dio en encomienda a varios beneficiados, quienes se preocuparon poco de su conservación. A comienzos del siglo XV este castillo ya había perdido importancia estratégica y dejó de ser centro de poder. En el año 1428 fue decretada la unión administrativa de Chiusi a Caprese, la cual significó su decreto de muerte: fue abandonado el castillo y poco a poco demolido. Muchas de sus piedras sirvieron para construcciones vecinas, entre las cuales las del monte Alverna.

Hoy no quedan más que algunos muros, propiedad de Enrico Montini. La Superintendencia de Bellas Artes de Arezzo se ha preocupado de su conservación.

Acontecimientos

- Francisco, hombre de oración, buscaba los lugares solitarios, las rocas y las peñas escarpadas, para dedicarse a la oración: 1 Cel 71.91a; LM 10,3.

- Francisco se hace acompañar de unos pocos hermanos para subir al Alverna y celebrar allí la cuaresma de san Miguel: 1 Cel 91b.

- Escena del campesino que calma su sed por intercesión de Francisco, cuando subían al monte Alverna: 2 Cel 46; LM 7,12.

- Se indica el tiempo y el lugar del acontecimiento: LM 13,1; Lm 6,1a; LP 118ab.

- Amistad de Francisco con el halcón y otras aves: 2 Cel 168; LM 8,10b-d; LP 118d.

- Escena de la piel sustraída al fuego: LP 87; EP 117.

- Francisco sufre las tentaciones del demonio: LP 118e; EP 99d.

- Después de permanecer allí algún tiempo, quiere saber cuál es la voluntad de Dios. Consulta el libro de los evangelios: 1 Cel 91c-93; LM 13,2; LP 118c.

- Aparición del Serafín alado. Impresión de las llagas. Descripción: 1 Cel 94-95a; LM 13,3; Lm 6,1-3; TC 69; AP 46b.

- Francisco escribe para fray León la Bendición y las Alabanzas del Dios altísimo: 2 Cel 49; LM 11,9cd; Lm 4,6.

- Descenso del monte Alverna: LM 13,5; Lm 6,4.

- Además de estos textos, se debe tomar como texto guía las Consideraciones sobre las llagas, especialmente las tres primeras. Téngase en cuenta, sin embargo, que este documento es anacrónico: reúne todos los datos conocidos sobre el monte Alverna en una sola estadía, o sea la de la estigmatización (año 1224).

Actualización

Los acontecimientos del monte Alverna son muy ricos en sugerencias para nuestra reflexión y actualización. Aquí solamente proponemos algunas, a manera de punto de partida.

Francisco y sus compañeros se hacen presentes en la fiesta del castillo de San León de Montefeltro. Es una fiesta profana, pero esto no impide que Francisco esté allí, que participe de los acontecimientos ordinarios de la vida del pueblo. Él no concibe la vida religiosa como una separación timorata del mundo, sino como una presencia viva y evangelizadora en medio del mundo. Por ello, cuando participa de la fiesta, él no deja de ser el hermano Francisco. Quizás esto nos puede servir para reubicar nuestro sentido de la vida franciscana, para revalorar las realidades de la vida ordinaria de la gente y para fortalecer nuestro sentido de coherencia, independientemente del lugar en que nos encontremos.

La selección que hacía Francisco de ciertos lugares tan abruptos y rudos como los presentaba, y aún presenta, el monte Alverna para hacer su oración nos puede dejar un poco desconcertados, especialmente cuando verificamos nuestra incapacidad para hacer cosas semejantes. Pensamos que son actitudes para admirar pero no para imitar. No obstante, de alguna manera nos interpelan, en cuanto nos indican que hay una serie de aspectos y características de la oración quizá desconocidos por nosotros, pero que de alguna manera, así sea en forma reducida o adaptada, deben ser cultivados por nosotros como un valor.

Aparte de las consideraciones de tipo psicológico o de cualquier otro tipo que se puedan hacer acerca de los estigmas de san Francisco, vale la pena tener en cuenta aquí, sobre todo, su dimensión teológica. Los estigmas no fueron en Francisco un fenómeno improvisado ni aislado del resto de su vida. Haciendo eco a la consideración de Tomás de Celano (cf. 2 Cel 11), se podría decir que las llagas del Crucificado comenzaron a gestarse en el cuerpo de Francisco desde su encuentro con el Crucifijo de san Damián; más aún, desde cuando comenzó a descubrir a Jesucristo en los pobres y en los leprosos. Jesucristo no fue para Francisco una teoría. Fue una persona concreta que cada día tomaba posesión de él. «Su vivir era Cristo». Jesús estaba en sus labios, en su mente, en su corazón... (cf. LM 9,2). Lo que ocurrió en el monte Alverna no fue otra cosa que la floración, en cinco flores rojas, de una larga y amorosa gestación. Entre Francisco y nosotros hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la suya. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma. La urgencia de Jesús crucificado, del siervo que padece, es un imperativo para nosotros. De alguna forma debemos ofrecer hoy una respuesta. ¿Cómo la estamos dando?

* * *

CITTÀ DI CASTELLO

Città di Castello es el más importante centro urbano del valle alto del Tíber. En tiempos de san Francisco era un paso obligado para quien quería hacer el camino más corto entre Asís y el monte Alverna. Es de suponer, por tanto, que el santo pasó muchas veces por aquí.

Las fuentes biográficas no han conservado más que la narración de dos hechos prodigiosos, obrados por intercesión de Francisco, los cuales se pueden ubicar hacia el mes de octubre de 1224, cuando regresaba del monte Alverna ya estigmatizado. En ese entonces estuvo hospedado «durante un mes» (?) en la casa de la familia Salamacchi, situada al frente de donde hoy se encuentra el Monte de Piedad.

- Francisco expulsa el demonio de una mujer fuertemente atormentada: 1 Cel 70; LM 12,10f; Llagas 4.

- Curación de un niño enfermo a causa de una llaga maligna: Llagas 4.

BORGO SAN SEPOLCRO

Borgo San Sepolcro es una pequeña ciudad que pertenece hoy a la provincia de Arezzo. Hay quienes afirman que la presencia franciscana aquí se remonta al año 1213. Los documentos más antiguos sobre esta presencia son del año 1258 y están relacionados con la iglesia de San Francisco.

Sólo una vez aparece mencionado explícitamente Borgo San Sepolcro en las fuentes biográficas en relación con san Francisco. Se refiere a su regreso del monte Alverna a fines de septiembre o comienzos de octubre de 1224, después de haber recibido los estigmas. Muchas personas salen a su paso, pues quieren ver, tocar y conservar alguna reliquia del estigmatizado. Francisco, absorto en una profunda oración, no se da cuenta de su paso por el poblado: 2 Cel 98; LM 10,2; Llagas 4.

Después de muerto Francisco, se menciona como milagroso el castigo de un hombre blasfemo, caballero de Borgo: LM milagros 9,3.

MONTECASALE

Historia

Donde hoy se levanta el eremitorio de Montecasale existió antiguamente una fortaleza militar que vigilaba un castillo cercano. Por esta región pasaba el camino de la sal que atravesaba los montes Apeninos (de aquí derivan algunos el nombre: monte de la casa de la sal = Monte-ca-sale), llamado también el «camino de los romeros», del cual se pueden observar todavía algunos restos.

Tanto el castillo como la fortaleza fueron abandonados a mediados del siglo XII. A finales del mismo siglo los Camaldulenses de Borgo San Sepolcro construyeron en los restos de la fortaleza un pequeño eremitorio y una hospedería para los peregrinos, la cual se transformó muy pronto en hospital para enfermos pobres.

Se dice que la presencia franciscana en este lugar se remonta al año 1213, cuando le fue ofrecido a Francisco y a sus hermanos; al menos en esta fecha se suele ubicar la carta del permiso para habitar allí que les dio el obispo Juan de Città di Castello.

Además de los acontecimientos ligados a la vida de san Francisco, que veremos más adelante, en este eremitorio se recuerdan también las estadías de san Antonio de Padua (probablemente a finales de 1230) y de san Buenaventura (alrededor de 1260).

Los hermanos menores habitaron en Montecasale hasta el año 1268, cuando se trasladaron al convento que había sido construido para ellos en San Sepolcro. El eremitorio siguió siendo habitado por un grupo de penitentes de la Tercera Orden, los cuales permanecieron allí durante un poco más de dos siglos y medio. A partir de 1531 este lugar ha sido habitado permanentemente y custodiado celosamente por los hermanos menores capuchinos, salvo durante dos interrupciones en el siglo XIX (1810-1830 y 1872-1894).

Durante todo este tiempo, al núcleo inicial (los restos de la fortaleza) y a las pocas habitaciones existentes alrededor de la capilla, se han ido agregando las modestas construcciones que constituyen el conjunto arquitectónico que hoy vemos.

Descripción

El eremitorio de Montecasale está ubicado en un lugar solitario, rodeado de bosques, a una altura de 700 m. A pesar de las addendas que se le han hecho a lo largo de los siglos, conserva el encanto de la simplicidad primitiva.

A la izquierda de la puerta de entrada hay una inscripción que dice: «Qui abitarono tre santi: Francesco, Antonio, Bonaventura. Qui tre empi ladroni vissero come santi. Qui parecchi venerabili morirono nel Signore. Pertanto: beati coloro che abitano in questa tua casa, Signore» (Aquí habitaron tres santos: Francisco, Antonio, Buenaventura. Aquí tres impíos ladrones vivieron como santos. Aquí muchos venerables murieron en el Señor. Por tanto: bienaventurados los que habitan en esta tu casa, Señor).

La iglesita constituye el núcleo del eremitorio y la edificación más primitiva, al menos en algunos de sus muros, pues con motivo del derrumbamiento que sufrió en 1500, fue ampliada y modificada parcialmente. El retablo del altar, hecho con madera de nogal, encierra en un nicho una antigua imagen de la Virgen con el Niño tallada en madera y policromada, la cual se remonta a fines del siglo XIII o comienzos del XIV.

El coro es una reducida habitación ubicada detrás del altar. Allí se encuentra una interesante serie de cerámicas (año 1667) que representan escenas de la vida de san Francisco especialmente relacionadas con Montecasale. En la pared opuesta a la ventana hay un cuadro que muestra a san Francisco bebiendo del costado de Jesucristo; se trata de una original forma de expresar uno de los puntos claves de su espiritualidad. Fue hecho probablemente en el siglo XVII, aunque algunos lo atribuyen a D. Pecori ( 1527).

Del coro se pasa, por una puertecita, al primitivo dormitorio en donde se pueden ver las celditas que habitaron antiguamente los hermanos. La primera de la derecha recuerda la permanencia de san Buenaventura en este lugar; la siguiente está ligada a la memoria de san Antonio.

El oratorio de san Francisco fue construido (¿siglo XV?) en el lugar donde se refugiaba el santo para orar y descansar: los salientes de la roca que en aquel entonces estaban a la intemperie. Cerca de este oratorio se puede observar, en el nicho de la derecha, una Pietà tallada en madera, del siglo XIV. La imagen estilizada de san Francisco fue tallada en un tronco de tilo por el capuchino Flaviano Laghi en 1964.

El claustro es de una agradable simplicidad primitiva, con sus techos bajos cubiertos con lajas de piedra y un modesto pozo en el centro. Desde uno de sus ángulos se observa el campanario en forma de espadaña.

En las cercanías del conventito se encuentra la llamada fuente Grappa l'Orso, a la cual se llega por un camino sombreado de árboles. La fuente es de una especial frescura y está ligada a varias leyendas. Tomando por otro camino que desciende la pendiente se llega al Sasso Spicco, una gigantesca laja de piedra recortada en hemiciclo y asomada a un precipicio de cerca de sesenta metros; la laja tiene la forma de un enorme alero sobre el cual se desliza un torrente de agua (el Spisciolo) que cae en una hermosa cascada.

Acontecimientos

- Francisco manda traer a Montecasale unas reliquias para darles el culto debido: 2 Cel 202; LM 6,7.

- Francisco da una lección a los hermanos sobre la manera de tratar evangélicamente a los ladrones: LP 115; EP 66; Flor 26.

- En Montecasale recibe Francisco a un joven de la noble familia de los Tarlati de Borgo San Sepolcro, el beato Ángel Tarlati: Flor 26.

- Es aquí donde Bartolomé de Pisa ubica el conocido episodio de las coles que Francisco mandó plantar al revés a unos novicios para probar su obediencia: De Conformitate, Lib. II, en Analecta, t. V, p. 141.

- A su regreso del monte Alverna, después de recibir los estigmas, Francisco permanece algunos días en el eremitorio de Montecasale. Mediante su intervención, un hermano fuertemente enfermo recupera la salud: Llagas 4.

Actualización

La enseñanza que dio Francisco a los hermanos sobre la forma de acoger a los ladrones está en estrecha relación con las normas que aparecen en la Regla no bulada 7,4: «Y todo el que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente». Aquí se nos ofrece una de las notas características de la fraternidad franciscana en su dimensión universal, abierta a todos. Se trata de una fraternidad que no es exclusivista ni excluyente. La lección dada a los hermanos de entonces es todavía mucho más incisiva para los hermanos de hoy, que fácilmente nos guiamos por «prudencias humanas» frente a los bandidos de hoy, las cuales no son otra cosa que temores, inseguridades y, en definitiva, ausencia de Evangelio en nuestra vida, sin el cual no alcanzamos ni la intrepidez ni el vigor que tenía Francisco para tratar a los «hermanos ladrones».

Fernando Uribe, O.F.M., El Monte Alverna y lugares cercanos, en Idem, Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 177-194.

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