Artículos por "Regla Comentada"
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Capítulo II

Artículo 14

Llamados, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, a construir un mundo más fraterno y evangélico para edificar el Reino de Dios, conscientes de que "quien sigue a Cristo, Hombre perfecto, se hace a sí mismo más hombre", cumplan de modo competente sus propios deberes con espíritu cristiano de servicio (24).

COMENTARIOS:

(24) Este artículo registar dos referencias en las cuales se fundamenta.

 La primera es la Constitución Dogmática Lumen Gentium, en su número 31 el cual citamos textualmente:

Qué se entiende por laicos

31. Por el nombre de laicos se entiende aqui todos los fieles cristianos, a excepcion de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que estan en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la funcion sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la mision de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.

El caracter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesion secular, estan ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razon de su vocacion particular, en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espiritu de las bienaventuranzas.

A los laicos pertenece por propia vocacion buscar el reino de Dios tratando y ordenando, segun Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, asi como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia esta como entretejida.e

Alli estan llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiandose por el espiritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificacion del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demas, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que estan estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente segun el espiritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

La segunda referencia es la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, en su número 93 y que cita textualmente:

Edificacion del mundo y orientacion de éste a Dios

93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conoceran todos que sois mis discipulos, en el amor mutuo que os tengais (Jn 13,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy.

Por consiguiente, con la fiel adhesion al Evangelio y con el uso de las energias propias de éste, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre si una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deberan responder ante Aquel que juzgará a todos en el ultimo dia.

No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra.

Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando asi testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demas el misterio del amor del Padre celestial.

Por esta via, en todo el mundo los hombres se sentiran despertados a una viva esperanza, que es don del Espiritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillara con la gloria del Senor.


Regla de la Orden Franciscana Seglar Comentada
Capítulo II

Artículo 13

De la misma manera que el Padre ve en cada uno de los hombres los rasgos de su Hijo, Primogénito de muchos hermanos (21), los Franciscanos seglares acojan a todos los hombres con ánimo humilde y cortés, como don del Señor (22) e imagen de Cristo. (K)

El sentido de la fraternidad les hará felices y dispuestos a identificarse con todos los hombres, especialmente con los más humildes, para los cuales se esforzarán en crear condiciones de vida dignas de criaturas redimidas por Cristo (23) (L).


COMENTARIOS:

(21) La Carta a los Romanos, en su Capítulo VIII, versículo 29 es la referencia a este artículo y que textualmente dice:

Rom 8, 29: En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos...

(22) Son tres las referencias a estas palabras. La primera, al No. 85 de la Vida Segunda de San Francisco de Asís, escrita por Tomás de Celano y que dice textualmente:

Capítulo LII

Cómo reprendió al hermano que hablaba mal de un pobre

85. Uno de los días en que predicaba vino al lugar un pobrecillo que estaba además enfermo. Compadecido de la doble calamidad, es decir, de la pobreza y de la enfermedad, el Santo se puso a hablar con el compañero sobre la pobreza.

Y, cuando la compasión con el paciente pasó a ser ya afecto de su corazón, le dijo el compañero al Santo: «Hermano, es verdad que es un pobre, pero no hay tal vez en toda la provincia otro más rico que él en deseo».

Al momento, el Santo lo reprende con aspereza; y, cuando el compañero confesó la culpa cometida, le dijo: «Anda listo y quítate en seguida la túnica y, postrado a los pies del pobre, reconócete culpable. Y no sólo le pedirás perdón, sino también que ore por ti».

El compañero obedeció; se fue a dar satisfacción y volvió. El Santo le dijo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros».

En suma: que Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra; que estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo (Sal 83,10); que estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto (Is 53,3; Heb 4,15).

La segunda referencia es el No. 26 de la segunda redacción de la Carta a los fieles, escrita por San Francisco de Asís y que dice textualmente:

26. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39).

La tercera referencia proviene de la Regla No Bulada, en su Capítulo VII en el No. 15 y que textualmente dice:

15. Y dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volver a verse espiritual y caritativamente y honrarse unos a otros sin murmuración (1 Pe 4,9).

(K) De esta misma Carta a los Fieles, los números 26 y 27:

26. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39).
27. Y si alguno no quiere amarlo como a sí mismo, al menos no le cause mal, sino que le haga bien.

(23) Dos son las referencias a este párrafo. La primera tiene su base en la Regla no Bulada, en su Capítulo IX, el No. 3 y que textualmente dice:

3. Y cuando sea necesario, vayan por limosna.

La segunda referencia es el Evangelio de San Mateo, Capítulo XXV, versículo 40 y que dice lo siguiente:

Mt 25, 40: Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

(L) Agregamos, de nuestra parte, esta referencia de la Regla no Bulada, Capítulo IX el No. 2:

2. Y deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos.


Regla de la Orden Franciscana Seglar Comentada
Capítulo II

Artículo 12

Testigos de los bienes futuros y comprometidos a adquirir, según la vocación que han abrazado, la pureza de corazón, se harán libres de este modo para el amor de Dios y de los hermanos, (20)

(20) Este pequeño artículo lleva aparejada la Admonición XVI de San Francisco de Asís, que textualmente dice:

Capítulo XVI: De la limpieza del corazón

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero.

También tiene como refrerencia el No. 69 de la segunda redacción de la Carta a los Fieles, escrita también de San Francisco de Asís:

69. Ved, ciegos, engañados por nuestros enemigos, a saber, por la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y amargo servir a Dios, porque todos los males, vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21.23).


Capítulo II

Artículo 6

Sepultados y resucitados con Cristo en el Bautismo, que los hace miembros vivos de la Iglesia, (C) y a ella más estrechamente vinculados por la Profesión (D), háganse testigos e instrumentos de su misión entre los hombres, anunciando a Cristo con la vida y la palabra.(E)

Inspirados en San Francisco y con él llamados a reconstruir la Iglesia, empéñense en vivir en plena comunión con el Papa, los Obispos y los sacerdotes en abierto y confiado diálogo de creatividad apostólica. (9)

COMENTARIOS:
(C)El Bautismo, precisado en los números 1214, 1215 y 1216 del Catecismo de la Iglesia Católica, se explica de la siguiente manera:
"Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir", "introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como "nueva criatura" (2Co 5,17 Ga 6,15).

Este sacramento es llamado también "baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo" (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5).

"Este baño se llama iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas" [San Justino]. Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado, "tras haber sido iluminado" He 10,32), se convierte en "hijo de la luz" (1Th 5,5), y en "luz" él mismo (Ep 5,8): El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios... Lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios. [San Gregorio Nacianceno]

En el No. 1227, el mismo Catecismo nos recuerda el origen de las palabras con que comienza este artículo de la regla:
"Según el apóstol san Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con El: ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4). Los bautizados se han "revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica".

(D) Este vínculo más estrecho con la Iglesia por la Profesión, lo explican las anexas anotaciones previas del rito de la Profesión, aprobado el 9 de marzo de 1984 por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, a traves del documento Prot. n. CD 1613/83 firmado por el Cardenal José Casoria, prefecto de esta Congregación. El No. 13 de estas anotaciones dice textualmente lo siguiente:
 "La Profesión es por su naturaleza, un acto público y eclesial, por lo que debe celebrarse en presencia de la Fraternidad..."

 El No. 14 de estas mismas anotaciones plasma la relevancia, el significado de la importancia y trascendencia de la Profesión:
 "Esta es la naturaleza del Compromiso de vida evangélica:
 a) es renovación de la consagración y las promesas bautismales y de la confirmación. esto significa: consagración a Dios, en su Pueblo, con todas las consecuencias que de ello dimaman en relación con la vida de unión con Dios y su proyecto de salvación, mediante una consagración que ha de ser vivida en el mundo:
 b) la voluntad de vivir el Evangelio mediante el seguimiento de San Francisco de Asís:
 c) la incorporación a la Orden Franciscana Seglar, que es la unión en armonía de todos los hermanos y hermanas que prometen vivir el Evangelio, según San Francisco de Asís, permaneciendo en su vocación seglar;
 d) la voluntad de vivir en el mundo y para el mundo. En este punto, ciertamente la Profesión quiere ser fermento evangélico y propósito de colaborar en la construcción de un mundo más fraterno...".

(9) El último párrafo de este artículo de la Regla de la OFS, trae la manifestación de apoyo al Papa, a los Obispos y sacerdotes, recordando las palabras de la tercera parte del Discurso de Su Santidad Paulo VI a la gran concentración de Terciarios Franciscanos que participaban en la Peregrinación Internacional el 19 de de mayo de 1971, donde habla del servicio generoso a la Iglesia, a semejanza de San Francisco de Asís. Reproducimos el contenido de esa parte del documento en  una traducción libre:

"Generoso servicio"

"Y finalmente nuestra tercera confianza: la fidelidad a la Iglesia! Nosotros tenemos confianza que todavía el hombro fuerte y paciente de San Francisco, como en el célebre y típico fresco, apoyará a la Iglesia visible y humana, sujeta a las crisis de este mundo, en su amenazado edificio; apoyará, sí, la Iglesia, que Cristo fundó y construyó, para su gloria, en su pescador Simon, hijo de Juan; la apoyará tal cuál es y qué Cristo la punto, incluso asi tan necesitada de indulgencia y de comprensión; la apoyará en este momento histórico, tras el Concilio, en el cual parece a veces que el deprimir e intentar demoler el mistico y aunque temporal edificio, venga de sus hijos! Los hijos que son hospedados, al contrario que son o deberían ser piedras vivas, no menos que los adversarios externos quizá menos conscientes de sus obras injustas".

"Pues bien, nosotros esperamos que ustedes, todos ustedes, hijos de San Francisco, ustedes sean esta espalda de poderoso sostenimiento y que en su silencioso y generoso servicio a nosotros, pacientes con nosotros, confiamos en que ninguna infausta adversidad podrá prevalecer sobre la estabilidad perenne del edificio de Cristo, la Iglesia una, Santa, católica y Apostólica".

"Y que con esta confianza es que de corazón los bendecimos".


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Capítulo II

Artículo 11

Cristo, confiado en el Padre, aún apreciando atenta y amorosamente las realidades creadas, eligió para Sí y para su Madre una vida pobre y humilde (18); del mismo modo, los Franciscanos seglares han de buscar en el desapego y en el uso, una justa relación con los bienes terrenos, simplificando las propias exigencias materiales; sean conscientes, en conformidad con el Evangelio, de ser administradores de los bienes recibidos, en favor de los hijos de Dios. (J)

Así, en el espíritu de las "Bienaventuranzas", esfuércense en purificar el corazón de toda tendencia y deseo de posesión y de dominio, como "peregrinos y forasteros" en el camino hacia la casa del Padre (19).

(18) Este aspecto citado por el artículo 11 encuentra su base en el No. 5 de la segunda redacción de la Carta a los Fieles, escrita por San Francisco de Asís, donde habla de la Palabra del Padre encarnada: El Señor Jesucristo.

El texto de esta cita dice:

5. Él, siendo rico (2 Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir, con la beatísima Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo.

(19) La Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo VIII, versículo 17 y el No. 7, párrafo 4 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium iluminan este párrafo.

Respectivamente, los textos íntegros:

Rom 8, 17: Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él.

En Lumen Gentium, el No. 7, párrafo 4 señala:

En la fraccion del pan eucaristico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una comunion con El y entre nosotros mismos. "Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese unico pan" (1Co 10,17). Asi todos nosotros quedamos hechos miembros de su cuerpo (1Co 12,27), "pero cada uno es miembro del otro" (Rm 12,5).

Agregamos tambien de Lumen Gentium, el no. 7 párrafo 11 para reforzar:

Peregrinos todavia sobre la tierra siguiendo sus huellas en el sufrimiento y en la persecucion, nos unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza, padeciendo con El, para ser con el glorificados (Rm 8,17).

(J) Es importante considerar lo que el catecismo de la Iglesia Católica nos enseña sobre la Pobreza de Espíritu y que es hacia donde este artículo nos conduce.

Los Nos. 2544 a 2547 nos hablan de la Pobreza de Corazón. Los textos citados señalan:

III.- LA POBREZA DE CORAZON

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a El respecto a todo y a todos y les propone "renunciar a todos sus bienes" (Lc 14,33) por El y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 "Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto".

2546 "Bienaventurados los pobres en el espíritu" (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino: El Verbo llama "pobreza en el Espíritu" a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: "Se hizo pobre por nosotros" (2Co 8,9). [San Gregorio de Nisa]

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. "El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los cielos". El abandono en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana. La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.


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Capítulo II

Artículo 10

Asociándose a la obediencia redentora de Jesús, que sometió su voluntad a la del Padre, cumplan fielmente las obligaciones propias de la condición de cada uno, en las diversas circunstancias de la vida, (16) y sigan a Cristo, pobre y crucificado confesándolo aún en las dificultades y persecuciones (17).

COMENTARIOS:

(16) La Constitución Dogmática sobre la Iglesia, la Lumen Gentium, en su número 41, nos recuerda a través de estas palabras del artículo 10 su contenido y la fundamentación de dicho artículo.

A continuación, la cita textual:

La santidad en los diversos estados

41. Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesion los que son guiados por el espiritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espiritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participacion de su gloria.

Segun eso, cada uno segun los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilacion por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebano de Cristo cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza, segun la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas; cumplido asi su ministerio, sera para ellos un magnifico medio de santificacion.

Los escogidos a la plenitud del sacerdocio reciben como don, con la gracia sacramental, el poder ejercitar el perfecto deber de su pastoral caridad con la oracion, con el sacrificio y la predicacion, en todo género de preocupacion y servicio episcopal, sin miedo de ofrecer la vida por sus ovejas y haciéndose modelo de la grey (1P 5,13). Asi incluso con su ejemplo, han de estimular a la Iglesia hacia una creciente santidad.

Los presbiteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona espiritual forman participando de la gracia del oficio de ellos por Cristo, eterno y unico Mediador, crezcan en el amor de Dios y del projimo por el ejercicio cotidiano de su deber; conserven el vinculo de la comunion sacerdotal; abunden en toda clase de bienes espirituales y den a todos un testimonio vivo de Dios, emulando a aquellos sacerdotes que en el transcurso de los siglos nos dejaron muchas veces con un servicio humilde y escondido, preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde por la Iglesia de Dios.

Ofrezcan, como es su deber, sus oraciones y sacrificios por su grey y por todo el Pueblo de Dios, conscientes de lo que hacen e imitando lo que tratan. Asi, en vez de encontrar un obstaculo en sus preocupaciones apostolicas, peligros y contratiempos, sirvanse mas bien de todo ello para elevarse a mas alta santidad, alimentando y fomentando su actividad con la frecuencia de la contemplacion, para consuelo de toda la Iglesia de Dios.

Todos los presbiteros, y en particular los que por el titulo peculiar de su ordenacion se llaman sacerdotes diocesanos, recuerden cuanto contribuira a su santificacion el fiel acuerdo y la generosa cooperacion con su propio Obispo.

Son también participantes de la mision y de la gracia del supremo sacerdote, de una manera particular, los ministros de orden inferior, en primer lugar los diaconos, los cuales, al dedicarse a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio y agradar a Dios y ser ejemplo de todo lo bueno ante los hombres (1Tm 3,8-10 1Tm 12-13).

Los clérigos, que llamados por Dios y apartados para su servicio se preparan para los deberes de los ministros bajo la vigilancia de los pastores, estan obligados a ir adaptando su manera de pensar y sentir a tan preclara eleccion, asiduos en la oracion, fervorosos en el amor, preocupados siempre por la verdad, la justicia, la buena fama, realizando todo para gloria y honor de Dios.

A los cuales todavia se anaden aquellos seglares, escogidos por Dios, que, entregados totalmente a las tareas apostolicas, son llamados por el Obispo y trabajan en el campo del Senor con mucho fruto.

Conviene que los conyuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayuden el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Senor les haya dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de una incansable y generoso amor, construyen la fraternidad de la caridad y se presentan como testigos y cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como simbolo y al mismo tiempo participacion de aquel amor con que Cristo amo a su Esposa y se entrego a si mismo por ella.

Un ejemplo analogo lo dan los que, en estado de viudez o de celibato, pueden contribuir no poco a la santidad y actividad de la Iglesia. Y por su lado, los que viven entregados al duro trabajo conviene que en ese mismo trabajo humano busquen su perfeccion, ayuden a sus conciudadanos, traten de mejorar la sociedad entera y la creacion, pero traten también de imitar, en su laboriosa caridad, a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo manual, y que continua trabajando por la salvacion de todos en union con el Padre; gozosos en la esperanza, ayudandose unos a otros en llevar sus cargas, y sirviéndose incluso del trabajo cotidiano para subir a una mayor santidad, incluso apostolica.

Sepan también que estan unidos de una manera especial con Cristo en sus dolores por la salvacion del mundo todos los que se ven oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o padecen persecucion por la justicia: todos aquellos a quienes el Senor en su Evangelio llamo Bienaventurados, y a quienes: "El Senor... de toda gracia, que nos llamo a su eterna gloria en Cristo Jesus, después de un poco de sufrimiento, nos perfeccionara El mismo, nos confirmara, nos solidificara" (1P 5,10).

Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condicion de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podran santificar de dia en dia, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amo al mundo.

(17) Estas últimas palabras también encuentran en el No. 42, párrafo 2 de la Lumen Gentium su sentido esencial.

Hemos agregado los párrafos 3, 4 y 5 que ayudan más a la comprensión de este artículo. El texto íntegro señala:

Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oir de buena gana la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristia, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera constante a la oracion, a la abnegacion de si mismo, a un fraterno y solicito servicio de los demas y al ejercicio de todas las virtudes.

Porque la caridad, como vinculo de la perfeccion y plenitud de la ley (Col 3,14), gobierna todos los medios de santificacion, los informa y los conduce a su fin. De ahi que el amor hacia Dios y hacia el projimo sea la caracteristica distintiva del verdadero discipulo de Cristo.

Asi como Jesus, el Hijo de Dios, manifesto su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus hermanos (1Jn 3,16 Jn 15,13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos cristianos se vieron llamados, y siempre se encontraran otros llamados a dar este maximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores.

El martirio, por consiguiente, con el que el discipulo llega a hacerse semejante al Maestro, que acepto libremente la muerte por la salvacion del mundo, asemejandose a El en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.


Regla de la Orden Franciscana Seglar Comentada
Capítulo II

Artículo 9

La Virgen María, humilde sierva del Señor, siempre atenta a su palabra y a todas sus mociones, fue para San Francisco centro de indecible amor, y por él declarada Protectora y Abogada de su familia. (14)

Los Franciscanos seglares den testimonio de su ardiente amor hacia Ella, por la imitación de su disponibilidad incondicional, y en la efusión de una confiada y consciente oración. (15)


COMENTARIOS:

(14) Este párrafo fundamenta su afirmación en el Capítulo CL, 198 de la Vida Segunda de San Francisco de Asís, escrita por Tomás de Celano y que es considerada fuente biográfica autorizada:

Esta cita señala textualmente:

Su devoción a nuestra Señora, a quien encomendó especialmente la Orden

198. Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas (cf. SalVM y OfP ant), le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre (Gal 4,2).

(15) La Constitución Dogmática sobre la Iglesia conocida como Lumen Gentium, en su No. 67 y el Decreto Apostolicam Actuositatem en su No. 4, párrafo 10, son las bases para este párrafo del artículo 9.

Textualmente, Lumen Gentium cita:

Espiritu de la predicacion y del culto

67. El Sacrosanto Sinodo ensena en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo liturgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las practicas y ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imagenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los Santos.

Asimismo exhorta encarecidamente a los teologos y a los predicadores de la divina palabra que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageracion, como también de una excesiva estrechez de espiritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y doctores y de las Liturgicas de la Iglesia bajo la direccion de Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios de la Bienaventurada Virgen, que siempre estan referidos a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad, y, con diligencia, aparten todo aquello que sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia.

Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devocion no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitacion de sus virtudes.

Asimismo, Apostolicam Actuositatem:

Las comunidades de la Iglesia

10. Los laicos tienen su papel activo en la vida y en la accion de la Iglesia, como participes que son del oficio de Cristo Sacerdote, profeta y rey. Su accion dentro de las comunidades de la Iglesia es tan necesaria que sin ella el mismo apostolado de los pastores muchas veces no puede conseguir plenamente su efecto.

Pues los laicos de verdadero espiritu apostolico, a la manera de aquellos hombre y mujeres que ayudaban a Pablo en el Evangelio (Ac 18,18-26 Rm 16,3), suplen lo que falta a sus hermanos y reaniman el espiritu tanto de los pastores como del resto del pueblo fiel (1Co 16,17-18).

Porque nutridos ellos mismos con la participacion activa en la vida liturgica de su comunidad, cumplen solicitamente su cometido en las obras apostolicas de la misma; conducen hacia la Iglesia a los que quiza andaban alejados; cooperan resueltamente en la comunicacion de la palabra de Dios, sobre todo con la instruccion catequética; con la ayuda de su pericia hacen mas eficaz el cuidado de las almas e incluso la administracion de los bienes de la Iglesia.

La parroquia presenta el modelo clarisimo del apostolado comunitario, reduciendo a la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran e insertandolas en la Iglesia universal. Acostumbrense los laicos a trabajar en la parroquia intimamente unidos a sus sacerdotes; a presentar a la comunidad de la Iglesia los problemas propios y los del mundo, los asuntos que se refieren a la salvacion de los hombres, para examinarlos y solucionarlos por medio de una discusion racional; y a ayudar segun sus fuerzas a toda empresa apostolica y misionera de su familia eclesiastica.

Cultiven sin cesar el sentido de diocesis, de la que la parroquia es como un célula, siempre prontos a aplicar también sus esfuerzos en las obras diocesanas a la invitacion de su Pastor. Mas aun, para responder a las necesidades de las ciudades y de los sectores rurales, no limiten su cooperacion dentro de los limites de la parroquia o de la diocesis, procuren mas bien extenderla a campos interparroquiales, interdiocesanos, nacionales o internacionales, sobre todo porque, aumentando cada vez mas la emigracion de los pueblos, en el incremento de las relaciones mutuas y la facilidad de las comunicaciones, no permiten que esté encerrada en si misma ninguna parte de la sociedad. por tanto, vivan preocupados por las necesidades del pueblo de Dios, disperso en toda la tierra. Hagan sobre todo labor misionera, prestando auxilios materiales e incluso personales. puesto que es obligacion honrosa de los cristianos devolver a Dios parte de los bienes que de El reciben.


Regla de la Orden Franciscana Seglar Comentada
Capítulo II

Artículo 8

Como Jesucristo fue el verdadero adorador del Padre, del mismo modo los Franciscanos seglares hagan de la oración y de la contemplación el alma del propio ser y del propio obrar. (13)

Participen de la vida sacramental de la Iglesia, especialmente de la Eucaristía, y asóciense a la oración litúrgica en alguna de las formas propuestas por la misma Iglesia, reviviendo así los misterios de la vida de Cristo.(H)


COMENTARIOS:

(13) Este párrafo remite a uno de los documentos del Concilio Vaticano, el Decreto Apostolicam Actuositatem, en su No. 4, párrafos 1 al 3 y que tratan sobre la espiritualidad en orden al Apostolado.

Textualmente, dichas citas señalan textualmente lo siguiente:

4 Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de su union vital con Cristo, porque dice el Señor: "El que permanece en mi y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mi nada podéis hacer" (Jn 15,4-5). Esta vida de union intima con Cristo en la Iglesia se nutre de auxilios espirituales, que son comunes a todos los fieles, sobre todo por la participacion activa en la Sagrada Liturgia, de tal forma los han de utilizar los fieles que, mientras cumplen debidamente las obligaciones del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la union con Cristo de las actividades de su vida, sino que han de crecer en ella cumpliendo su deber segun la voluntad de Dios.

Es preciso que los seglares avancen en la santidad decididos y animosos por este camino, esforzandose en superar las dificultades con prudencia y paciencia. Nada en su vida debe ser ajeno a la orientacion espiritual, ni las preocupaciones familiares, ni otros negocios temporales, segun las palabras del Apostol: "Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Senor Jesus, dando gracias a Dios Padre por El" (Col 3,17).

Pero una vida asi exige un ejercicio continuo de fe, esperanza y caridad.

Solamente con la luz de la fe y la meditación de su palabra divina puede uno conocer siempre y en todo lugar a Dios, "en quien vivimos, nos movemos y existimos" (Ac 17,28), buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres, sean deudos o extraños, y juzgar rectamente sobre el sentido y el valor de las cosas materiales en si mismas y en consideracion al fin del hombre

(H) Es evidente que este artículo de la Regla de la OFS precisa con claridad y de manera directa a la oración. Pero, ¿Qué es la oración? De manera expresa, el catecismo de la Iglesia Católica aborda un buen espacio de sus contenidos a este aspecto indispensable en la vida del cristiano.

Por ello citamos textualmente, para iluminar más sobre este sencillo pero importantísimo artículo, la Cuarta Parte del Catecismo de la Iglesia Católical, Capítulo III, sobre la Vida de Oración y otros aspectos, que van de los números 2697 al 2751 del mismo Catecismo

CAPITULO TERCERO: LA VIDA DE ORACION

2697 La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un "recuerdo de Dios", un frecuente despertar la "memoria del corazón": "Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar". Pero no se puede orar "en todo tiempo" si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.

2698 La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.

2699 El Señor conduce a cada persona por los caminos que El dispone y de la manera que El quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

Artículo 1 LAS EXPRESIONES DE LA ORACION


I.- LA ORACION VOCAL

2700 Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. "Que nuestra oración sea escuchada no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas".

2701 La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el "Padre Nuestro". Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del Padre, hasta la agonía de Getsemaní.

2702 Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible.

2703 Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la oración que brota viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, porque esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho.

2704 La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél "a quien hablamos". Por ello, la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa.

II.- LA MEDITACION

2705 La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los cristianos no les falta: las Sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los Padres espirituales, las obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del "hoy" de Dios.

2706 Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: "Señor, ¿qué quieres que haga?".

2707 Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador. Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

2708 La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar "los misterios de Cristo", como en la "lectio divina" o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con El.

III.- LA ORACION DE CONTEMPLACION

2709 ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: "No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". La contemplación busca al "amado de mi alma" (Ct 1,7) 8 Esto es, a Jesús y en El, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de El y vivir en El. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710 La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida, reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

2711 La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: "recoger" el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama, para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712 La contemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a él amando más todavía. Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

2713 Así, la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser. Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, "a su semejanza".

2714 La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede "que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor".

2715 La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo le miro y él me mira", decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia a "mí". Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más amarle y seguirle.

2716 La contemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el "sí" del Hijo hecho siervo y en el "fiat" de su humilde esclava.

2717 La contemplación es silencio, este "símbolo del mundo venidero" o "amor silencioso". Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre "exterior", el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

2718 La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

2719 La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son estos tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús los que su Espíritu (y no la "carne que es débil") hace vivir en la contemplación. Es necesario aceptar el "velar una hora con él".

2720 La Iglesia invita a los fieles a una oración regulada: oraciones diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical, fiestas del año litúrgico.

2721 La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.

2722 La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el "Padre Nuestro" a sus discípulos.

2723 La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida.

2724 La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio.

Artículo 2 EL COMBATE DE LA ORACION

2725 La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El "combate espiritual" de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

I.- LAS OBJECIONES A LA ORACION

2726 En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

2727 También tenemos que hacer frente a mentalidades de "este mundo" que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el sensualismo y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y de belleza (y he aquí que la oración es "amor de la Belleza absoluta" [philocalia], y sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y verdadero); y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos "muchos bienes" (Mc 10,22); decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración... La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.


II.- NECESIDAD DE UNA HUMILDE VIGILANCIA

Frente a las dificultades de la oración

2729 La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir.

2730 Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a El, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Ps 27,8).

2731 Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión.

Frente a las tentaciones en la oración

2732 La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: "Sin mí, no podéis hacer nada" (Jn 15,5).

2733 Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mt 26,41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

III.- LA CONFIANZA FILIAL

2734 La confianza filial se prueba en la tribulación, particularmente cuando se ora pidiendo para sí o para los demás. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o "eficaz".

Queja por la oración no escuchada

2735 He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

2736 ¿Estamos convencidos de que "nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rm 8,26)? ¿Pedimos a Dios los "bienes convenientes"? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo.

2737 "No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones" (Jc 4,23). Si pedimos con un corazón dividido, "adúltero", Dios no puede escucharnos porque El quiere nuestro bien, nuestra vida. "¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros" (Jc 4,5)? Nuestro Dios está "celoso" de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados: No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración. El quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos. [San Agustín]

La oración es eficaz

2738 La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

2739 En san Pablo, esta confianza es audaz, basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único. La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

2740 La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. El es su modelo. El ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

2741 Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

IV.- PERSEVERAR EN EL AMOR

2742 "Orad constantemente" (1Th 5,17), "dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo" (Ep 5,20), "siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos" (Ep 6,18). "No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar". Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes

2743 Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está "con nosotros, todos los días" (Mt 28,20), cualesquiera que sean las tempestades. Nuestro tiempo está en las manos de Dios: Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina. [San Juan Crisóstomo]

2744 Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado. ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser "vida nuestra", si nuestro corazón está lejos de él? Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar. [San Juan Crisóstomo] Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente. [San Alfonso María de Ligorio]

2745 Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. "Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn 15,16-17). Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua. [Orígenes]

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre. Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, realizada "una vez para siempre", permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la "Hora de Jesús" sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración "sacerdotal" de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su "paso" [pascua] hacia el Padre donde él es "consagrado" enteramente al Padre.

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está "recapitulado" en El: Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, su humillación y su Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la "Hora de Jesús" llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrátor. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que El nos enseña: "Padre Nuestro". La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre, el deseo de su Reino (la Gloria), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación y la liberación del mal.

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el "conocimiento" indisociable del Padre y del Hijo que es el misterio mismo de la vida de oración.

Jesús bendiciendo a los niños.

Regla de la Orden Franciscana Seglar Comentada
Capítulo II

Artículo 7

Como "hermanos y hermanas de penitencia" (10), en fuerza de su vocación, impulsados por la dinámica del Evangelio, conformen su modo de pensar y de obrar al de Cristo, mediante un radical cambio interior, que el mismo Evangelio denomina con el nombre de "conversión"; la cual, debido a la fragilidad humana, debe actualizarse cada día (11).

En este camino de renovación, el Sacramento de la Reconciliación es signo privilegiado de la misericordia del Padre, y fuente de gracia (12)(C).

COMENTARIOS:
(10) Estas palabras recuerdan lo que es considerado como la "primera Regla" de la OFS, redactada al parecer en 1221 por el Cardenal Hugolino, obispo de Ostia y luego Papa Gregorio IX. Un documento de 39 artículos con profundas raíces históricas en lo referente a diversos grupos de hermanos penitentes que ya existían antes de la aparición de los hermanos penitentes franciscanos. La frase "hermanos y hermanas de penitencia" se basa en el inicio precisamente del Memoriale Propositum, que iniciaba en su título de la siguiente manera: MEMORIAL DEL PROPÓSITO De los hermanos y hermanas de la Penitencia que viven en sus propias casas. Inicios del año del Señor 1221.

(11) Este párrafo encuentra sustento en varios documentos del Concilio Vaticano II y, obviamente, estos en la Palabra de Dios. El primer documento que se nos da para fundamentar esta parte del artículo 7 es la Constitución Dogmática Lumen gentium, Capítulo 1 en su No. 8, En algunos de sus párrafos nos precisa la santificación mediante la penitencia. El documento, íntegra y textualmente dice lo siguiente:
" Cristo, Mediador unico, establecio su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazon visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de organos jerarquicos, y el cuerpo mistico de Cristo, reunion visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino".

"Por esta profunda analogia se asimila al Misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como organo de salvacion a El indisolublemente unido, de forma semejante a la union social de la Iglesia sirve al Espiritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo" (cf. Ep 4,16).

Esta es la unica Iglesia de Cristo, que en el Simbolo confesamos una, santa, catolica y apostolica, la que nuestro Salvador entrego después de su resurreccion a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiandole a él y a los demas apostoles su difusion y gobierno (Mt 28,18), y la erigio para siempre como "columna y fundamento de la verdad" (1Tm 3,15).

Esta Iglesia constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la Iglesia catolica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunion con él, aunque pueden encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificacion y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad catolica.

Mas como Cristo efectuo la redencion en la pobreza y en la persecucion, asi la Iglesia es la llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvacion. Cristo Jesus, "existiendo en la forma de Dios, se anonado a si mismo, tomando la forma de siervo" (Fil 2,69), y por nosotros, "se hizo pobre, siendo rico" (2Co 8,9); asi la Iglesia, aunque el cumplimiento de su mision exige recursos humanos, no esta constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar la humildad y la abnegacion incluso con su ejemplo.

Cristo fue enviado por el Padre a "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos" (Lc 4,18), "para buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, mas aun, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo.

Pues mientras Cristo, santo, inocente, inmaculado (He 7,26), no conocio el pecado (2Co 5,21), sino que vino solo a expiar los pecados del pueblo (He 21,7), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificacion constante, busca sin cesar la penitencia y la renovacion.

La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Senor, hasta que El venga (1Co 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Senor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y descubre fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor.

Otro de los Documentos es el Decreto Unitatis Redintegratio, que nos habla del Ecumenismo. En su número 4, que habla de las actitudes de unidad que debemos guardar todos los cristianos, expone el siguiente párrafo donde se invita a la purificación:
 "Por tanto, todos los catolicos deben tender a la perfeccion cristiana y esforzarse cada uno segun su condicion para que la Iglesia, portadora de la humildad y de la pasion de Jesus en su cuerpo, se purifique y se renueve de dia en dia, hasta que Cristo se la presente a si mismo gloriosa, sin mancha ni arruga".

 El tercero de los documentos de la Iglesia que da la fundamentación clara a este artículo, que es medular para los hermanos de penitencia franciscanos, es la Constitución Apostólica Paenitemini de Su Santidad Pablo VI, por la que se Reforma la Disciplina Eclesiástica de la Penitencia. Si bien, este párrafo del artículo siete deja ver referencia al preámbulo de esta COnstitución, consideramos extremo indispensable citar íntegro todo el documento por la riqueza de sus contenidos y la profundidad de los conceptos que son a todas luces propios para los hermanos de penitencia franciscanos:

 CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA PAENITEMINI DE SU SANTIDAD PABLO VI
POR LA QUE SE REFORMA LA DISCIPLINA ECLESIÁSTICA DE LA PENITENCIA

Pablo Obispo,
Siervo de los siervos de Dios,
en memoria perpetua de este acto

«Convertíos y creed en el Evangelio»[1], nos parece que debemos repetir hoy estas palabras del Señor, en los momentos en que —clausurado el Concilio ecuménico Vaticano II— la Iglesia continúa su camino con paso más decidido. De entre los graves y urgentes problemas que se plantean a nuestra solicitud pastoral, se encuentra, y no en último lugar, el de recordar a nuestros hijos —y a todos los hombres de espíritu religioso de nuestro tiempo— el significado y la importancia de la penitencia. Nos sentimos movidos a ello por la visión más rica y profunda de la naturaleza de la Iglesia y de sus relaciones con el mundo que la suprema Asamblea ecuménica nos ha ofrecido en estos años.

Durante el Concilio, la Iglesia, meditando con más profundidad en su misterio, ha examinado su naturaleza en toda su dimensión, y ha escrutado sus elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, temporales y eternos. Profundizando, ante todo, en el lazo que la une a Cristo y a su obra salvadora, ha subrayado especialmente que todos sus miembros están llamados a participar en la obra de Cristo, y, consiguientemente, a participar en su expiación; [2] además, ha tomado conciencia más clara de que, aun siendo por designio de Dios santa e irreprensible, [3] es en sus miembros defectible y está continuamente necesitada de conversión y renovación, [4] renovación que debe llevarse a cabo no sólo interiormente e individualmente, sino también externa y socialmente;[5] finalmente la Iglesia ha considerado más atentamente su papel en la ciudad terrena, [6] es decir, su misión de indicar a los hombres la forma recta de usar los bienes terrenos y de colaborar en la consecratio mundi, y al mismo tiempo estimularlos a esa saludable abstinencia que los defiende del peligro de dejarse encantar, en su peregrinación hacia la patria celestial, por las cosas de este mundo [7].

Por estos motivos, queremos hoy repetir a nuestros hijos las palabras pronunciadas por Pedro en su primer discurso después de Pentecostés: "Convertíos... para que se os perdonen los pecados", [8] y también queremos repetir, una vez más, a todas las naciones de la tierra, la invitación de Pablo a los gentiles de Listra: "Convertíos al Dios vivo". [9]

I

La Iglesia —que durante el Concilio ha examinado con mayor atención sus relaciones, no sólo con los hermanos separados, sino también con las religiones no cristianas— ha descubierto de buen grado cómo casi en todas las partes y en todos los tiempos la penitencia ocupa un papel de primer plano, por estar íntimamente unida al íntimo sentido religioso que penetra la vida de los pueblos más antiguos, y a las expresiones más elaboradas de las grandes religiones que marchan de acuerdo con el progreso de la cultura. [10]

En el Antiguo Testamento se descubre cada vez con una riqueza mayor el sentido religioso de la penitencia. Aunque a ella recurra el hombre después del pecado para aplacar la ira divina [11], o con motivo de graves calamidades [12], o ante la inminencia de especiales peligros [13],  o mas frecuentemente para obtener beneficios del Señor[14], sin embargo, podemos advertir que el acto penitencial externo va acompañado de una actitud interior de "conversión" es decir, de reprobación y alejamiento del pecado y de acercamiento hacia Dios[15]. Se priva del alimento y se despoja de sus propios bienes (el ayuno va generalmente acompañado de la oración y de la limosna) [16], aun después que el pecado ha sido perdonado, e independientemente de la petición de gracias se ayuna y se emplean vestiduras penitenciales para someter a aflicción "el alma" [17], para humillarse ante el rostro de Dios[18], para volver la mirada hacia Dios [19], para prepararse a la oración [20], para comprender más íntimamente las cosas divinas, para prepararse al encuentro con Dios[21]. La penitencia es, consiguientemente —ya en el Antiguo Testamento—, un acto religioso personal, que tiene como término el amor y el abandono en el Señor ayunar para Dios, no para si mismo[22].

Así había de establecerse también en los diversos ritos penitenciales sancionados por la ley. Cuando esto no se realiza, el Señor se lamenta: "No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces"[23]. "Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro"[24].

No falta en el Antiguo Testamento el aspecto social de la penitencia: las liturgias penitenciales de la Antigua Alianza no son solamente una toma de conciencia colectiva del pecado, sino que también constituyen la condición de pertenencia al pueblo de Dios[25].

También podemos advertir que la penitencia se presenta, antes de Cristo igualmente como medio y prueba de perfección y santidad: Judit[26], Daniel[27], la profetisa Ana y otras muchas almas elegidas servían a Dios noche y día con ayunos y oraciones[28], con gozo y alegría[29].

Finalmente, encontramos, en los justos del Antiguo Testamento, quienes se ofrecen a satisfacer, con su penitencia personal, por los pecados de la comunidad, así lo hizo Moisés en los cuarenta días que ayunó para aplacar al Señor por las culpas del pueblo infiel[30]; sobre todo así se nos presenta la figura del Siervo de Yahvé, el cual "soportó nuestros sufrimientos" y en el cual "el Señor cargó... todos nuestros crímenes"[31].

Sin embargo, todo esto no era más que sombra de lo que había de venir[32]. La penitencia —exigencia de la vida interior confirmada por la experiencia 'religiosa de la humanidad y objeto de un precepto especial de la revelación divina— adquiere en Cristo y en la Iglesia dimensiones nuevas, infinitamente más vastas y profundas.

Cristo, que en su vida Siempre hizo lo que enseñó, antes de iniciar su ministerio, pasé cuarenta días y cuarenta noches en la oración y en el ayuno, e inauguró su misión pública con este mensaje gozoso: "Está cerca el reino de Dios", al que sumé este mandato: "Convertíos y creed en el Evangelio"[33]. Estas palabras constituyen, en cierto modo, el compendio de toda la vida cristiana.

Al reino de Cristo se puede llegar solamente por la metánoia, es decir, por esa íntima y total transformación y renovación de todo el hombre —de todo su, sentir, juzgar y disponer— que se lleva a cabo en él a la luz de la santidad y caridad de Dios, santidad y caridad que, en el Hijo, se nos han manifestado y comunicado con plenitud[34].

La invitación del Hijo a la metánoia resulta mucho más indeclinable en cuanto que él no sólo la predica, sino que él mismo se ofrece como ejemplo de penitencia. Pues Cristo es el modelo supremo de penitentes; quiso padecer la pena por pecados que no eran suyos, sino de los demás[35].

Con Cristo, el hombre queda iluminado con una luz nueva, y consiguientemente reconoce la santidad de Dios y la gravedad del pecado, [36] por medio de la palabra de Cristo se le transmite el mensaje que invita a la conversión y concede el perdón de los pecados, dones que consigue plenamente en el bautismo. Pues este sacramento lo configura de acuerdo con la pasión, muerte y resurrección del Señor, [37] y bajo el sello de este misterio plantea toda la vida futura del bautizado.

Por ello, siguiendo al Maestro, cada cristiano debe renunciar a sí mismo, tomar su cruz, participar en los padecimientos de Cristo; transformado de esta forma en una imagen de su muerte, se hace capaz de merecer la gloria de la resurrección[38]. También, siguiendo al Maestro, ya no podrá vivir para si mismo[39], sino para aquél que lo amé y se entregó por él [40] y tendrá también que vivir para los hermanos, "completando en su carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia"[41].

Además, estando la Iglesia íntimamente unida a Cristo, la penitencia de cada cristiano tiene también una propia e íntima relación con toda la comunidad eclesial, pues no sólo en el seno de la Iglesia, en el bautismo, recibe el don primario de la metánoia, sino que este don se restaura y adquiere nuevo vigor por medio del sacramento de la penitencia, en aquellos miembros del Cuerpo de Cristo que han caído en el pecado. "Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la ofensa hecha a Dios por la misericordia de éste y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que, pecando, ofendieron, la cual con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión"[42]. Finalmente, también en la Iglesia el pequeño acto penitencial impuesto a cada uno en el sacramento, se hace participe de forma especial de la infinita expiación de Cristo, al paso que, por una disposición general de la Iglesia, el penitente puede íntimamente unir a la satisfacción sacramental todas sus demás acciones, padecimientos y sufrimientos[43].

De esta forma, la misión de llevar en cl cuerpo y en el alma la "mortificación" del Señor[44], afecta a toda la vida del bautizado, en todos sus momentos y expresiones.

II

El carácter eminentemente interior y religioso de la penitencia, y los maravillosos aspectos que adquiere "en Cristo y en la Iglesia", no excluyen ni atenúan en modo alguno la práctica externa de esta virtud, más aún, exigen con particular urgencia su necesidad[45] y estimulan a la Iglesia —atenta siempre a los signos de los tiempos— a buscar, además de la abstinencia y el ayuno, nuevas expresiones, más capaces de realizar, según la condición de las diversas épocas, el fin de la penitencia.

Sin embargo, la verdadera penitencia no puede prescindir, en ninguna poca de una "ascesis" que incluya la mortificación del cuerpo; todo nuestro ser, cuerpo y alma (más aún, la misma naturaleza irracional, como frecuentemente nos recuerda la Escritura [46], debe participar activamente en este acto religioso, en el que la criatura reconoce la santidad y majestad divina. La necesidad de la mortificación del cuerpo se manifiesta, pues, claramente, si se considera la fragilidad de nuestra naturaleza, en la cual, después del pecado de Adán, la carne y el espíritu tienen deseos contrarios[47]. Este ejercicio de mortificación del cuerpo —ajeno a cualquier forma de estoicismo— no implica una condena de la carne, que el Hijo de Dios se dignó asumir[48]; al contrario, la mortificación corporal mira por la "liberación" del hombre[49], que con frecuencia se encuentra, por causa de la concupiscencia desordenada, como encadenado[50] por la parte sensitiva de su ser; por medio del "ayuno corporal"[51] el hombre adquiere vigor y, "esforzado por la saludable templanza cuaresmal, restaña la herida que en nuestra naturaleza humana había causado el desorden"[52].

En el Nuevo Testamento y en la historia de la Iglesia —aunque el deber de hacer penitencia esté motivado sobre todo por la participación en los sufrimientos de Cristo—, se afirma, sin embargo, la necesidad de la ascesis que castiga el cuerpo y lo reduce a esclavitud, con particular insistencia para seguir el ejemplo de Cristo[53].

Contra el real y siempre ordinario peligro del formalismo y fariseísmo, en la Nueva Alianza los Apóstoles, los Padres, los Sumos Pontífices, como lo hizo el Divino Maestro, han condenado abiertamente cualquier forma de penitencia que sea puramente externa. En los textos litúrgicos y por los autores de todos los tiempos se ha afirmado y desarrollado ampliamente la relación íntima que existe en la penitencia, entre el acto externo, la conversión interior, la oración y las obras de caridad[54].

III

Por ello, la Iglesia —al paso qué reafirma la primacía de los valores religiosos y sobrenaturales de la penitencia (valores capaces como ninguno para devolver hoy al mundo el sentido de Dios y de su soberanía sobre el hombre, y el sentido de Cristo y de su salvación)— [55] invita a todos a acompañar la conversión interior del espíritu con el ejercicio voluntario de obras externas de penitencia:

a) Ante todo insiste en que se ejercite la virtud de la penitencia con la fidelidad perseverante a los deberes del propio estado, con la aceptación de las dificultades procedentes del trabajo propio y de la convivencia humana, con el paciente sufrimiento de las pruebas de la vida terrena y de la inseguridad que la invade, que es causa de ansiedad[56].

b) Los miembros de la Iglesia afligidos por la debilidad, las enfermedades, la pobreza, la desgracia, o "los perseguidos por causa de la justicia", son invitados a unir sus dolores al sufrimiento de Cristo, para que puedan no sólo satisfacer más intensamente el precepto de la penitencia, sino también obtener para los hermanos la vida de la gracia, y para ellos la bienaventuranza que se promete en el Evangelio a quienes sufren[57].

c) Los sacerdotes, más íntimamente unidos a Cristo por el carácter sagrado, y quienes profesan los consejos evangélicos para seguir más de cerca el "anonadamiento" del Señor y tender más fácil y eficazmente a la perfección de la caridad, han de satisfacer de forma más perfecta el deber de la abnegación[58].

La Iglesia, sin embargo, invita a todos los cristianos, indistintamente, a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria[59].

Para recordar y estimular a todos los fieles la observancia del precepto divino de la penitencia, la Sede Apostólica pretende, pues, reorganizar la disciplina penitencial con formas más apropiadas a nuestro tiempo.

Corresponde, sin embargo, a los Obispos —reunidos en Conferencia Episcopal— establecer las normas que, según su solicitud pastoral y prudencia, por el conocimiento directo que tienen de las condiciones locales, estimen más oportunas y eficaces; sin embargo, queda establecido cuanto sigue:

En primer lugar, la Iglesia, a pesar de que siempre ha tutelado de forma particular la abstinencia de carne y el ayuno, sin embargo, quiere indicar en la tríada tradicional "oración —ayuno— caridad" las formas fundamentales para cumplir con el precepto divino de la penitencia. Estas formas han sido comunes a todos los siglos; sin embargo, en nuestro tiempo hay motivos especiales, por los cuales, de acuerdo con las exigencias de las diversas regiones, es necesario inculcar, con preferencia, sobre las demás, algunas formas especiales de penitencia[60]; por ello, donde abunda más el bienestar económico habrá de darse un mayor testimonio de abnegación, para que los hijos de la Iglesia no se vean arrollados por el espíritu del mundo[61], y habrá que dar al mismo tiempo testimonio de caridad para con los hermanos que sufren hambre y pobreza, superando las barreras nacionales y continentales[62]; en cambio, en los países en que el tenor de vida es menos afortunado, será más acepto al Padre y más útil a los miembros del Cuerpo de Cristo que los cristianos —al paso que buscan con todos los medios promover una mejor justicia social— ofrezcan por medio de la oración su sufrimiento al Señor, en íntima unión con la cruz de Cristo.

Por ello, la Iglesia, conservando —donde oportunamente pueda ser mantenida— la costumbre (observada a lo largo de muchos siglos, según las normas canónicas) de ejercitar la penitencia mediante la abstinencia de la carne y el ayuno, piensa dar vigor con sus prescripciones también a las demás formas de hacer penitencia, allí donde a las Conferencias Episcopales les parezca oportuno sustituir la observancia de la abstinencia de la carne y el ayuno por ejercicios de oración y obras de caridad.

Sin embargo, con objeto de que todos los fieles estén unidos en una celebración común de la penitencia, la Sede Apostólica pretende fijar algunos días y tiempos penitenciales[63], elegidos entre los que, a lo largo del año litúrgico, están más cercanos al misterio pascual de Cristo [64] o sean exigidos por las especiales necesidades de la comunidad eclesial[65].

Por ello se declara y establece cuanto sigue:

I.§ 1. Por ley divina todos los fieles están obligados a hacer penitencia.

§ 2. Las prescripciones de la ley eclesiástica sobre la penitencia quedan reorganizadas totalmente de acuerdo con las normas siguientes.

II.§ 1. El tiempo de Cuaresma conserva su carácter penitencial.

§.2. Los días de penitencia que han de observarse obligatoriamente en toda la Iglesia son los viernes de todo el año y el Miércoles de Ceniza, o bien el primer día de la Gran Cuaresma, de acuerdo con la diversidad de los ritos; su observancia sustancial obliga gravemente.

§ 3. Quedando a salvo las facultades de que se habla en los números VI y VIII, respecto al modo de cumplir el precepto de la penitencia en dichos días, la abstinencia se guardará todos los viernes que no caigan en fiestas de precepto, mientras que la abstinencia y el ayuno se guardarán el Miércoles de Ceniza o, según la diversidad de los ritos, el primer día de la Gran Cuaresma, y el Viernes de la Pasión y Muerte del Señor.

III. § 1. La ley de la abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no el uso de huevos, lacticinios y cualquier condimento a base de grasa de animales.

§ 2. La ley del ayuno obliga a hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas.

IV. A la ley de la abstinencia están obligados cuantos han cumplido los catorce años; a la ley del ayuno, en cambio, están obligados todos los fieles desde los veintiún años cumplidos hasta que cumplan los cincuenta y nueve. En cuanto respecta a los de edades inferiores, los pastores de almas y los padres se deben aplicar con particular cuidado a educarlos en el verdadero sentido de la penitencia.

V. Quedan abrogados todos los privilegios e indultos generales y particulares; pero en virtud de estas normas no se cambia nada referente a los votos de cualquier persona física o moral, ni de las reglas y constituciones de ninguna Congregación religiosa o Institución que hubiesen sido aprobados.

VI. § 1 De acuerdo con el Decreto conciliar Christus Dominus, sobre el ministerio pastoral de los Obispos, número 38, 4, compete a las Conferencias Episcopales:

a) trasladar, por causa justa, los días de penitencia, teniendo siempre en cuenta el tiempo cuaresmal;
b) sustituir del todo o en parte la abstinencia y el ayuno por otras formas de penitencia, especialmente por obras de caridad y ejercicios de piedad.

§ 2 Las Conferencias Episcopales, a guisa de información, han de comunicar a la Sede Apostólica cuanto hayan establecido a este respecto.

VII. Queda en pie la facultad de cada Obispo de dispensar, de acuerdo con el mismo Decreto Christus Dominus, número 8, b; también el párroco, por justo motivo y de conformidad con las prescripciones de los Ordinarios, puede conceder, a cada fiel o a cada familia en particular, la dispensa o conmutación de la abstinencia o del ayuno por otras obras piadosas; de estas mismas facultades goza el superior de una casa religiosa o de un Instituto clerical con respecto a sus subordinados.

VIII. En las Iglesias orientales corresponde al Patriarca, juntamente con el Sínodo, o a la suprema autoridad de cada Iglesia, juntamente con el Concilio de los jerarcas, el derecho a determinar los días de ayuno y abstinencia, de acuerdo con el Decreto conciliar De Ecclesiis orientalibus catholicis, número 23.

IX. § 1 Deseamos vivamente que los Obispos y todos los pastores de almas además del empleo más frecuente del sacramento de la penitencia, promuevan con celo, especialmente durante el tiempo de Cuaresma, actos extraordinarios de penitencia con fines de expiación e impetración.

§ 2 Se recomienda encarecidamente a todos los fieles que arraiguen sólidamente en su alma un genuino espíritu cristiano penitencial, que les mueva a realizar obras de caridad y penitencia.

X. § 1 Estas prescripciones, que, de forma excepcional, son promulgadas por medio de L'Osservatore Romano, entrarán en vigor el Miércoles de Ceniza de este año, es decir, el 23 del corriente mes.

§ 2 Donde hasta ahora estuvieran en vigor especiales privilegios e indultos tanto generales como particulares de cualquier tipo, se les concede que haya allí vacatio legis durante seis meses; a partir del día de la promulgación

Establecemos y hacemos eficaces estas normas nuestras para el presente y el futuro sin que lo impidan —en cuanto sea necesario— las Constituciones y Ordenanzas apostólicas emanadas de nuestros predecesores y todas las demás prescripciones, aunque sean dignas de peculiar mención y derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 17 de febrero de 1996, año tercero de Nuestro Pontificado.

PAULUS PP. VI

Notas

[1] Mc 1,15.

[2] Cf. Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 5 y 8.

[3] Cf. Ef 5, 27.

[4] Cf. Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 8; Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, núms. 4, 7 y 8.

[5] Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 110.

[6] Cf. Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, num 40.

[7] Cf. 1 Co 7, 31; Rm 12, 2; Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, num 6 Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 8 y 9; Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núms. 37, 39 y 93.

[8] Hch 2, 38.

[9] Hch 14, 14; Cf. Pablo VI, Alocución a la Asamblea general de las Naciones Unidas, de 4 de octubre de 1965: AAS 57 (1965), p. 885.

[10] Cf. Declaración Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, núms, 2 y 3.

[11] Cf. 1S 7, 6; 1R 21, 20.27; Jr 36, 9; Jon 3, 4- 5.

[12] Cf. 1S 31, 13; 2S 1, 12; 3,35; Ba 1, 3-5; Jdt 20, 26.

[13] Cf. Jdt 4, 8.12; Est 4,15-16; Sal 34, 13; 2Cro 20, 3.

[14] Cf. 1S 14, 24; 28 12,16; Esd 8, 21.

[15] Cf. 1S 7, 3; Jr 36, 6-7; Ba 1, 17-18; Jdt 8, 16-17; Jon 3, 3; Za 8, 19-21.

[16] Cf. Is 58, 6-7; Tb 12, 8-9.

[17] Cf. Lv 16, 31.

[18] Cf. Dn 10, 12.

[19] Cf. Dn 9, 3.

[20] Cf. Dn 9, 3.

[21] Cf. Ex 34, 28.

[22] Cf. Za 7, 5.

[23] Is 58, 5.

[24] Jl 2, 13; Cf. Is 58, 3-6; Am 5; Is 1, 13-20; Jr 14, 12; Za 7, 4-14; Tb 12, 8; Sal 50, 18-19; etc.

[25] Cf. Lv 23, 29.

[26] Cf. Jdt 8, 6.

[27] Cf. Dn 10, 3.

[28] Cf. Lc 2, 37; Si 31, 12.17-19; 37, 32-34.

[29] Cf. Za 8,19; Mt 6, 17.

[30] Cf. Dt 9, 9.18 Ex 24, 18.

[31] Cf. Is 53, 4- 11.

[32] Cf. Hb 10.1.

[33] Mc 1,15.

[34] Cf. Hb 1, 2; Col 1, 19ss.; Ef 1, 23ss.

[35] CF. Sto. Tomás, Summa Theologica, III, q. 15, a. 1, ad 5.

[36] Cf. Lc 5, 8; 7, 36-50.

[37] Cf. Rm 6,3-11; Col 2, 11-15; 3, 1-4.

[38] Cf. Flp 3, 10-11; Rm 8, 17.

[39] Cf. Rm 6, 10; 14, 8; 2Co 5, 15; Flp 1, 21.

[40] Cf. Ga 2, 20; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 7.

[41] Col 1, 24; Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, núm. 36; Decreto Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, núm. 2.

[42] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. II; Cf. Decreto Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, núms. 5 y 6.

[43] CF. Sto. Tomás, Quaestiones Quodlibetales, III, q. 13, a. 28.

[44] Cf. 2Co 4, 10.

[45] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, núm. 16; Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núms. 49 y 52; Cf. Pío XII, Discurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios del lugar, con motivo de la solemne definición dogmática de la Asunción de la Virgen María, de 2 de noviembre de 1950: AAS 42 (1950), pp. 786-788; Cf. S. Justino, Dialogus cum Tryphone, 141, 2-3: PG 6, 797, 799; cf. 2 Clementis, 8, 1-3: F. X. Funk, Patres Apostolici, 2ª. edic., Tubinga 1961, I, pp. 192-194.

[46] Cf. Jn 3, 7-8.

[47] Cf. Ga 5, 16-17; Rm 7,23.

[48] Cf. Martyrologium Romanum, en la Vigilia de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo; Cf. 1Tm 4, 4-5; Flp 4, 8; Cf. Orígenes, Contra Celsum, 7, 36: PG 11, 1472.

[49] Liturgia de Cuaresma, passim.

[50]. Cf. Rm 7, 23.

[51] Missale Romanum, Prefacio IV de Cuaresma.

[52] Missale Romanum, Oración del jueves de la semana de Pasión (edición de 1962).

[53] Cf. A) En el Nuevo Testamento: 1) Palabras y ejemplo de Cristo: Mt 17, 20; 5, 29-30; 11, 21-243, 4; 11, 7-11 (Cristo elogia a Juan Bautista); 4, 2; Mc 1, 13; Lc 4, 1-2 (Cristo ayuna); 2)Testimonio y doctrina de san Pablo: 1Co 9, 24-27; Ga 5, 16; 2Co 6,5; 11, 27; 3) En la primitiva Iglesia: Hch 13, 3; 14, 22. B) En los santos Padres: Didaché, 1, 4: F. X. Funk, I, p. 2; S. CF.Clemente RomanoO, 1 Corinthios, 7, 4-8, 5: F. X. Funk, I, pp. 108-110; 2 Clementis, 16, 4: F. X. Funk, II, p.204; Arístides, Apología, 15, 9: Goodspeed, Gotinga 1914, p. 21; Hermas, Pastor, sim. 5, 1,3- 5: F. X. Funk, 1, p. 530; Tertuliano, De paenitentia, 9: PL 1, 1243-1244; De ieiunio, 17: PL 2, 1978; Orígenes, Homiliae in Leviticum, homilía 10, 2: PG 12, 528; San Atanasio, De virginitate, 6: PG 28, 257; 7 8: PG 28, 260, 261; S. Basilio, Homiliae, homilía 2, 5: PG 31, 192; 8. Ambrosio De virginibus, 3, 2, 5: PL 16, 221; De Elia et Ieiunio, 2, 2; 3, 4; 8, 22; 10, 33: PL, 698, 708; S. Jerónimo, Epístola 22, 17: PL 22, 404; Epístola 130,10: PL 22, 1115; S. Agustín, Sermo 208, 2: PL 38, 1045; Epístola 211, 8 PL 33, 960; Casiano, Collationes, 21, 13, 14, 17: PL 49, 1187; S. Nilo, De octo spiritibus malitiae 1: PG 79, 1145; Diadoco de Fotice , Capita centum de perfectione spirituali, 47: PG 65, 1182; S. León Magno, Sermo 12, 4: PL 57, 171; Sermo 86, 1: PL 54, 437-438; Sacramentarium Leonianum, Prefacio de las Témporas de otoño; PL 55, 112.

[54] Cf. A) En el Nuevo Testamento: Mt 6, 16-18; 15, 11; Hb 13, 9; Rm 14, 15-23. B) En los santos Padres véase la nota 53, B).

[55] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núms. 10 y 41.

[56] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 34, 36 y 41; Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núm. 4.

[57] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 41.

[58] Cf. Concilio Vaticano 11, Decreto Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, núms. 12, 13, 16 y 17; Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 41 y 42; Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, núm. 24; Decreto Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, núms. 7, 12, 13, 14 y 25; Decreto Optatam totius Ecclesiae, sobre la formación sacerdotal, núms. 2, 8 y 9.

[59] CF. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 42; Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núms. 9, 12 y 104.

[60] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 110.

[61] Cf. Rm 12, 2; Mc 2, 19; Mt 9, 15; Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núm. 37.

[62] CF. Rm 15, 26-27; Ga 2, 10; 2Co 8, 9; Hch 24, 17; Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núm. 18.

[63] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia núm. 105.

[64] Cf. ibid. núms. 102, 106, 107 y 109; Cf. Eusebio, De solemnitate paschali, 12: PG 24, 705; ibid., 7: PG 24, 701; S. Juan Crisósotmo, In epistolam I ad Timotheum, 5, 3: PG 62, 529-530.

[65] Cf. Hch 13, 3.

(12) La recepción del Sacramento de la Penitencia es fundamental para el buen cristiano, para el buen hermano franciscano seglar. El Decreto Presbyterorum Ordinis, del Concilio Vaticano II, en su No. 18, segundo párrafo, que trata sobre los Medios para el Desarrollo de la Vida Espiritual, refiriéndose a los ministros de Dios -y que alcanza también a nosotros para nuestro bien-, nos hace la siguiente mención:
"Los ministros de la gracia sacramental se unen intimamente a Cristo Salvador y Pastor por la fructuosa recepcion de los sacramentos, sobre todo con la frecuente accion sacramental de la Penitencia, puesto que, preparado con el examen diario de conciencia, favorece sobremanera la necesaria conversion del corazon al amor del Padre de las misericordias. A la luz de la fe, nutrida con la Sagrada Escritura, pueden buscar cuidadosamente las señales de la voluntad divina y los impulsos de la gracia en los varios acontecimientos de la vida, y hacerse, con ello, mas dociles cada dia para su mision recibida del Espiritu Santo. En la Santisima Virgen Maria encuentran siempre un ejemplo admirable de esta docilidad; ella, guiada por el Espiritu Santo, se entregó totalmente al misterio de la redención de los hombres; veneren y amen los presbiteros con filial devocion y veneracion a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apostoles y auxilio de su ministerio".

(C) De la importancia del Sacramento de la Penitencia y del cómo debe realizarse esta, nos lo manifiesta nuestro Padre San Francisco de Asís en uno de los pasajes de su vida, plasmados por sus biografos, específicamente por Tomás de Celano, en la Vida Primera de San francisco, Capítulo II, número 28:

"Había un hermano que, a juzgar por las apariencias, se distinguía por una vida de santidad excepcional; pero era él muy singular. Entregado a todas horas a la oración, guardaba un silencio tan riguroso, que tenía por costumbre confesarse no de palabra, sino con señas. Con las palabras de la Sagrada Escritura concebía un gran ardor, y, oyéndolas, se mostraba transido de extraña dulzura. Pero ¿a qué continuar? Todos lo tenían por tres veces santo".

"Llegó un día al lugar el bienaventurado Padre, vio al hermano, escuchó al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observó el Padre: «Dejadme, hermanos, y no me ponderéis en él las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentación diabólica y un engaño insidioso. Para mí esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse». Muy duro se les hacía a los hermanos oír esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan: «¿Cómo puede ser verdad que entre tantas señales de perfección entren en juego ficciones engañosas?» Responde el Padre: «Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veréis que es verdad lo que os he dicho»".

"Lo toma aparte el vicario y comienza por entretenerse familiarmente con él y le ordena después la confesión. El hermano la rechaza, y con el índice en los labios, moviendo la cabeza, da a entender por señas que en manera alguna se confesará. Callaron los hermanos, temiendo un escándalo del falso santo. Pocos días después abandona éste, por voluntad propia, la Religión, se vuelve al siglo, retorna a su vómito. Y, duplicada su maldad, quedó privado de la penitencia y de la vida".

"Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos. Atiende, en cambio, la eficacia de la confesión devota, que no sólo hace, sino que da a conocer al santo".

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