Para situar desde dónde hablamos: somos accidentalistas, en relación a la forma de Estado. Es una posición que articula bien la identidad de la experiencia y los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia. Ni nos confesamos monárquicos, ni defendemos la República por principio. Depende de las condiciones concretas.
Dicho esto, afirmamos desde la evidencia de los hechos que el Rey Juan Carlos ha sido un excelente jefe de Estado, mucho mejor que el estándar europeo de los últimos 40 años. Ha desarrollado bien un papel difícil, y que dentro de sus limitaciones institucionales su trabajo ha sumado mucho más que ha restado en todo aquello que depende de su misión institucional. Ha procurado la amistad civil y eso es decisivo. Ha ejercido sus virtudes en la plaza pública mucho mejor que la mayoría, también sus pasiones negativas, pero sin dogmatismos. El resultado es excelente si lo comparamos con cualquier otro periodo de la historia española. ¿Que podía ser mejor? Seguro, pero lo difícil es ver quién y cómo podría hacerlo en términos concretos.
Y del pasado al futuro El debate República-Monarquía, como algo nominal, sin más contenido, es un conflicto de creencias ideológicas que debería dilucidarse bajando a la realidad. Sabemos qué significa la función monárquica en nuestro caso y lo que se le puede pedir sin saltar el marco constitucional. Eso es lo que hay. No sabemos qué significa “república”, a la italiana, a la francesa, a la mexicana, y sobre todo algunos nombres capaces de tal tarea. ¿Quiénes son los candidatos de los republicanos? Y esto no es un detalle sino el fundamento, porque nuestras experiencias republicanas han sido catastróficas, mientras que los cuarenta años de monarquía reinstaurada pasan de largo el aprobado.
La otra cuestión debe formularse en estos términos: ¿alguien cree, sin estar aquejado de ceguera ideológica, que viviremos mejor, superaremos las crisis que nos dañan, si definimos el tipo de república, hacemos un referéndum, modificamos la Constitución, proclamamos la República y, cuestión central, elegimos un presidente? (¿Y a quién, a un ex político, como Felipe Gonzalez, o Aznar, un ex juez mediático como Garzón, una autoridad moral incuestionable y ya nos dirán cuál, o un conocido de una minoría, que debamos votar porque lo dice nuestro grupo?).
Sostenemos que todo este procedimiento en la actual debilidad económica, conflicto social, cultural, nacional y moral, ante la crisis económica e institucional, solamente ahondaría los enfrentamientos con un agravante: entraría con fuerza una enfermedad política de riesgo, el nominalismo, los abstractos universales “República”, “Monarquía”.
La afirmación de que esta última no corresponde a esta época no significa nada porque las instituciones no son modas que cambian con la temporada, sino que responden a la prueba de su práctica buena y siguen; o mala, y a otra cosa. La idea de que no son elegidos tampoco significa mucho. La democracia es un medio, no un fin, es un buen mecanismo pero no una garantía. La democracia en nuestro caso radica en la Constitución y sus equilibrios de poderes, y garantía. El papel del jefe del Estado no es el de gobernar sino el de representar y arbitrar como mucho y en escasas ocasiones. A los jueces, que deciden sobre la vida y casi la muerte, que adoptan miles de decisiones cada día, no los elegimos. Lo importante es tener un buen Parlamento y sistema electoral; políticos y gobiernos guiados por la virtud y la eficacia, que realmente nos representen, y un buen árbitro y símbolo que reduzca al mínimo la idea de facción.
En las actuales circunstancias, creemos que Felipe VI es la mejor opción, no por una confianza ciega, sino por una razón práctica y en este momento. No es un cheque en blanco, la Monarquía se asienta con su trabajo y una conexión con la compleja realidad española. En este sentido, hemos de decir que nos desagrada por innecesaria la ostentación oficial sobre el hecho de que su proclamación será laica. Nadie pide otra cosa, pero por eso mismo que los nuevos poderes no piensen que con banderas de este tipo van a ganar credibilidad y confianza. Al respecto, sobre los premios Príncipe de Asturias, y lo decimos ahora y de paso, todo y reconociendo la calidad de la mayoría de premiados, también afirmamos que tal condición no hubiera mermado si hubiera habido una mayor pluralidad, empezando por aquellas personas que han destacado desde una concepción cristiana en España, América Latina y en el mundo.

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