Su homilía fue un clásico ejemplo de la cautivadora pero falsa dicotomía entre la doctrina teológica y la justicia social que ha dominado mucho el pensamiento católico y la predicación desde los años sesenta.
Este tipo de pensamiento ha causado división y sospecha entre las diferentes “filas” de católicos. Un amigo una vez me confesó que siempre que oía a un católico usar la expresión “justicia social”, asumía, según su experiencia, que esa persona apoyaría el aborto.
Este abismo entre justicia y ortodoxia también ha tenido efectos negativos en la asistencia de fieles, y ha vaciado a la Iglesia del mensaje redentor del catolicismo. Según algunas estimaciones, hasta un tercio de los católicos estadounidenses ha dejado la Iglesia desde los años sesenta, y muchos de ellos lo ha hecho para unirse a los evangélicos conservadores. Es enorme la cantidad de evangélicos que he conocido que fueron educados como católicos, que asistieron a escuelas católicas y terminaron dejando la Iglesia. La razón principal que oí es que ellos raramente oyeron hablar sobre la amistad con Jesús o los principios básico de la fe cristiana – hasta que encontraron a los protestantes evangélicos.
Este éxodo no se limita a Estados Unidos. Como dice el dicho en Latinoamérica: la Iglesia optó por los pobres, y los pobres optaron por el Pentacostalismo y el Evangelismo.
Uno de los desarrollos interesantes que hay que seguir en los próximos años será ver cómo el Papa Francisco ayuda a romper esta engañosa oposición de doctrina –justicia. Puesto que él entiende el error de cortar ambas piernas que llevan la vida cristiana, Francisco no juega a uno contra otro, sino que enfatiza cada uno en su lugar, e incluso insiste en su interdependencia.
Desde sus primeros momentos como Papa, Francisco instó a los cristianos a salir de ellos mismos y comprometerse con los pobres. “El lugar de Cristo está en las calles”, dijo. Advirtió contra la indiferencia del hombre rico al sufrimiento de Lázaro, como lo escribe en la Evangelii Gaudium.
“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”. (54)
Con la misma pasión, habla abiertamente sobre el pecado y el demonio, es vehementemente pro vida y ha sido un defensor sólido del matrimonio. Habla sobre la necesidad de una vida de oración más profunda y la importancia de los sacramentos y la formación humana en las virtudes. Al centro de su mensaje está el trabajo redentor de Jesucristo, quien se preocupa por cada uno de nosotros como persona única e irrepetible con un destino eterno.

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