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, 24 Ene. 22 (ACI Prensa).- En el día en que la Iglesia celebra la fiesta de San Francisco de Sales, 24 de enero, la Oficina de Prensa del Vaticano publicó el mensaje del Papa Francisco para la 56° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, en el que el Santo Padre pide “escuchar con los oídos del corazón” para hacer más humana la comunicación.

En el texto que el Papa Francisco ha escrito para la jornada que se celebrará el próximo 29 de mayo, el Santo Padre recuerda que todo ser humano tiene un deseo profundo de ser escuchado, algo que “a menudo permanece escondido, pero que interpela a todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio social o político”.

El Papa resalta que en el diálogo con el Creador, la iniciativa es del Señor. “La escucha corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor”.

“Dios ama al hombre: por eso le dirige la Palabra, por eso ‘inclina el oído’ para escucharlo. El hombre, por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y “cerrar los oídos” para no tener que escuchar”.

Tras advertir que “el negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro”, el Papa Francisco resalta que “la escucha, en el fondo, es una dimensión del amor”.

“Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón”, prosigue.

Luego de precisar que la “primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo”, el Pontífice advierte de un uso inapropiado del oído.

“Existe un uso del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés”, alerta.

Por el contrario, “lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta”.

“Lamentablemente, la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha, se está atento a la audiencia”.

El Santo Padre resalta luego que “la buena comunicación, en cambio, no trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer que se comprenda la complejidad de la realidad”.

“Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles”, precisa.

El Papa Francisco advierte también que “en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista”.

“No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo”.

“Escuchar diversas fuentes, ‘no conformarnos con lo primero que encontramos’ —como enseñan los profesionales expertos— asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos”, indica el Papa.

Tras alentar el “martirio de la paciencia” en la escucha al otro, el Papa se refiere al daño que ha hecho la pandemia a la escucha.

“Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la ‘información oficial’ ha causado una ‘infodemia’, dentro de la cual es cada vez más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información”.

Por ello, “es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas”.

El Santo Padre también se refiere al desafío de las migraciones forzadas, y pide que se escuchen las historias de quienes pasan por ello, para que luego cada uno sea “libre de sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país. Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas, esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar”.

El Papa Francisco subraya después que “también en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros”.

“Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad”, destaca.

Refiriéndose luego al proceso sinodal que culminará en octubre de 2023 con el Sínodo de los Obispos sobre la Sinodalidad en el Vaticano, el Papa pide rezar para que este sea “una gran ocasión de escucha recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas”.

“Como en un coro, la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras voces y en relación a la armonía del conjunto”, agrega.

“Esta armonía ha sido ideada por el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una de las voces”.

Se inicia el proceso de beatificación de una joven polaca que se jugó la vida para salvar a otras personas en el campo de concentración nazi

Los campos de concentración fueron una auténtica máquina de matar. Millones de judíos, personas con discapacidades, acusados de actuar contra Alemania o simplemente no tener la suficiente sangre aria como para tener derecho a vivir, fueron ejecutados.

Los católicos, principalmente en Polonia, sufrieron en su propia piel el exterminio y lucharon por combatirlo, aunque se jugaran la vida en el proceso. Muchos son los hombres y mujeres que han sido elevados a los altares por su entrega absoluta a los demás y su defensa de la fe en aquellos años oscuros de la historia de Europa.

Hace pocos meses, en agosto de 2021, arrancaba un nuevo proceso de beatificación que ha servido para sacar a la luz una de las muchas historias no solo de heroicidad, sobre todo de esperanza en el ser humano. 

Stefania Łącka, como tantas otras personas de su tiempo, no había nacido para ser una heroína. Era una mujer sencilla, pertenecía a una familia campesina polaca en la que ella, junto con sus padres y hermanos, colaboraban como un gran equipo.

Nacida el 6 de enero de 1914, desde bien pequeña sintió una profunda fe. Cada día encontraba un momento en las largas jornadas de trabajo en el campo para refugiarse en la iglesia y rezar.

En la parroquia, Stefania también aprovechaba para leer; pues el párroco del pueblo abría sus puertas para que todo el que quisiera acudiera a leer en su amplia biblioteca. 

Destino: Auschwitz

Ávida de saber, la joven se esmeró mucho en sus estudios que la guerra truncaría. Pero antes de que las tropas alemanas ocuparan Polonia, Stefania Łącka tuvo tiempo de integrarse activamente en distintos movimientos católicos y colaborar como editora de una revista religiosa, Nasz Spraw.

Tras la invasión nazi, la publicación se vio obligada a cerrar pero continuó operando de forma clandestina. Era solo cuestión de tiempo que fuera detenida por la Gestapo acusada de colaborar con los enemigos de Alemania. 

Trasladada a una prisión, Stefania Łącka fue atrozmente torturada; pero los alemanes no consiguieron sacarle ninguno de los nombres de los compañeros que aún no habían sido detenidos. Ya entonces empezó a mostrar una férrea voluntad; no solo soportando las agresiones en su cuerpo sino animando al resto de prisioneros a no dejarse vencer por la sinrazón de sus captores. 

El 27 de abril de 1942 subía a un tren que la trasladaría al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Allí ya no era Stefania Łącka, era, como el resto de presos, un número, el 6886.

Jugarse la vida

Lejos de rendirse, se negó a perder su humanidad y que el resto de presos la perdieran. Su buen conocimiento del alemán le permitió incorporarse a la enfermería del campo y tener acceso a algunos documentos.

Aún sabiendo que le podría costar la vida si la descubrían, Stefania no solo daba consuelo a los moribundos. Modificó datos para sacar a algunas personas de las listas de condenados a las cámaras de gas o a recibir una inyección letal; escribía cartas a las familias de los presos y compartía con todos los que podía el poder de la oración.

Cuando no pudo salvar a los bebés condenados a la cámara de gas junto a sus madres, Stefania Łącka no dudó en bautizarlos en secreto. 

A pesar de sufrir un terrible brote de tifus y todas las penalidades inimaginables en el campo, la joven polaca se convirtió en un puntal de fe y esperanza. Stefania se había dispuesto salvar al máximo de personas posibles que estuviera en su humilde mano; y, de no poder, acompañarlos en su trágico destino insuflándoles ánimos a través de la oración. Su fuerza y coraje le valdría ser conocida como “ángel de la guarda”. 

«Me pondré en tu lugar»

Helenka Panek, otra reclusa en Auschwitz, relató años después que, estando en una fila esperando escuchar los números de las personas que se iba a ejecutar aquel día, tenía a su lado a Stefania. Al ver a Helenka nerviosa y angustiada, le aseguró que si salía su número, ella, Stefania, se pondría en su lugar para salvarla de la muerte. 

Stefania Łącka sobrevivió a uno de los campos de concentración más letales de la historia. Cuando terminó la guerra estaba llena de ilusiones y empezó a estudiar filología polaca en la Universidad Jagellónica de Cracovia. Pero su cuerpo había quedado tan debilitado tras los años de agresiones físicas y malnutrición que una tuberculosis terminó con su vida el 7 de noviembre de 1946.

En la iglesia de Gręboszów, cerca de donde nació, hay una placa en su memoria en la que se la recuerda como una persona «de fe profunda. Trajo una sonrisa y esperanza, muchas personas le deben la supervivencia de la terrible experiencia del campo. Su bondad fue providencial en este fondo infernal del sufrimiento humano».

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, 24 Ene. 22 (ACI Prensa).- La Oficina de Prensa del Vaticano publicó, este lunes 24 de enero, el mensaje del Papa Francisco para la 56° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebrará el próximo 29 de mayo de 2022.

A continuación el texto completo del Santo Padre, titulado “Escuchar con los oídos del corazón”:

Queridos hermanos y hermanas:

El año pasado reflexionamos sobre la necesidad de “ir y ver” para descubrir la realidad y poder contarla a partir de la experiencia de los acontecimientos y del encuentro con las personas.

Siguiendo en esta línea, deseo ahora centrar la atención sobre otro verbo, “escuchar”, decisivo en la gramática de la comunicación y condición para un diálogo auténtico. En efecto, estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil.

Al mismo tiempo, la escucha está experimentando un nuevo e importante desarrollo en el campo comunicativo e informativo, a través de las diversas ofertas de podcast y chat audio, lo que confirma que escuchar sigue siendo esencial para la comunicación humana.

A un ilustre médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: “El deseo ilimitado de ser escuchados”.

Es un deseo que a menudo permanece escondido, pero que interpela a todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio social o político.

Escuchar con los oídos del corazón

En las páginas bíblicas aprendemos que la escucha no sólo posee el significado de una percepción acústica, sino que está esencialmente ligada a la relación dialógica entre Dios y la humanidad. «Shema’ Israel - Escucha, Israel» (Dt 6,4), el íncipit del primer mandamiento de la Torah se propone continuamente en la Biblia, hasta tal punto que San Pablo afirma que «la fe proviene de la escucha» (Rm 10,17).

Efectivamente, la iniciativa es de Dios que nos habla, y nosotros respondemos escuchándolo; pero también esta escucha, en el fondo, proviene de su gracia, como sucede al recién nacido que responde a la mirada y a la voz de la mamá y del papá. De los cinco sentidos, parece que el privilegiado por Dios es precisamente el oído, quizá porque es menos invasivo, más discreto que la vista, y por tanto deja al ser humano más libre.

La escucha corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor.

Dios ama al hombre: por eso le dirige la Palabra, por eso “inclina el oído” para escucharlo. El hombre, por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y “cerrar los oídos” para no tener que escuchar.

El negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro, como les sucedió a los oyentes del diácono Esteban, quienes, tapándose los oídos, se lanzaron todos juntos contra él (cf. Hch 7,57). Así, por una parte está Dios, que siempre se revela comunicándose gratuitamente; y por la otra, el hombre, a quien se le pide que se ponga a la escucha.

El Señor llama explícitamente al hombre a una alianza de amor, para que pueda llegar a ser plenamente lo que es: imagen y semejanza de Dios en su capacidad de escuchar, de acoger, de dar espacio al otro. La escucha, en el fondo, es una dimensión del amor.

Por eso Jesús pide a sus discípulos que verifiquen la calidad de su escucha: «Presten atención a la forma en que escuchan» (Lc 8,18); los exhorta de ese modo después de haberles contado la parábola del sembrador, dejando entender que no basta escuchar, sino que hay que hacerlo bien.

Solo da frutos de vida y de salvación quien acoge la Palabra con el corazón “bien dispuesto y bueno” y la custodia fielmente (cf. Lc 8,15).

Solo prestando atención a quién escuchamos, qué escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la «capacidad del corazón que hace posible la proximidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 171).

Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón.

El rey Salomón, a pesar de ser muy joven, demostró sabiduría porque pidió al Señor que le concediera «un corazón capaz de escuchar» (1 Re 3,9). Y San Agustín invitaba a escuchar con el corazón (corde audire), a acoger las palabras no exteriormente en los oídos, sino espiritualmente en el corazón: «No tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón».[1] Y San Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón».[2]

La primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo, de las propias exigencias más verdaderas, aquellas que están inscritas en lo íntimo de toda persona. Y no podemos sino escuchar lo que nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y con el Otro. No estamos hechos para vivir como átomos, sino juntos.

La escucha como condición de la buena comunicación

Existe un uso del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés.

Por el contrario, lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta.

Lamentablemente, la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha, se está atento a la audiencia.

La buena comunicación, en cambio, no trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer que se comprenda la complejidad de la realidad. Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles.

En realidad, en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista. En estas situaciones, como señala el filósofo Abraham Kaplan,[3] el diálogo es un “duálogo”, un monólogo a dos voces. En la verdadera comunicación, en cambio, tanto el tú como el yo están “en salida”, tienden el uno hacia el otro.

Escuchar es, por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena comunicación. No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo.

Para contar un evento o describir una realidad en un reportaje es esencial haber sabido escuchar, dispuestos también a cambiar de idea, a modificar las propias hipótesis de partida. En efecto, solamente si se sale del monólogo se puede llegar a esa concordancia de voces que es garantía de una verdadera comunicación.

Escuchar diversas fuentes, “no conformarnos con lo primero que encontramos” —como enseñan los profesionales expertos— asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos. Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de voces. Pero, ¿por qué afrontar el esfuerzo que requiere la escucha?

Un gran diplomático de la Santa Sede, el Cardenal Agostino Casaroli, hablaba del “martirio de la paciencia”, necesario para escuchar y hacerse escuchar en las negociaciones con los interlocutores más difíciles, con el fin de obtener el mayor bien posible en condiciones de limitación de la libertad.

Pero también en situaciones menos difíciles, la escucha requiere siempre la virtud de la paciencia, junto con la capacidad de dejarse sorprender por la verdad — aunque sea tan sólo un fragmento de la verdad— de la persona que estamos escuchando. Sólo el asombro permite el conocimiento. Me refiero a la curiosidad infinita del niño que mira el mundo que lo rodea con los ojos muy abiertos.

Escuchar con esta disposición de ánimo —el asombro del niño con la consciencia de un adulto— es un enriquecimiento, porque siempre habrá alguna cosa, aunque sea mínima, que puedo aprender del otro y aplicar a mi vida.

La capacidad de escuchar a la sociedad es sumamente preciosa en este tiempo herido por la larga pandemia. Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la “información oficial” ha causado una “infodemia”, dentro de la cual es cada vez más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información.

Es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas. También la realidad de las migraciones forzadas es un problema complejo, y nadie tiene la receta lista para resolverlo.

Repito que, para vencer los prejuicios sobre los migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos. Muchos buenos periodistas ya lo hacen. Y muchos otros lo harían si pudieran. ¡Alentémoslos! ¡Escuchemos estas historias!

Después, cada uno será libre de sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país. Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas, esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar.

Escucharse en la Iglesia

También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios».[4]

El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda de este modo que el primer servicio que se debe prestar a los demás en la comunión consiste en escucharlos. Quien no sabe escuchar al hermano, pronto será incapaz de escuchar a Dios.[5] En la acción pastoral, la obra más importante es “el apostolado del oído”.

Escuchar antes de hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a escuchar, pero ser lento para hablar» (1,19). Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad.

Hace poco ha comenzado un proceso sinodal. Oremos para que sea una gran ocasión de escucha recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas.

Como en un coro, la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras voces y en relación a la armonía del conjunto. Esta armonía ha sido ideada por el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una de las voces.

Conscientes de participar en una comunión que nos precede y nos incluye, podemos redescubrir una Iglesia sinfónica, en la que cada uno puede cantar con su propia voz acogiendo las de los demás como un don, para manifestar la armonía del conjunto que el Espíritu Santo compone.

Roma, San Juan de Letrán, 24 de enero de 2022, Memoria de san Francisco de Sales.

FRANCISCO

[1] «Nolite habere cor in auribus, sed aures in corde» (Sermo 380, 1: Nuova Biblioteca Agostiniana 34, 568).

[2] Carta a toda la Orden: Fuentes Franciscanas, 216.

[3] Cf. The life of dialogue, en J. D. Roslansky ed., Communication. A discussion at the Nobel Conference, North-Holland Publishing Company – Amsterdam 1969, 89-108.

[4] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 92.

[5] Cf. ibíd., 90-91.

Se le pidió al padre David Moses que bendijera la unión matrimonial. Resultó que conocía bien al novio.

El padre David Moses y Zachary Harvey se conocen desde la infancia. “La hermana de Zachary, Maegan, y su esposo, Tyler, fueron el primer matrimonio que bendije. Maegan también fue la primera chica de la que me enamoré. Era segundo grado. Pero no te preocupes, Tyler, ya terminé con ella”, se rió el padre David Michael Moses, de 28 años, en la ceremonia de la boda.

Esta vez se le pidió que bendijera el matrimonio de su colega.

“Zachary y yo estábamos juntos en el mismo grupo de jóvenes de secundaria. Salí con una chica de este grupo de jóvenes durante un mes. Rompió conmigo para salir con Zachary. Zach me robó a mi novia. Está bien. Desde entonces, he estado planeando mi venganza. Me hice sacerdote y ahora, 13 años después, voy a sabotear su boda.” El padre Moisés no pudo evitar reírse.

De todos modos, ¡compruébalo tú mismo!

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La situación del país sigue siendo muy complicada, pero ahora no recibe la atención internacional

Marco Mencaglia es, desde hace año y medio, el responsable de los proyectos de ‘Ayuda a la Iglesia Necesitada’ en Armenia, entre otros. En cuanto la situación de la pandemia  lo permitió, visitó Georgia y Armenia por primera vez. El propósito del viaje era conocer de primera mano la situación en el país; así como evaluar las posibles formas de colaboración de ‘Ayuda a la Iglesia Necesitada’ con la Iglesia local.

Kira von Bock-Iwaniuk lo entrevistó a su regreso.

Armenia, un país que perteneció al antiguo mundo cristiano, es hoy un enclave cristiano en un entorno islamista cada vez más hostil. ¿Ha podido encontrar muchas coincidencias entre Georgia y Armenia o  la situación en ambos países es completamente diferente? 

Georgia y Armenia son  países vecinos pero completamente diferentes en cuanto a historia, cultura, lengua e incluso alfabeto. Sin embargo, a nivel eclesiástico podemos observar varias similitudes. En ambos, la Iglesia católica representa a una pequeña minoría y su presencia institucional es relativamente joven; lo cual no le impide realizar una extraordinaria labor en el ámbito social a través de Cáritas y las congregaciones religiosas.

Además, la historia de la fe cristiana es excepcionalmente rica en ambos países. Armenia y Georgia fueron los primeros países del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial ya en el siglo IV.

ARMENIA
El patriarca Raphaël Bedros XXI Minassian discutiendo los campamentos de verano para la juventud armenia con Marco Mencaglia (ACN internacional).

© Ismael Martínez Sánchez / ACN

Pese al avance de la secularización, ambos países siguen ocupando el primer lugar, entre los 34 países europeos, en cuanto al número de adultos creyentes en relación con la población total, según un estudio del Pew Research Center de 2018.

Por último, ambos países están sometidos a una constante presión a raíz de los graves conflictos armados en Abjasia y Osetia del Sur; y, más recientemente, en el Alto Karabaj. La dramática pérdida de vidas y la necesidad de hacer frente al gran número de refugiados han ocasionado serias dificultades a los respectivos Gobiernos.

¿Podría decirnos cuál es el mayor desafío para la Iglesia en Armenia?

La Iglesia católica está presente en Armenia casi exclusivamente en las regiones del noroeste del país; y también hay algunas parroquias en el suroeste de Georgia, al otro lado de la frontera. Se trata de zonas pobres e inhóspitas, ubicadas a más de 2.000 metros de altitud, donde los inviernos son duros y duran hasta seis meses. Allí, la tasa de desempleo es muy alta y la emigración, permanente o estacional, a los países vecinos es la única opción para muchos. En un contexto así, resulta comprensible que la Iglesia se dedique intensamente a la labor social en favor de los más vulnerables, con el fin de infundir esperanza y ofrecer una alternativa al abandono del país.

La Iglesia se ha comprometido además a promover nuevas vocaciones, ya que el número de sacerdotes y religiosas está muy por debajo de las necesidades reales de los fieles. Al igual que la Iglesia Católica en Georgia, la Iglesia en Armenia no tiene un seminario; y los estudiantes son enviados a varios seminarios en Europa occidental. El proyecto para el establecimiento de un seminario en Gyumri, la sede del obispo, se encuentra actualmente paralizado debido a la falta de financiación.

– Armenia no solo ha experimentado un genocidio, sino que ha sido sacudida por desastres naturales –el devastador terremoto de 1988– y la reciente expulsión de los armenios de Nagorno-Karabaj, otro desastre provocado por el hombre. ¿Todavía es posible ver los efectos de estos? ¿Qué está haciendo la Iglesia para mitigar el sufrimiento? ¿Puede ACN hacer algo para ayudar?

ARMENIA
Lida, una viuda cristiana que fue maestra de escuela durante 22 años en Nagorno Karabakh, sostiene a un niño. Tras la guerra con Azerbaiyán (entre septiembre y noviembre de 2020), tuvo que emigrar con sus hijos, nuera y nieta política como refugiada a Artashat (cerca de Ereván, Armenia). En este momento toda la familia vive en una casa de refugiados temporales con un ingreso mínimo.

© Ismael Martínez Sánchez / ACN!

El terremoto de 1988 ocurrió en aquellas partes del noroeste del país donde hay asentamientos católicos. Como se mencionó anteriormente, la Iglesia respondió haciendo contribuciones considerables en el sector social.

La crisis más reciente, por supuesto, tuvo que ver con la admisión de familias de refugiados de Nagorno-Karabaj. En otoño de 2020, cuando la zona estaba en estado de emergencia, el número de refugiados superaba los 90.000. En el primer año posterior al conflicto, la red de ayuda internacional pudo atender sus necesidades más urgentes.

Sin embargo, el problema ahora es que los ojos del mundo ya no están dirigidos hacia Armenia y el flujo de ayuda se ha reducido drásticamente. Muchas de las familias cristianas lo han perdido todo. La gran mayoría de ellas son madres solteras con hijos, que aún viven en circunstancias precarias. Después de regresar del viaje, ACN aprobó la ayuda de emergencia para estas familias.

Durante años, ACN ha estado apoyando las iniciativas pastorales del ordinariato católico armenio de Europa del Este, en particular los campamentos juveniles de verano. Dado que el Ordinariato, que tiene su sede en Armenia, también es responsable de los miembros de la Iglesia católica armenia en Georgia, Rusia, Ucrania y otros países de la región, estas actividades tienen una dimensión internacional. Con más de 200.000 miembros, esta es la jurisdicción con mayor número de fieles de toda la Iglesia católica armenia.

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La humildad no significa que no debamos proteger nuestro buen nombre.

La percepción no es la realidad, pero eso no significa que la percepción no sea importante. Con esto quiero decir que la reputación importa.

Voy de un lado a otro sobre esta pregunta: como sacerdote, ¿qué tan preocupado debería estar por mi reputación personal?

Te sorprenderá saber que todos los sacerdotes tienen detractores. No hay forma de evitarlo. Por ejemplo, si buscara reseñas en línea de mi parroquia, encontraría que la mayoría de ellas son precisas, educadas y positivas. Algunos, sin embargo, atacan personalmente al sacerdote, mencionando lo terrible que soy. Literalmente, todas las demás parroquias tienen críticas similares, en su mayoría reflexivas pero siempre en algún lugar, algunos ataques precipitados a la reputación del párroco. Estas opiniones pueden o no estar basadas en hechos.

Esto, por supuesto, me molesta. Por un lado, no es gran cosa, no se puede evitar, y al final, los que realmente me conocen no le hacen caso a esas cosas. Entonces, en ese sentido, estos ataques no son particularmente importantes. La mayoría de las personas son generosas y perdonadoras, entienden que nadie es perfecto y que nuestra parroquia no se ha visto obstaculizada de ninguna manera: nuestra asistencia aumenta constantemente, tenemos toneladas de familias felices y la gente viene todos los días a la iglesia a orar.

Por otro lado, me preocupa el hecho de que, si incluso una sola persona se desanima por la negatividad de asistir a una iglesia, eso es un problema. O si una sola persona tiene una idea general equivocada acerca de los hombres que han entregado su vida al sacerdocio y eso agria su fe, o hace que los jóvenes duden en explorar una vocación, eso también es un problema.

¿Cómo es posible defender una reputación y al mismo tiempo permanecer humilde? ¿Una persona verdaderamente humilde simplemente lo deja ir todo? ¿Es arrogante hablar por uno mismo?

Los sacerdotes ciertamente no son los únicos que se ocupan de este problema. Aparece en todo tipo de contextos diferentes, como las relaciones interpersonales y con los compañeros de trabajo. Todos tenemos una reputación que proteger y, a veces, como en el trabajo, es de vital importancia hacerlo.

De hecho, esta es una preocupación tan universal que en su libro Introducción a la vida devota , San Francisco de Sales le dedica un capítulo completo, titulado “ Cómo combinar el debido cuidado por una buena reputación con la humildad ”. Él hace algunas observaciones que he encontrado útiles…

Primero, señala que, si bien la humildad dicta que no busquemos intencionalmente la alabanza y el honor, no nos prohíbe mantener un buen nombre.

Una buena reputación, si lo piensas bien, no es un elogio por un talento en particular, pero sí significa que eres reconocido por poseer integridad de carácter. Este es el tipo de personas que admiramos, el tipo de personas que todos queremos ser: honestos, firmes, reflexivos y con buen carácter.

Francisco de Sales dice que en realidad es un vicio no preocuparse por la reputación:

La humildad puede hacernos indiferentes incluso a la buena reputación… pero siendo ella una base de la sociedad, y sin ella no somos solamente inútiles sino positivamente perjudiciales para el mundo, por el escándalo que produce tal deficiencia, por eso la caridad exige, y la humildad nos permite desear y mantener con esmero una buena reputación.

En otras palabras, está dispuesto a mantener una buena reputación porque hacerlo beneficia la reputación de la Iglesia, tu empleador, tu familia o tu grupo de amigos. Si la gente calumnia la reputación de un sacerdote, por ejemplo, también está dañando a la Iglesia.

En segundo lugar, Francisco de Sales señala el beneficio personal de una buena reputación: estar a la altura.

Poseer un buen nombre crea el deseo de realmente merecerlo. Cuanto mejor sea su reputación, más consciente será de vivir con integridad.

Francisco de Sales también señala amablemente que defender una reputación no significa discutir con la gente o ser demasiado sensible.

Él escribe:

Los que son tan exigentes con su buen nombre tienden a perderlo por completo, porque se vuelven fantasiosos, irritables y desagradables, provocando comentarios maliciosos.

No tienes que desafiar a todos los chismosos a un duelo con pistolas al amanecer. La mejor defensa de una buena reputación, dice san Francisco de Sales, es ignorar los chismes y dejar que tu buen carácter hable. Entonces, si es necesario, habla.

Finalmente, Francisco señala una situación específica en la que no debemos preocuparnos en absoluto…

Si se os culpa o calumnia por prácticas piadosas, fervor en la devoción o cualquier cosa que tienda a ganar la vida eterna, ¡entonces dejad que vuestros calumniadores se salgan con la suya, como perros que ladran a la luna!

Cuando somos menospreciados por comportarnos de manera virtuosa, no hay preocupación en permitir que las personas que hablarían negativamente al respecto continúen haciéndolo. Lo hacen para su propia vergüenza. Dios puede defender Su propia reputación y la tuya.

De lo que me he dado cuenta a lo largo de los años es que no le gusto a todo el mundo, y eso está bien. Mi responsabilidad es convertirme en el tipo de persona que es más fácil de querer. Después de eso, está en manos de Dios. Si mi reputación sufre de una manera que daña mi ministerio sacerdotal, entonces puedo ser más activo para defenderlo, pero más allá de eso, como indica San Francisco de Sales, nuestro tiempo se emplea mejor en vivir vidas felices y virtuosas. Un buen nombre da confianza.

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