Artículos por "Santoral Franciscano"
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San Diego de Alcalá (1400?-1463)

por Andrés-Avelino Esteban Romero

Empezamos esta breve silueta hagiográfica reparando una, no por lo generalizada menos digna de ser reparada, injusticia en la denominación del santoral español al designar a San Diego con el toponímico de Alcalá de Henares, en lugar del nombre de la villa de San Nicolás del Puerto, en la provincia de Sevilla.

Insignificante por su demografía, es la villa de San Nicolás del Puerto uno de los lugares más típicos y pintorescos de la provincia andaluza. Se halla situado al norte de la misma, en pleno complejo montañoso, con gran riqueza hidráulica, que dan a sus alrededores extensas zonas cultivadas y amplias alamedas. Su altitud y arboledas hacen del lugar un oasis en la canícula sevillana.

San Nicolás, en su insignificancia demográfica y urbanística, tiene un lugar en la historia por el mejor de los títulos que dan entrada en ella, por haber sido cuna de uno de los hombres que figuran en el santoral de la Iglesia católica. Hacia fines del siglo XIV, sin que sea posible concretar más la fecha, nació de humilde familia pueblerina el niño que había de llevar junto a su nombre en documentos reales y bulas pontificias el nombre del lugar que le vio nacer: San Diego de San Nicolás.

El hecho al que hemos aludido al comienzo de estas líneas de que se le designe como San Diego de Alcalá no tiene más explicación que el haber sido la ciudad complutense su última residencia terrenal, lugar de su sepulcro hasta el presente, y que sus numerosos milagros hicieron bien pronto célebre en toda España. Pero tanto las historias primitivas del Santo como la bula de canonización expedida por Sixto V, no conocen otro lugar de referencia que San Nicolás.

 La tradición lugareña ha conservado ininterrumpidamente hasta el día de hoy la casa de su nacimiento. La devoción de sus paisanos, cobijados bajo su celestial patronato, respalda la designación del lugar de su nacimiento. El Santoral Hispalense, de Alonso Morgado, el más documentado elenco hagiográfico de santos sevillanos, así lo reconoce. Es, pues, de justicia devolver al humilde pueblo sevillano el mejor título de su historia, máxime cuando la ciudad complutense tiene tantos otros de rango universitario y literario que la encumbran en España.

Muy poco se sabe de sus primeros años.

La más segura de sus biografías, debida a la pluma de don Francisco Peña, abogado y promotor en Roma de la causa de canonización del Santo, y que debió, por lo mismo, poseer los mejores datos en torno a la vida de Diego, así lo reconoce. Don Cristóbal Moreno, traductor en el siglo XVI al castellano de la obra latina de Peña, también hace constar esta insuficiencia de datos sobre la niñez y primeros años de San Diego. Y hasta la Historia del glorioso San Diego de San Nicolás, escrita por el que fue guardián del convento de Santa María de Jesús, de Alcalá de Henares, donde vivió y murió el Santo, se concreta para esta época de la vida de Diego a las anteriores biografías de Peña y Moreno. La Historia de Rojo, el guardián complutense, aparecida en 1663, sesenta años después de la muerte de Moreno y a un siglo de distancia de la obra latina de Peña, no pudo ampliar con nuevos datos, como parecería lógico por haber vivido en el mismo convento de San Diego, lo que la bula y anteriores hagiógrafos nos comunican. Alonso Morgado tampoco nos enriquece el conocimiento de la niñez de Diego con aportaciones que llenen el vacío de sus primeros años.

Deseosos de que esta silueta hagiográfica responda a la más estricta seriedad documental, tanto más exigida cuanto San Diego llegó a ser un taumaturgo popular en sus tiempos y en la España de los siglos de oro, nos vamos a dedicar tan sólo a destacar dos aspectos de su vida: sus itinerarios y las características de su santidad, tal como aparecen aquéllas en la bula de canonización.

San Diego, nacido en el más pequeño lugar de la provincia de Sevilla, fue sin duda uno de los hombres de su tiempo y condición que más viajó. Podríamos trazar la línea de su constante andar con un gráfico que va de San Nicolás al cielo, pasando por Sevilla, Córdoba, las Islas Canarias, Roma y Castilla, rindiendo viaje en Alcalá de Henares, para saltar desde la gloria del sepulcro a los altares. En el polvo de sus sandalias quedaron adheridas y mezcladas tierras de innumerables caminos de España y Francia e Italia.

De San Nicolás pasa a un lugar cercano a la villa para ponerse bajo la dirección espiritual de un santo sacerdote ermitaño, el primero que cultiva sus ansias generosas de total entrega de servicio a Dios. De allí, confirmada su voluntad de consagración al Señor, se traslada a Arrizafa, cerca de Córdoba, en cuyo convento profesa como fraile lego en los Menores de la observancia franciscana. Desde este lugar comienza su itinerario limosnero y misional por incontables pueblos de Córdoba, Sevilla y Cádiz, dejando detrás de su paso una estela de caridad y milagros que aún pervive en las tradiciones lugareñas de no pocos de esos pueblos.

Pero el humilde fraile de «tierra adentro» había de enfrentarse, en su constante caminar, con las rutas del «mar océano», empresa en aquellos tiempos ni corta ni común. Las Islas Canarias, especialmente Fuerteventura, son ahora la meta de su itinerario misionero en calidad de guardián, para lo que fue designado hacia el año 1449. Su paso por las Islas Afortunadas quedó también marcado por obras maravillosas de apostolado y de caridad. Vuelto a la Península hacia el año 1450, en ocasión del jubileo universal proclamado por la santidad de Nicolás V, su piedad mueve sus pies camino de Roma para lucrar las gracias de aquel jubileo.

Después de varios meses de peregrinar llega a la Ciudad Eterna al tiempo de la canonización de San Bernardino de Sena, cuyo acontecimiento, al congregar en Roma varios miles de religiosos franciscanos, había de ofrecer otra oportunidad a su celo y caridad ardiente con motivo de una epidemia habida entre los peregrinos llegados de varias partes. Fue el convento de Santa María de Araceli el lugar de su residencia durante tres meses.

Vuelve a España. Y después de un tiempo en el convento castellano de Nuestra Señora de Salceda, llega en su última etapa terrenal a Alcalá de Henares, en cuyo convento de Santa María de Jesús había de vivir los últimos años de su vida mortal para nacer a la gloria y a la santidad de los altares.

Esta breve consignación geográfica de sus itinerarios en aquellos tiempos, y en un humilde hijo pueblerino y religioso lego, es más que suficiente para poner de relieve su destacada personalidad, cuya base estribaba tan sólo en su santidad misionera y caritativa.

Si hubiésemos de sintetizar la fisonomía de su espiritualidad, dentro siempre del estilo franciscano de su vida, no dudaríamos en destacar la obediencia hasta el milagro, la sencillez y servicialidad sin límites, la caridad heroica para con todos, como las virtudes que le encumbraron a la santidad y que le hicieron famoso y hasta popular en vida y después de su muerte. El humilde lego que hacía salir a su paso a todos para verle y acogerse a su valimiento delante de Dios mientras vivía, había de congregar junto a su sepulcro a los grandes de la tierra después de muerto.

Cardenales y prelados de la Iglesia, reyes y príncipes, hombres y mujeres del pueblo habían de ir, sin distinción de clases, al humilde religioso franciscano. Enrique IV de Castilla, primero; cardenales de Toledo, príncipes de España, el mismo Felipe II después, acudieron junto a su tumba, llevados por el mismo sentimiento de confianza en su santidad milagrosa, o hicieron llevar sus restos sagrados hasta las cámaras regias, como en el caso del príncipe Carlos, hijo del Rey Prudente, a fin de impetrar de Dios, por su mediación, la curación y el milagro. Nada menos que el propio Lope de Vega había de inmortalizar en una de sus comedias en verso el milagro del príncipe Carlos, que había de cantar, en la poesía del Fénix de nuestros Ingenios, el pueblo todo de España.

Nadie con más autoridad que Sixto V puede resumirnos las características de la santidad de Diego. «El Todopoderoso Dios –dice en la bula de canonización–, en el siglo pasado, muy vecino y cercano a la memoria de los nuestros, de la humilde familia de los frailes menores, eligió al humilde y bienaventurado Diego, nacido en España, no excelente en doctrina, sino “idiota” y en la santa religión por su profesión lego..., mostrándole claramente que lo que es menos sabio de Dios, es más sabio que todos los hombres, y lo más enfermo y flaco, más fuerte que todos los hombres... Dios, que hace solo grandes maravillas, a este su siervo pequeñito y abandonado, con sus celestiales dones de tal manera adornó y con tanto fuego del espíritu Santo le encendió, dándole su mano para hacer tales y tantas señales y prodigios así en vida como después de muerto, que no sólo esclareció con ellos los reinos de España, sino aun los extraños, por donde su nombre es divulgado con grande honra y gloria suya... Determinamos y decretamos –continúa la bula– que el bienaventurado fray Diego de San Nicolás, de la provincia de la Andalucía española, debe ser inscrito en el número y catálogo de los santos confesores, como por la presente declaramos y escribimos; y mandamos que de todos sea honrado, venerado y tenido por santo...»

Lo humilde y pobre del mundo fue escogido por Dios para maravilla de los grandes y poderosos de la tierra. En Diego se cumplió una vez más de modo esplendente el milagro de la gracia.

Así se consumaron las etapas del itinerario de San Diego de San Nicolás, quien entró en la inmortalidad bienaventurada el 13 de noviembre de 1463 en Alcalá, y en la gloria de los altares en julio de 1588, bajo el pontificado de Sixto V, culminando el proceso introducido por Pío IV en tiempos de Felipe II.

No queremos cerrar esta silueta sin consignar aquí un deseo y una aspiración de todos sus paisanos, y que será la última etapa de sus itinerarios y hasta una solución a la soledad en que hoy se halla su sepulcro. La etapa, triunfal y definitiva, de Alcalá, donde hoy reposa, a San Nicolás, la villa que le vio nacer, y en la que la devoción popular al santo Patrono y paisano espera tenerle lo más cerca posible, no sólo para honrarle como su santidad y gloria merecen, sino incluso para conseguir por su mediación valiosa la completa y plena restauración de la vida cristiana de un pueblo pequeño y humilde, pero que conserva la fe en su Santo, al que lleva siglos esperando.

Andrés-Avelino Esteban Romero, San Diego de San Nicolás,
en Año Cristiano, Tomo IV,
Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 365-369.


SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ
(1846-1932)

Ángela nació en Sevilla el año 1846, de familia numerosa y pobre, trabajadora y piadosa. Desde muy joven trabajó en un taller de zapatería, a la vez que se entregaba al servicio de los más pobres y marginados. Bajo la guía de un experto confesor, el P. Torres, intentó hacerse religiosa, hasta que comprendió que el Señor la llamaba a fundar una congregación, la Compañía de Hermanas de la Cruz, que, viviendo en gran austeridad, atendían a enfermos y menesterosos. A pesar de no tener estudios, dejó escritos de gran profundidad. Su vida y espiritualidad tienen rasgos franciscanos muy marcados. Murió el 2 de marzo de 1932 en Sevilla. Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1982 y la canonizó en 2003.

* * *

RASGOS FRANCISCANOS DE SANTA ÁNGELA

por José María Javierre

[José M.ª Javierre, sacerdote operario diocesano, es un estudioso de la vida y obras de San Ángela. Prueba de ello son las biografías de la Santa que ha publicado y la edición crítica de los escritos de la misma: Sor Ángela de la Cruz. Escritos íntimos. Madrid, BAC - 362, 1974. En esta obra, además de la edición de los escritos, Javierre ofrece una extensa "Introducción biográfica" (pp. 3-144), así como introducciones particulares y notas a los escritos. A continuación reproducimos algunos de los fragmentos de sus introducciones en que se refiere a la presencia de lo franciscano en Santa Ángela:]

A finales del siglo XII, por el año 1181 ó 1182, iba a nacerle un hijo al acaudalado comerciante de Asís Pedro Bernardone.

Bernardone se hallaba en Francia, traficando para aumentar su fortuna. La noble madonna Pica, su mujer, se vio asaltada de temor en el momento del parto. Para invocar la protección de Nuestra Señora y alcanzar que el hijo le naciera bien, ordenó a los criados que le bajaran al establo en memoria del portal de Belén.

El alumbramiento sucedió felizmente. Y así fue como el llamado Francisco de Asís, hijo de Bernardone y de Pica, comenzó su existencia no en las ricas habitaciones de su casa familiar, sino en un establo.

Igual que Jesús, el hijo de María y José.

Siete siglos más tarde, en el año de gracia de 1875, Angelita Guerrero dio a luz en Sevilla la «Compañía de Hermanas de la Cruz».

Nació pobre la Compañía, igual que Jesús. Sólo que Angelita no tuvo que descender ningún peldaño, pues ya ella vivía en el portal.

Francisco y Angelita sabían los dos que el camino para dar con la «perfecta alegría» pasa por la «pobreza absoluta». Francisco fue pobre cuando ya se vio desnudo en presencia del obispo. Angelita fue siempre pobre. Desde su pobre casita de Santa Lucía, 5, cambió a un convento tan pobre..., que ni convento era.

Así nació la Compañía de la Cruz. Igual que Jesús en Belén. Conocemos la historia de San José, que buscaba un refugio la noche del parto de María; y Jesús nació en un portal.

A finales del mes de junio de 1875, el padre Torres dijo a Angelita que convenía dejara el taller y dedicara todas sus fuerzas a preparar el sistema de vida, el horario, la vivienda primera de la Compañía de la Cruz. Y las compañeras que iniciarían con ella la aventura.

Angelita explicó a su madre, como pudo, lo que se traía entre manos. Y se despidió del taller. (...)

En menos de un mes tuvo todo a punto. Lo traía bien meditado. Todo está dispuesto, y las compañeras también. Angelita ha realizado tres conquistas. Tres y ella cuatro. Forman ya una patrulla, minúscula y ferviente.

Josefa de la Peña, la terciaria franciscana bienestante que la acompaña en visitas a los necesitados ha dado el paso. Ella decide vender sus bienes, dejar su casa, poner el dinero a su disposición y tomar parte desde el primer día en la Compañía. Una testigo del Proceso de Beatificación puntualiza: «En unión de otras tres amigas suyas, que eran también, como ella, terciarias franciscanas, las recibió [Angelita] como primeras en el instituto de las Hermanas de la Cruz». No era fácil este paso para doña Josefa de la Peña. Persona conocida en Sevilla, encontraría luego reticencias y comentarios si el arriesgado ensayo fracasaba.

Pero ha mirado largamente los horizontes de Angelita, conoce el temple de esta mujer, a primera vista frágil. Y entre las dos escogen, del círculo de sus amistades, dos muchachas pobres, sencillas y buenas: Juana María Castro y Juana Magadán. Aceptan. Son cuatro, patrulla minúscula.

Con el dinero de Josefa Peña, no es gran cosa, alquilan «su convento». Un cuartito con derecho a cocina en la casa número 13 de la calle San Luis. (...)

A finales de julio se trasladaron a «su convento». Para entrenarse, para calentar su nido: Pues la «inauguración oficial» está prevista, de acuerdo con el padre, en el día 2 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de los Angeles. (...)

Caía la noche, salen a rezar un rato en Santa Paula. Están citadas con el padre Torres. Terminados sus rezos, les platica el padre en el atrio: Que Juana María cambie de nombre para no confundirse con la otra Juana; que Angelita sea superiora; que él mismo asume la dirección jurídica de la Compañía.

La mínima patrulla está ya formada. Hermana Josefa, hermana Juana, hermana Sacramento y sor Ángela, hermana mayor.

2 de agosto de 1875. Nuestra Señora de los Angeles.

El padre Torres Padilla está, muy de madrugada, orando ante el altar mayor de la iglesia de Santa Paula. Cuatro mujercitas, vestidas modestamente, vienen de una casa de la calle San Luis para oír la misa. (...)

Las cuatro mujercitas comulgaron. Y allí estuvieron largo rato diciéndole al Señor sus cosas.

Se olvidaron de comer.

Las hermanas de la Cruz, el primer día de su existencia, fecha oficial de inauguración del instituto, olvidaron guisar la comida. De modo que su fiesta careció de banquete. Es decir, hubo varios banquetes en casas de pobres del barrio. (...)

Estas son las historietas antiguas que los discípulos de Francisco de Asís llamaban de «perfecta alegría». Y añadían al final: En alabanza de Cristo. Amén.

Sea, pues, en alabanza del Señor.

(páginas 55-59)

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Sor Ángela era terciaria franciscana antes de fundar la Compañía; también lo eran las primeras compañeras. Parece que, después de fundada, debían asociarse todas las hermanas a la Orden tercera, según una carta de la fundadora a la casa de Utrera, el 18 de mayo de 1882, que se conserva en la casa madre. En 1929, según documento conservado en el citado archivo del instituto, se pidió y obtuvo la agregación de éste en la Orden Tercera Franciscana; pero vistas y expuestas las dificultades que esto presentaba, al acomodar la regla al derecho canónico en 1941, el Definidor general de la Orden franciscana, por entonces el padre Agustín Zuluaga, envió en 1947 un documento que textualmente dice así: «... quede bien asentado que, sin ser las Hermanas de la Cruz propiamente terciarias franciscanas, por cuanto no hacen profesión de observar la regla de las Congregaciones Terciarias, como agregadas a la Orden, gozan, sin embargo, por una concesión especialísima, de los favores y gracias espirituales de que la Santa Sede ha ido enriqueciendo a través de los siglos a nuestra Orden». Este documento también se conserva en el mismo archivo.

(páginas 356-357, nota 158)

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4. No es oportunidad apropiada esta breve introducción para tomar postura en la compleja controversia acerca de las escuelas de espiritualidad. Pero, referidos los documentos de sor Ángela de la Cruz a las preguntas esenciales -qué ideal se propuso a sí misma y a sus hijas; qué medios utilizó para acercarse al ideal; de qué fuentes se alimenta su espiritualidad; qué notas externas presenta como característica suya en la oración, en la penitencia y en el apostolado-, habría que responder: Primero, que la fisonomía espiritual de sor Ángela se acopla en líneas esenciales a los esquemas ignacianos, si bien acentúa notablemente las influencias de la Imitación de Cristo; segundo, que afloran constantemente en ese esquema general matices propios de otras dos corrientes espirituales, la franciscana y la carmelitana; y tercero, que la condicionan fuertemente las circunstancias de la época y del lugar en que sor Ángela cumplió su trayectoria humana. Analicemos estos puntos. (...)

9. El espíritu franciscano en sor Ángela de la Cruz no surge como un complemento accidental y gracioso, sino que pertenece al núcleo de actitudes conscientemente escogidas por la fundadora. Ella formula referencias explícitas a «mi padre San Francisco» al reseñar que las virtudes «que deben brillar más en mí, son la pobreza, el desprendimiento de todo lo terreno y la santa humildad»; al programar el instituto decide que sus monjas «serán hijas de San Francisco de Asís, hermanas terceras, y los domingos y días de fiesta, en vez de rezar el rosario, rezarán la corona [franciscana]»; al explicar las tareas de las Hermanas advierte que «los medios no serán otros que los que nuestro padre San Francisco tuvo, que lo hizo todo con la limosna». Por el testimonio de las primeras Hermanas conocemos el episodio del sermón oído por sor Ángela en alabanza de San Francisco: le entraron deseos fervorosos de desprenderse de todo y «pisar la tierra sin pisarla». El hábito de las Hermanas y sus costumbres, novenas, misas, proponen permanentemente la cercanía del Santo de Asís hasta la misma partida de este mundo: «Si a última hora [alguna Hermana] pide morir como su padre San Francisco, se le concederá morir en la tarimita».

Esta identificación de sor Ángela con el espíritu franciscano nace más de actitudes existenciales que de fundamentos ideológicos. A pesar de ricas expresiones acerca de la mediación de Cristo, de la soberana presencia de Dios, de la inmersión personal en la vida de Cristo, sería desorbitado establecer en las paginas de sor Ángela alguna vinculación con las sentencias teológicas de la escuela franciscana sobre la prioridad de Jesucristo en los motivos de la encarnación. Pienso que todas las frases de sor Ángela admiten la normal conexión con la ideología ignaciana, tomista en este punto.

Sin embargo, sor Ángela, por su origen familiar, por su ubicación popular y por sus disposiciones naturales, se halla abierta a conexiones con el horizonte franciscano. Las explosiones amorosas para con Dios y con los hombres más desamparados, la atmósfera de alegría en el desprendimiento, el fiero apego a la pobreza, le colocan entre los discípulos fervorosos del Santo de Asís. Y surgen lances deliciosos de su biografía que constituyen como un capítulo reciente de las Florecillas: se olvida de comer el día de la fundación; convierte los piojos -único terror de sor Ángela- en «perlas de nuestro padre San Francisco»; un pichón «providencial» proporciona caldo para la hermanita enferma; traen los pies secos en día de lluvia torrencial; hermanita Ana consigue la suspirada casa de calle Lerena y cumple las exhortaciones sobre el desprecio del mundo al pie de la letra; sor Ángela remedia la falta de dinero para el pago del pan...

La fundadora introduce prácticas de sabor franciscano en el tenor de vida de las Hermanas: besar la mano a las enfermas, y a los enfermos los pies, viendo en ellos la imagen de Cristo; postraciones para ponerse en presencia de Dios al comenzar la oración; uso habitual de las esteras, que ya sirvieron de cama al grupo inicial en calle San Luis; petición de limosna de puerta en puerta, modo «más gustoso» para San Francisco; utilización común de los libros; dedicación de las flores a la Virgen, escribiendo incluso el nombre de María en las macetas; celebración jubilosa de la fiesta de Navidad con «juegos» y procesiones en torno al Niño y sus pesebres.

En el meollo de estas prácticas laten los fervores «exagerados» de la zapaterita enamorada de Jesús y dispuesta a inventar locuras de cariño. Quiere que la comida no le sepa a nada, y a escondidas le neutraliza el sabor con un poquito de ceniza; considera «basura» el oro, igual que Francisco llamó basuras a la riqueza; y lo mismo que el pobre de Asís suplicaba a fray León que le pasara por encima diciéndole «miserable pecador», sor Ángela siente deseos «de aparecer a los ojos de todo el mundo como una miserable pecadora y como una mujer perdida...».

Este matiz tan franciscano del íntimo y poético desprecio de sí mismo halla en la imaginación sevillana de sor Ángela refuerzos que hubieran entusiasmado al «pobrecito» de Asís. Ella escribe de sí: «¿No os mueve a compasión la pobrecita Ángela, tan sucia, tan fea y tan haraposa?» «He recibido de mi amado Dueño un gran conocimiento de mi nada. Sí, este conocimiento, que en la presencia de Dios me encuentro tan desnuda de todo, gracias a Dios que lo es todo y yo la nada» «Quería más bajar, más pobreza, más humillación». «Me ha tocado un borrico que no me ayuda..., parece que el borrico desmaya y no quiere andar». Imagina la alegría del mendigo tontico que alcanza favor del rey. Inventa la deliciosa parábola de la «negrita» despreciable, enamorada de Señor tan hermoso, gimiente con suspiros que traen perfume del Cantar de los Cantares. Y concibe una de las situaciones más sorprendentes de la historia de la espiritualidad contemporánea al proponer, en serio y repetidas veces, a su padre espiritual la huida secreta para ocupar una plaza de «mujer arrepentida». Decididamente, Francisco de Asís le hubiera mirado con buenos ojos. Sor Ángela está autorizada por la trayectoria anterior para escribir el epitafio místico de su testamento: No ser, no querer ser...

En documentos posteriores a los papeles recogidos en este volumen, sor Ángela aplica constantemente a la existencia de las Hermanas de la Cruz la tónica franciscana de su espiritualidad: «Estamos de feria», les dice repetidamente aludiendo a los jolgorios de las ferias primaverales andaluzas, que constituyen un prodigio de luz y de color. Las Hermanas de la Cruz «están de feria» cuando les aplasta el trabajo, cuando asisten a coléricos, cuando les falta el alimento del día o ropas con que mudarse: «Siento mucho los males que han sufrido en los días de más tarea y las privaciones que por las circunstancias actuales tienen que experimentar; pero al mismo tiempo me alegro de la poquita de feria que ha habido para el espíritu» (Carta a Arjona, 2 noviembre 1895); «Estas son nuestras ferias y debemos dar muchas gracias a Dios» (Carta a Villafranca, 17 diciembre 1895); «... todos los pobres de Utrera, que los están socorriendo [...]; están de feria, las pobrecillas. Pero no apurarse, que en todas las casas vamos a estar de feria si correspondemos a nuestro Dios» (Carta a Ayamonte, 22 agosto 1885).

(páginas 150 y 158-161)

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De los Escritos de Santa Ángela

[CONTEMPLACIÓN DEL MONTE CALVARIO]

 El monte Calvario. Nuestro Señor enclavado en la cruz y la cruz levantada de la tierra. Otra cruz a la misma altura, pero no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca.

Pues conocía yo que el que quiere llegar a la santidad debe imitar a nuestro Señor en todo. Y bien, ¿qué han hecho los santos todos, sino seguir los pasos de su divino Salvador, imitándole primero en su vida oculta, cuando, viviendo con su familia sin que apareciese en ellos ninguna cosa extraordinaria, ellos se preparaban para el Calvario por la práctica de las virtudes con que han asombrado al mundo, que no comprende ese misterio, ni puede darse la explicación del cómo se realiza? Y no lo comprenden porque no conocen a Dios.

Pero yo, que al ver a mi Señor crucificado deseaba con todas las veras de mi corazón imitarle, conocía con bastante claridad que en aquella cruz que estaba frente a la de mi Señor debía crucificarme con toda la igualdad que es posible a una criatura; y en lo íntimo del alma sentía un llamamiento tan fuerte para hacerlo así, con unos deseos tan vivos y una ansia tan vehemente y un consuelo tan puro, que no me quedaba duda que era Dios quien me convidaba a subir a la cruz.

Era tan fuerte este llamamiento, que yo no podía resistir, y parece me ofrecía toda a mi Dios, deseando el momento de verme crucificada frente a mi Señor; pero estaba mi voluntad tan unida a la de Dios y tan sujeta a la obediencia, que, aunque deseaba mucho, esperaba la voz de mi padre Torres [su confesor] para conocer la voluntad de Dios y seguirla.

Otras dos cosas comprendía perfectamente.

Primera, que aquella cruz era el término de la santidad, de la cumbre de la más elevada perfección, donde han llegado todos los santos, con las mismas virtudes, aunque practicadas de distintos modos, según el estado de cada uno y los varios caminos por donde Dios los ha llevado.

La segunda, que, a imitación de mi padre San Francisco, las virtudes que deben brillar más en mí son:

-- la pobreza,

-- el desprendimiento de todo lo terreno, y

-- la santa humildad.

Pero con esta diferencia: que así como Dios quiso que este santo fuera conocido y respetado de todos por sus heroicas virtudes y admirables fundaciones, por lo que todo el mundo lo veneró en su vida y en su muerte, haciéndose eterna su memoria, a mí me quiere nuestro Dios desconocida de todo el mundo, de tal manera que no vea en mí otra cosa que una gran pecadora cubierta de deshonra y de ignominia. Quiere nuestro Señor que yo baje tanto, tanto, que no haya otro estado tan bajo, tan despreciable, tan humillante a que yo no pertenezca. Y esto que se siga hasta después de mi muerte. (...)

(páginas 176-177)

* * *

[Medios para socorrer al necesitado: limosna]

El cariño, dulzura, respeto y humildad con que deben tratar a los pobres, la regla debe marcarlo.

Los medios para esto no serán otros que los que nuestro padre San Francisco tuvo, que todo lo hizo con la limosna: así nosotras todo lo pediremos de limosnas, hasta que nos hagamos de devotos que nos señalen alguna limosna, bien todas las semanas o todos los meses.

(página 331)

* * *

[Tiempo libre]

Hasta las diez [después de la cena] pueden las Hermanas con desahogo hacer lo que gusten: las que sean más devotas, novenas; las que sean más místicas, oración; las que sean más activas, coser la ropa de los pobres y hacer escapularios. Aunque serán pocos los días que puedan disponer de esta hora, porque el mes de María, novena de ánimas, de nuestro padre San Francisco, septenario de San José y los Dolores de Nuestra Madre, lo harán en comunidad a esta hora. (...)

A las diez en punto entrarán en el dormitorio y rezarán cinco padrenuestros en cruz a las cinco llagas, diciendo aquella oración «Vedme aquí, ¡oh Dios mío!, que postrado...», una salve a los Dolores, más un padrenuestro a San José, San Francisco; y en seguida examen general de un cuarto de hora.

(páginas 340-341)

* * *

[Pobreza en vida y en muerte]

Serán hijas de San Francisco de Asís, Hermanas terceras [terciarias franciscanas]; y los domingos y los días de fiesta, en vez de la parte de rosario, rezarán la corona [franciscana]. (...)

Cuando enferme [alguna hermana] de cama, no entrará nadie a verla. Y si a la última hora pide morir como su padre San Francisco, se le concederá el morir en la tarimita; después, su mortaja será el hábito que le servía en casa y sus sandalias. Se pondrá de cuerpo presente en el dormitorio y cuatro velas, y nadie la verá, sólo el padre, que le dirá algún responso. Su entierro será muy pobre; aunque tenga familia y quiera otra cosa, no se le admitirá.

(páginas 356-357)

* * *

[En sus "Apuntes de ejercicios y retiros", Santa Ángela muestra gran devoción a muchos santos a los que nombra sus "protectores", pero sólo a San Francisco le llama "mi padre", "nuestro padre" o cosas parecidas]

Segundo día [de Ejercicios de 1884]. Protector de este día, nuestro padre San Francisco. (página 464)

Cuarto día [de Ejercicios de 1885]: jueves 22. Protector, mi amadísimo padre San Francisco. (página 488)

Último día de Ejercicios [de 1885]. Me levanté con esta tranquilidad, pero muy fría; y como era la última comunión de los Ejercicios, me esforcé cuanto pude para hacerla con fervor. Le pedí a la Santísima Virgen me cubriera con su manto para comulgar. Renové los votos. Le pedí al Santo Patriarca [San José] me llevara de la mano para comulgar, y a mi padre San Francisco de la izquierda, al Santo Ángel de mi Guarda que viniera a mi lado y a los demás santos protectores que me acompañasen; y con esta santa comitiva fui a comulgar. (página 499)

Día 9 de enero de 1888, empecé los santos Ejercicios. Tomé de maestro de todos ellos al Sagrado Corazón; y a nuestra querida Madre y nuestro amado San José de protectores. Y también para cada día un protector particular. El primero, a mi Santísima Madre; el segundo, a San José; el tercero, al Santo Ángel de mi Guarda; el cuarto, a mi padre San Francisco; el quinto, a San Ignacio; el sexto, a Santiago y Santa María Cleofás; el sétimo, a señora Santa Ana y San Joaquín, y el octavo, a mi padre Torres. (páginas 540-541)

Empecé los santos Ejercicios el 19 de enero de 1889. Y puse de protectores de todos ellos al Sagrado Corazón de Jesús y a nuestra Santísima Madre y nuestro procurador San José. Y el primer día al Santo Ángel de mi Guarda; el segundo a Santa María Magdalena, Santa Margarita de Cortona y Santa Pelagia; el tercero a San Ignacio; el cuarto a nuestro Padre San Francisco; el quinto a Santa Magdalena de Pazzis; el sexto San Antonio y Santa Isabel; el sétimo a San Joaquín y Santa Ana; y el octavo a San Benito José de Labre y a nuestro padre Torres. (página 545)

Tercer día [de los Ejercicios de 1891]. [Protector], nuestro padre San Francisco. (página 548)

Empecé estos santos Ejercicios el 7 de diciembre del año 1894. Puse de protectores: El primero, San José; el segundo día, San Cayetano; 3.º, San Ignacio; 4.º, nuestro padre San Francisco; 5.º, los dos protectores del año: Santa Margarita de Cortona y San Félix de Cantalicio. Sexto, San Benito José de Labre y demás protectores de la Compañía; 7.º, San Joaquín y Santa Ana; 8.º, todos los santos de mi devoción y todos los de la corte celestial. (página 562)



YA, SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ

por José María Javierre

Si esta página no saliera de Sevilla, yo podría ahorrarme contar aquí quién es sor Ángela: una mujer que ha conseguido el consenso absoluto de la ciudad. Digamos casi absoluto, por si queda un despistado que ignora de qué va. Imposible: desconocer a sor Ángela en Sevilla sería como no haber visto la Torre del Oro.

Ángela de la Cruz es un milagro que nos ocurrió en Sevilla al pasar del siglo XIX al siglo XX; un milagro que sigue vivo, actual. En el mes de enero de 1846, a un matrimonio sencillo, humildes obreros, cardador él, venido de las montañas de Grazalema, y costurera su mujer, Josefa, les nació una niña en la casita donde moraban, arrabales de la Trinidad. Seis hijos sobrevivieron, de los catorce nacidos; Angelita fue la predilecta, el juguete de la familia. Le pudieron dar muy poca escuela, medio leer y mal escribir. Vivaracha, traviesa, a los doce años entró de aprendiza en un taller de calzado, donde las señoronas de Sevilla, y los canónigos, todo hay que decirlo, encargaban sus botas a la moda de París. En aquellos años, Sevilla tenía rango de Corte, por la presencia de los duques de Montpensier en el palacio de San Telmo; la infanta María Luisa Fernanda, hermana de la reina Isabel II, y el duque don Antonio, hijo del rey de Francia. Angelita trabajó a gusto en el taller, ganó la amistad de sus compañeras, y comenzó a visitar enfermos pobres llevándoles consuelo y limosnas. A los diecisiete años ya la tenían por santa. A ella le daba mucha risa. Hacía penitencias escondidas y le ocurrían lances raros: un día, cuando rezaban juntas el Rosario las oficialas del taller, se quedó de rodillas deslumbrada y sonriente, les pareció que alzada sobre el suelo. Las chicas salieron de puntillas dejándola sola; una hora después Angelita apareció bromeando esta disculpa: «Me dejaron dormida...» La cosa iba a mayores; en el cuidado de los enfermos ponía una dedicación absoluta, hasta chupar los pechos supurados de una mujer para limpiarle la herida repugnante: la enferma sanó y no hubo que operarla. El relato alborotó Sevilla, unos a favor, otros en contra. Angelita, ni enterarse.

A los diecinueve años solicitó permiso de su confesor, un cura culto y penitente llamado padre Torres, para entrar de lega en las Carmelitas; y a los veinticuatro, para irse con las Hermanas de la Caridad. Los dos ensayos fracasaron, a causa de su salud débil. Resignada a vivir de monja sin convento, Ángela firmó un papel comprometiéndose ante Dios a cumplir los consejos evangélicos. Prosiguió con su grupo de amigas el cuidado de enfermos pobres, hasta que una tarde le sobrevino esta idea genial: van a fundar un Instituto dedicado a la caridad haciéndose pobres con los pobres, no ayudándoles desde fuera, sino siendo como ellos, experimentando la pobreza desde dentro.

Manos a la obra. El padre Torres le ordenó escribir todos sus pensamientos. Ella -le costaba horrores- obedeció pacientemente y, poco a poco, mejoró su letra: redactó Papeles de conciencia, con maravilloso contenido místico, algunas páginas comparables a santa Teresa y san Juan de la Cruz.

Fundó su Instituto, imaginado por ella como un Calvario donde hay una cruz disponible para crucificarse a sí misma junto a Cristo. Un día regresa Ángela a su casa por la calle enladrillada. Va pensando que el oratorio de su convento debe ser muy bello: si alguna religiosa se ve atormentada por el cansancio y los sacrificios, que halle consuelo a los pies de la Virgen. Toda la casa será un calvario, y el oratorio la única pieza rica. La talla de la Virgen que sea hermosa, y en vez del Niño llevará una cruz y una corona, símbolos de las Hermanas de la Cruz: la cruz en la tierra, y la corona en el cielo. De pronto, Ángela se quedó inmóvil porque ve delante de ella a la Virgen tal como la imaginaba, y la Señora le promete su ayuda. Así nacieron las Hermanas de la Cruz, hijas de sor Ángela. Las cuatro primeras alquilaron un cuartito con derecho a cocina: una mesa, media docena de sillas, un arca ropero, un crucifijo, una estampa de la Virgen de los Dolores y cuatro esterillas para cama. Ese primer día Ángela nombró a la Virgen superiora del convento; salieron las monjas a repartir el dinero que les quedaba y a atender enfermos: era tanta su alegría que no cocieron potaje, se les olvidó comer.

Crecían, buscaron casa más grande. Cuando ya eran doce Hermanas de la Cruz, llamaron Madre a sor Ángela, y desde entonces bastó en Sevilla decir Madre para saber de quién se trataba. Se les acumuló el trabajo: piden limosna, con una mano toman y con otra reparten: visitan enfermos, dan clase a niñas huérfanas, escuela nocturna para obreras. En los lugares de mayor pobreza y necesidad se las ve luchando silenciosamente contra la miseria. Sonrientes. En época de inundaciones, o de peste, o de hambre, ellas son el consuelo de los enfermos: con las Hermanas de la Cruz llegan a cada tugurio recursos y limpieza.

Aumenta el número de Hermanas, abren casa en los pueblos: la bondad y ternura de Madre les gana, entre la gente sencilla, fama de milagrera; sus milagros, las cosas que ella realiza fuera de lo corriente, son maternales caricias, pequeñas ayudas llenas de cariño. De aquellos años se cuentan curaciones, consejos certeros, profecías. Un periodista describió así a sor Ángela: «Lo que en Madre destaca, sobre todo, es la naturalidad, la sencillez, toda modestia y verdad, toda ponderación y equilibrio». Ella repetía a sus monjas cuando escuchaba alabanzas: «Ahora estamos obligadas a ser como dicen y creen que somos». En sus casas puso toques deliciosos de belleza, característicos de Andalucía: la limpieza, las flores, la cal. Un clima de paz serena y alegre. Las Hermanas siguen a rajatabla las normas de mortificación establecidas por sor Ángela, comen de vigilia, casi siempre el tradicional potaje; duermen vestidas sobre tarima de madera; y las noches que les toca velar enfermos descansan poquísimo: quieren estar instaladas en la cruz, enfrente y muy cerca de la Cruz de Jesús, para no sentirse atadas a los bienes o placeres de este mundo, y acudir sin tardanza donde los pobres las necesiten.

En el paisaje urbano de Sevilla la estampa de dos Hermanas de la Cruz que pasan en pareja por la calle gana siempre miradas de ternura: los sevillanos saben que, bajo el vuelo de los amplios mantos, las Hermanas llevan medicinas, alimentos, consuelo, cariño, a una familia necesitada.

A sor Ángela le asustó verse tan querida, y pensó huir a escondidas pidiendo cobijo en alguna casa de mujeres de vida airada arrepentidas. Sus confesores no lo consintieron; y murió al fin, el 2 de marzo de 1932, en su tarima. España estaba políticamente dividida, pero Sevilla toda se puso en marcha como una riada de amor agradecido en honor de sor Ángela. A los dos días de la muerte, el Ayuntamiento republicano dedicó una calle a la madre de los pobres.

Juan Pablo II la beatificó en Sevilla el 5 de noviembre de 1982. [Y la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003].

No equivocarse, amigos lectores forasteros de Sevilla: ella, Madre, sor Ángela, sigue viva, está aquí, con nosotros. Continúa repartiendo bien a manos llenas. Sus manos son las Hermanas de la Cruz, sus hijas. Sus manos...

[En Alfa y Omega, Nº 349, del 10-IV-2003]

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«LA HUMILDAD NO TIENE FIN»

por el Card. Carlos Amigo, o.f.m.

[Con motivo de la canonización de sor Ángela de la Cruz, monseñor Carlos Amigo, cardenal arzobispo de Sevilla, publicó la Carta pastoral Dios nos ha tomado de su cuenta, un acercamiento a la fundadora de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, y de la que ofrecemos algunos párrafos]

Porque en su vida resplandecieron las virtudes evangélicas, la Iglesia quiere poner a la Beata Ángela de la Cruz como modelo de imitación para todos los fieles. Que veneren la memoria de tan ejemplar mujer e invoquen su nombre con devoción y súplica, para que ella interceda en nuestro favor ante el Señor Jesucristo, el Santo de los Santos. Junto a la bienaventurada Virgen María, la Iglesia manifiesta especial veneración a los que han seguido fielmente a Jesucristo, y los pone como ejemplo para el pueblo cristiano. Son los santos.

En ellos aprendemos el camino que lleva a la unión con Cristo. Pues la identificación con el Señor manifiesta la bondad de Dios Padre que colmó con la gracia del Espíritu a tan fieles seguidores. «Si vemos cosas extraordinarias en los santos -decía la Beata Ángela de la Cruz- todo es de Dios y a Él sólo se le debe glorificar, alabar y bendecir. Porque los santos no toman otra parte en estas cosas que la grande fidelidad con que hacen en todo la voluntad de su amado Señor, y por eso son dignos de alabanza; pero esta alabanza no se les da por lo extraordinario que hay en ellos, porque esto es de Dios, sino porque han sido fieles (…) ¿Y qué más hacen los santos? ¡Ah!, ellos mueren de amor y desean derramar hasta la última gota de su sangre por su dulce Amado; pues bien, yo, a imitación de ellos, quiero morir de amor, quiero derramar mi sangre unida a mi dulce Dueño en el Calvario; quiero ser muy fiel a Dios, quiero hacer en todo la voluntad de Dios. Si como, si bebo, si descanso, si trabajo, si pienso, si me muevo, si respiro, todo con la pureza de intención de que todo sea en Dios, por Dios y para Dios y todo para agradarle» (Papeles de conciencia, 366-367). Entre estos santos, y así reconocida por la Iglesia, está la Beata Ángela de la Cruz.

Las virtudes de sor Ángela

Sor Ángela deseaba ser fiel con todo su corazón a la voluntad de Dios, pero le parecía que ella no era el instrumento adecuado para realizar la obra que se le pedía. Esa obra no era otra que la misma fundación y cuidado de la Compañía de las Hermanas de la Cruz. La fundadora no se consideraba ni fuerte ni digna, pero ella se mantendría en fidelidad abrazándose a la cruz de Cristo.

Sor Ángela había oído decir a su director espiritual, don José Torres Padilla: «Si quieres ser bueno, sé obediente y humilde; si quieres ser más bueno, sé más obediente y más humilde; si quieres ser buenísimo, sé obedientísimo y humildísimo». Nuestra santa lo diría, en una síntesis admirable, con estas sencillas palabras: «La humildad no tiene fin, es como el mar». Un mar ilimitado de sufrimiento y resignación interior para encontrar siempre el amor del Señor. No se trata de reconocer o limitar la propia valía, sino de proclamar en todo la grandeza de Dios. Como es obvio, sor Ángela no intentó nunca hacer filosofía moral de la Historia; sin embargo, hay entre sus escritos algunas páginas verdadera y atinadamente sorprendentes, sobre el siglo XIX, en las que va haciendo un parangón entre la humildad y la soberbia: «Mis armas son muy contrarias a las tuyas, pero lo verás como te venzo y confundo. Tus armas son la soberbia, el deseo de ser y elevarte sobre los demás, que te conozcan y que te alaben; y, en fin, te parece que eres superior a todos y, si fuera posible, mandarías que te adorasen. Pues yo te hago frente con la humildad; una vida oculta, desconocida y de humillación con el conocimiento de mi nada y siempre nada, que me lleva hasta abrazarme con gusto con los desprecios y ponerme bajo los pies de todos, me hace superior a ti, porque en esta humillación está el principio de toda grandeza; porque Dios premia a los humildes, y los eleva hasta su gloria. Pues mira, mira cuánto subo, mira la ventaja que te llevo, pues llegará el día de mi grandeza y será muy superior a la tuya y parecida a la de los ángeles, y nunca se acabará porque será eterna» (Papeles de conciencia, 253). En este punto del diálogo con el siglo XIX, sor Ángela descubre el secreto de la alegría: «Y en vez de apartar de mí al que padece, como tú haces, porque su presencia ataja el paso a tus deleites, yo lo socorro en lo que puedo, y estoy dispuesta a sacrificar mi vida por aliviar sus penas y, de este modo, hacérselas más llevaderas. Si tú supieras la felicidad que se siente y la alegría de que es bañada el alma de quien así lo practica, dirías que tengo razón en decir que soy más dichosa que tú» (Papeles de conciencia, 255).

Que ella nos tome de su cuenta

Son muchas las lecciones que podemos aprender en la escuela de la vida de sor Ángela. Todas ellas de imperecedera actualidad. De una manera particular, quisiera subrayar algunas vivencias y actitudes especialmente significativas de su vida, y que son, en estos momentos, tareas urgentes que realizar en nuestra vida cristiana:

• Dios, lo primero. Necesitamos una fe profunda y viva. Estar atentos a su Palabra, que es Jesucristo. Escuchar al Espíritu que se nos ha dado y vive en nosotros.

• Ese vivir escondidos con Cristo en Dios no aleja de los hombres, particularmente de los más pobres, sino que, al contrario, es fuego que quema las entrañas en deseo de servir.

• Los pobres son el camino que Dios ha trazado en la vida de sor Ángela para encontrarse más cerca de su Señor. Los pobres nos evangelizan.

• La elevada contemplación de misterios tan sublimes se traducía, en la vida de sor Ángela, en virtudes domésticas y cotidianas de sencillez, alegría, ternura, afabilidad, servicio a los demás… Todo lo había aprendido en el corazón de Cristo.

Dios la había tomado de su cuenta. Y ahora, glorificada, le pedimos que sea ella la que también nos tome a nosotros de su cuenta para que, por su intercesión, el Señor nos conceda la gracia de seguir tan buen ejemplo como el que tenemos en la Beata Ángela de la Cruz, y sirvamos con alegría e incansable caridad a nuestros hermanos.

[En Alfa y Omega, Nº 349, del 10-IV-2003]

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UNA SANTA ACTUAL

por Antonio María Calero

El Papa Juan Pablo II ha tenido, durante su prolongado pontificado, la feliz intuición de afirmar que la prioridad primera y principal de la Iglesia, en el umbral mismo del siglo XXI, es el compromiso de santidad de todos sus miembros. Para ello, no ha dudado en impulsar, a lo largo de los 25 años de ministerio pastoral al servicio de la Iglesia universal, un amplísimo número de cristianos -mujeres y hombres, adultos y adolescentes, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas e incluso matrimonios- que, según la feliz expresión del Concilio Vaticano II, «han llegado a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad», es decir, a la santidad.

Entre esa inmensa muchedumbre, que recuerda la que describe el apóstol Juan en el Apocalipsis, se encuentra una mujer sencilla del pueblo, Ángela Guerrero González, nacida en el barrio sevillano -absolutamente marginal y periférico en aquel entonces- de la Trinidad, el 30 de enero de 1846, y muerta el 2 de marzo de 1932, a los bien cumplidos 86 años.

La que con el tiempo habría de ser conocida y amada como Madre de los pobres, conoció de primera mano, y por propia experiencia, lo que es la escasez de medios en una familia de un barrio periférico que tiene que hacer frente, con el propio trabajo, a las necesidades elementales de la vida. Por eso, cuando, en 1875, funda la Compañía de las Hermanas de la Cruz, lo hace no sólo a favor y al servicio humilde de los pobres y necesitados, sino desde una vida de pobreza real, libre y alegremente asumida y vivida: «Deben estar muertas las hermanas -escribía en una circular-, que, si llega un día en que no hay qué darles a los pobres, deben darle su propio alimento; es decir, deben estar dispuestas cada una de ellas a quedarse sin comer porque coman sus hermanos».

La pobreza de la cruz

Ahora bien, la pobreza que vivió Ángela de la Cruz, y quiso para sus Hermanas, no fue de orden puramente sociológico, es decir, una pobreza consistente en carecer voluntariamente de muchas cosas que, en nuestra sociedad consumista, se presentan y son consideradas como absolutamente imprescindibles: una pobreza expresada en una austeridad de vida que estremece al que la observa desde fuera. Su pobreza fue, ante todo, una exigencia interior que brotó de una experiencia espiritual profunda que la marcó definitivamente para el resto de su vida: la experiencia de la Cruz. El 22 de marzo de 1873, a los 27 años, tuvo una auténtica contemplación espiritual: «El monte Calvario. Nuestro Señor enclavado en la Cruz, y la Cruz levantada en la tierra. Otra cruz a la misma altura, pero no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca. Al ver a mi Señor crucificado, deseaba con todas las veras de mi corazón imitarle; conocía con bastante claridad que, en aquella cruz que estaba enfrente a la de mi Señor, debía crucificarme con toda la igualdad que es posible a una criatura; y en lo íntimo del alma sentía un llamamiento tan fuerte por hacerlo así, con unos deseos tan vivos y un ansia tan vehemente y un consuelo tan puro, que no me quedaba duda que era Dios quien me convidaba a subir a la cruz».

Solamente desde esta decisiva experiencia espiritual es posible entender la persona y la obra de Ángela Guerrero González, Ángela de la Cruz desde el momento de su profesión religiosa. Desde ahí se extiende su extrema humildad, expresada en innumerables gestos personales y, muy especialmente, en el sorprendente Canto a la nada, escrito con toda naturalidad en la madurez de sus 59 años (Ejercicios Espirituales de 1887): «Dios mío, dame la gracia para cumplir el propósito de reducirme a la nada. La nada calla; la nada no se disgusta; la nada no se disculpa; la nada no se justifica; la nada todo lo sufre; la nada del pecado es la vergüenza, la confusión; nada merece, más que el infierno; nada se le debe, sólo el infierno. La nada no se impone; la nada no manda con autoridad; la nada, en fin, en la criatura, es la humildad práctica».

Desde ahí, su recia austeridad personal, vivida con tal naturalidad que la hacía pasar completamente desapercibida. Desde ahí, su proverbial amabilidad y agrado, a pesar del genio violentísimo que tenía. Desde ahí, su alegría inalterable, aun cuando los dolores físicos y psicológicos la aquejaran con más frecuencia de la deseada. Desde ahí, de manera muy particular, su irrevocable decisión de servir a los pobres. El servicio a los pobres, en aquellas décadas de mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, no fue para Madre Angelita fruto simplemente de una sensibilidad femenina exquisita, o del deseo de remediar una necesidad contrastada: no fue una pura filantropía. El servicio a los pobres y necesitados fue para sor Ángela, y sigue siendo para los miembros de la Compañía de la Cruz por ella fundada, la forma externa de estar crucificadas con Cristo en la cruz que estaba enfrente y muy cerca de la del mismo Cristo. Cristo crucificado y servicio a los pobres fueron para sor Ángela, y son para sus hijas, el haz y el envés de una misma realidad: la cruz profundamente amada.

Una pregunta asalta la mente del lector: ¿qué actualidad puede tener la espiritualidad de esta mujer a la que pronto veneraremos como santa Ángela de la Cruz? La respuesta es bien fácil, aunque sea difícil asumirla personalmente. En un mundo en el que existen millones de pequeños Cristos crucificados, es imposible ser un cristiano coherente y actual, sin asumir valientemente la cruz de Cristo, cargando ante todo con la propia cruz de cada día. Convencidos, además, de que sólo desde la cruz de Cristo será posible trabajar perseverante y eficazmente por liberar a los millones y millones de crucificados existentes en nuestro mundo.

[En Alfa y Omega, Nº 349, del 10-IV-2003]

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MADRE DE LOS POBRES

por Dionisio Cueva

Sor Ángela de la Cruz, fundadora de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, falleció en Sevilla el 2 de marzo de 1932. Pero la podéis encontrar viva en numerosos barrios marginados de España, Italia y Argentina. En esos barrios de casas humildes, sirven a los pobres las hijas de sor Ángela, a las que el pueblo llama cariñosamente Hermanitas de la Cruz. Y digo sirven, que no es lo mismo servir que ayudar, o echar una mano, o dar a un necesitado algo de lo mucho que nos sobra. Las hijas han aprendido a servir mirándose en el espejo de su Madre. Y ella aprendió la lección meditando a los pies del Maestro, que dijo a sus apóstoles: «El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir»; y más adelante: «Estoy entre vosotros como el que sirve». Cuando estaba a punto de llegar su hora, confirmó con hechos las palabras, lavando los pies a sus discípulos, invitándoles a seguir su ejemplo.

Para servir a los pobres hay que hacerse antes pobre. A sor Ángela le costó muy poco. Nació pobre y permaneció toda su vida pobre. Sus gestos, su lenguaje, sus maneras eran idénticos a los que caracterizaban a los jornaleros de su tierra. Nació un 30 de enero de 1846 en las afueras de Sevilla, donde se borra el plano de la ciudad y se abre el horizonte infinito del campo. Hija de padres honrados, pero pobres. El padre, Francisco Guerrero, cardador de lana y, más tarde, cocinero. La madre, Josefa González, costurera. Bautizaron a la niña el día de la Purificación de Nuestra Señora y la llamaron María de los Ángeles, que se quedó en Angelita y llegó a ser sor Ángela. Reparte su merienda diaria y las propinillas que le dan las buenas gentes con los niños pobres del barrio. Desde los 16 a los 29 años trabaja, mañana y tarde, en un taller artesanal de calzado. Le apodaron, con fundamento y su pizquita de buen humor, la zapaterita. Y le gustó el apodo, por lo que tenía de diminutivo y porque respondía a la verdad.

A los pies de los más pequeños

Sus compañeras de taller dicen que tenía manos de ángel para el trabajo. Y un temperamento muy vivo y muy alegre. Y un toque de natural sencillez. Y un deseo ardiente de ser de Dios, total y únicamente de Dios. A lograrlo le ayudó el padre José Torres Padilla, sabio en teologías y en dirección de almas, pobre como un anacoreta y espectador fijo ante la ventanilla de la Providencia. Definió a la joven zapaterita como «una joven de condición pobre, muy humilde». Y la primera medida del director fue encaminarla hacia los pobres: que visite a los enfermos, que socorra a las familias desvalidas. No le faltaron ocasiones, especialmente durante la epidemia de cólera que azotó Sevilla en 1865, lo que lanzó a Angelita a multiplicar sus horas para socorrer a las familias angustiadas, hacinadas en los corrales de vecindad. Con los enfermos llegó hasta el heroísmo, lavando y curando heridas profundas y llagas purulentas. Este contacto con la realidad le hace volver la vista a Cristo pobre y a canonizar a la misma pobreza: «Oh, santa Pobreza, ¡quién os poseyera para imitar a nuestro Señor!» Por esa vertiente de imitación, intenta meter gozosamente en su corazón a los pequeños para depositarlos en el corazón de Dios; que de eso se trata, de aliviar sus penas y acercarles el mensaje. Es el momento en que comprende, letra por letra, el alcance íntimo de las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor… me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres».

Cuesta poco, tras estas experiencias que se van a prolongar a lo largo de su larga vida, interpretar su teología de la pobreza. Consiste, fundamentalmente, en seguir a Cristo pobre, desde la desnudez de los que suben a la cruz. Sus virtudes preferidas y sus compromisos son consecuencia de este principio básico. En 1873 escribe: «A imitación de mi padre san Francisco, las virtudes que deben brillar en mí son la pobreza, el desprendimiento de todo lo terreno y la santa humildad» (Escritos íntimos). Y después de afirmar que ser pobre significa llorar con los pobres y sentir sus penas, vuelve a escribir en 1875: «La primera pobre, yo…; desearé sentir los efectos de la pobreza y me alegraré cuando la sienta, estaré pronta para dar todo lo que haya en las casas, teniendo abandono total en Dios y en su Providencia» (Escritos íntimos). Esta referencia a la Providencia le venía por línea directa del padre Torres, quien solía repetir en sus conversaciones: «El bolsillo de esta señora no tiene fondo».

En 1875 funda sor Ángela la Compañía de la Cruz. Un instituto nuevo, levantado sobre la pobreza, «que es el muro de la religión», bendecido desde su nacimiento por el pueblo y aprobado muy pronto por la Iglesia. Sor Ángela quiere a sus monjitas -y ella la primera- «desprendidas de todo, hasta de ellas mismas». Organiza desde el principio turnos de asistencia a los enfermos, por el día y por la noche. El padre Torres, que bendice las iniciativas de sor Ángela, añade que van a visitar enfermos, les llevan alimentos, medicinas, ropas, incluso cama y colchón, y dan escuela a cincuenta niñas de familias humildes. Sí, irán socorriendo a enfermos abandonados a su suerte, a familias sin techo, a pobres vergonzantes, a niñas huérfanas, a mujeres analfabetas. Abrirán escuelas diurnas para niñas sin posibilidades, y escuelas nocturnas para obreras que se ganan el sustento trabajando de día. Y hasta el puchero y la brocha terminarán haciendo milagros en las manos jóvenes de las Hermanas de la Cruz. Porque un pucherito de caldo caliente, ofrecido con amor, puede resucitar a la vida a una anciana desesperada, y una brocha y un balde de cal, movidos con garbo, pueden hacer entrar el sol en un tugurio. De pucheritos así y de blanqueos domiciliarios nos pueden dar lecciones las hijas de sor Ángela…

Van por las calles, recogidas, en silencio. Un hábito de bayeta parda y áspera por vestido. Y por calzado, alpargatas. Como las mujeres pobres del pueblo, ni más ni menos. Impresiona su austeridad en el vestir, en la comida, en la capillita, en las tarimas del dormitorio común. Pobre la casa, como la de Nazaret. Con macetas de flores a la entrada, en los pasillos y en todas las ventanas. Una casa, transformada en jardín, y tan limpia como los chorros del oro. En 1924 dice sor Ángela a sus hijas, con tres palabras esenciales, cuál debe ser la manera de hacer realidad el carisma recibido: «Pobreza, limpieza y antigüedad». Pobreza, entendida sin glosas ni epiqueyas. Limpieza, que brille y alegre los ojos y el alma. Antigüedad, que equivale a fuentes de agua transparente, no contaminada por la rutina. Volver a las fuentes ha recomendado a los consagrados el Concilio Vaticano II.

La idea de sor Ángela echó raíces en Sevilla. Pero era muy linda, muy práctica, muy evangélica aquella idea. Y corrió como reguero de luz por los caminos de España. Llovieron vocaciones y llovieron peticiones. Había que andar con prudencia, pero ¿quién podía hacer oídos sordos a los gritos de los pobres? Primero por Andalucía, después por Extremadura, finalmente por Castilla. De las manos de sor Ángela fueron brotando 25 fundaciones. Tenía envidia a sus hijas cuando salían de la Casa madre de Sevilla y se iban, con el hatillo al hombro, a tierras lejanas, a servir a pobres desconocidos, a plantar nuevas cruces. «Teneos por felices en ser las primeras que plantéis la cruz de Cristo en ese pueblo…, sin abrigo, sin casa, sin agua, sin sol, pero contentas» (Epistolario).

¿Y de los ricos, qué? Sor Ángela supo, entre sus habilidades, tender la mano a los ricos para poder atender más y mejor a los pobres. Tuvo amigos pudientes, la infanta doña María Luisa Fernanda de Borbón entre ellos. Acepta sus regalos, reza por sus bienhechores, agradece en nombre de sus pobres. Pero la doctrina se mantiene imperativa: «La asistencia a los enfermos ricos se ejecutará, en casos limitados…, y salvando siempre el derecho preferente de los enfermos pobres». Así de claro. Y con validez jurídica.

Son ellos los primeros y gozan de un derecho de preferencia. Se comprende que la amasen como a una madre y que uniesen su dolor callado al de la Compañía entera cuando fueron llegando las noticias de que se apagaba lentamente la candelita de su vida. Ochenta y seis años ardiendo. Muchos años, mucha luz en el mapa de España, mucho amor en las casas de los pobres. Quedaban las hijas. Pero Madre no hay más que una, y la perdían para siempre.

Se fue la Madre, como queda dicho, con las primeras flores de la primavera. Día 2 de marzo de 1932. Miércoles, al amanecer. El pueblo quiso retenerla unos días. Y, al darle sepultura el sábado, un obrero se abrió camino entre la multitud y el clero. Llevaba en la mano derecha un ramo de claveles que acababa de comprar con el dinero de su jornal. Depositó los claveles sobre el féretro de sor Ángela, y añadió en voz alta que deseaba prestar aquel último homenaje a la que tantas veces había dado el pan a sus hijos.

¿Un símbolo? El agradecimiento de los pobres es siempre un símbolo. Los claveles y el agradecimiento reverdecieron en Sevilla la mañana del 5 de noviembre de 1982, cuando Juan Pablo II beatificó a sor Ángela. Y volverán a ser símbolo ante el pueblo de Dios, dentro de ya pocos días en Madrid, cuando el Vicario de Cristo escriba el nombre de sor Ángela en el Catálogo de los santos [el 4 de mayo de 2003].

[En Alfa y Omega, Nº 349, del 10-IV-2003]

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SOR ÁNGELA DE LA CRUZ

por José María Javierre

Ángela Guerrero nació en Sevilla en el seno de una familia humilde, a las afueras de la ciudad, el 30 de enero de 1846; su padre, Francisco Guerrero, cardador de lana, su madre, Josefa González, costurera. Ambos trabajaban como sirvientes del convento de frailes trinitarios: Francisco les cocinaba, Josefa lava y cose la ropa. Catorce hijos tuvieron, de los cuales murieron tempranamente ocho, víctimas de la mortandad infantil. La penúltima nació niña, Ángela.

Apenas tuvo ocasión de asistir a la escuela: con sólo doce años la pusieron a trabajar para ayudar a la familia. Niña viva y laboriosa, aprendió a colocar adornos en los chapines de las damas distinguidas. Así pasó doce años como ofíciala del taller Maldonado, donde se calzaba «la corte de los duques de Montpensier»: el gobierno había instalado en Sevilla a la infanta Luisa Fernanda, hermana de Isabel II, casada con un hijo del rey francés Luis Felipe. Ángela repartió su tiempo entre su casa, el taller, las iglesias y los hogares pobres, que le gusta visitar, sobre todo algunos célebres corrales de vecindad, donde se hacinan familias marginadas. Hasta que un día confió a su confesor, el padre Torres, un canónigo venerado de Sevilla, el deseo de «hacerse monja».

Las carmelitas descalzas no se atrevieron a recibirla, temerosas de que aquel cuerpecillo menudo y débil apenas pudiera resistir los sacrificios del convento. También le falló la salud cuando intentó entrar en las Hijas de la Caridad. Bajo la experta guía de su confesor, decidió consagrarse al servicio de los pobres, «viviendo a los pies de Cristo crucificado» conforme a los consejos evangélicos. A lo largo de cinco años maduró su proyecto fundacional, experimentando un proceso espiritual de altos valores místicos: hacerse pobre con los pobres, ayudar a los pobres «desde dentro», siendo ellas rigurosamente pobres.

Su instituto había de llamarse «Compañía de la Cruz», y ellas «Hermanas de la Cruz». Ángela tuvo conciencia clara de que no le correspondía una función de magisterio espiritual sino el testimonio de mujeres cristianas entregadas por amor de Cristo al bien de los hermanos necesitados. Sus Papeles íntimos, páginas asombrosas para una joven iletrada, redactadas con graves deficiencias ortográficas y sintácticas, identifican su proyecto de «Compañía» con las formas existenciales propias de Sevilla: no sólo en las vinculaciones que podríamos llamar «políticas», por la atención que los responsables ciudadanos prestaron a la obra cristiana de Sor Ángela, o en la función «social» desarrollada por las Hermanas de la Cruz a favor de los menesterosos, sino en la repercusión hondísima que los modos estéticos sevillanos produjeron sobre el estilo espiritual de Sor Ángela y de su familia religiosa.

Ángela y sus hermanas no se dejaron cazar en la trampa espiritual de una «caridad desde arriba»: dieron y dan su testimonio evangélico instaladas dentro de la pobreza, la necesidad, la renuncia. En esta materia, la postura de Sor Ángela fue tajante. Para sí misma: «La primera pobre, yo... No me consideraré interina en el cargo, desearé sentir los efectos de la pobreza y me alegraré cuando los sienta; estaré pronta para dar todo lo que haya en las casas, teniendo abandono total en Dios y en su Providencia». Y para sus hermanas: «Todo en silencio, sin publicidad».

La fundadora imprimió a su «Compañía» un ambiente de limpieza, de saludable alegría, de contenida belleza: sus conventos obtuvieron esplendor a base de cal, un estropajo, dos esterillas y cinco macetas. A pesar del tenor heroico de sus renuncias, de su pobreza y de su entrega al servicio de los menesterosos, las hermanas de Sor Ángela no adoptan aires grandilocuentes: son mujeres sencillas, verdaderamente populares, apartadas de cualquier colosalismo; impregnan el aire de dulzura, provocan sonrisas cariñosas. La gente agradece esta manera de querer a Dios y a los pobres.

El 2 de agosto de 1875 nació oficialmente la Compañía de la Cruz, con una minúscula patrulla formada por tres hermanas más Ángela, «hermana mayor»: gastaron su capital fundacional en socorros a familias necesitadas, visitaron enfermos y se olvidaron de hacer la comida, la fiesta careció de banquete. En torno suyo se forjó enseguida una aureola tejida de episodios auténticos y legendarios: la biografía de Sor Ángela, «madre Angelita», es una inacabable letanía de bondad y caridades. La congregación cubrió rápidamente las provincias andaluzas y Extremadura. Luego alcanzó Madrid. En nuestros días, Italia y América. Roma aprobó el instituto a mediados de 1908.

Sor Ángela murió, anciana, el 2 de marzo de 1932. Mientras toda la iglesia sevillana rezaba sin parar, el Ayuntamiento republicano de Sevilla celebró una sesión extraordinaria para dar carácter oficial a los elogios de Sor Ángela. El alcalde puso a votación «que se cambie el nombre de la calle Alcázares por Sor Ángela de la Cruz». La minoría socialista, prescindiendo del matiz religioso, estuvo conforme, la minoría radical, conforme... por unanimidad. Sevilla republicana le regaló una calle a Sor Ángela. Cuando acomodaban el ataúd en el sepulcro de la cripta, llegó un obrero: con el jornal del día había comprado un ramo de claveles y suplicó que se los pusieran a Sor Ángela.

Juan Pablo II la beatificó en Sevilla, en su primer viaje a España, el 5 de noviembre de 1982, y la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.

[Ecclesia, Nº 3151, del 3 de mayo de 2003, pp. 26-27]

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SOR ÁNGELA DE LA CRUZ

por Joaquín L. Ortega

Esta sevillana, chiquitita y menuda, hermana de otros 13 hermanos y «zapatera prodigiosa» para aliviar las cargas familiares, es otra prueba de lo grande que puede ser el Señor en la pequeñez de sus criaturas.

De notar, que Angelita (como gustan de llamarle los sevillanos) no tuvo desde niña otro «arrimo» que Dios y su Santa Voluntad. De jovencilla quiso entrar en las carmelitas. Pero las «teresas» de Sevilla no le dieron facilidades. ¿Despiste de la Madre Priora o Providencia de Dios? Las Hermanas de la Cruz se decantan netamente por lo segundo. El Señor lo permitió así para que Angelita, que parecía ya decidida a ser «monja sin convento», optara por fundar la Compañía de las Hermanas de la Cruz.

El núcleo de su fundación fue y es hoy día la vivencia severa y amorosa de la cruz. Y, al propio tiempo, la dedicación a los pobres más pobres y a los necesitados más necesitados. Las claves de tan extremada opción de vida están en sendas afirmaciones de Sor Ángela: «Hijas mías, nuestro país es la cruz y fuera de la cruz somos forasteras». Convicción que se solapa con esta otra: «Hacerse pobre con los pobres. La caridad, no desde arriba sino desde dentro».

De tales y tan escuetas pautas se deriva una estética de la pobreza limpia y de la mortificación gozosa que llena la vida y las casas de las Hermanas de la Cruz. Su ascética la dejó sellada Sor Ángela con la mística del amor, que es el mejor sello.

Así pasó ella por la vida. Mucho más ligera de equipaje de lo que hubiera pensado su paisano, Antonio Machado. Por otra parte, el olor de la santidad de Angelita hace ya mucho tiempo que, como el azahar, inunda las calles de Sevilla. Su celebridad y el cariño que concita entre sus paisanos no son inferiores a los que dedican a la Macarena o a la Giralda, según los expertos. Es más, son muchos los que apuestan por la primacía de Sor Ángela de la Cruz, dentro de esa trinidad.

[Ecclesia, Nº 3151, del 3 de mayo de 2003, pp. 11]


30 de octubre
BEATO ÁNGEL DE ACRI (1669-1739)

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Nació en Acri (Cosenza, Italia) en 1669. Su itinerario vocacional fue laborioso, pues, tras dos noviciados frustrados, sólo después del tercero llegó a profesar en los Capuchinos, en 1691. Ordenado sacerdote en 1700, se dedicó de lleno a la predicación, sencilla y popular, durante casi cuarenta años, por toda Calabria y gran parte del Sur de Italia, labor que completaba con su dedicación al confesonario, donde atendía a multitud de fieles que allí encontraban la gracia, la orientación y el consuelo que necesitaban. El Señor acompañaba su apostolado con carismas y milagros. Sus devociones más sentidas fueron la Eucaristía (las Cuarenta Horas), la pasión de Cristo (el Calvario, el Vía crucis) y la Virgen María (la Dolorosa). En su Orden ejerció con gran celo y no menor caridad diversos oficios como el de maestro de novicios, guardián o superior provincial. Murió en Acri el 30 de octubre de 1739.

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BEATO ÁNGEL DE ACRI
por Prudencio de Salvatierra, o.f.m.cap.

La infancia de Lucas Antonio Falcone carece de episodios novelescos: es un arroyuelo tan manso y tan callado, que ni en sueños permite presagiar el estrépito que más tarde acompañará a la figura del gran apóstol capuchino.

Aquel niño pálido, silencioso, amigo de rezar y de ayudar al cura de su pueblo en los quehaceres de la parroquia, vive en su pobre casita de Acri, en la Calabria, trabajando con sus padres, rezando con ellos y aprendiendo sus ejemplos y sus virtudes.

Dios empezó a modelar el espíritu del futuro héroe sin violencias y sin golpes extraordinarios, con esa suavidad finísima del amor. El alma del niño iba enriqueciéndose de virtud y de piedad, sin que nadie se diera cuenta de sus progresos admirables, hasta que un día todos se percataron de que aquel jovencito era un verdadero santo. Sus padres, Francisco y Diana, alimentaban el fuego sagrado en el corazón de su hijo, y tenían un vago presentimiento de que Dios le había señalado para muy altos destinos.

Lucas Antonio había colocado, a la cabecera de su pobre lecho, una imagen de la Virgen María, y se le pasaban 1as horas en dulces coloquios con su Madre celestial; por Ella trabajaba en silencio, por Ella obedecía sin protestar, y por Ella también comenzó a discurrir diversas mortificaciones que el amor le iba enseñando con graciosa habilidad.

En la escuela de Acri nadie podía compararse en aplicación y seriedad con Lucas Antonio. Los juegos de sus compañeros, si no le desplacían, le interesaban menos que el estudio y las obras de piedad. Y el ejemplo de su conducta era ya, para todo el pueblo, un destello incipiente del apostolado de toda su vida.

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Llegó por aquellos días a la iglesia de Acri un famoso predicador capuchino, el Padre Antonio de Olivadi, rodeado de una aureola extraordinaria de santidad y de elocuencia; y predicó una de esas misiones que dejan huellas imborrables en las almas de todos los oyentes. Nuestro piadoso joven no podía faltar entre el numeroso auditorio, y seguramente fue el más atento y el mejor preparado para recibir la semilla de la palabra divina.

La voz del capuchino, al hablar de las vanidades del mundo, era un martillo que pulverizaba todos los ídolos de la ilusión; cuándo explicaba la justicia de Dios o los tormentos del infierno era un rayo deslumbrador que hacía temblar a los más insensibles; cuando pintaba las llagas de la culpa, era trémula y sollozante; y al exponer los rasgos delicados de la misericordia divina, en la tierna parábola del hijo pródigo, parecía un arrullo de perdones y de amor.

Lucas Antonio no perdía un movimiento de las manos del orador, ni un parpadeo de sus ojos, ni una sílaba de sus palabras. Comprendió perfectamente la nada de las cosas visibles, y se convenció de que la felicidad soñada por su alma estaba únicamente en el amor de Dios y en el cumplimiento de su santa voluntad.

Varias veces intentó acercarse al misionero; pero el gentío se agolpaba junto al confesonario, y era punto menos que imposible exponerle sosegadamente el estado de su alma y los deseos que iban naciendo en su corazón. Una tarde, viendo al capuchino que pasaba a su lado, se fue tras él, alcanzó a dar un tirón a su hábito y le dijo que le quería hablar inmediatamente. La providencial entrevista terminó con una serie de consejos espirituales que el joven cumplió al pie de la letra: frecuencia de sacramentos, rezo diario del «Reloj de la Pasión», oración continua, amor a la Virgen y pureza de vida. Pero Lucas Antonio no quedó satisfecho, quería algo más; quería ser misionero y capuchino, como aquel santo predicador, y no descansaría hasta conseguirlo.

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Parece que en los reinos de Satán aquella determinación produjo un revuelo extraordinario, porque comenzaron los obstáculos y las tentaciones con tal lujo de abundancia y tenacidad, que, si Dios no lo hubiese evitado, el futuro capuchino se hubiera quedado a las puertas de su vocación.

Tenía dieciocho años cuando solicitó el burdo sayal de San Francisco. A los pocos días, sus entusiasmos se apagaron totalmente. Una enfermedad nerviosa pobló su fantasía de imágenes tristes y de melancólicos presentimientos. El tentador consiguió una victoria momentánea. El novicio dejó el convento y volvió a su casa. Apenas entró por las puertas de su hogar, recuperó la alegría y la salud, y sintió una voz interior que le decía astutamente: «Convéncete, Dios no te quiere capuchino».

Pocos meses más tarde, arrepentido y lloroso, Lucas Antonio se presentó por segunda vez en el convento. Los religiosos le recibieron con gran regocijo. Se creía ya el joven en la tierra de promisión, cuando volvieron las tristezas y los desalientos. Aniquilado, deshecho, tuvo que regresar de nuevo a su casa. Algo de extraordinario había en aquellos súbitos cambios de la voluntad; el joven comenzó a maliciar las astucias del demonio, y se propuso resolver su situación con la penitencia y con las plegarias. Acudió a su querida Virgen, le ofreció su vida y todo su ser; y al instante conoció que su vocación era decidida, y que podía contar con los auxilios del cielo.

Pocas veces ha tenido más hermoso cumplimiento el refrán que dice: «A la tercera va la vencida». Contando veinte años de edad, desechando las promesas de dicha que un tío suyo le susurraba con insistencia, nuestro joven dio el adiós definitivo al mundo y vistió el hábito capuchino en el convento de Belvedere. Nuestro santo contó, muchos años más tarde, que al dirigirse al noviciado, llegó a orillas del río Crati y no pudo atravesarlo, por la extraordinaria fuerza de su corriente. Ante la imprevista dificultad, hizo una ferviente oración, pidiendo al Señor que le ayudara en aquel trance. Aún estaba con la plegaria en los labios, cuando vio a su vera un hombre gigantesco y de horrible catadura, que, cargándolo sobre sus fornidas espaldas, en un instante le dejó en la orilla opuesta. El hombre misterioso desapareció súbitamente. «Dios me reveló mucho tiempo después -decía el santo- que aquel hombre era el mismo demonio. El Señor, en castigo de haberme sacado dos veces del convento, le obligó a servirme en la tercera tentativa».

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En el año del noviciado, Fray Ángel echó los cimientos sólidos e inconmovibles de su futura santidad. Largas meditaciones, penitencias de toda clase, dominio perfecto del carácter, enfrenamiento de la propia voluntad, culto entusiasta de la pobreza seráfica, pureza angelical: breves palabras que encierran un abismo de fervor y de energía. Los asaltos incesantes de la tentación se estrellaban y desvanecían contra aquel espíritu férreo que soportaba con alegría el enorme peso de la vida monástica. Y cuando el joven capuchino hizo la profesión, parecía un religioso maduro y de acabada virtud, más que un principiante que daba los primeros pasos.

El estudio de las ciencias eclesiásticas fue para Fray Ángel, hasta el día de su ordenación sacerdotal, campo fértil de conocimientos que alimentaban, al mismo tiempo, su clara inteligencia y su voluntad sin límites. Meditando en los nuevos horizontes que la teología iba descubriendo a los ojos de su alma, supo adquirir más el espíritu que edifica, que la vana ciencia que hincha, sacando de cada página de sus libros un nuevo motivo de celo apostólico que sería muy pronto el fuego devorador de toda su vida. Armonizaba con extraña habilidad la mortificación de los sentidos con el conocimiento de Dios; la humildad era el contrapeso que regulaba los progresos en la sabiduría; y la fiel observancia de sus deberes religiosos ponía un marco de justeza y de seriedad en el cuadro perfecto de todas sus obras. El alma de Fray Ángel adquirió, en breve tiempo, la plenitud espiritual y científica que sólo es dado admirar en los hombres muy probados.

Después de la ordenación sacerdotal, el siervo de Dios comenzó una serie interminable de duros trabajos de apostolado. Su primera misa, en la que se mezclaron los fervores del nuevo sacerdote con la intensa emoción de los asistentes, demostró que el Padre Ángel era un hombre de Dios, seráfico en los transportes del amor e invencible en los combates del espíritu.

Los superiores, que conocían y admiraban las excelentes dotes del joven religioso, le mandaron inmediatamente al campo de su verdadera actividad. Poseía todas las cualidades que permiten asegurar una vida de triunfos: elocuencia penetrante y sugestiva, ingenio cultivado en todas las ciencias, virtud acrisolada, celo incontenible por la salvación de las almas. Y el Padre Ángel recibió el mandato de la obediencia con todas las ansias de su corazón ilusionado.

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Nuestro santo fue un reformador original de la elocuencia sagrada en aquella época de extravíos oratorios de que casi todos los predicadores se contaminaron. Las frases más rebuscadas y chocantes, los giros retorcidos y sutiles, las aplicaciones arbitrarias y ridículas de los textos escriturarios habían cundido de tal suerte entre los sacerdotes católicos, que sólo se reputaba por elocuente e ingenioso el que vencía a los demás en rarezas extravagantes. El público, descaminado por la costumbre, acabó por aplaudir con tanto mayor entusiasmo cuanto menos entendía de aquellos enredados conceptos.

Nuestro Beato Ángel de Acri comenzó su ministerio apostólico haciendo una pequeña concesión a los gustos de la época. No cometería él el defecto de envilecer la palabra de Dios con las sugestiones del amor propio; no se obscurecerían sus sermones con metáforas primorosas e ininteligibles, ni con laberintos de ideas; pero escribiría sus sermones con atildamiento retórico, cuidaría y limaría los períodos, buscando en ellos el deleite poético de las frases galanas, y se aprendería sus discursos al pie de la letra, para mayor gloria de Dios y bien espiritual de los oyentes.

Con estas ideas escribió una colección de sermones cuaresmales, poniendo en ellos todos los primores que su talento y su poderosa imaginación le iban dictando. Aquellas páginas que brotaron de su bien cortada pluma en días de juvenil entusiasmo debieron ser obras maestras de dialéctica y de belleza oratoria. Nuestro joven misionero se las aprendió fielmente, gracias a su prodigiosa memoria, y comenzó la cuaresma en el pueblo de Corigliano. Bien sabía el novel predicador que una fervorosa oración es más eficaz que cien bellos discursos, y que la penitencia alcanza del cielo más gracias que las palabras vanas de la soberbia. Antes de subir al púlpito, la mortificación y la plegaria dieron la última mano a su preparación científica.

Pero allí, en la cátedra del Espíritu Santo, le esperaba la gracia de Dios para darle una tremenda lección que él aprendería admirablemente, y que no olvidaría ya en todo el curso de su larga carrera apostólica.

El sermón de entrada fue un torbellino confuso de ideas y de afectos; la memoria le había traicionado lamentablemente por vez primera en su vida. No supo qué decir, no se le ocurriría nada; todas las frases que había estampado en sus cuadernos se las llevaba en sus alas el viento de un repentino olvido. Balbució algunas palabras temblorosas, y bajó del púlpito, avergonzado y triste por la inesperada desgracia. Los días siguientes se repitió el fracaso, con la creciente amargura del predicador.

En el fondo de su alma sentía como una voz que le avisaba de la inutilidad de sus esfuerzos, y al mismo tiempo le animaba a confiar únicamente en la gracia de Dios. Movido por esa fuerza irresistible, cayó de rodillas en medio de su celda, pidiendo al Señor que se dignara manifestarle su voluntad. Aún no había terminado su ardiente plegaria, cuando escuchó claramente una voz que le decía: «No temas, Ángel; yo te daré el don de la predicación, y en adelante bendeciré todos tus trabajos». «¿Quién eres tú?», preguntó el religioso. Y la misma voz contestó: «Yo soy el que soy. Tú hablarás desde ahora con otras palabras, y tus discursos serán comprendidos por todos». Cuentan los biógrafos que esta voz fue acompañada de una especie de terremoto; el misionero cayó desvanecido en tierra, como otro Saulo; y más tarde, cada vez que recordaba las palabras de la voz misteriosa, temblaba de pies a cabeza.

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La lección dio excelente resultado. El misionero cambió totalmente de métodos y de oratoria. La oración fue la fuente principal de sus sermones, y en su celda no se veían más que dos libros: la Biblia y el crucifijo.

Ya no bajará nunca del púlpito insatisfecho o humillado: su palabra será como el tronar de los profetas y apóstoles; en ella vibrarán, con pasmosa propiedad, todos los acentos bíblicos, desde los terribles presagios de Jeremías hasta las escondidas y proféticas máximas del Apocalipsis. Los teólogos que oían al Padre Ángel de Acri sacaban la conclusión de que su modo de hablar no se aprendía en las aulas.

Y todo ese cúmulo de maravillas salía de sus labios envueltas en un ropaje sencillo y ajustado, con palabras llanas y sin adornos superfluos, fuera de las maneras consagradas por una vieja costumbre. El Padre Ángel tenía una originalidad extraña, muy difícil de alcanzarse: la originalidad de la sencillez y de la claridad, en una época dominada por el conceptismo y por la extravagancia.

No faltaron espíritus superficiales que se burlaran de la llaneza oratoria del capuchino. Sus discursos no merecían, en opinión de los tales, el nombre de elocuencia sagrada: eran unas conversaciones familiares, indignas de un ministro del Altísimo.

Muy pronto los críticos pedantes tuvieron que desengañarse: el nuevo apóstol atraía a su púlpito a toda clase de gentes, ávidas de escuchar aquella palabra calurosa que recordaba las amables pláticas del divino Maestro. Los auditorios se conmovían hasta un grado indecible con los sermones del Padre Ángel. Era frecuente el caso de tener que interrumpir el discurso para dar rienda suelta a los sollozos de los oyentes: las explosiones del fervor o del arrepentimiento estallaban con sublime espontaneidad, según los deseos del predicador. Con el crucifijo en la mano izquierda, al término de sus sermones, era irresistible: los corazones más empedernidos y tenaces se ablandaban y rendían en aquellos supremos momentos en que el orador comunicaba a todos los presentes los afectos de su tierno corazón.

El crucifijo del Padre Ángel, ora lo llevase sobre el pecho, ora lo estrechase entre los brazos, o lo tuviese en las manos mirándolo con ojos de amor, era algo tan inseparable y tan consustancial en su figura, que no se le podía imaginar separado de la cruz de Cristo. La cruz era el adorno y el complemento de su hábito, lo que nunca se olvida ni se pierde, lo que se lleva a todas partes, el libro de consulta, el alimento confortante y sabroso, el objeto preferido, el amigo que jamás se abandona. De Cristo y de su Pasión hablaba en todos los sermones y aun en las conversaciones privadas; los pensamientos más originales, las frases más caldeadas, las ternuras más emocionantes salían de su boca al tratar de Jesús Crucificado y de la Madre Dolorosa.

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En el término de las misiones, buscaba un cerro o una colina que pudiera verse bien de todo el pueblo, y allí fijaba tres cruces que recordaran continuamente a todos los habitantes el amor inmenso de Cristo; pero antes había trabajado por imprimir, en los corazones de sus oyentes, el amor y la devoción a la cruz. Organizaba una solemne procesión de penitencia, que solía ser un acontecimiento inolvidable, por las ceremonias impresionantes que la acompañaban. Abría la procesión un numeroso grupo de hombres coronados de espinas; seguían los clérigos vestidos de saco y de cilicio; detrás, rodeado del pueblo, iba el Padre Ángel cargado con la cruz más pesada, y a su lado caminaban otros dos sacerdotes con cruces más pequeñas. En el trayecto, hasta la cima del nuevo Calvario, se rezaba y cantaba el «Reloj de la Pasión», dividido en veinticuatro meditaciones que comprendían todo el drama del Gólgota, desde la última Cena hasta la sepultura de Jesús. El acto terminaba con una vibrante alocución, en la que el misionero, transformado por su amor seráfico, inculcaba la devoción a la cruz y pedía que todo el pueblo saludara diariamente a Cristo Crucificado.

El Beato Ángel de Acri, a quien con justicia se ha llamado «el apóstol de la Calabria», sembró de cruces todas las montañas y pueblos por donde pasó. En el villorrio de Mendicino, Dios demostró con un inusitado prodigio cuánto le agradaban aquellas devotas prácticas del fervoroso misionero. En la procesión final, cuando la muchedumbre se disponía a adorar la cruz que iba a colocar el Padre Ángel sobre una montaña, aparecieron en el aire otras tres cruces brillantes, como formadas por nubes y rayos de sol, perfectamente dibujadas, que fueron vistas por toda la concurrencia durante un largo rato. El pueblo, dando clamores de asombro y de piedad, cayó en tierra de rodillas, mientras el capuchino pronunciaba uno de los sermones más inspirados de su vida.

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Fue también nuestro santo un incansable propagador de la devoción al Santísimo Sacramento, no dejando pasar ocasión sin incitar al pueblo a la comunión frecuente, valiendose para ello de su prodigiosa habilidad e inagotable inventiva que hicieron de él uno de los apóstoles más notables de la Eucaristía. La devota práctica universalmente conocida con el nombre de «Las Cuarenta Horas» tuvo un éxito inmediato, gracias a la labor propagandista del Beato Ángel de Acri. Él mismo adornaba los altares y colocaba las flores y los cirios con exquisito buen gusto; organizaba procesiones eucarísticas y coros de adoración nocturna; y, sobre todo, encendía los corazones con su palabra cálida y con el ejemplo de su fervor. Puede decirse que el Padre Ángel vivía en la perpetua compañía de Jesús Sacramentado: sus visitas al sagrario eran tan frecuentes, que parecía no poder vivir sin acercarse de continuo a su Dios; la celebración de la santa misa era el acontecimiento más esperado del día, y se veía que en el altar hallaba un manantial de delicias y un descanso reparador de su incesante actividad. Por dondequiera que pasaba el siervo de Dios, quedaba, como recuerdo de su visita, un culto más fervoroso del Santísimo Sacramento: era el incendio de su alma que sembraba por todas partes chispas ardientes de amor. «¡Qué hermoso es amar a Dios!», repetía con frecuencia. Y esa frase llegó a hacerse familiar entre todos los amigos del Padre Ángel.

La Virgen Santísima, especialmente en sus Dolores y en su Inmaculada Concepción, fue otro de los amores dominantes del apóstol capuchino. En las vigilias de las festividades de María, su oración era más larga, sus penitencias más duras, sus obsequios más frecuentes. Todos los sábados del año ayunaba a pan y agua en homenaje a María, la saludaba miles de veces, adornaba sus altares y predicaba sobre sus glorias. No podía ver una imagen de su Reina y Madre sin correr anhelante a su lado; y muchas veces fue visto en profundo arrobamiento como si estuviera contemplándola, o entretenido en sabrosas pláticas, que daban una extraña animación a su extática figura.

Cuando hablaba de los dolores de María, ni el predicador ni los oyentes podían contener las lágrimas; era tan viva la expresión de su rostro, tan efusiva su palabra y tan sincera e intensa su compasión, que bastaba oír una sola vez alguno de aquellos sermones del capuchino para sentir inmediatamente la comunicación irresistible de su ternura.

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Casi todo el apostolado del Beato Ángel de Acri tuvo por escenario las dos provincias de la Calabria, provincias que recorrió en todas las direcciones, durante treinta y ocho años de no interrumpida labor. Sólo por excepción visitó otras provincias italianas: Dios le había destinado para que fuera el apóstol calabrés por antonomasia, y entre las gentes de aquella tierra sembró a manos llenas los abundantes tesoros de su elocuencia y los claros ejemplos de su virtud. Los obispos de Cosenza, Bisignano, San Marcos, Nicastro, Oppido y muchos otros declararon solemnemente que sus diócesis habían sido removidas y santificadas por las predicaciones del Padre Ángel, por sus milagros y por sus eminentes virtudes.

Uno de esos monstruos de inmoralidad y de degradación que suelen ser el escándalo perenne de campos y ciudades, conocido por el apodo de Patacca, entró un día por casualidad en la iglesia de los capuchinos, durante uno de los sermones del Padre Ángel. Le agradó aquel modo de hablar, sencillo y enérgico a la vez, y se colocó cerca del púlpito para oír mejor. Acabado el sermón, Patacca entró en la sacristía, se postró ante el siervo de Dios, hizo una confesión llorosa de todos sus crímenes y salió de allí completamente transformado: el buen Patacca fue, en adelante, modelo de virtud y ejemplo de penitencia.

En 1711 predicó en Nápoles una cuaresma, que vino a resultar una serie de hechos prodigiosos. Al principio, los napolitanos, acostumbrados a otra oratoria más brillante, despreciaron al capuchino y se burlaron de sus sermones. El tercer día sólo acudieron a oírle cinco o seis personas. El rector de la iglesia, en vista del fracaso, le despidió bruscamente y hasta le prohibió celebrar la santa misa. El Padre Ángel emprendió su regreso al convento; pero cuando estaba ya en las puertas de la ciudad, fue alcanzado por un enviado del arzobispo, que le pedía, en nombre de Dios, volver y reanudar sus predicaciones. El humilde capuchino así lo hizo, y continuó su cuaresma con tal éxito, que, al terminarla, tenía que ir a la iglesia escoltado por un grupo de hombres: la multitud se lanzaba tras el orador, le cortaban pedazos de hábito como preciosas reliquias, le aclamaban por todas partes y pedían a gritos su bendición y sus consejos.

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La actividad del Padre Ángel no se limitó al apostolado en las ciudades y los campos; también dentro del claustro dejó huellas profundas de santidad y ejemplos de espíritu observante y austero.

La pobreza franciscana parecía en nuestro santo una pasión que él alimentaba y robustecía con heroica constancia. Su celda era un santuario de pobreza: un jergón de paja, una manta raída, un crucifijo, la estampa de la Dolorosa pegada a la pared, el breviario y la Biblia; oculto detrás de la puerta podía verse un montón de cilicios y las disciplinas. Sus predicaciones y trabajos fueron siempre gratuitos, sin aceptar jamás para sí la más pequeña limosna; y ésa fue también la orden que dio a sus súbditos siendo Provincial de Calabria. Hallaba un placer especial en carecer de todo, como el más perfecto de los mendigos; y se contentaba con lo absolutamente necesario para la vida. Su hábito remendado y limpio, su comida escasa, el odio que profesaba a todo lo superfluo hacían del Padre Ángel la figura ideal del perfecto capuchino.

Otro de los rasgos más señalados de nuestro santo fue su virginal castidad, nunca empañada con la más mínima sombre de impureza. En el continuo trato con toda clase de gentes, tuvo con frecuencia tentaciones y peligros. Pero el Padre Ángel, con su filial devoción a la Virgen y con el ejercicio valeroso de ásperas penitencias, resistía invicto todos los ataques de la carne y esparcía por doquier el perfume de su pureza. Cuéntase que un día, asaltado de furiosa tentación que no le dejaba sosegar, se postró en el suelo de su celda y pidió a Dios, con lágrimas de humildad, que viniera en su auxilio. La respuesta del Señor fue rápida y consoladora: el santo, arrebatado en éxtasis repentino, vio a Cristo que se le acercaba y le tocaba con sus divinas manos, asegurándole que, en adelante, sentiría una perfecta paz y un absoluto dominio de las pasiones.

Pero ni la castidad ni la pobreza harían perfecto a un religioso, si no estuvieran enlazadas con la obediencia, tercer fundamento de la vida monástica. El Padre Ángel, dechado de las dos primeras virtudes, fue también un modelo excelso en la tercera. Siendo súbdito, jamás se permitió, ni de pensamiento, salir de los límites impuestos por los superiores; y esa conducta iba acompañada de tal sinceridad y prontitud, que desde los primeros años fue un ejemplar que todos los religiosos procuraban imitar. Elegido superior de varios conventos, y más tarde Provincial, estaba pronto a obedecer al último de sus subordinados, para no verse privado del mérito de la obediencia.

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Por todas estas virtudes, realzadas por el prestigio de su ciencia y de sus milagros, el Padre Ángel de Acri fue en su tiempo tal vez el hombre más popular, admirado y querido, dentro y fuera de su Orden. Los religiosos le miraban como a un nuevo San Francisco, a quien se parecía hasta en su aspecto físico; los pueblos le oían como a un oráculo; los obispos le pedían oraciones para la reforma de sus diócesis.

Había llegado a los setenta años con la aureola de la santidad y de la sabiduría.

En el último tiempo quedó completamente ciego: sólo se abrían sus ojos cuando subía al altar para celebrar la Santa Misa.

Sabía que su vida estaba próxima a extinguirse, y se preparó para el gran viaje con la envidiable serenidad de los justos. A un religioso le dijo con toda claridad: «Hermano mío, sabed que en la mañana del viernes, al despertar el día, saldré de este mundo». Su enfermedad, misteriosa y desconcertante para la ciencia médica, era más una ansia del alma que una dolencia del cuerpo. Él mismo pidió la Extremaunción, y después bajó a la iglesia para recibir el santo Viático, insistiendo en el anuncio de su cercana muerte. Los médicos, que conocían su espíritu profético, aseguraban: «La enfermedad del Padre Ángel no es grave; pero morirá, porque él lo dice, y nosotros sabemos que la vida de este hombre se rige por leyes extraordinarias».

El enfermo, en medio de arrobamientos continuos, no cesaba de repetir su frase favorita: «¡Qué hermoso es amar a Dios!» Y sus fuerzas se iban debilitando rápidamente.

El viernes 30 de octubre de 1739, poco antes de la salida del sol, teniendo en los labios los nombres de Jesús y María, murió en el convento de su pueblo natal, dejando tras de sí una estela de virtudes y milagros que hicieron gloriosa su tumba.

El apóstol de la Calabria fue elevado a los altares por el Papa León XII en 1825.

[Prudencio de Salvatierra, OFMCap, Beato Ángel de Acri, en Idem, Las grandes figuras capuchinas. Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 231-248].

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BEATO ÁNGEL DE ACRI
Capuchino y misionero popular
por Fernando de Riese Pío X, o.f.m.cap.

En el extremo meridional de la península italiana, dentro de la provincia capuchina de Cosenza, se destaca la figura del beato Ángel de Acri. En Acri nació nuestro beato el 19 de octubre de 1669, allí murió el 30 de octubre de 1739 y allí reposan sus restos, en el templo dedicado a la Inmaculada Concepción y llamado «santuario» del beato Ángel. La provincia capuchina de Cosenza fue fundada en 1584. En el provincialato del beato Ángel (1717-1720), la provincia de Cosenza contaba 37 conventos y 407 religiosos. El convento de Acri, fundado en 1584, está situado sobre una altura que domina la pequeña ciudad. En aquellos tiempos, el territorio formaba parte del reino de Nápoles; actualmente pertenece a la provincia civil de Cosenza y a la diócesis de Bisignano.

FRACASOS JUVENILES

Su nombre de pila fue Lucas Antonio; Lucas, por la circunstancia de haber nacido un día después de la fiesta litúrgica del evangelista san Lucas que se celebra el 18 de octubre. Fueron sus padres Francisco Falcone, labrador y dueño de una manada de cabras, y Diana Enrico, hornera. Estos pronto se dieron cuenta del carácter de Lucas Antonio: era áspero e indomable, duro y fuerte como la montañosa Calabria, dominada por la meseta de Sila (1.928 m). Verdadero hijo de aquella tierra, hizo patente su rudeza persistente, durante setenta años de vida, en toda la Calabria y en gran parte de Italia del sur: un hombre venido de los montes.

Un episodio nos hace entrever la fuerte personalidad de Lucas Antonio. Lo contaba él mismo, siendo ya sacerdote capuchino, y se encuentra en las actas del proceso de beatificación, del que tomaremos muchos de los datos que iremos ofreciendo: «Cuando él era pequeño, muy pequeño, su madre lo llevaba consigo a la iglesia; y el pequeño hacía travesuras en la misma iglesia, como lo hacen todos los niños pequeños... Una vez, para librarse de esas molestias, la madre lo encerró en casa y se fue sola a la iglesia. El niño, por despecho, intentó arrancar un cuadro de la Virgen colgado en la pared. De pronto, se le pasó la rabieta y cambió de humor: se arrodilló delante de la Virgen y puso bajo sus rodillas granos de trigo que había en el suelo... Así lo encontró su madre: con las rodillas llenas de hoyuelos por los granos de trigo».

Debilidad de corazón, pesadillas, sugestiones y fantasías sentimentales: ésa fue la historia de su vocación. Consiguió hacerse capuchino después de pruebas y más pruebas, superando los primeros fracasos, combatiendo y sufriendo.

El padre había muerto, no se sabe cuándo. La madre tenía un hermano sacerdote, Domingo, con quien Lucas Antonio vivía de ordinario; luego volvió a casa de su madre, asistiendo alternativamente a la escuela y al convento de capuchinos. Sobre su porvenir se cernían incertidumbres e interrogantes, tanto más cuanto que el tío sacerdote parecía no ver con buenos ojos cierta propensión de Lucas Antonio hacia los capuchinos. Por otra parte, el joven no quería dejar sola a su madre viuda, por la que sentía intenso afecto. El tío sacerdote soñaba hacer de él un hombre suficientemente instruido para colocarlo en algún puesto de trabajo con que pudiera sostener a su madre.

Entre la incertidumbre del joven, el deseo del tío sacerdote y la expectativa de la madre, llegó a Acri, en 1689, el famoso predicador capuchino padre Antonio de Olivadi, muy conocido y apreciado por su santidad. Nacido en 1653 y capuchino desde 1670, recorría los pueblos de Calabria predicando con ardentísimo celo, particularmente sobre la pasión del Señor. Murió en concepto de santidad el 22 de febrero de 1720. Encuentros y coloquios habidos con tal predicador reforzaron la decisión de Lucas Antonio de hacerse capuchino. Tenía entonces veinte años.

La tarde del 8 de noviembre de 1689, Lucas Antonio vistió el hábito capuchino en el noviciado de Dipignano. Llegó el nuevo año 1690 y con él un cúmulo de dudas, incertidumbres y fantasías... Cedió. Y por no haber encontrado en el convento la pobreza que esperaba, pidió salir del noviciado y volvió a casa de su madre.

No le dieron tregua sus dudas, arrepentimientos, interrogantes y crisis. Por fin se resolvió a reanudar la prueba anterior. Fue a Belvedere Marítimo y vistió de nuevo el hábito capuchino. Pero volvieron también las fantasías y sugestiones, que otra vez condujeron al novicio a su casa de Acri, donde se consideró vencido por segunda vez.

LUCHA ULTRADECENAL

Por tercera vez Lucas Antonio se presentó en el noviciado, en Belvedere Marítimo, y por tercera vez recibió el hábito capuchino el 12 de noviembre de 1690. Como otras veces, estaba resuelto a resistir a toda suerte de tentaciones. Pero otra vez las tentaciones volvieron al ataque. Se reavivó la crisis, con la perspectiva de un nuevo fracaso...

Estaba ya para terminar el año de la prueba. Un día, Lucas Antonio, extenuado por una lucha sin tregua, oyó leer en el refectorio la vida de fray Bernardo de Corleone, cuya causa de beatificación se había introducido. Aquel día se leía cómo fray Bernardo había conseguido vencerse a sí mismo.

Lucas Antonio quedó muy animado con el ejemplo de fray Bernardo. Terminó el año del noviciado, pronunció sus votos en 1691 y recibió el nombre de fray Ángel, nombre de buen agüero. Años más tarde, el padre Ángel expuso a su confesor el secreto de su victoria: «Entrado por tercera vez en el noviciado, volvieron las mismas tentaciones, pero yo era fuerte y constante en rechazarlas mediante fervorosas y ásperas penitencias».

Pasó varios años en los estudios de letras, filosofía y teología en los conventos de Saracena, Rossano, Corigliano Cálabro y Cassano Jonio. Recibió el diaconado el 18 de diciembre de 1694 en la catedral de Cosenza.

Estos años de preparación para el sacerdocio parece que fueron también años de lucha, y, según la referida confesión, de «fervorosa oración y de ásperas penitencias». Fue una lucha que se prolongó durante doce años. En el proceso ordinario de beatificación de Bisignano un testigo refiere: «Recuerdo que el padre Ángel dijo algunas veces en la predicación haber combatido nada menos que durante doce años para obtener de Dios el don de la castidad y el de no sentir el fomes de la concupiscencia... Con algunos ejemplos exhortaba a todos a combatir contra el vicio de la deshonestidad, encomendándose a Dios en tales casos».

A los treinta años, el 11 de abril de 1700, fue ordenado sacerdote en la catedral de Cassano Jonio.

PREDICANDO LOS VICIOS Y LAS VIRTUDES

Fechada en Parma el 24 de noviembre de 1701 y firmada por el vicario general de la Orden, llegó al padre Ángel la facultad de predicar. Y a la predicación se dedicó con el mayor empeño durante sus últimos treinta y ocho años de vida, acompañado siempre de un hermano capuchino.

La preparación en los estudios había sido completa; tenía una voz robusta, natural, a veces impetuosa y rimbombante, como la había heredado de la naturaleza y aprendido en los montes. Le pedían novenarios, predicaciones apologéticas, cursos de misiones y de ejercicios espirituales y cuaresmas de los pueblos de toda Calabria y de fuera de ella, de Nápoles, de San Germano de Monte Cassino, etc. En treinta y ocho años de predicación fueron treinta y ocho las cuaresmas predicadas, hasta cuatro veces en el mismo lugar, como en Acri y en Cetraro.

Su primera predicación cuaresmal fue en 1702, en San Giorgio Albanese, pequeño municipio de las cercanías de Acri. Dio comienzo el sermón el miércoles de ceniza. Después de las primeras frases preparadas en el papel, donde había escrito toda la predicación con la mayor diligencia, el predicador se cortó..., y ya ni la memoria ni las palabras escritas venían a sus labios. Bajó humillado del púlpito. ¡Así inauguraba su carrera de misionero apostólico! Le infundió ánimo el párroco. Al día siguiente, nuevo intento... y nuevo fracaso. Al tercer día, lo mismo.

Cabizbajo y con no poca amargura y preocupación ante la ineficacia de sus manuscritos, en los que la predicación iba desgranándose palabra por palabra, el padre Ángel tuvo una inspiración: dejar las predicaciones escritas y adoptar una oratoria más sencilla, más conforme con el estilo evangélico. Se decidió, pues, a emplear ese método de predicación, procurando dar al pueblo cristiano pan más bien que flores, abandonando la altisonante y pomposa oratoria heredada del manierismo y del barroco del siglo XVII, para acomodarse al tono más sosegado de los apóstoles y de los primeros capuchinos anunciadores de la Palabra. Buscó la verdad que nutre, más que la exposición halagadora del oído, ineficaz para sacudir las conciencias y convertir los corazones.

El fracaso de los comienzos sirvió al padre Ángel para hacer más evangélica y franciscana su oratoria, oratoria que produce conversiones y fortalece a los buenos. Vivió entre los tiempos del padre Ségneri (1694), restaurador de la oratoria sagrada en pleno siglo XVII, y los de san Alfonso María de Ligorio (1787), autor de normas de predicación, contemporáneo del capuchino cardenal Francisco M. Casini (1648-1719) y de san Leonardo de Porto Mauricio (1676-1751). El padre Ángel trata de amoldarse a una exposición sencilla y popular y típica de los franciscanos san Bernardino de Siena y san Leonardo de Porto Mauricio.

Un juicio sobre el modo de predicar del padre Ángel lo exponen los dos primeros testigos en el proceso apostólico de Bisignano: «Sus enunciados estaban siempre de acuerdo con la doctrina de la Iglesia... Sus predicaciones eran sanas y dictadas por el Espíritu Santo». «Con admirable sencillez partía el pan de la divina palabra, y pensaba que era mejor ser entendido por todos que agradar a pocos por la finura del estilo. Sus palabras eran ardorosas, expresión de su celo interior, y todos sus discursos estaban fundados en sólida doctrina, extraída de la Sagrada Escritura. Su modo de decir era sencillo y expresado en lengua vernácula, pero sólido y conforme a la sana doctrina de la Iglesia». El testigo 15º, en el mismo proceso, dice que oyó a nuestro predicador, e insiste: «Sus predicaciones eran todo fuego... Desde el púlpito y desde el altar arremetía contra el vicio y exponía su deformidad con tal maestría que todos quedaban compungidos».

Sobre el contenido doctrinal y la finalidad de las predicaciones del padre Ángel, depone en el proceso apostólico de Cosenza el testigo 5º, quien parece ejemplificar cuanto prescribe san Francisco a sus frailes predicadores en el capítulo IX de la Regla de 1223: «Sus predicaciones eran siempre prácticas, enderezadas al aborrecimiento del vicio y al ejercicio y práctica de las virtudes; predicaciones que eran pábulo para todo estado de almas, para los principiantes, proficientes y perfectos, según las prácticas que en ellas se proponían con tanta unción de espíritu... Eran sus predicaciones un cúmulo de hechos y sentencias de la Sagrada Escritura, corroborados por exposiciones naturales y morales al mismo tiempo... Con algunas fórmulas o modos de decir, breves y acomodados a la capacidad del auditorio, decía mucho y hería los corazones con indecible y espiritual provecho de cuantos le escuchaban con el mayor agrado».

Es como un paradigma o norma de cuanto enseñaba el padre Ángel en la predicación a los religiosos y de cuanto escribía el 22 de octubre de 1734 al padre José Antonio de Génova: «No deseéis vuestra gloria, en todas vuestras acciones observad los diez mandamientos, los preceptos de nuestra santa madre Iglesia, las promesas hechas a Dios en vuestra profesión, los consejos que nos da la Iglesia en el sacrosanto Evangelio; en fin, obre en conformidad con todo lo que Dios quiere, y con afecto de corazón y con verdad dirá Pater noster, qui es in coelis...»

Sobre los estímulos de la gracia que suscitaba la predicación del padre Ángel, «siempre incansable y con espíritu fervoroso... hasta el final de su vida», informa el testigo 8º en el proceso ordinario de Consenza: «Fue indecible el fruto de su predicación, tanto que muchos pecadores inveterados se dieron a una santa penitencia con cambio repentino de vida». El testigo 15º, un capuchino que fue varias veces compañero de predicación, añade: «Su predicación sencilla y franca era deseada por todos, por ser sustancial y provechosa a sus almas; más aún, decían todos que en él predicaba el Espíritu Santo, por las conversiones y cambios de vida que se veían en los más perversos y obstinados pecadores, viéndose las ciudades y lugares de libertinaje convertidos, después de sus predicaciones y misiones, en otras nínives penitentes».

En vista de tales frutos espirituales, se acumulaban las demandas de párrocos y obispos, que deseaban tener entre sus fieles al misionero padre Ángel. El testigo 15º, citado hace un momento, dice que el padre Ángel «en el desempeño de misionero fue tan singular que parecía ser un apóstol o que habitaba en él el Espíritu del Señor..., por lo cual, tanto príncipes seculares como prelados de la santa Iglesia, conociendo su grandísimo celo, lo solicitaban a los superiores... de modo que era aclamado por todos como mandado de Dios para arrancar la cizaña del pecado».

PREDICADOR CRITICADO Y EFICAZ

A pesar de todo el bien que el padre Ángel estaba haciendo en Calabria, no faltaron descontentos y críticas en algunos de los que le escucharon, y hubo reproches e injurias de parte de algunos de sus oyentes.

Por ejemplo, en Amantea y en otros lugares, algunos jóvenes se mofaron «de su manera común de predicar»; otros lo censuraban «porque usaba términos vulgares», «porque era torpe su estilo, por las palabras y vocablos que empleaba y por la concatenación de los sentimientos»; otros se burlaban de él «por sus palabras demasiado vulgares y por sus gesticulaciones... que parecían pueriles». El párroco de la iglesia de San Eligio, en Nápoles, por medio del sacristán, dijo al padre Ángel, que había ya comenzado la predicación cuaresmal, que no volviera a predicar. Pero en seguida fue llamado de nuevo. En Amantea el universitario Felipe Aurati una mañana interrumpió la predicación del padre Ángel y lo insultó delante de la asamblea reunida alrededor del púlpito; el motivo aducido era que el predicador había impugnado ciertas afirmaciones filosóficas de Renato Descartes, el famoso Cartesio. No contento con eso, el estudiante contradictor, por la tarde, volvió a gritar al padre Ángel, que estaba en el confesonario: «Usted es un ignorante, un frailuco desprovisto de toda literatura y tiene el atrevimiento de poner en su boca hombres excelentes en filosofía».

Los testigos concuerdan en decir que el padre Ángel «sostuvo con fortaleza» tales críticas, discrepancias, villanías y contradicciones; rechazado de Nápoles, no obstante haber sido llamado por el arzobispo Pignatelli, «se marchó». «Nunca se turbó, ni de los escarnios de los pueblos por su lenguaje vulgar, pero fructuoso para las almas, ni se alteró viéndose maltratado; sino que, siempre inmutable en todo choque u ocasión de ira, con espíritu tranquilo, con corazón sosegado, con rostro alegre, con voluntad imperturbable, recibía las afrentas, irrisiones y contumelias como si se tratara de aplausos y bendiciones».

Un día, hasta las capuchinas de Acri -de las que había sido fundador y era entonces director espiritual-, «por no someterse a las santas admoniciones del Siervo de Dios», que las exhortaba a vida más austera, «descaradamente tuvieron la osadía de injuriarlo villanamente»; el padre Ángel, «con el rostro sereno y alegre, escuchaba tales injurias y contumelias, y sonreía, pidiéndoles compasión y diciéndoles: "Me alegro de que os hayáis contristado fructuosamente y espero que el Señor os dé la gracia de poder tolerar su peso"».

Era él el primero en reconocerse públicamente, hasta en el púlpito, predicador inepto. Algunos testigos recuerdan que «el padre Ángel, en la predicación de la palabra de Dios, se humillaba a sí mismo, expresando públicamente la bajeza de su origen y diciendo que por dos veces había dejado el hábito capuchino; durante la predicación se declaraba ignorante, añadiendo que, si había en él algo de bueno, era todo obra de la gracia de Dios. Y decía mientras huía... de los aplausos: "La gloria se debe a Dios solo, no a mí, que soy un miserable pecador". Huía, más aún aborrecía todo homenaje y aplauso y aprecio que le tributaban los pueblos; y en tales casos, además de dar señales de disgusto, decía en voz baja: "Non nobis, Domine, non nobis...", no a mí, Señor».

Por otra parte, los inteligentes, y sobre todo los buenos, quedaban admirados de su predicación, que la juzgaban «de una manera divina y superior a sus conocimientos», juzgaban su predicación «no... un parto de mente humana, sino... verdaderas ilustraciones sobrenaturales». En otras deposiciones del proceso algunos testigos dijeron que «el Espíritu Santo le sugería la materia de su predicación». «Que parecía ser un apóstol y que habitaba en él el Espíritu del Señor»; «la gente lo creía un Gregorio Magno con una elocuencia toda divina... y por eso lo consideraba un portento de la gracia y voz del Espíritu Santo».

Un testigo relata los frutos maravillosos de la predicación del padre Ángel: «Se veían tan estrepitosas conversiones de almas, ablandados los corazones de los más duros pecadores, sueltos los nudos de las costumbres más inveteradas, llamados a la penitencia los pecadores de muchos años, extirpados los rencores y enemistades, inflamadas en el amor del Señor almas tibias en el espíritu. En suma, las ciudades, las tierras, los pueblos donde el Siervo de Dios predicaba se veían santificados, los campos mejor cultivados y exuberante el terreno de la santa Iglesia».

Insisten en considerar al padre Ángel «un ángel del Señor, un apóstol mandado por Dios para unir a todos en la caridad y en el costado de Jesucristo» por medio de la predicación evangélica, «arrancando en todas partes la cizaña del vicio y de los pecados».

El docto obispo de Opido, mons. Perrimezzi, pudo afirmar: «El padre Ángel predica con el verdadero método apostólico y conforme al estilo de Jesucristo, y él me ha dado la norma de predicación para mi pueblo». Con él concuerdan los obispos de Cosenza, Bisignano y Rossano.

Los mismos escarnecedores terminaban por rendirse a la predicación del padre Ángel. Domingo Ferrari, canónigo de la catedral de Cosenza y rector del seminario, asegura en el proceso que «hasta sus denigradores, si al principio se reían de él, volviendo luego a escuchar sus sermones, no podían menos de quedar compungidos y persuadidos de su bondad. Todas las predicaciones del Siervo de Dios, macizas y robustas, impregnadas de la Sagrada Escritura, terminaban con la compunción».

JUNTO AL PUEBLO

El fruto de la predicación lo recogía en el confesonario. Solía decir: «El predicador, si no confiesa, es semejante al sembrador que no cosecha». El testigo ocular 16º depone en el proceso apostólico de Cosenza que en los pueblos y en la iglesia de su convento, el padre Ángel «estaba siempre dispuesto y con gusto a escuchar a cuantos venían en su busca, en cualquier hora, o para confesarse o para pedir consejo; y una vez confesados o aconsejados volvían todos consolados y reconocían la gran caridad que apremiaba al Siervo de Dios en favor del prójimo».

Además del confesonario, también su celda parecía una meta o punto de arribo a donde llegaban nobles, príncipes, literatos, obispos, sacerdotes. El príncipe de Bisignano «casi continuamente estaba en su celda, aconsejándose en todos sus negocios y dependiendo, en todo y por todo, de sus consejos y dirección». Acudían a él muy complacidos los jóvenes de cualquier condición: labradores, artesanos, obreros y estudiantes, porque el padre Ángel los comprendía y los guiaba.

Apoyó a María Teresa Sanseverino -de los príncipes Sanseverino, que dominaban en Acri- en su decisión de hacerse monja capuchina. Obtenido el consentimiento de José Sanseverino, padre de la joven, el padre Ángel consiguió, en 1724, dar comienzo a la construcción del monasterio de Acri, llamado de las «capuchinitas» (cappuccinelle). Allí entró María Teresa con el nombre de sor María Angela del Crucificado en 1726. El padre Ángel atendió a las capuchinas y las guió en la vida espiritual, y hasta les dio reglas y estatutos apropiados.

Ante las miserables condiciones del pueblo, el rudo fraile de Acri no ahorró invitaciones, ni tampoco denuncias ni reproches para hacer valer primero la justicia y luego la caridad para con los oprimidos trabajadores del campo. Gritó contra escándalos bancarios, reducciones arbitrarias del interés de la renta, ciertos impuestos sobre las industrias del gusano de seda, confiscación de propiedades privadas y otros abusos inveterados... Como el manzoniano padre Cristóforo, el padre Ángel levantó su voz una y otra vez ante otros tantos émulos de don Rodrigo -algunos de los príncipes Sanseverino, Pablo de Mendoza, marqués Della Valle- para defender los derechos del pueblo y de los trabajadores, para apartarlos de injustas ingerencias o decisiones, para suprimir o reducir suntuosidades inútiles de palacios, que chocaban con la miseria de las poblaciones.

Visitaba a los pobres en sus sórdidas habitaciones para llevarles alguna ayuda, sobre todo a las madres cargadas de niños. Daba de comer a los pobres que se presentaban a la puerta del convento.

Iba a las cárceles para decir una buena palabra, para disponer a los presos al arrepentimiento, para animarles a aceptar la pena, para llevarles alimento, para obtener la liberación a los inocentes.

Durante el trabajo apostólico, nunca dejaba de reunir a los niños para enseñarles el catecismo y educarlos a la sinceridad y a la obediencia. A los señores pedía pan y vestidos para los niños pobres y, a todos, el buen ejemplo.

CARACTERÍSTICAS DEVOCIONES FRANCISCANAS

El padre Ángel transmitía sus predilecciones y devociones a aquellos con quienes trataba. En 1714, en Acri, tuvo la experiencia de que una espada invisible atravesara su corazón mientras meditaba en Jesucristo, que conoció el dolor; por esta razón, una de sus preferencias era hablar de la pasión y muerte de Jesús; en esto se asemejaba a otro predicador capuchino de aquella tierra, padre Antonio de Olivadi. No dejaba el pueblo donde había predicado la cuaresma sin haber antes erigido un «Calvario»: tres cruces de madera, que debían recordar los dolores de Cristo y llamar a penitencia a los pecadores y alejados. En el proceso informativo de Cosenza un testigo depone que, cuando el padre Ángel, «al final de la misión exponía la meditación de la pasión de Jesucristo, muchas veces se quedaba en éxtasis, con los ojos petrificados, lo que solía durar como un cuarto de hora».

Dejó poquísimos escritos, reunidos en el correspondiente proceso de 1772-1775. Más de treinta cartas, algunas oraciones a la Virgen, oraciones y canciones en torno a la pasión del Señor, bajo el nombre de Reloj de la Pasión de N. S. Jesucristo. En aquel siglo, como resulta de los manuales de oratoria que conocemos, el tema preferido era la pasión del Señor. Se habían difundido publicaciones en las que, como si fueran otros tantos evangelistas, acompañaban a los devotos a meditar la pasión de Jesús, dispuesta para las veinticuatro horas del día, desde la despedida de Jesús a su madre, hasta la sepultura. Uno de estos libros, del que se servía el padre Ángel, era el del capuchino padre Simón de Nápoles, Reloj de la Pasión de Nuestro Señor. Para su mayor difusión, el padre Ángel, a quien no faltaba cierto sentido y ritmo poético, los redujo a una obrita intitulada Jesús Piísimo. Esta composición, que evocaba las «laudes» de Umbría, fue publicada póstuma (Nápoles 1745; Nápoles 1853, 9ª impresión», 21 pp.; Cosenza 1858, 19 pp.).

Amaba y propagaba el culto del Santísimo Sacramento, especialmente la práctica de las Cuarenta Horas. Contra las teorías de Jansenio, exhortaba a los cristianos a la comunión frecuente. Al terminar los cursos de misiones, exponía el Santísimo con fervorosa fiesta y riqueza de luces y devota adoración de fieles.

Un testigo ocular recuerda que la misa del padre Ángel «duraba a veces una hora, a veces hora y media»; y otro dice haberlo visto, «después de consagrado el pan y el vino, en la última genuflexión del cáliz, arrebatado en Dios durante un cuarto de hora, quedar fuera de sí y extático, y luego continuar el santo sacrificio»; haberlo visto «arrebatado en éxtasis en nuestros refectorios, en el coro, en las adoraciones del Santísimo, y, al celebrar la santa misa, quedar extático por el espacio de media hora, de manera que continuaba exánime en aquel mismo modo y lugar en que se hallaba... y luego, despertándose, repetía frecuentemente estas palabras: "¡Qué bello es amar a Dios!"». Fue visto «quedar en éxtasis alrededor de una hora, con la cara y las manos vueltas al cielo, especialmente cuando impartía la bendición con el Santísimo en la mano».

La Virgen, principalmente contemplada en sus dolores, fue otro singularísimo amor suyo. Rosarios, oficio parvo, misas votivas, ayuno en las vigilias de las festividades en honor de la Virgen..., esas eran sus principales devociones a nuestra Señora; afirmaba y protestaba deber todo a ella y esperar todo de ella. La tradición atribuye al padre Ángel la donación de la imagen de la Virgen Dolorosa a la ciudad de Acri, imagen todavía hoy venerada en la iglesia de los capuchinos.

SUPERIOR «CON CELO Y CARIDAD AL MISMO TIEMPO»

Fue siempre necesario recurrir a la obediencia para que el padre Ángel aceptase cargos de responsabilidad y de servicio. Fue superior de conventos, varias veces del de Acri; consejero provincial, ministro provincial de Cosenza (1717-1720) y visitador general. En las deposiciones procesales se hacen resaltar las características y el estilo del superiorato del padre Ángel.

Los testimonios, puestos uno al lado del otro como teselas de un mosaico, nos ofrecen un retrato ideal del superior, que hace respetar el espíritu y las leyes, pero que, ante todo, ama a sus hijos y apoya preferentemente a los más débiles y a los más jóvenes.

Superior, como centinela en defensa de la ley. Dice un testigo: «Como provincial, hizo observar la Regla y las Constituciones de la Orden, en cuanto las circunstancias de los tiempos lo permitían, pero sin precipitación, de modo que insensiblemente se vio mejorada la provincia».

Superior, como hermano que ayuda a observar la ley: «Como provincial, como guardián y como visitador corregía los defectos y castigaba a los defectuosos con tal circunspección, reserva, dulzura y tolerancia que, sin ruido, obtenía su propósito, y prefería siempre las correcciones secretas a las públicas». Entre las diversas intervenciones con religiosos particulares, son notables los casos de fray Juan de Acri y de fray Miguel de Acri. Fray Juan, «rudo de costumbres y agreste de genio, causaba molestia a la comunidad y a los superiores». El padre Ángel «lo tomó por su cuenta y con mucho trabajo consiguió reformarlo y hacerlo dócil y manso». Fray Miguel, otro hueso... dislocado, que fue puesto en su lugar por el padre Ángel. Fray Miguel era «de una fantasía exuberante y de un temperamento ardiente». Pues bien, el superior «se ensimismó con fray Miguel y tanto logró con su prudente conducta que lo redujo a frecuentar los sacramentos, a asistir al coro y a no ser ya gravoso para la comunidad».

Superior, promotor de una fraternidad cordial, mediante una equitativa distribución de oficios en la Orden, sin ninguna acepción de personas por razón de patria, simpatía u otra relación. Juzgaba las diferencias entre los religiosos con el Crucifijo delante de los ojos, y castigaba los defectos según la Regla, pero con tanta templanza y dulzura de caridad que hizo quieto y tranquilo su provincialato y dejó toda la provincia deseosa de tenerlo como superior. La misma conducta observó el Siervo de Dios en los conventos en los que, en virtud de la santa obediencia, aceptó ser guardián. La igualdad religiosa fue la primera cosa que tomó de mira, excluyendo todas las particularidades opuestas a la vida común, pero teniendo cuidado, al mismo tiempo, de que los religiosos fueran bien tratados y tuvieran todas las comodidades que les concede la Regla».

Superior, sinceramente padre de todos. En efecto, «destinaba a los servicios de la comunidad a los más hábiles, a quienes recomendaba la mayor atención en su desempeño. Era especialmente solícito en el cuidado de los enfermos... Hacía muestras de afecto a los que las merecían y las necesitaban, por lo cual era amado y respetado más que temido». Su misma dolorosa experiencia juvenil le hizo ser superior comprensivo de los jóvenes, clérigos y no clérigos, en cuya compañía estudiaba el espíritu de la Orden, leyendo las fuentes más genuinas de los promotores de la reforma franciscana, poniendo de relieve los primeros hechos y los primeros frailes de los orígenes, y enfervorizando a todos con palabras ardientes y paternales.

Superior, pronto a perdonar. Ante un fraile rebelde que le injurió, el padre Ángel «recibió la mortificación y la injuria con ánimo alegre, sin que saliera de su boca palabra alguna de respuesta, y en adelante procuró siempre favorecerle, ayudarle y servirle en cualquier necesidad». Dándose cuenta de que algunos religiosos murmuraban de él en su presencia, el superior no manifestaba en su rostro resentimiento alguno, y «a veces, al sentirse aludido por la murmuración, se iba por las escaleras cantando el Jesús Piísimo».

En el proceso apostólico de Bisignano, un testigo, capuchino, sintetizó la forma de su gobierno diciendo que el padre Ángel era «todo con todos, de tal manera que los súbditos lo amaban tiernamente, los no súbditos lo deseaban como superior, y los conventos se reputaban felices cuando conseguían la adquisición de su persona».

Otro capuchino, al dar su juicio sobre el gobierno del padre Ángel, lo propuso sin más como modelo de superior, que, en el gobernar, sabe servir, uniendo juntamente celo y caridad; «el padre Ángel gobernó tan bien y con tan admirable prudencia nuestras familias religiosas, cuando fue guardián, y toda la provincia cuando fue provincial, que ha quedado plasmada la forma de su gobierno como regla y ejemplo que debe imitarse por todo el que quiera gobernar con celo y caridad juntamente».

MUERTE EN SERENIDAD ORANTE

El día de la Epifanía de 1723, terminada la misión de Paterno y dirigiéndose a Tessano, donde le aguardaban las capuchinas (cappuccinelle) para un curso de ejercicios espirituales, el padre Ángel, que viajaba a pie, en el camino cubierto de nieve resbaló y se rompió una pierna. Asistido por su compañero fray Andrés de Belvedere Marítimo, fue curado en Rende, donde tuvo larga convalecencia. Desde entonces, durante el resto de su vida, sintió una molestia fastidiosa en la pierna, sobre todo al caminar. Pero continuó predicando, y se sirvió de un bastón para aliviar el peso del cuerpo sobre la pierna lastimada.

Sabía y decía que viviría sólo hasta los setenta años. En 1739, ya en sus setenta, predicó la cuaresma en Cetrato, donde entonces residía. Pero luego sus mismos religiosos y otros, y muy especialmente el príncipe Sanseverino, pidieron a los superiores que hicieran volver a Acri al padre Ángel. Y volvió. Quince días antes de la Asunción, que el padre Ángel solía pasar en ayunas, participó en oraciones en la iglesia de las capuchinas de Acri y dijo a algunas de ellas que ésa era la última quincena que hacía en honor de la Asunción, «porque me muero». También a sus religiosos, ciego ya desde hacía algunos meses, predecía que iba a partir en breve, y les recomendaba la observancia de la Regla y la oración.

El 24 de octubre de 1739, sábado, tuvo fiebre y postraciones físicas que lo obligaron a guardar cama, después de haber celebrado misa en la iglesia del convento, donde se venera la imagen de la Virgen Dolorosa. Pidió hacer la confesión general. El día siguiente, domingo, bajó a la iglesia para participar en la misa, pues realmente no estaba en condiciones de celebrarla; luego, dirigió unas pocas palabras a los fieles y les recomendó el amor al Santísimo Sacramento. Fue su última predicación en la tierra. El testamento hecho a su gente.

El 26 de octubre, lunes, recibió la santa unción; el día siguiente, pidió y recibió el viático, en la iglesia. Vuelto a su camastro, insistía en esta jaculatoria: «Ven, oh buen Jesús, salvador mío, esperanza mía, alegría mía». Se dirigía a la Virgen de los Siete Dolores. Sus imploraciones más repetidas eran éstas: «Veni, o bone Iesu, propitius esto mihi peccatori. In manus tuas commendo spiritum meum». Estas imploraciones o jaculatorias eran «proferidas con tal y tanta unción que, en aquellos días, a causa de tan conmovedora ternura, no se hacía otra cosa que llorar en la celda».

Entre plegarias, exhortaciones y visitas de los amigos, llegó el día 30 de octubre, viernes. Por la mañana expiró el padre Ángel, a los setenta años de edad y cuarenta y nueve de fidelidad a san Francisco en la Orden capuchina.

Por tres días hubo de quedar el cadáver a disposición de los fieles, que lo querían ver, besar, tocar, rezar... El domingo por la tarde, 1º de noviembre, fiesta de Todos los Santos, fue sepultado en la iglesia de los capuchinos, al pie del altar de la Inmaculada, al lado del evangelio. Estaba vestido de aquel santo hábito que tantas luchas juveniles le había costado.

Concluidos los procesos canónicos y aprobados tres milagros, curaciones obtenidas por intercesión del padre Ángel, el 9 de diciembre de 1825 el papa León XII firmó el breve de la beatificación, cuya solemne ceremonia se celebró en la Basílica Vaticana el domingo 18 de diciembre de mismo año.

[...]

[Fernando de Riese Pío X, O.F.M.Cap., Beato Ángel de Acri. Capuchino y misionero de comienzos difíciles, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 375-393].

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