Quizás debamos preguntarnos si leemos los Evangelios y nos relacionamos personalmente con Jesús, o nos limitamos a practicar el culto. Podemos estar ante a un estilo de catolicismo que ha olvidado lo central, como es la puesta en práctica del Reino predicado por Jesús, como lo ha recordado el Papa Francisco.
En un ambiente donde el cristianismo se comprendía doctrinariamente, creció Angelo Roncalli, el futuro Papa, elegido a los 77 años, que llevaría por nombre Juan XXIII. Su ministerio transcurrió como delegado apostólico del Vaticano en Bulgaria, Turquía y Grecia. Fue admirado por salvar la vida de tantos judíos durante el Nazismo, obviando protocolos diplomáticos y poniendo en riesgo su vida. Luego de la guerra fue enviado como Nuncio a Francia para reconciliar a una Iglesia dividida por la presencia de obispos colaboracionistas con el Nazismo. Terminó ganándose el corazón del pueblo. Fue luego nombrado Patriarca de Venezia donde permaneció hasta su elección como el Papa número 261, desde 1958 hasta 1963. Este hombre, de gran sencillez, fue teológicamente cercano a la nouvelle théologie francesa y al movimiento litúrgico alemán. Lo rodeaban aires de reforma.
A los primeros meses de ser elegido recortó los altos estipendios de la curia, reconoció los derechos laborales de los laicos en el Vaticano y mejoró sus salarios. Nombró a Cardenales de otros continentes, entre ellos al primer venezolano, el Card. Quintero. Fue el primer Papa en visitar parroquias romanas, hospitales de niños y cárceles, como Obispo de Roma. Luego de 400 años aceptó reunirse con el arzobispo de Canterbury. Y para los que no recuerdan, decretó la excomunión de Fidel Castro.
Esto no sería todo. Aquél hombre elegido bajo la sombra de un papado de transición, anunciaría sorpresivamente la convocatoria a un nuevo Concilio. Tan solo a tres meses de su elección, el 25 de enero de 1959 anunció lo que se conocería como el XXI Concilio Ecuménico Vaticano II.
Luego de una amplia tradición de veinte concilios ecuménicos que formularon dogmas y condenaron herejías, Roncalli se atrevía a recordar en su discurso inaugural del 11 de octubre de 1962 el sentido que debía inspirar a este Concilio: «Cristo pronunció esta sentencia: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia. La palabra primero nos indica hacia dónde se tienen que dirigir especialmente nuestras fuerzas y nuestros pensamientos». Buscar el Reino era hacer lo que Jesús dijo (MM 235). El mundo ya no podía ser visto como lugar de pecado sino como presencia del amor de Dios. La Iglesia ya no podía ser creíble por sus jerarcas, sino por su servicio a la humanidad.
El cambio de paradigma fue tremendo. Implicaba situar a la comunidad eclesial como quien «está presente en este mundo y con él vive y obra» (GS 40), pues «el gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1). El Concilio se inspiraba en un mensaje que el Papa había difundido por Radio el 11 de septiembre de 1962: "de cara a los países pobres, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, pero especialmente la Iglesia de los pobres".

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