Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México
Creo
que algunos de ustedes habrán visto la vieja película “El Leproso”, en donde se narra como un médico londinense
recibe la visita de un viejo compañero de la escuela que regresa después de
haber hecho un largo viaje por oriente y está feliz escuchando las noticias que
se habían dado en su ausencia de Londres. Tan emocionado estaba escuchando las
noticias que no se dio cuenta que el cigarrillo le estaba quemando los dedos.
Para el médico aquello era algo terrible pues estaba viendo una señal clara de
que su amigo en su largo viaje por oriente se había contagiado de la lepra pues
solo los leprosos se vuelven así de insensibles. La película continúa narrando
cómo el doctor tiene que decirle a su amigo lo que le ha sucedido y su amigo en
lugar de agradecerle se llena de odio contra él hasta llegar a matarlo. En
nuestros días algunas personas que llegan a contagiarse de alguna lepra
espiritual reaccionan de la misma manera,
en lugar de agradecer al que les descubre su enfermedad se llenan de
odio y proceden como el leproso de la película.
Creo
que en muchas familias, los papás y las mamás les siguen diciendo a sus niños
cuando reciben algún regalo de alguien: ¿Cómo se dice? Para que los niños
respondan: ¡Gracias! Esta insistencia de los papás es muy importante pues nuestra cultura nos inculca la
autosuficiencia y la exigencia de los derechos pero muy poco el agradecimiento
ya que se mira como que lleva consigo una especie de inferioridad.
Sin
embargo la gratitud es una actitud muy humana, porque el hombre es un ser
receptor en un gran porcentaje, y por tanto debe ser agradecido. ¿Y con quién
más que con Dios nuestro supremo bienhechor? Es de Pablo VI la siguiente
definición: “El Cristiano es el hombre de la acción de gracias”. Por eso
debemos meditar la anécdota de los diez leprosos sanados por Jesús, que nos ha
narrado el evangelio de hoy.
Entre
los israelitas la lepra era considerada como un castigo divino. De hecho la
palabra original viene a significar “castigado por Dios”. Quienes contraían
esta enfermedad eran vistos como personas
“impuras”, tanto legal como religiosamente y eran expulsados de la
comunidad civil y del culto. Y así, los leprosos sufrían a la vez marginación
moral, social y religiosa: vivían en lugares apartados, tenían estrictamente
prohibido entrar en las aldeas y núcleos
poblados, cuando iban por los caminos debían avisar para que nadie se les
acercara. Como la enfermedad era tenida también por incurable, la única esperanza que les quedaba a estos enfermos era un milagro. En todo
caso, si la curación se producía, un sacerdote tenía que comprobarla y
certificar con su palabra que era cierta. Se creía y esperaba que con la
llegada del Mesías, en la nueva sociedad por él inaugurada, desaparecería la
lepra. Por eso las curaciones de leprosos hechas por Jesús anuncian que el
Reino de Dios ha llegado ya.
¿Es
que acaso hemos recibido de Dios menos beneficios que aquellos hombres curados de su
enfermedad? Para imitar el agradecimiento samaritano, que fue el único de los
diez sanados que volvió a dar gracias a
Dios, recordemos los grandes capítulos de dones y gracias recibidos de la mano
paternal de Dios.
Ante
los millones de seres humanos posibles, Dios creador dio luz verde a nuestro
nacimiento, cuando tantos quedaron en el pozo insondable de la nada. Cada uno
de nosotros nos contamos en el número relativamente reducido de los seres
racionales que han cruzado la aduana de la vida. No nos quedamos en el número
de los posibles que nunca verán la luz. Nosotros llegamos al feliz puerto de la
vida por voluntad de Dios, por el amor de nuestros padres y porque todavía no llegaban aquellos que ya
tienen licencia para eliminar a los que
no se pueden defender en el
seno de su madre.
Pero no sólo debemos a Dios la
creación, también es suya la conservación. Sólo en el cielo sabremos el número
de providencias barajados por Dios para conservar nuestra vida actual, a lo
largo de nuestros veinte, cuarenta u ochenta años. A esto necesariamente
tenemos que añadir, como tema constante de gratitud, el mayor o menor grado de
salud, las cualidades y capacidades que Dios nos dio y las oportunidades que
hemos tenido para desarrollarlas, los momentos de felicidad que han llegado a
nuestra vida, el aire que respiramos, los alimentos que nos nutren y deleitan,
los vestidos que nos cubren, las viviendas que nos cobijan, las medicinas que nos curan , los
adelantos científicos y tecnológicos que nos hacen más agradable la existencia.
Y si
del plano natural de la creación y conservación, pasamos al terreno
sobrenatural de la redención y salvación, toda la eternidad no nos bastará para
agradecer a Dios sus beneficios. Solo recordemos el gran don de la fe cristiana
recibida en el bautismo, a través de nuestra familia. Y cuando perdimos la
inocencia bautismal ¿Cuántas han sido las veces que Jesús nos ha limpiado de la
lepra de nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación?
Ahora
bien, ante este cúmulo abrumador de beneficios y dones sin cuento, ¿Cómo dar
gracias a Dios de una manera digna? Dios pensando en nuestra incapacidad para
responder adecuadamente a sus regalos quiso que su Hijo Jesucristo fuera
nuestra Eucaristía, Eucaristía que no sólo significa, sino que es “la Acción de
Gracias” a la altura y medida de Dios ya que “Por Cristo, con él y en él a Dios
Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo damos todo honor y toda
gloria, por los siglos y siglos, amén”.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.512921915448055.1073742
Creo
que algunos de ustedes habrán visto la vieja película “El Leproso”, en donde se narra como un médico londinense
recibe la visita de un viejo compañero de la escuela que regresa después de
haber hecho un largo viaje por oriente y está feliz escuchando las noticias que
se habían dado en su ausencia de Londres. Tan emocionado estaba escuchando las
noticias que no se dio cuenta que el cigarrillo le estaba quemando los dedos.
Para el médico aquello era algo terrible pues estaba viendo una señal clara de
que su amigo en su largo viaje por oriente se había contagiado de la lepra pues
solo los leprosos se vuelven así de insensibles. La película continúa narrando
cómo el doctor tiene que decirle a su amigo lo que le ha sucedido y su amigo en
lugar de agradecerle se llena de odio contra él hasta llegar a matarlo. En
nuestros días algunas personas que llegan a contagiarse de alguna lepra
espiritual reaccionan de la misma manera,
en lugar de agradecer al que les descubre su enfermedad se llenan de
odio y proceden como el leproso de la película.
Creo
que en muchas familias, los papás y las mamás les siguen diciendo a sus niños
cuando reciben algún regalo de alguien: ¿Cómo se dice? Para que los niños
respondan: ¡Gracias! Esta insistencia de los papás es muy importante pues nuestra cultura nos inculca la
autosuficiencia y la exigencia de los derechos pero muy poco el agradecimiento
ya que se mira como que lleva consigo una especie de inferioridad.
Sin
embargo la gratitud es una actitud muy humana, porque el hombre es un ser
receptor en un gran porcentaje, y por tanto debe ser agradecido. ¿Y con quién
más que con Dios nuestro supremo bienhechor? Es de Pablo VI la siguiente
definición: “El Cristiano es el hombre de la acción de gracias”. Por eso
debemos meditar la anécdota de los diez leprosos sanados por Jesús, que nos ha
narrado el evangelio de hoy.
Entre
los israelitas la lepra era considerada como un castigo divino. De hecho la
palabra original viene a significar “castigado por Dios”. Quienes contraían
esta enfermedad eran vistos como personas
“impuras”, tanto legal como religiosamente y eran expulsados de la
comunidad civil y del culto. Y así, los leprosos sufrían a la vez marginación
moral, social y religiosa: vivían en lugares apartados, tenían estrictamente
prohibido entrar en las aldeas y núcleos
poblados, cuando iban por los caminos debían avisar para que nadie se les
acercara. Como la enfermedad era tenida también por incurable, la única esperanza que les quedaba a estos enfermos era un milagro. En todo
caso, si la curación se producía, un sacerdote tenía que comprobarla y
certificar con su palabra que era cierta. Se creía y esperaba que con la
llegada del Mesías, en la nueva sociedad por él inaugurada, desaparecería la
lepra. Por eso las curaciones de leprosos hechas por Jesús anuncian que el
Reino de Dios ha llegado ya.
¿Es
que acaso hemos recibido de Dios menos beneficios que aquellos hombres curados de su
enfermedad? Para imitar el agradecimiento samaritano, que fue el único de los
diez sanados que volvió a dar gracias a
Dios, recordemos los grandes capítulos de dones y gracias recibidos de la mano
paternal de Dios.
Ante
los millones de seres humanos posibles, Dios creador dio luz verde a nuestro
nacimiento, cuando tantos quedaron en el pozo insondable de la nada. Cada uno
de nosotros nos contamos en el número relativamente reducido de los seres
racionales que han cruzado la aduana de la vida. No nos quedamos en el número
de los posibles que nunca verán la luz. Nosotros llegamos al feliz puerto de la
vida por voluntad de Dios, por el amor de nuestros padres y porque todavía no llegaban aquellos que ya
tienen licencia para eliminar a los que
no se pueden defender en el
seno de su madre.
Pero no sólo debemos a Dios la
creación, también es suya la conservación. Sólo en el cielo sabremos el número
de providencias barajados por Dios para conservar nuestra vida actual, a lo
largo de nuestros veinte, cuarenta u ochenta años. A esto necesariamente
tenemos que añadir, como tema constante de gratitud, el mayor o menor grado de
salud, las cualidades y capacidades que Dios nos dio y las oportunidades que
hemos tenido para desarrollarlas, los momentos de felicidad que han llegado a
nuestra vida, el aire que respiramos, los alimentos que nos nutren y deleitan,
los vestidos que nos cubren, las viviendas que nos cobijan, las medicinas que nos curan , los
adelantos científicos y tecnológicos que nos hacen más agradable la existencia.
Y si
del plano natural de la creación y conservación, pasamos al terreno
sobrenatural de la redención y salvación, toda la eternidad no nos bastará para
agradecer a Dios sus beneficios. Solo recordemos el gran don de la fe cristiana
recibida en el bautismo, a través de nuestra familia. Y cuando perdimos la
inocencia bautismal ¿Cuántas han sido las veces que Jesús nos ha limpiado de la
lepra de nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación?
Ahora
bien, ante este cúmulo abrumador de beneficios y dones sin cuento, ¿Cómo dar
gracias a Dios de una manera digna? Dios pensando en nuestra incapacidad para
responder adecuadamente a sus regalos quiso que su Hijo Jesucristo fuera
nuestra Eucaristía, Eucaristía que no sólo significa, sino que es “la Acción de
Gracias” a la altura y medida de Dios ya que “Por Cristo, con él y en él a Dios
Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo damos todo honor y toda
gloria, por los siglos y siglos, amén”.
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