Mensaje del Papa con motivo de la Jornada Mundial de la Alimentación
Al Señor José Graziano da Silva
Director General de la FAO
1. La Jornada Mundial de la Alimentación
nos pone ante uno de los desafíos más serios para la humanidad: el de la
trágica condición en la que viven todavía millones de personas hambrientas y
malnutridas, entre ellas muchos niños. Esto adquiere mayor gravedad aún en un
tiempo como el nuestro, caracterizado por un progreso sin precedentes en
diversos campos de la ciencia y una posibilidad cada vez mayor de comunicación.
Es un escándalo que todavía haya hambre y
malnutrición en el mundo. No se trata sólo de responder a las emergencias
inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un problema que
interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa
y duradera. Que nadie se vea obligado a abandonar su tierra y su propio entorno
cultural por la falta de los medios esenciales de subsistencia.
Paradójicamente, en un momento en que la globalización permite conocer las
situaciones de necesidad en el mundo y multiplicar los intercambios y las
relaciones humanas, parece crecer la tendencia al individualismo y al
encerrarse en sí mismos, lo que lleva a una cierta actitud de indiferencia —a
nivel personal, de las instituciones y de los estados— respecto a quien muere
de hambre o padece malnutrición, casi como si se tratara de un hecho ineluctable.
Pero el hambre y la desnutrición nunca pueden ser consideradas un hecho normal
al que hay que acostumbrarse, como si formara parte del sistema. Algo tiene que
cambiar en nosotros mismos, en nuestra mentalidad, en nuestras sociedades. ¿Qué
podemos hacer? Creo que un paso importante es abatir con decisión las barreras
del individualismo, del encerrarse en sí mismos, de la esclavitud de la
ganancia a toda costa; y esto, no sólo en la dinámica de las relaciones
humanas, sino también en la dinámica económica y financiera global. Pienso que
es necesario, hoy más que nunca, educarnos en la solidaridad, redescubrir el
valor y el significado de esta palabra tan incómoda, y muy frecuentemente
dejada de lado, y hacer que se convierta en actitud de fondo en las decisiones
en el plano político, económico y financiero, en las relaciones entre las
personas, entre los pueblos y entre las naciones. Sólo cuando se es solidario
de una manera concreta, superando visiones egoístas e intereses de parte,
también se podrá lograr finalmente el objetivo de eliminar las formas de
indigencia determinadas por la carencia de alimentos. Solidaridad que no se
reduce a las diversas formas de asistencia, sino que se esfuerza por asegurar
que un número cada vez mayor de personas puedan ser económicamente
independientes. Se han dado muchos pasos en diferentes países, pero todavía
estamos lejos de un mundo en el que todos puedan vivir con dignidad.
2. El tema elegido por la FAO para la
celebración de este año habla de «sistemas alimentarios sostenibles para la
seguridad alimentaria y la nutrición». Me parece leer en él una invitación a
repensar y renovar nuestros sistemas alimentarios desde una perspectiva de la
solidaridad, superando la lógica de la explotación salvaje de la creación y
orientando mejor nuestro compromiso de cultivar y cuidar el medio ambiente y
sus recursos, para garantizar la seguridad alimentaria y avanzar hacia una
alimentación suficiente y sana para todos. Esto comporta un serio interrogante
sobre la necesidad de cambiar realmente nuestro estilo de vida, incluido el
alimentario, que en tantas áreas del planeta está marcado por el consumismo, el
desperdicio y el despilfarro de alimentos. Los datos proporcionados en este
sentido por la FAO indican que aproximadamente un tercio de la producción
mundial de alimentos no está disponible a causa de pérdidas y derroches cada
vez mayores. Bastaría eliminarlos para reducir drásticamente el número de
hambrientos. Nuestros padres nos educaban en el valor de lo que recibimos y tenemos,
considerado como un don precioso de Dios.
Pero el desperdicio de alimentos no es
sino uno de los frutos de la «cultura del descarte» que a menudo lleva a
sacrificar hombres y mujeres a los ídolos de las ganancias y del consumo; un
triste signo de la «globalización de la indiferencia», que nos va
«acostumbrando» lentamente al sufrimiento de los otros, como si fuera algo
normal. El reto del hambre y de la malnutrición no tiene sólo una dimensión
económica o científica, que se refiere a los aspectos cuantitativos y
cualitativos de la cadena alimentaria, sino también y sobre todo una dimensión
ética y antropológica. Educar en la solidaridad significa entonces educarnos en
la humanidad: edificar una sociedad que sea verdaderamente humana significa
poner siempre en el centro a la persona y su dignidad, y nunca malvenderla a la
lógica de la ganancia. El ser humano y su dignidad son «pilares sobre los
cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo
o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las
diferencias existentes» (cf. Discurso a los participantes en el 38ª sesión de
la FAO, 20 de junio de 2013).
3. Estamos ya a las puertas del Año
internacional que, por iniciativa de la FAO, estará dedicado a la familia
rural. Esto me ofrece la oportunidad de proponer un tercer elemento de
reflexión: la educación en la solidaridad y en una forma de vida que supere la
«cultura del descarte» y ponga realmente en el centro a toda persona y su
dignidad, como es característico de la familia. De ella, que es la primera
comunidad educativa, se aprende a cuidar del otro, del bien del otro, a amar la
armonía de la creación y a disfrutar y compartir sus frutos, favoreciendo un
consumo racional, equilibrado y sostenible. Apoyar y proteger a la familia para
que eduque a la solidaridad y al respeto es un paso decisivo para caminar hacia
una sociedad más equitativa y humana.
La Iglesia Católica recorre junto con
ustedes esta senda, consciente de que la caridad, el amor, es el alma de su
misión. Que la celebración de hoy no sea una simple recurrencia anual, sino una
verdadera oportunidad para apremiarnos a nosotros mismos y a las instituciones
a actuar según una cultura del encuentro y de la solidaridad, para dar
respuestas adecuadas al problema del hambre y la malnutrición, así como a otras
problemáticas que afectan a la dignidad de todo ser humano.
Al formular cordialmente mis mejores
votos, Señor Director General, para que la labor de la FAO sea cada vez más
eficaz, invoco sobre Ud. y sobre todos los que colaboran en esta misión
fundamental la bendición de Dios Todopoderoso.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.512921915448055.1073742
Al Señor José Graziano da Silva
Director General de la FAO
1. La Jornada Mundial de la Alimentación
nos pone ante uno de los desafíos más serios para la humanidad: el de la
trágica condición en la que viven todavía millones de personas hambrientas y
malnutridas, entre ellas muchos niños. Esto adquiere mayor gravedad aún en un
tiempo como el nuestro, caracterizado por un progreso sin precedentes en
diversos campos de la ciencia y una posibilidad cada vez mayor de comunicación.
Es un escándalo que todavía haya hambre y
malnutrición en el mundo. No se trata sólo de responder a las emergencias
inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un problema que
interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa
y duradera. Que nadie se vea obligado a abandonar su tierra y su propio entorno
cultural por la falta de los medios esenciales de subsistencia.
Paradójicamente, en un momento en que la globalización permite conocer las
situaciones de necesidad en el mundo y multiplicar los intercambios y las
relaciones humanas, parece crecer la tendencia al individualismo y al
encerrarse en sí mismos, lo que lleva a una cierta actitud de indiferencia —a
nivel personal, de las instituciones y de los estados— respecto a quien muere
de hambre o padece malnutrición, casi como si se tratara de un hecho ineluctable.
Pero el hambre y la desnutrición nunca pueden ser consideradas un hecho normal
al que hay que acostumbrarse, como si formara parte del sistema. Algo tiene que
cambiar en nosotros mismos, en nuestra mentalidad, en nuestras sociedades. ¿Qué
podemos hacer? Creo que un paso importante es abatir con decisión las barreras
del individualismo, del encerrarse en sí mismos, de la esclavitud de la
ganancia a toda costa; y esto, no sólo en la dinámica de las relaciones
humanas, sino también en la dinámica económica y financiera global. Pienso que
es necesario, hoy más que nunca, educarnos en la solidaridad, redescubrir el
valor y el significado de esta palabra tan incómoda, y muy frecuentemente
dejada de lado, y hacer que se convierta en actitud de fondo en las decisiones
en el plano político, económico y financiero, en las relaciones entre las
personas, entre los pueblos y entre las naciones. Sólo cuando se es solidario
de una manera concreta, superando visiones egoístas e intereses de parte,
también se podrá lograr finalmente el objetivo de eliminar las formas de
indigencia determinadas por la carencia de alimentos. Solidaridad que no se
reduce a las diversas formas de asistencia, sino que se esfuerza por asegurar
que un número cada vez mayor de personas puedan ser económicamente
independientes. Se han dado muchos pasos en diferentes países, pero todavía
estamos lejos de un mundo en el que todos puedan vivir con dignidad.
2. El tema elegido por la FAO para la
celebración de este año habla de «sistemas alimentarios sostenibles para la
seguridad alimentaria y la nutrición». Me parece leer en él una invitación a
repensar y renovar nuestros sistemas alimentarios desde una perspectiva de la
solidaridad, superando la lógica de la explotación salvaje de la creación y
orientando mejor nuestro compromiso de cultivar y cuidar el medio ambiente y
sus recursos, para garantizar la seguridad alimentaria y avanzar hacia una
alimentación suficiente y sana para todos. Esto comporta un serio interrogante
sobre la necesidad de cambiar realmente nuestro estilo de vida, incluido el
alimentario, que en tantas áreas del planeta está marcado por el consumismo, el
desperdicio y el despilfarro de alimentos. Los datos proporcionados en este
sentido por la FAO indican que aproximadamente un tercio de la producción
mundial de alimentos no está disponible a causa de pérdidas y derroches cada
vez mayores. Bastaría eliminarlos para reducir drásticamente el número de
hambrientos. Nuestros padres nos educaban en el valor de lo que recibimos y tenemos,
considerado como un don precioso de Dios.
Pero el desperdicio de alimentos no es
sino uno de los frutos de la «cultura del descarte» que a menudo lleva a
sacrificar hombres y mujeres a los ídolos de las ganancias y del consumo; un
triste signo de la «globalización de la indiferencia», que nos va
«acostumbrando» lentamente al sufrimiento de los otros, como si fuera algo
normal. El reto del hambre y de la malnutrición no tiene sólo una dimensión
económica o científica, que se refiere a los aspectos cuantitativos y
cualitativos de la cadena alimentaria, sino también y sobre todo una dimensión
ética y antropológica. Educar en la solidaridad significa entonces educarnos en
la humanidad: edificar una sociedad que sea verdaderamente humana significa
poner siempre en el centro a la persona y su dignidad, y nunca malvenderla a la
lógica de la ganancia. El ser humano y su dignidad son «pilares sobre los
cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo
o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las
diferencias existentes» (cf. Discurso a los participantes en el 38ª sesión de
la FAO, 20 de junio de 2013).
3. Estamos ya a las puertas del Año
internacional que, por iniciativa de la FAO, estará dedicado a la familia
rural. Esto me ofrece la oportunidad de proponer un tercer elemento de
reflexión: la educación en la solidaridad y en una forma de vida que supere la
«cultura del descarte» y ponga realmente en el centro a toda persona y su
dignidad, como es característico de la familia. De ella, que es la primera
comunidad educativa, se aprende a cuidar del otro, del bien del otro, a amar la
armonía de la creación y a disfrutar y compartir sus frutos, favoreciendo un
consumo racional, equilibrado y sostenible. Apoyar y proteger a la familia para
que eduque a la solidaridad y al respeto es un paso decisivo para caminar hacia
una sociedad más equitativa y humana.
La Iglesia Católica recorre junto con
ustedes esta senda, consciente de que la caridad, el amor, es el alma de su
misión. Que la celebración de hoy no sea una simple recurrencia anual, sino una
verdadera oportunidad para apremiarnos a nosotros mismos y a las instituciones
a actuar según una cultura del encuentro y de la solidaridad, para dar
respuestas adecuadas al problema del hambre y la malnutrición, así como a otras
problemáticas que afectan a la dignidad de todo ser humano.
Al formular cordialmente mis mejores
votos, Señor Director General, para que la labor de la FAO sea cada vez más
eficaz, invoco sobre Ud. y sobre todos los que colaboran en esta misión
fundamental la bendición de Dios Todopoderoso.
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