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3:42:00 a.m.

(Zenit/InfoCatólica) Ayer, Viernes Santo, a las 17 horas, el Pontífice presidió en la Basílica de san Pedro la celebración de la Pasión del Señor.

Durante la Liturgia de la Palabra se leyó el relato de la Pasión según san Juan. Luego el Predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, franciscano capuchino, pronunció la homilía.

La Liturgia de la Pasión continuó con la Oración universal y la Adoración de la Santa Cruz y concluyó con la Santa Comunión.

Publicamos en parte la homilía del P. Raniero Cantalamessa:

«Al llegar donde estaba Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados con una lanza le atravesó el costado, e inmediatamente salió sangre y agua. Quien lo ha visto da testimonio de ello y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis (Jn 19, 33-35).

Nadie podrá nunca convencernos de que esta solemne declaración no corresponda a la verdad histórica, que quien dice que estaba allí y vio, en realidad no estaba allí y no vio. En este caso se juega en ello la honestidad del autor. En el Calvario, a los pies de la cruz, estaba la Madre de Jesús y, junto a ella, «el discípulo que Jesús amaba». ¡Tenemos un testigo ocular!

Él «vio» no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos. A la luz del Espíritu Santo, después de la Pascua, vio también el sentido de lo que había sucedido: que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero de Dios y se realizaba el sentido de la Pascua antigua; que Cristo en la cruz era el nuevo templo de Dios, de cuyo costado, como había predicho el profeta Ezequiel (47,1ss.), brota el agua de la vida; que el espíritu que él entrega en el momento de la muerte (Jn 19, 30) da comienzo a la nueva creación, como «el Espíritu de Dios», aleteando sobre las aguas había transformado, al principio, el caos en el cosmos. Juan, entendió el sentido recóndito de las últimas palabras de Jesús: «Todo está cumplido».

Pero, ¿por qué –nos preguntamos–, esta ilimitada concentración de significado en la cruz de Cristo? ¿Por qué esta omnipresencia del Crucificado en nuestras iglesias, en los altares y en cualquier lugar frecuentado por cristianos? [...]

En la cruz Dios se revela «sub propia specie», por lo que él es, en su realidad más íntima y más verdadera. «Dios es amor», escribe Juan (1 Jn 4,10), amor oblativo, y sólo en la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad infinita de auto-donación de Dios. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); «Tanto amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo unigénito» (Jn 3,16); «Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí» (Gál 2,20).

* * *

En el año en que la Iglesia celebra un Sínodo sobre los jóvenes y quiere ponerlos en el centro de la propia preocupación pastoral, la presencia en el Calvario del discípulo que Jesús amaba, encierra un mensaje especial. Tenemos todos los motivos para creer que Juan se adhirió a Jesús cuando todavía era bastante joven. Fue un auténtico enamoramiento. Todo el resto pasó de golpe a segunda línea. Fue un encuentro «personal», existencial. Si en el centro del pensamiento de Pablo está el obrar de Jesús, su misterio pascual de muerte y resurrección, en el centro del pensamiento de Juan está el ser, la persona de Jesús. De ahí todos esos «Yo soy» de resonancias eternas que salpican su Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy la luz», «Yo soy la puerta», simplemente «Yo soy».

Juan era, casi con certeza, uno de los dos discípulos del Bautista que, al comparecer en la escena de Jesús, fueron detrás de él. A su pregunta: «Rabbì, ¿dónde vives?», Jesús respondió: «Venid y veréis». «Fueron, pues, y ese día se quedaron con él; eran aproximadamente las cuatro de la tarde» (Jn 1,35-39). Esa hora decidió sobre su vida y por eso nunca la olvidó.

Justamente nos esforzaremos en este año por descubrir qué espera Cristo de los jóvenes, qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo más importante, sin embargo, es otra cosa: es hacer conocer a los jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles. Juan lo descubrió estando con él: «vida en abundancia», «alegría plena». [...]

* * *

Además del ejemplo de su vida, el evangelista Juan dejó también un mensaje escrito a los jóvenes. En su Primera Carta leemos estas conmovedoras palabras de un anciano a los jóvenes de sus Iglesias:

«Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno. ¡No améis el mundo, ni las cosas del mundo!» (1 Jn 2,14-15) [...]

No, el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal como ha llegado a ser bajo el dominio de Satanás y del pecado, «el espíritu que está en el aire» lo llama san Pablo (Ef 2,1-2). Un papel decisivo desempeña en él la opinión pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde por el aire a través de las infinitas posibilidades de la técnica. «Se determina un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo difícilmente se puede sustraer. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él es considerado cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces no se osa ya situarse frente a las cosas y a la situación, y sobre todo a la vida, de manera diferente a como las presenta»1.

Es lo que llamamos adaptación al espíritu de los tiempos, conformismo. Un gran poeta creyente del siglo pasado, T.S. Eliot, escribió tres versos que dicen más que libros enteros: «En un mundo de fugitivos, la persona que toma la dirección opuesta parecerá un desertor»2.

Queridos jóvenes cristianos, si se le permite a un anciano como Juan dirigirse directamente a vosotros, os exhorto: ¡Sed de los que toman la dirección opuesta! ¡Tened la valentía de ir contra corriente! La dirección opuesta, para nosotros, no es un lugar, es una persona, es Jesús nuestro amigo y redentor.

Se os confía particularmente una tarea a vosotros: salvar el amor humano de la deriva trágica en la que ha terminado: el amor que ya no es don de sí, sino sólo posesión –a menudo violenta y tiránica– del otro. [...]

Jesús en la cruz no sólo nos ha dado el ejemplo de un amor de donación llevado hasta el extremo; nos ha merecido la gracia de poderlo ejercitar, en pequeña parte, en nuestra vida. El agua y la sangre que brotaron de su costado llegan a nosotros hoy en los sacramentos de la Iglesia, en la Palabra, aunque sólo mirando con fe al Crucificado. Juan vio proféticamente una última cosa bajo la cruz: hombres y mujeres de todo tiempo y de cada lugar que miraban a «quien fue traspasado» y lloraba de arrepentimiento y de consuelo (cf. Jn 19, 37; Zac 12,10). A ellos nos unimos también nosotros en los gestos litúrgicos que seguirán dentro de poco».

_______________________

[1] H. Schlier, Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento, in Riflessioni sul Nuovo Testamento (Paideia, Brescia 1976) 194s.

[2] T. S. Eliot, Family Reunion, part II, sc. 2: «In a world of fugitives – The person taking the opposite direction – Will appear to run away».

Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco

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2:22:00 a.m.

Acabo de ver la película «Pablo, Apóstol de Cristo», realizada por Affirm Films y dirigida por Andrew Hyatt. Pienso que es una película en la que confluyen distintos aspectos argumentales:

1.- El drama de la persecución de los primeros cristianos: Es el aspecto más evidente del film, hasta el punto de convertirse en un bello homenaje a los cristianos perseguidos de todos los tiempos.

2.- Aproximación a las Cartas de San Pablo: El diálogo central de la película tiene lugar entre Pablo y Lucas, el evangelista; y es el marco a través del cual se le introduce al espectador en numerosos pasajes de los textos paulinos. Estamos ante una película que suscita el deseo de acercarse personalmente a la lectura de las Cartas de San Pablo. Solo por ello, merece la pena el esfuerzo realizado.

3.- Invitación al encuentro con Cristo: Quizás sea el aspecto menos evidente de la película; pero, en mi opinión, el más importante. En la persecución suscitada por Nerón tras el incendio de Roma, y una vez que San Pablo ha sido apresado y está a la espera de ser ejecutado, los cristianos se encuentran desconcertados y suspiran por un liderazgo. La presencia de Lucas es un alivio, pero no una solución, ya que este evangelista no había conocido personalmente a Jesucristo… En efecto, la primera comunidad cristiana de Roma buscaba el consejo y la guía de Pablo; porque, a diferencia de ellos, él sí que había tenido un encuentro personal con Jesucristo. Lucas es enviado a la cárcel a pedir consejo a Pablo sobre qué debe de hacer la comunidad cristiana que vive en la clandestinidad. Confían en que Pablo, el hombre que se encontró con Cristo, tendrá una palabra oportuna de discernimiento sobre cómo proceder. La sorpresa es que Pablo no les dice lo que deben hacer, sino que les invita a discernir desde el encuentro personal con Jesucristo.

De esta forma, Pablo, el hombre al que Cristo salió al encuentro, se convierte en el guía hacia el encuentro personal con Jesucristo al que estamos llamados todos los cristianos. Ciertamente, es una película muy recomendable, plenamente fiel a la figura de San Pablo.

Por cierto, es llamativa la cantidad de producciones cinematográficas de temática religiosa que están viendo la luz en el momento presente. ¿Será acaso un indicio de que el fenómeno de la secularización no consigue ahogar el sentimiento religioso del hombre contemporáneo? Lástima que alguna de las películas producidas diste mucho de la fidelidad al mensaje evangélico, como es el caso de la «María Magdalena».

Mons. José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

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1:19:00 a.m.

«Conocido como el cura de los chicos pobres les ayudó espiritualmente y les propocionó una digna salida laboral con un interesante abanico de profesiones. Es el fundador de la Congregación de los Hijos de María Inmaculada»

Pío XII calificó a Ludovico como «otro Felipe Neri… precursor de san Juan Bosco… perfecto emulador de san José Cottolengo». Nació en Brescia, Italia, el 11 de septiembre de 1784. Su ilustre familia, los Poncarali, pertenecía a la nobleza. Eran dueños de grandes posesiones. Pero los utópicos ideales de la Revolución Francesa, portando aires triunfales, penetraron en la ciudad y arrasaron los derechos de muchos ciudadanos. En 1797 miembros del ejército tomaron bajo su mando el palacio Poncarali y firmaron el manifiesto «Juramos vivir libres o morir».

Sin darse ínfulas de nada, ni comprometerse con idílicos principios, únicamente con la sencillez de la verdad por bandera, Ludovico se había adentrado en el drama de los pobres. Ya conocía el asfixiante ambiente de las fábricas y lo que cuesta el aserto bíblico de ganarse el pan con el sudor de la frente. Había sido el primogénito de cinco hermanos, y todos los ojos estaban puestos en él, sin adivinar entonces lo que iba a depararle la vida. A lo largo de los años, otras personas tendrían en cuenta sus cualidades y virtudes al punto de encomendarle altas misiones eclesiásticas. En esa época abastecía su alma cada mañana en la iglesia de San Lorenzo con el más excelente manjar: la Eucaristía. Mientras tanto, los que proclamaron la libertad esclavizaron al pueblo. Les privaron de bienes gratuitos que movimientos eclesiales proporcionaban a los desamparados, suprimieron escuelas, centros benéficos e incluso el seminario.

En una de las posesiones familiares Ludovico realizaba obras de misericordia. Compartía los conocimientos que tenía con los chavales de su edad que no pudieron costearse estudios. Además, les enseñaba el catecismo. Su sensibilidad por estos jóvenes desamparados fue aumentando y, con ella, su amor al sacerdocio. En 1805 perdió a su padre, que falleció profundamente apenado por las desavenencias con uno de los hijos. Cuando Ludovico ofició su primera misa en 1807 percibió con aflicción la ausencia de este díscolo hermano, que estaba casado. La lectura de un libro hizo que Ludovico tomase el sendero que guiaría el resto de su existencia: Sobre las influencias morales escrito por Schedoni. Fue providencial. Con lucidez su autor ponía de relieve lo ya conocido: si a los chicos se les deja a su aire, no se les exige la escolarización, y se ponen a su alcance puertas abiertas a la indisciplina y a la inmoralidad, el camino hacia el delito está en marcha. Lo dice el refrán: «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Así que Ludovico tomó la resolución de implicarse por completo en la tarea de restaurarlos.

En noviembre de 1809 murió su madre dejándole gran pesar. Sin tiempo que perder, impulsó un centro parroquial para los muchachos del entorno. A otros los rescató de las calles conquistándolos con una simple limosna y el gozo reflejado en su semblante. Les allanó el camino disponiendo un hogar donde acogerlos, un «Oratorio». Los pilares de su capacitación en prácticos oficios (carpintería e imprenta) comenzaron en Brescia. Su iniciativa fue bendecida por el prelado Gabrio María Nava, que tenía gran debilidad por este colectivo marginal. Conocía la trayectoria del santo, que ya era popularmente denominado «el cura de los chicos pobres». En 1812 lo designó secretario suyo. Seis años más tarde le nombró canónigo confiándole la rectoría de la Basílica de San Bernabé. Además, le encargó la fundación del «Instituto privado de beneficencia». Era una «Escuela de Oficios» de carácter gratuito. En 1821 recibió el nombre de «Pío Instituto de San Bernabé». Sus destinatarios eran jóvenes sin hogar ni recursos que, desde el punto de vista profesional, saldrían de sus aulas bien preparados para entrar en el mundo laboral. Y, desde la perspectiva espiritual, listos para lidiar con un ambiente poco sano y, por tanto, no cristiano.

Otra de las obras emprendidas por Ludovico fue la «Escuela Tipográfica», una novedad en Italia al tratarse de la primera escuela gráfica que se abría, convertida después en editorial. Fue ampliada en 1841 para otro grupo de sordomudos. Y como su entusiasmo y creatividad no tenían fronteras, en diez años logró que los jóvenes pudieran elegir entre un interesante abanico de profesiones: tipografía, encuadernación de libros, papelería, etc. Los oficios a los que podrían aspirar serían igualmente extensos: plateros, cerrajeros, carpinteros, torneros, zapateros… Era un gran logro por el cual en 1844 fue condecorado por el emperador de Austria, quien le concedió el título de Caballero de la Corona de Hierro. Su destino fue un cajón; hubiera preferido ayuda para sus chicos.

Para que subsistiera esta formidable labor caritativo-social precisaba personas generosas, entregadas, con empuje. Sobre todo, que tuviesen entre sus objetivos altos ideales espirituales. Ludovico pensaba en esa opción cuando eligió entre los muchachos a los que juzgaba cumplían esos requisitos, y fundó con ellos la Congregación de los Hijos de María Inmaculada, erigida canónicamente en 1847. Comenzaban a verse los frutos de su religioso tesón: «debemos sembrar con confianza; no importa si los frutos no se ven». Ese mismo año emitió los votos perpetuos. Su incesante entrega prosiguió hasta el fin de sus días. Aunque sus chicos le sugerían que descansase alguna vez, su invariable respuesta era «descansaremos en el cielo». Ese momento le sorprendió en Saiano, lugar cercano a Brescia. A pesar de su delicado estado de salud había acudido allí para liberar a sus muchachos de los atropellos provocados por los austriacos insurrectos que integraban la revuelta «de los Diez Días». Llegó el 24 de marzo de 1849 y murió el 1 de abril diciendo: «Queridos míos… adiós». Era Domingo de Ramos. Poco antes pudo transmitirles esta consigna: «Tened fe, no os desaniméis. Dios, desde el cielo, rige y dispone el destino de los hombres. Haced siempre el bien a todos y amad a Jesús y a nuestra Madre, la Virgen Inmaculada». Juan Pablo II lo beatificó el 14 de abril de 2002. El papa Francisco lo canonizó el 16 de octubre de 2016.

6:59:00 p.m.
LIMA, 30 Mar. 18 (ACI Prensa).- El próximo 8 de abril, Segundo Domingo de Pascua, la Iglesia celebrará la Fiesta de la Divina Misericordia, la cual tiene como objetivo principal hacer llegar a los corazones de las personas el mensaje de que Dios es Misericordioso y ama a todos: "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723).

A pocos días de esta gran festividad, aquí una novena en su honor:

Primer día de la Novena a la Divina Misericordia Segundo día de la Novena a la Divina Misericordia Tercer día de la Novena a la Divina Misericordia Cuarto día de la Novena a la Divina Misericordia Quinto día de la Novena a la Divina Misericordia Sexto día de la Novena a la Divina Misericordia Séptimo día de la Novena a la Divina Misericordia Octavo día de la Novena a la Divina Misericordia Noveno día de la Novena a la Divina Misericordia

6:19:00 p.m.
ROMA, 30 Mar. 18 (ACI Prensa).- El Papa Copto Ortodoxo Tawadros II envió un saludo al Papa Francisco por la celebración católica de la Pascua.

“¡Cristo ha Resucitado, verdaderamente ha Resucitado! Le deseo Feliz Pascua”, expresó Tawadros II, en un videomensaje realizado por la agencia SIR.

La Pascua, dijo, “es la fiesta en la que nos alegramos porque Jesucristo ha resucitado y ha vencido la muerte y después de derrotar la muerte ha convertido la Cruz, en Cruz de la Vida y salvación para toda la humanidad”.

Las Iglesias ortodoxas, que siguen el calendario juliano, a diferencia del gregoriano usado por la Iglesia Católica, celebrará la Pascua una semana después, el 8 de abril.

El Papa Tawadros II expresó además su deseo de que el Señor bendiga el servicio del Papa Francisco, así como “su misión, su salud y le conceda una larga vida”.

5:19:00 p.m.

(ZENIT – 30 marzo 2018).- El Papa Francisco ha presidido este Viernes Santo, 30 de marzo de 2018, la oración del Vía Crucis en el Coliseo, escrito por 15 jóvenes y adolescentes romanos, de edades comprendidas entre 16 y 27 años.

Han participado 20.000 fieles en el rezo del Vía Crucis, ha informado la Santa Sede.

Sigue el texto completo de las meditaciones del Vía Crucis, escrito por jóvenes romanos.

***

Primera estación: Jesús es condenado a muerte

Por tercera vez les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad (Lc23,22-25).

Meditación

Te veo, Jesús, delante del Gobernador, que por tres veces intenta enfrentarse a la voluntad del pueblo, y al final elige no elegir; delante de la masa de gente, que es consultada por tres veces y siempre decide contra ti. La muchedumbre, es decir, todos y ninguno. El hombre pierde su propia personalidad escondido en la masa; es una voz entre otras mil voces. Antes de negarte, se niega a sí mismo, diluyendo la propia personalidad en aquella fluctuante multitud sin rostro. Y, sin embargo, es responsable. Es el hombre quien te condena, engañado por los agitadores, por el mal que se propaga con voz mentirosa y ensordecedora.

Hoy nos horroriza esa injusticia y nos gustaría distanciarnos de ella. Pero al hacerlo, nos olvidamos de todas las veces en que también nosotros hemos decidido salvar a Barrabás en vez de a ti. Cuando nuestro oído se ensordeció a la llamada del bien, cuando hemos preferido no ver la injusticia ante nosotros.

En esa plaza abarrotada, habría sido suficiente que un corazón solo hubiera dudado, con que una sola voz se hubiera alzado contra las mil voces del mal. Recordemos esa plaza y ese error cada vez que la vida nos pone ante una elección. Dejemos que nuestros corazones duden y hagamos que nuestra voz se alce.

Oración

Te pido, Señor, que veles por nuestras decisiones:
ilumínalas con tu luz,
cultiva en nosotros la semilla de una duda.
Sólo el mal no duda nunca.
Los árboles que hunden sus raíces en la tierra,
si están regados por el mal, se marchitan,
pero tú has puesto nuestras raíces en el Cielo
y las ramas sobre la tierra para reconocerte y seguirte.

Pater noster…

 

Segunda estación: Jesús con la cruz a cuestas

Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).

Meditación

Te veo, Jesús, coronado de espinas, mientras tomas tu cruz. La recibes como siempre has recibido todo y a todos. Te cargan con el madero, pesado, áspero, pero tú no te rebelas, no rechazas ese instrumento de tortura injusto e innoble. Lo tomas sobre ti y comienzas a caminar llevándolo sobre los hombros. Cuántas veces me he rebelado y enfadado por los trabajos que he recibido, y que he considerado pesados e injustos. Tú no haces eso. Solo tienes algún año más que yo; hoy se diría que eres aún joven, pero eres dócil, y tomas en serio lo que la vida te ofrece, cada ocasión que se te presenta, como si quisieras llegar hasta el fondo de las cosas y descubrir que hay siempre algo más que lo que se ve, un significado escondido y sorprendente. Gracias a ti comprendo que esta es una cruz de salvación y de liberación, cruz de apoyo en el tropiezo, yugo ligero, carga que no pesa.

Del escándalo que representa la muerte del Hijo de Dios, muerte de pecador, muerte de malhechor, nace la gracia de descubrir en el dolor la resurrección, en el sufrimiento tu gloria, en la angustia tu salvación. La misma cruz, símbolo de humillación y dolor para el hombre, se manifiesta ahora, por la gracia de tu sacrificio, como una promesa: de cada muerte resurgirá una vida y en cada oscuridad resplandecerá una luz. Y podemos exclamar: «Ave, oh cruz, única esperanza».

Oración

Te ruego, Señor, que con la luz de la cruz, símbolo de nuestra fe,
aceptemos nuestros sufrimientos e, iluminados por tu amor,
abracemos nuestras cruces, que tu muerte y resurrección vuelven gloriosas.
Danos la gracia de mirar nuestras historias
y descubrir en ellas tu amor por nosotros.

Pater noster…

 

Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado (Is 53,4).

Meditación

Te veo, Jesús, sufriendo mientras recorres el camino hacia el Calvario, cargado con nuestros pecados. Y te veo caer, con las manos y las rodillas en el suelo, lleno de dolores. ¡Con qué humildad has caído! ¡Cuánta humillación sufres ahora! Tu naturaleza de hombre verdadero se muestra claramente en este momento de tu vida. La cruz que llevas es pesada; necesitarías ayuda, pero cuando caes al suelo nadie te socorre, es más, los hombres se burlan de ti, ríen ante la imagen de un Dios que cae. Tal vez están decepcionados, quizás se hicieron una idea equivocada de ti. A veces creemos que tener fe en ti significa no caer nunca en la vida. Junto a ti caigo yo también, y conmigo mis ideas, las que tenía sobre ti: ¡Qué frágiles eran!

Te veo, Jesús, que aprietas los dientes y, completamente abandonado al amor del Padre, te levantas y retomas tu camino. Con estos primeros pasos hacia la cruz, tan vacilantes, me recuerdas, Jesús, a un niño que da sus primeros pasos en la vida y pierde el equilibrio, y cae y llora, pero luego continúa. Se confía en las manos de sus padres y no se detiene; él tiene miedo pero sigue adelante, porque el miedo deja paso a la confianza.

Con tu valentía nos enseñas que los fracasos y las caídas nunca deben parar nuestro camino y que siempre podemos elegir: rendirnos o levantarnos contigo.

Oración

Te pido, Señor, que despiertes en nosotros los jóvenes
la valentía de levantarnos después de cada caída
tal y como hiciste tú en el camino del Calvario.
Te pido que sepamos apreciar siempre
el don inmenso y precioso de la vida
y que los fracasos y las caídas
no sean nunca un motivo para despreciarla,
conscientes de que, si nos fiamos de ti,
nos levantaremos de nuevo y
encontraremos la fuerza para seguir siempre adelante.

Pater noster…

 

Cuarta estación: Jesús encuentra a su Madre

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Meditación

Te veo, Jesús, cuando encuentras a tu Madre. María está allí, camina por la calle llena de gente, hay muchas personas a su lado. Lo único que la distingue de los demás es que ella está allí para acompañar a su hijo. Una situación que se constata todos los días: las madres acompañan a sus hijos a la escuela o al médico o los llevan con ellas al trabajo. Pero María se distingue de las demás madres: está acompañando a su hijo a morir. Ver morir a un hijo es lo peor que se puede desear a una persona, la más antinatural; aún más atroz si el hijo, inocente, está muriendo a manos de la justicia. ¡Qué escena tan antinatural e injusta ante mis ojos! Mi madre me ha educado en el sentido de la justicia y a tener confianza en la vida, pero lo que mis ojos ven hoy no tiene nada de esto, no tiene sentido y está lleno de sufrimiento.

Te veo, María, que miras a tu pobre hijo: tiene las marcas de la flagelación en la espalda y se ve obligado a soportar el peso de la cruz, y probablemente muy pronto caerá bajo ella por el cansancio. Y tú sabías que tarde o temprano sucedería, te lo habían profetizado, pero ahora que ha acaecido todo es diferente; siempre ocurre así, no estamos preparados para la vida, para su crudeza. María, ahora estás triste, como lo estaría cualquier mujer en tu lugar, pero no estás desesperada. Tu mirada no se ha apagado, no está vacía, no caminas con la cabeza agachada. Eres luminosa también en tu tristeza, porque tienes esperanza, sabes que el viaje de tu hijo no es solo de ida, y sabes, lo sientes como solo las madres lo perciben, que pronto lo volverás a ver.

Oración
Te pido, Señor, que nos ayudes
a tener siempre presente el ejemplo de María,
que aceptó la muerte de su hijo
como un gran misterio de salvación.
Ayúdanos a vivir con la mirada orientada al bien de los otros
y a morir en la esperanza de la resurrección,
conscientes de no estar nunca solos,
ni abandonados por Dios, ni por María,
Madre buena que se preocupa siempre por sus hijos.

Pater noster…

 

Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús (Lc 23,26).

Meditación

Te veo, Jesús, aplastado bajo el peso de la cruz. Veo que tú solo no puedes; precisamente en el momento de más dificultad, te has quedado solo, ya no están los que se decían amigos tuyos: Judas te ha traicionado, Pedro te ha renegado, los otros te han abandonado. Pero de repente sucede un encuentro imprevisto, alguien, un hombre cualquiera que tal vez te escuchó hablar pero no te siguió, ahora está aquí, a tu lado, hombro con hombro, para compartir tu yugo. Se llama Simón y es un extranjero que viene de lejos, de Cirene. Hoy, para él, es algo inesperado, que se le revela como un encuentro.

Son infinitos los encuentros y desencuentros que vivimos cada día, sobre todo para nosotros, los jóvenes, que entramos continuamente en contacto con realidades nuevas, con nuevas personas. Y en el encuentro inesperado, en lo accidental, en la sorpresa desconcertante, es donde se esconde la oportunidad para amar, para reconocer lo mejor del prójimo, aun cuando nos parezca diferente.

Jesús, algunas veces nos sentimos como tú, abandonados por los que creíamos que eran nuestros amigos, bajo un peso que nos aplasta. Pero no debemos olvidar que hay un Simón de Cirene dispuesto para cargar con nuestra cruz. No debemos olvidar que no estamos solos, y esta certeza nos dará la fuerza para hacernos cargo de la cruz del que está a nuestro lado.

Te veo, Jesús: ahora parece que sientes un poco de alivio, ahora que ya no estás solo puedes respirar por un instante. Y veo a Simón: quién sabe si ha experimentado que tu yugo es ligero, quién sabe si se da cuenta de lo que significa ese imprevisto en su vida.

Oración
Señor, te pido que cada uno de nosotros
encuentre el valor para ser como el Cireneo,
que toma la cruz y sigue tus pasos.
Que cada uno de nosotros sea tan humilde y fuerte
para cargar con la cruz de los que encontramos.
Que cuando nos sintamos solos
podamos reconocer en nuestro camino un Simón de Cirene
que se detiene y carga con nuestro peso.
Concédenos que sepamos buscar lo mejor de cada persona,
y de abrirnos a cada encuentro incluso en la diversidad.
Te pido para que todos nosotros
podamos encontrarnos inesperadamente a tu lado.

Pater noster…

Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado(Is 53, 2-3).

Meditación

Te veo, Jesús, digno de compasión, casi irreconocible, tratado como el último de los hombres. Caminas con dificultad hacia tu muerte con la cara ensangrentada y desfigurada, aunque como siempre mansa y humilde, dirigida hacia lo alto. Una mujer se abre camino entre la multitud para ver de cerca tu rostro que, quizá tantas veces, había hablado a su alma y ella había amado. Lo ve sufrir y lo quiere ayudar. No la dejan pasar, son muchos, demasiados, y armados. Pero a ella esto no le importa, está determinada a llegar a ti y consigue tocarte apenas un instante, acariciarte con su velo. Su fuerza es la de la ternura. Vuestros ojos se cruzan por un instante, el rostro de uno en el rostro del otro.

Esa mujer, Verónica, de la que no sabemos nada, de la que no conocemos la historia, se gana el Paraíso con un simple gesto de caridad. Se te acerca, observa tu rostro destrozado y lo ama todavía más que antes. Verónica no se queda en las apariencias, tan importantes hoy en nuestra sociedad de la imagen, sino que ama incondicionalmente un rostro feo, descuidado, sin maquillaje e imperfecto. Ese rostro, tu rostro, Jesús, precisamente en su imperfección muestra la perfección de tu amor por nosotros.

Oración

Te pido, Jesús, que me des la fuerza
de acercarme a los demás, a cada persona,
joven o anciana, pobre o rica, querida o desconocida,
y de ver en esos rostros tu rostro.
Ayúdame a socorrer con prontitud
al prójimo, en el que tú habitas,
como la Verónica corrió hacia ti en el camino del Calvario.

Pater noster…

 

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron […] El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento (Is 53, 8.10).

Meditación

Te veo, Jesús, caer una vez más ante mis ojos. Cayendo otra vez me demuestras que eres un hombre, un hombre auténtico. Y veo que te alzas de nuevo, más decidido que antes. No te alzas con soberbia; no hay orgullo en tu mirada, hay amor. Y al proseguir tu camino, levantándote después de cada caída, anuncias tu Resurrección, demuestras estar siempre preparado para volver a cargar sobre tus hombros ensangrentados el peso de los pecados del hombre.

Al caer de nuevo, nos has mandado un claro mensaje de humildad, has caído en tierra, en ese humus del que hemos nacido los «humanos». Somos tierra, somos barro, somos nada en comparación contigo. Pero has querido ser como nosotros, y ahora te muestras cercano a nosotros, con nuestras mismas dificultades, las mismas debilidades, con el mismo sudor de la frente. Ahora tú, en este viernes, como nos ocurre también a nosotros, estás postrado por el dolor. Pero tienes la fuerza para seguir adelante, no tienes miedo a las dificultades que puedas encontrar, y sabes que al final del esfuerzo está el Paraíso; te levantas para dirigirte precisamente allí, para abrirnos las puertas de tu Reino. Eres un rey extraño, un rey en el polvo.

Siento un vértigo: nosotros no somos quienes para comparar nuestras dificultades y nuestras caídas con las tuyas. Las tuyas son un sacrificio, el sacrificio más grande que mis ojos y toda la historia jamás podrán ver.

Oración

Te pido, Señor, que estemos dispuestos a levantarnos de nuevo después de una caída,
que aprendamos de nuestros fracasos.
Recuérdanos que cuando nos toque equivocarnos y caer,
si estamos contigo y nos aferramos a tu mano,
podremos aprender a levantarnos.
Haz que los jóvenes llevemos a todos tu mensaje de humildad
y que las generaciones futuras abran los ojos para verte
y sepan comprender tu amor.
Enséñanos a ayudar a quien sufre y cae a nuestro lado,
a enjugar su sudor y a tender la mano para levantarlo.

Pater noster…

 

Octava estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (Lc 23,27-31).

Meditación

Te veo y te escucho, Jesús, mientras hablas con las mujeres que encuentras en tu camino hacia la muerte. A lo largo de tus jornadas has visto a muchas personas, has ido al encuentro y a hablar con todos. Ahora hablas con las mujeres de Jerusalén que te ven y lloran. También yo soy una de esas mujeres. Pero tú, Jesús, en tu amonestación usas palabras que me impresionan, son palabras concretas y directas; a primera vista, pueden parecer duras y severas porque son francas. De hecho, hoy estamos acostumbrados a un mundo de palabras ambiguas, una fría hipocresía oculta y filtra lo que realmente queremos decir; las advertencias se evitan cada vez más, se prefiere abandonar al otro a su propio destino, sin molestarse en exhortarlo por su propio bien.

En cambio tú, Jesús, hablas a las mujeres como un padre, también cuando las reprendes; tus palabras son palabras de verdad y llegan inmediatas con el único propósito de corregir, no de juzgar. Es un lenguaje diferente al nuestro, tú hablas siempre con humildad y llegas directamente al corazón.

En este encuentro, el último antes de la cruz, brota una vez más tu inmenso amor hacia los últimos y los marginados. De hecho, en aquel tiempo, las mujeres no eran consideradas dignas de ser interpeladas, mientras que tú, con tu amabilidad, eres verdaderamente revolucionario.

Oración

Te suplico, Señor, que yo,
junto con las mujeres y los hombres de este mundo,
seamos cada vez más caritativos
con los necesitados, tal como lo fuiste tú.
Danos la fuerza para ir contra corriente
y entrar en auténtica relación con los demás,
construyendo puentes y evitando cerrarnos en el egoísmo
que nos lleva a la soledad del pecado.

Pater noster…

Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. (Is 53,5-6).

Meditación

Te veo, Jesús, mientras caes por tercera vez. Has caído ya dos veces y dos veces te has levantado. No hay ya límites para el cansancio y el dolor, pareces definitivamente derrotado con esta tercera y última caída. ¡Cuántas veces en la vida de cada día nos toca caer! Caemos tantas veces que perdemos la cuenta, pero siempre esperamos que cada caída sea la última, porque se necesita la fuerza de la esperanza para hacer frente al sufrimiento. Cuando uno cae tantas veces, las fuerzas al final colapsan y las esperanzas desaparecen definitivamente.

Me imagino a tu lado, Jesús, en el camino que te conduce a la muerte. Es difícil pensar que precisamente tú eres el Hijo de Dios. Alguno ha intentado ya ayudarte, pero estás agotado, inmóvil, paralizado y da la impresión de que no podrás continuar. Pero veo que de repente te levantas, enderezas las piernas y la espalda, todo lo que es posible llevando una cruz sobre los hombros, y empiezas a caminar de nuevo. Sí, te diriges hacia la muerte, y quieres hacerlo sin ahorrarte nada. Quizás es esto el amor. Lo que entiendo es que no importa cuántas veces caigamos, siempre habrá una última, quizás la peor, la prueba más terrible en la que estamos llamados a encontrar las fuerzas para llegar al final del camino. Para Jesús, el final es la crucifixión, el absurdo de la muerte, pero revela un significado más profundo, un propósito más elevado, el de salvarnos a todos.

Oración

Te suplico, Señor, que nos des cada día
la fuerza para seguir en nuestro camino.
Que mantengamos hasta el final
la esperanza y el amor que nos has dado.
Que todos puedan hacer frente a los desafíos de la vida
con la fuerza y la fe con la que tú has vivido
los últimos momentos de tu camino
hacia la muerte en cruz.

Pater noster…

Décima estación: Jesús es despojado de las vestiduras

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo (Jn 19,23).

Meditación

Te contemplo, Jesús, desnudo, como nunca antes te había visto. Jesús, te han quitado tus vestiduras y se las están jugando a los dados. A los ojos de estos hombres has perdido el único jirón de dignidad que te quedaba, el único objeto que poseías en este camino de sufrimiento. Al principio de los tiempos, tu Padre había hecho vestidos para los hombres, para cubrirlos de dignidad; ahora los hombres te los quitan. Te contemplo, Jesús, y veo a un joven emigrante, un cuerpo destrozado que llega a una tierra muchas veces cruel, dispuesta a quitarle sus ropas, su único bien, y venderlas, dejándolo así solo con su cruz, como la tuya, solo con su piel maltratada, como la tuya, solo con sus ojos hinchados por el dolor, como los tuyos.

Pero hay algo que los hombres a menudo olvidan sobre la dignidad: que esta se encuentra bajo tu piel, es parte de ti y siempre estará contigo, y más aún en este momento, en esta desnudez.

La misma desnudez con la que nacemos es la que la tierra nos acoge en el atardecer de la vida. De una madre a la otra. Y ahora aquí, en esta colina, está también tu madre, que de nuevo te ve desnudo.

Te veo y comprendo la grandeza y el esplendor de tu dignidad, de la dignidad de cada hombre, que nadie podrá jamás suprimir.

Oración

Te pido, Señor, que todos reconozcamos
la dignidad de nuestra naturaleza,
incluso cuando nos encontramos desnudos y solos ante los hombres.
Que sepamos ver siempre la dignidad de los demás,
y honrarla y protegerla.
Te pedimos que nos des la audacia necesaria
para conocernos a nosotros mismos por encima de lo que nos cubre;
y para aceptar la desnudez que nos pertenece
y nos recuerda nuestra pobreza,
de la que te enamoraste hasta dar la vida por nosotros.

Pater noster…

 

Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,33-34).

Meditación

Te veo, Jesús, despojado de todo. Han querido castigarte a ti, inocente, clavándote en el madero de la cruz. ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar, habría tenido el coraje de reconocer tu verdad, mi verdad? Tú has tenido la fuerza de soportar el peso de una cruz, de que no te creyeran, de ser condenado por tus palabras incómodas. Hoy no somos capaces de aceptar una crítica, como si cada palabra fuera pronunciada para herirnos.

Tú tampoco te detuviste ante la muerte, creíste profundamente en tu misión y te fiaste de tu Padre. Hoy, en el mundo de internet, estamos tan condicionados por todo lo que circula en la red que a veces dudo hasta de mis propias palabras. Pero tus palabras son distintas, son fuertes en tu debilidad. Tú nos perdonaste, no tuviste rencor, nos enseñaste a poner la otra mejilla y fuiste más allá, hasta el sacrificio total de tu propia vida.

Miro alrededor y veo ojos fijos en las pantallas del teléfono, entregados a las redes sociales para condenar cada error de los demás sin posibilidad de perdón. Hombres que, dominados por la ira, se gritan con odio por los motivos más insignificantes.

Miro tus heridas y soy consciente, ahora, de que yo no habría tenido tu fuerza. Pero estoy sentada aquí a tus pies, y me despojo yo también de toda duda, me levanto de la tierra para poder estar más cerca de ti, aunque solo sea por algunos centímetros.

Oración

Te pido, Señor, que ante el bien
tenga la disposición para reconocerlo;
que ante una injusticia tenga
la valentía de tomar las riendas de mi vida y actuar de otro modo;
que me libere de todos los miedos
que como clavos me paralizan y me alejan
de la vida que tú has esperado y preparado para nosotros.

Pater noster…

 

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz 

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios, diciendo: «Realmente, este hombre era justo» (Lc 23,44-47).

Meditación

Te veo, Jesús, y esta vez no querría verte. Estás muriendo. Era hermoso contemplarte cuando hablabas a las multitudes, pero ahora todo ha terminado. Y yo no quiero ver el final; muchas veces he desviado la mirada hacia otra parte, casi me he habituado a huir del dolor y de la muerte, me he anestesiado.

Tu grito en la cruz es fuerte, desgarrador: no estábamos preparados para tanto tormento, no lo estamos, no lo estaremos nunca. Huimos por instinto, presos del pánico, ante la muerte y el sufrimiento, los rechazamos, preferimos mirar hacia otro lado o cerrar los ojos. En cambio, tú permaneces ahí, en la cruz, nos esperas con los brazos abiertos, abriéndonos los ojos.

Es un gran misterio, Jesús: nos amas muriendo, abandonado, dando tu espíritu, cumpliendo la voluntad del Padre, retirándote. Tú permaneces en la cruz, y nada más. No te pones a explicar el misterio de la muerte, de la conclusión de todas las cosas, haces más que eso: lo atraviesas con todo tu cuerpo y tu espíritu. Un misterio grande, que sigue interrogándonos e inquietándonos; nos desafía, nos invita a abrir los ojos, a descubrir tu amor también en la muerte, es más, a partir precisamente de la muerte. Es ahí donde nos amaste: en nuestra condición más verdadera, ineludible e inevitable. Es ahí donde comprendemos, aunque todavía de modo imperfecto, tu presencia viva, auténtica. De esto, siempre, tendremos sed: de tu cercanía, de tu ser Dios con nosotros.

Oración

Te pido, Señor, que abras mis ojos,
que te vea también en los sufrimientos,
en la muerte, en el final que no es el final verdadero.
Remueve mi indiferencia con tu cruz, sacude mi apatía.
Interrógame siempre con tu misterio desconcertante,
que supera la muerte y da la vida.

Pater noster…

 

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos (Jn19,38-40).

Meditación

Te veo, Jesús, todavía ahí, en la cruz. Un hombre de carne y hueso, con sus fragilidades, con sus miedos. ¡Cuánto has sufrido! Es una escena insoportable, tal vez justamente porque está impregnada de humanidad. Esta es la palabra clave, la cifra de tu camino, plagado de esfuerzo y sufrimiento. Precisamente esta humanidad que a menudo nos olvidamos de reconocer en ti y de buscar en nosotros mismos y en los demás, demasiado ocupados en una vida que aprieta el acelerador, ciegos y sordos ante las dificultades y los dolores de los otros.

Te veo, Jesús. Ahora no estás ya ahí, en la cruz; regresaste al lugar de donde viniste, colocado sobre el seno de la tierra, sobre el seno de tu Madre. Ahora el sufrimiento ha pasado, ha desaparecido. Esta es la hora de la piedad. En tu cuerpo sin vida se reverbera la fuerza con la que afrontaste el sufrimiento; el sentido que conseguiste darle se refleja en los ojos de quien está todavía ahí y ha permanecido a tu lado y siempre permanecerá a tu lado en el amor, dado y recibido. Se abre para ti, para nosotros, una nueva vida, la del cielo, bajo el signo de lo que resiste y no se quiebra por la muerte: el amor. Tú estás aquí, con nosotros, en cada instante, en cada paso, en cada incertidumbre, en cada oscuridad. Mientras la sombra del sepulcro se extiende sobre tu cuerpo que yace entre los brazos de tu Madre, yo te veo y tengo miedo, pero no desespero, tengo confianza que la luz, tu luz, volverá a brillar.

Oración

Te pido, Señor,
que tengamos siempre viva la esperanza y
la fe en tu amor incondicional.
Que sepamos mantener siempre viva y encendida
la mirada hacia la salvación eterna,
y que podamos encontrar descanso y paz en nuestro camino.

Pater noster…

 

Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro

Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús (Jn 19,41-42).

Meditación

No te veo ya, Jesús, ahora está oscuro. Caen sombras alargadas desde las colinas, y las lámparas del Shabbatinundan Jerusalén, fuera de las casas y en las habitaciones. Golpean las puertas del cielo, cerrado e impenetrable. ¿Para quién es tanta soledad? ¿Quién puede dormir en una noche así? Resuenan en la ciudad el llanto de los niños, los cantos de las madres, las rondas de los soldados. Muere el día, y solo tú te has dormido. ¿Duermes? ¿Y cuál es tu lecho? ¿Qué manta te oculta del mundo?

José de Arimatea ha seguido tus pasos desde lejos, y ahora sin hacer rumor te acompaña en el sueño, te quita de las miradas de los indignados y los malvados. Una sábana envuelve tu frío, seca la sangre y el sudor y las lágrimas. De la cruz desciendes, con ligereza, José te lleva sobre las espaldas, pero eres ligero: no cargas el peso de la muerte, ni del odio, ni del rencor. Duermes como cuando te envolvieron en la cálida paja y otro José te tenía en brazos. Igual que entonces no había lugar para ti, tampoco ahora tienes dónde reclinar la cabeza; pero en el Calvario, en la dura cerviz del mundo, crece ahí un jardín donde nadie ha sido sepultado aún.

¿A dónde te has ido, Jesús? ¿A dónde has descendido, si no es a lo más profundo? ¿A dónde, si no es a ese lugar todavía intacto, a la cámara más angosta? Estás atrapado en nuestros mismos lazos, en nuestra misma tristeza estás encerrado. Has caminado como nosotros sobre la tierra, y ahora, bajo tierra, como nosotros, encuentras espacio.

Querría correr lejos, pero tú estás dentro de mí; no debo salir a buscarte, porque tú llamas a mi puerta.

Oración

Te rezo a ti, Señor, que no te has manifestado en la gloria
sino en el silencio de una noche oscura.
Tú que no miras la superficie, sino que ves en lo secreto
y entras en lo más profundo,
desde lo hondo escucha nuestra voz:
que podamos, los que estamos cansados, descansar en ti,
reconocer en ti nuestro origen,
ver en el amor de tu rostro dormido
nuestra belleza perdida.

Pater noster…

Hermanos Franciscanos

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