Redacción Central, 01 May. 21 (ACI Prensa).- Para este mes de mayo, dedicado a María, el Papa Francisco dirigirá su intención de oración para pedir por el “mundo de las finanzas”.
El Santo Padre pide a todos los fieles que recen “para que los responsables del mundo financiero colaboren con los gobiernos, a fin de regular los mercados financieros para proteger a los ciudadanos de su peligro”.
A inicio de abril del 2021, el Papa Francisco pidió a los responsables del mercado financiero que fijen sus objetivos de acuerdo con la búsqueda del bien común, y en especial en el mundo posterior a la pandemia de coronavirus, para que no queden excluidos “aquellos que están en los márgenes de la sociedad”.
El Obispo de Roma afirmó que confía que las discusiones entre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional “contribuyan a un modelo de recuperación capaz de generar soluciones nuevas, más inclusivas y sostenibles para apoyar la economía real, ayudando a los individuos y a las comunidades a alcanzar sus aspiraciones más profundas y el bien común universal”.
En ese contexto, el Papa Francisco propuso un plan global que implicaría “dar a las naciones más pobres y menos desarrolladas una participación efectiva en la toma de decisiones y facilitar el acceso al mercado internacional”.
Sobre las intenciones de oración
En una entrevista al diario del Vaticano, L’Osservatore Romano (LOR), de febrero de 2019, el director de la Red del Apostolado de la Oración del Papa, P. Frédéric Fornos, explicó que en las intenciones de oración del Pontífice “encontramos un eco en los desafíos para el mundo”.
El P. Fornos indicó que el Papa Francisco exhorta a rezar por quienes “se dejan llevar por caminos de muerte, a causa de diversas dependencias: abuso de drogas o de alcohol, uso nocivo de las nuevas tecnologías o pornografía online, con todas sus consecuencias”.
Elisabeth Roman es periodista de profesión, entrevistó a los grandes, Julio Iglesias, Ricky Martin, Chayanne, vivió el Camino de Santiago que la convirtió completamente a la fe católica; un incendio le quito su hogar. San José le salvó la vida y le regresó todo lo material, hoy Elisabeth cuenta su historia en exclusiva para Aleteia.
Elisabeth Roman, gracias por concedernos esta entrevista para Aleteia en español. Cuéntanos dónde naciste, dónde vives y a qué te dedicas actualmente.
Yo nací en Puerto Rico. Llegué aquí, a Chicago, cuando tenía un mes de nacida. He vivido aquí casi toda mi vida; aquí nacieron mis hijos.
Hoy sigo viviendo en Chicago. Pertenezco a la arquidiócesis de Chicago, pero mi trabajo lo realizo en la diócesis de Joliet, que es la diócesis vecina; queda como a hora y media de donde vivo, y ahí soy la directora de los Ministerios Hispanos y Étnicos.
¿Cuál es tu profesión, qué estudiaste? ¿Cuáles son las habilidades que Dios te dio?
Yo estudie política, tengo un bachillerato en política y una maestría en administración pública; pero trabajaba en prensa. Me mudé un tiempo de Chicago a Puerto Rico, y allí trabajé en periódicos de negocios; llegué a ser la editora del periódico de negocios en inglés de Puerto Rico.
Después de algunos años regresé a Chicago y busqué un empleo como editora, pues eso era lo que yo hacía, o como periodista.
En una de las plataformas en línea estaban buscando una editora para las publicaciones de los Misioneros Claretianos, así que solicité el puesto y me contrataron, y estuve con ellos 8 años. Y no solamente fue una experiencia increíble haciendo publicaciones católicas para el Ministerio Hispano en Estados Unidos (teníamos 5 publicaciones y 2 páginas web), sino que fue casi como una conversión pastoral porque llegué del periodismo de los negocios al periodismo y publicaciones católicos, que eso fue de verdad una gran formación. Tuve casi que aprender hasta un nuevo idioma, pues los términos de negocios no son los términos pastorales.
Después de esos 8 años con los Claretianos, he tenido la oportunidad de servir como la presidenta del Consejo Nacional Católico del Ministerio Hispano en los Estados Unidos. Eso me da la oportunidad de trabajar con los obispos, y de representar al pueblo hispano en sus necesidades.
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“Tú necesitas o un psiquiatra o un cura”
Hablando un poco sobre tu vida personal, ¿puedes decirnos si eres casada?
No tengo bien el conteo, pero tengo como 30 años divorciada; nunca más me volví a casar. Mis hijos ya son adultos, los 2 son casados. Soy abuela; tengo 3 nietos, el más pequeño tiene 5 semanas de edad y se llama Sebastián; mi otro nieto se llama Lucas. Mi nieta se llama Jimena, y es mi princesa; porque yo tuve 2 varones, y Dios me ha dado a esta princesa.
Me bautizaron católica un 27 de diciembre; yo nací un 27 de septiembre, así que a mis 3 meses de edad me bautizaron, pero no porque mi mamá fuera católica sino porque mi madrina lo era. Mi madrina convenció a mi madre, que era fiestera, de que podía tener una fiesta; así que me bautizaron en la Iglesia católica pero no volví más, hasta que fui adulta.
En mi familia todos son de la religión protestante pentecostal, así que yo fui criada en eso, estudié en institutos pastorales pentecostales hasta que me convertí en una adolescente rebelde que a los 17 años dijo: ‘”No vuelvo”.
Conseguí un novio y a los 18 años ya estaba casada, y no volví más a ninguna iglesia hasta que me divorcié, hasta que en una crisis de mi vida personal un amigo muy católico me regaló un rosario, el primero de mi vida, y me dijo: “Tú necesitas o un psiquiatra o un cura”. Y yo, madre soltera al fin, que en ese momento me estaba divorciando, no tenía dinero para psiquiatras, así que me fui a ver a al cura que mi amigo me recomendó, y ese cura cambió mi vida; si hoy yo estoy aquí y hago el trabajo que hago es porque ese hombre recogió lo destruida que estaba y, con su amor, con su paciencia y con su tiempo, me renovó, me restauró, ¡y es mi padrino de Confirmación! Además él me dio mi Primera Comunión, y fue el que me preparó; yo nunca fui a ninguna clase sino que él se tomó el tiempo y me preparó.
Mi Primera Comunión fue el día de Navidad, la mañana de Navidad, en la Misa navideña, porque él me dijo que yo tenía que nacer el mismo día que el Señor; así que para mí esa Misa es lo más especial, pues el día de Navidad me acuerdo de que volví a nacer.
Así que aquí estoy, gracias a ese cura, que me trajo a lo que es la verdadera fe.
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El rosario ha sido una fortaleza
¿El rosario que te dio tu amigo todavía lo conservas, y qué significó para ti?
Yo no sabía qué era; yo sabía que los católicos lo rezaban. Pero, sí, yo te digo que lo tuve como 20 años y se me perdió. Y pasaban cosas, a mí siempre me pasan cosas que yo digo que son muy raras; cuando yo lo tenía y se rompía, era cuando yo tenía una crisis.
Lo tuve por 20 años. Claro, desde entonces he tenido muchos.
Y tuve que aprender lo que significa el rosario, aprender a rezarlo, y ha sido una fortaleza y de ahí me conecto en esas oraciones tan especiales que yo no conocía. Yo las tuve que aprender, y te cuento que la primera vez que mi tío, protestante, me vio con el rosario puesto, de verdad que se ofendió y me dijo: “¿Qué haces con eso? ¡A ti que te criamos en la iglesia, y tú has dejado al Señor!”. Yo le contesté: “No he dejado al Señor, yo sólo dejé esa iglesia”. Entonces se quedó tranquilo.
Pero otro día volví, y me volvieron a insistir con lo mismo, porque él era casi pastor; y como yo estaba divorciada y no me había vuelto a casar, les dije: “¿Saben qué? Si siguen insistiendo, me voy a hacer monja, me voy a un convento”. Y se volvieron como locos, y ya no me volvieron a decir nada porque tenían ese temor de que yo me fuera a un convento.
¿Cuál fue tu experiencia con la Misa, con la Comunión? ¿Qué sentiste? Porque no es lo mismo recibir la primera Comunión de niño que de adulto. ¿Cómo lo viviste? ¿Cómo fue esa experiencia para ti?
Yo no lo podía creer, para empezar. Yo estaba sola en esa Misa de Navidad porque mi familia no era practicante.
Mi amigo, el que me dio el rosario, me había dicho: “Vete a ver a este cura, que puede contigo”. Pues yo lo busqué y no era de mi parroquia, pues yo vivía en un barrio de San Juan, pero este sacerdote estaba en otro barrio, el barrio de Santurce, en la parroquia del Sagrado Corazón.
El primer domingo que fui me senté atrás, porque yo decía: “Si estos católicos me vienen a presionar para convertirme, como hacen los pentecostales, yo me voy”. Así que me senté cerca de la puerta; pero esa homilía fue para mí, como que Dios me estaba hablando con ese cura. No pensé que los católicos hablaran así. Yo pensaba, porque eso me decían, que los católicos hablaban el latín, que no se podía entender y que no decían nada que te llegara. Yo me dije: “Bueno, puede ser un fallo. Voy el próximo domingo”.
Y fue igual: de nuevo fue como si el Señor me estuviera hablando; entonces me dije: “Esto no es casualidad”, así que fui el tercer domingo, pero me seguí quedando sentada atrás.
Entonces el lunes llamé a la oficina de la parroquia, saqué una cita con el cura y fui a verlo. Era la primera vez que yo hablaba con un cura. Ese día me recibió en su oficina, no en la oficina que tenía en el sótano, la oficina parroquial, donde se arreglaba todo, sino que me recibió en la oficina que estaba al lado del altar. Yo no sabía qué era un altar, yo no sabía qué es un Sagrario. ¡Yo no sabía nada de eso!
Entonces el sacerdote empieza a hablar conmigo y yo empiezo a llorar. Yo no sé porque yo estaba llorando, y entonces él me da 3 estampitas de oración del Divino Niño Jesús de Colombia y me dijo: “Es una para ti y las otras para tus hijos. Haz esta novena”. Y, todavía al día de hoy, casi 30 años más tarde, yo sigo haciendo esa novena al Divino Niño; la rezo todas las mañanas yendo al trabajo.
La cuestión es que este sacerdote empieza a caminar conmigo, a prepararme, a aconsejarme. Yo nunca tuve papá, porque mi familia es muy disfuncional, y mi papá se fue cuando ya era muy niña. Entonces el cura, que tenía 70 años, me dijo: “Tú nunca tuviste padre. Yo no tuve hija por el camino que tomé. Así que tú eres mi hija”.
¡Y de verdad que me trataba como su hija! Yo tenía la llave de su casa. Yo le limpiaba su casa, él me guardaba comida, y me compraba mi cervecita cuando yo iba a ayudarlo en su casa. De verdad que me trató con un amor de padre que yo nunca había tenido.
Y para mi familia todo fue un shock, porque de la noche a la mañana yo me volví católica y rezaba el rosario.
Yo iba a todas las Misas, y un día que estuve dialogando con el sacerdote, me llevó al Sagrario. Yo no sabía qué había ahí; nos arrodillamos y él empezó a orar y yo empecé a llorar y no me podía controlar. Yo nunca había estado frente a un Sagrario. Luego me llevó al ambón y me dijo: “Un día tú vas a estar leyendo desde aquí”, y yo pensaba: “Este cura está loco; él sabe que yo no soy católica; ¿cómo me va a decir que yo voy a estar leyendo desde aquí?”. Pero yo leí desde ahí, porque cuando Dios quiere algo, ¡quiere algo!
Como al tercer domingo después de que yo hablé con él, estaba saliendo de Misa y escuché que por el micrófono alguien estaba diciendo: “¡Elisabeth!”; entonces me volví hacia el cura y me dijo: “Sí, contigo”. Entonces me acerqué a él y me dijo: “Vete allí, a la tiendita, y ayúdale a mi secretaria a vender”. La tiendita estaba a la entrada de la parroquia, y en ella se vendían estampitas, santitos, oraciones y libritos. Yo era la editora de un periódico de negocios, y el cura me estaba mandando a vender velones y santos en la puerta de la iglesia. Pero yo muy obediente me fui, y ahí estuve como 12 años.
El cura decía que yo era de relaciones públicas; y yo anotaba las Misas, y a mí me traían a los niños que querían que bendijera el cura… ¡todo llegaba a esa tiendita! Así fue hasta que me mudé de nuevo a Chicago, pero de verdad fue una experiencia estar 12 años en esa tiendita, trabajando en ese pueblo. Dios cambió mi vida, y por eso hago lo que hago; y por eso, cuando vi la oferta de trabajo para ser editora con los curas Claretianos, me dije que yo podía hacer eso.
Conocí, por ejemplo, a Ricky Martin, a Julio Iglesias, a Chayanne
Haciendo un pequeño paréntesis, en esa etapa en que estuviste en Puerto Rico, trabajando en el mundo secular, ¿a quienes lograste entrevistar?, ¿a qué nivel tú te movías?, porque una cosa es la revista de los Claretianos y otra muy distinta la revista de negocios; son dos mundos distintos.
Sí, fue un cambio total. Tuve unas buenas experiencias como editora de una revista de negocios y en el periódico de negocios; ahí hablaba con políticos y con los empresarios del país; fue una experiencia muy buena.
Pero también fui editora de una revista de música, donde viajé por el mundo y conocí a muchos artistas. Fueron unas experiencias enriquecedoras. Conocí, por ejemplo, a Ricky Martin, a Julio Iglesias, a Chayanne, y hasta a artistas estadounidenses que en ese tiempo estaban muy de moda; y, como editora de las revistas de entretenimiento y de música en la isla, me tocó viajar para cubrir muchos conciertos y cosas que nuestra gente, los boricuas, estaban haciendo en ese mundo.
¿En ese entonces todavía no estabas tan cerca de Dios, todavía no eras católica, o ya eras católica?
No, no era católica. Pero en ese entonces, en el mundo de la música, conocí a un artista, un cantante muy católico, el que me regaló mi primer rosario.
Él ya no canta, creo que ahora es profesor universitario, porque la vida cambia; pero en ese entonces era un cantante de salsa cuyo nombre artístico era Ángel Javier.
Ángel Javier había venido de Puerto Rico a Chicago a cantar en un concurso de Miss Puerto Rico para la parada puertorriqueña, y a mí me habían invitado de Puerto Rico a ese evento a ser juez del concurso de Miss Puerto Rico. Entonces yo era una de los jueces en ese concurso, y él era uno de los cantantes, con Willie Colón.
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Y, de esas cosas en que Dios es tan maravilloso, resulta que regresamos a Puerto Rico en el mismo vuelo, y nos hicimos amigos desde ese vuelo, y él es muy católico. Después trabajamos juntos, y él compartía la fe conmigo.
¿Qué significó para ti el Camino de Santiago?
El Camino de Santiago yo lo llevaba planificando hace diez años, porque había escuchado y había leído al respecto; un amigo me había regalado la cruz y un rosario con Santiago, y empecé a leer, y me surgió el deseo de hacer eso.
Todo el mundo decía que era una locura; y si yo hubiera sabido lo que iba pasar ahí, posiblemente no hubiera ido.
Caminé 32 días, 800 kilómetros, desde Francia, a los pies de los Pirineos, hasta Santiago de Compostela, España. Empecé a subir la montaña de los Pirineos, y los primeros 7 días estuve bien enferma; vomité todos los días, me deshidraté y tenía gastritis. Terminé en una farmacia donde la que atendía me dijo: “Tú tienes que regresar a tu casa, porque tú no vas a regresar”.
Estaba en un pueblo una vez, y estaba vomitando tanto que me fui detrás de un carrito donde estaban vendiendo comida, y ahí unos peregrinos alemanes vinieron a darme medicina. Otras veces vomitaba y me tiraba al lado de la carretera, y venía gente a ayudarme, a darme comida, a darme agua. ¡Yo nunca había sentido tanta bondad y tanto cariño de extraños! ¡Porque, cuando me veían enferma, todo el mundo quería ayudarme!
Y esos primeros 7 días subiendo las montañas, que no sé si era por la altitud que me enfermaba, yo sentí como que saqué todo y lo dejé atrás. Llegué a un café-restaurante muy enferma, y me dice una muchacha, que creo que era la hija del dueño: “Te tengo que llevar a un hospital, a un médico”, pero yo dije que quería seguir caminando. Pero ella insistió y llamó a su papá; ese día me dio algo que se llama “Acuarius”, que es como un suerito “Gatorade”, y yo empecé a tomarlo y mi estómago comenzó a mejorar, así que lo tomé todo el camino.
La cuestión es que seguí caminando, y, después de esa primera semana, salí de los Pirineos y entré en una zona que se llama la Meseta. Ahí estás 10 días con los pueblitos que ves por el camino; cada 10 o 15 kilómetros aparece uno. Pero el territorio es plano, así que lo demás es tú con tu cabeza y Dios.
Ahí yo ya no estaba preocupada por la salud de mi cuerpo, ahí sentía un poquito más de energía, y ya estaba comiendo un poquito mejor.
Pero entonces mi cabeza empezó a pensar todas las cosas que uno piensa cuando está solo. ¡Nunca tenemos la oportunidad en el mundo en que vivimos de pasar 10 días con nuestra cabeza, con Dios, con la soledad, con el silencio. Y es ahí donde tu mente empieza a cambiar.
Y yo digo que la tercera parte es donde tu espíritu entra. Porque cuando ya saliste de la Meseta y tú vuelves a las montañas que están llegando a Galicia, a Santiago, entonces te entra esa espiritualidad y esa alegría de que ya estás por llegar, y entonces todos los pueblos te reciben con una cruz y una parroquia, porque todo ese camino está hecho para los peregrinos.
¡Y todo el mundo te trata con ese amor, con ese cariño! Que si tienes hambre te dan de comer, que si necesitas agua… ¡Todo lo que necesitas te lo dan! Todo el mundo te dice: “¡Buen camino!”, y todos saludan a los peregrinos. ¡Nos tratan como reyes!
Llego a Santiago con unas ampollas en mis pies, por debajo, ¡unas bolsas! En el camino, subiendo a una montaña, llegamos a un cafetín, donde me estaban esperando mis compañeros; me senté y me quedé un rato, y dije: “Ya no puedo con mis ampollas!”.
Pero mira cómo son los del Camino: es un pueblo de Dios, sean o no religiosos, porque todos van por diferentes causas. Una muchacha me escuchó cuando yo me estaba quejando, y vino y me preguntó: “¿Te puedo ayudar con tus pies?”. Le contesté: “Llevo 5 horas caminando con estos zapatos, ¡tú no quieres ver mis pies!”. Pero resulta que ella ya tenía como un kit para curar ampollas. Y les metió agujas a mis ampollas, les vació el agua y un montón de cosas; me dijo lo que tenía que hacer para que no se volvieran a formar las ampollas.
Yo las últimas dos semanas del Camino de Santiago las hice en sandalias porque no me podía poner zapatos. Pero después de la curación la piel queda como en carne vivía, y yo ya casi no podía caminar, pero aun así llegué a Santiago. Uno de mis compañeros me había dado uno de esos parches para la espalda, pero yo me lo ponía debajo de los pies, y él me decía: “Te vas a envenenar, que ese parche no es para heridas abiertas”.
Yo llegué cojeando. El día que llegamos a Santiago nos levantamos a las 5 de la mañana. En España, en esos pueblitos, no hay nada abierto a las 5 de la mañana sino como hasta las 10; pero ese día, cuando nosotros llegamos a Santiago, nos enteramos de que el botafumeiro, que no lo usan siempre, ese día lo iban a usar, y teníamos que llegar para Misa del mediodía.
Llegamos sin comer, llegamos en ayunas. Íbamos con un compañero ruso que adoptamos en el camino, y se nos desmayó en plena Misa; entonces va un médico a darle algo. De verdad yo podría escribir un libro de las experiencias; pero lo importante de todo lo que se vive en el Camino de Santiago es que tú te encuentras contigo, y que tú hablas con Dios, porque no hay con quién hablar; ya te cansaste de pensar todo lo que tú ibas a pensar, pero Dios sigue estando ahí y entonces te toca.
Y te das cuenta también del cariño y del amor de la gente, porque de verdad que la gente a mí me cuidó. Cuando a la tercera semana, en un pueblito por ahí arriba de una montaña, me encontré con una muchacha de Inglaterra, que me había visto enferma el primer día, me abrazó y me dijo: “Yo pensé que tú no llegabas. Es un milagro verte aquí”; porque todo el que me veía enferma me decía: “Tú tienes que regresar”.
Yo le había dicho a mis hijos: “Si me muero por allá me voy feliz, así que no se preocupen, porque esto es algo que yo tengo que hacer”.
Una vez estaba vomitando y me senté al lado de unas vacas, y yo les decía a las vacas en medio de mi delirio: “Si me muero no me coman, porque tienen que encontrarme”. Otro día que también estaba vomitando, me recosté en la montaña y miré hacia un lado, encontrando una cruz de un ser que había fallecido ahí arriba, entonces le dije: “Yo no me quedo aquí contigo”, y seguí caminando.
Había una ola de calor, y la gente ahí estaba deshidratándose, y yo seguía caminando. A mí me llevo Dios por ese camino; yo lo hice cuando tenía 59 años, así que no tenía ni la energía ni el físico necesario. Caminaba mucho, pero jamás imaginaba cruzar las montañas de los Pirineos, y mucho menos sin poder comer porque mi estómago no aguantaba comida. Empecé a comer una naranja porque una mujer por el camino me vio enferma y me dio su naranja, y eso como que lo aceptó mi organismo, así que yo todos los días buscaba una naranja; me la comía pero la compartía, porque conmigo la compartieron. Yo no la comía hasta que no tuviera con quién compartirla.
Llegábamos a los albergues, y como a mí me encanta cocinar, les cocinaba. Cantábamos, compartíamos; ¡era como otro mundo! Te confieso que cuando volví acá yo dije: “Dios mío, me hubiese querido quedar allá”.
Veía milagros y pensaba: «Estoy delirando»
¿Alguna vez te has puesto a pensar que fue un camino de purificación, a fin de deshacerte de lo que Dios no quería para ti, y que fuiste creciendo en espíritu hasta llegar al destino?
Yo pienso que eso es exactamente lo que me pasó. Yo veía milagros y pensaba: “Estoy delirando”. Una vez yo estaba en las montañas, devolviendo, y entonces me senté junto a unos árboles flaquitos con las hojas muy altas; miré hacia arriba y, antes de llegar a las hojas de los árboles de uno de esos árboles flaquitos, yo vi la imagen de la Virgen, y en ese momento le dije: “Yo sé que no me voy a morir aquí”. Me levanté y seguí caminando.
Dios es muy bueno conmigo. A veces yo caminaba sin saber de dónde sacaba la fuerza, porque yo perdí 35 libras en ese camino.
Después de terminar el Camino de Santiago, nos fuimos a Fátima porque yo sentía que debía darle las gracias a la Virgencita. Tomamos un autobús de 9 horas, llegamos a Fátima y entramos a la capilla donde se apareció la Virgen, donde estaban rezando el rosario en portugués. Allí llegamos y estaba lleno, pero nada más entramos y se abrió la primera banca y nos sentamos los tres que íbamos juntos.
Se terminó el rosario en portugués y empezaron a sacar los libros de la Misa, así que nos quedamos, y había un cardenal y 12 sacerdotes, y yo vi en ellos al Señor y a los 12 discípulos que nos recibían ahí para decirnos: “Bien hecho, ¡llegaron, llegaron!”. Y te confieso que entendí la Misa en portugués totalmente, como si hubiese sido Pentecostés.
Si yo no hubiese hecho el Camino de Santiago, yo no sé qué habría pasado conmigo 6 meses más tarde, cuando a mí se me quemó la casa.
Cuando estaba en el camino, en unas montañas preciosas y me dolían los pies, el ruso amigo que encontré, un joven divino, me ayudaba. Le dije: “Cuando regreses a Moscú y yo regrese a Chicago, y estemos en nuestras crisis de la vida diaria, nos vamos a acordar de este lugar, de esta vista tan hermosa”, pues eran puras montañas, la belleza de Dios. Y, en mi fuego, yo regresaba ahí; y, después de mi fuego, yo regresaba ahí.
“Señora, usted es un milagro”
¿Qué es lo que pasó con tu casa?
Era el Día de las Madres de 2019, y hubo un incendio por un corto eléctrico en el edificio. Yo vivía en el departamento del primer piso; los otros dos departamentos, del segundo y el tercer piso, desaparecieron totalmente, pero el fuego no entró a mi casa.
Yo estaba durmiendo. Era las 4 de la mañana. Vivo con mi prima, y mi madre había venido de visita de la Florida. Había llegado hacía dos días, y el sábado habíamos celebrado con mi familia el Día de las Madres; se fueron todos y el domingo, a las 4 de la mañana, yo escucho que mi prima me toca a la puerta y dice: “¡Fuego, fuego!”.
Yo me había acostado tan cansada que me costó despertarme, y, cuando salgo de mi cuarto, la ventana de la cocina estaba encendida. Pero ese fuego nunca cruzó la ventana. Mi prima abrió la puerta de la cocina, que tenía otra puerta, la screen door, y el fuego no entró. En cambio el segundo y tercer piso ya habían desaparecido por el fuego.
Cuando nosotros salimos por la puerta de enfrente, estaban tres camiones de bomberos, y seguíamos oyendo sirenas que venían; en total llegaron cinco camiones. Y los bomberos y los policías que estaban allí como que habían visto fantasmas, pues ellos pensaban que el edificio estaba vacío. Nosotros sobrevivimos porque Dios es grande.
Llamé a mis hijos y vinieron a buscarme. Yo estaba en pijama, así que fui a cambiarme a la casa de mi nuera, y regresé para ver mi departamento, lo que había quedado de él. Una vecina de enfrente me preguntó: “¿Tú vivías ahí?”. Yo le dije que en el primer piso.
Entonces me abrazó y me dijo: “Mi esposo y yo pensamos que todo el mundo en ese edificio estaba muerto”. Porque el fuego la despertó, alumbró tanto la habitación que ella despertó, y vio que eran las 4 la mañana, así que no podía ser el sol alumbrando, y ella llamó a los bomberos, tomó video y fotos, que después me envió. En el video se escucha que está gritando a su marido creyendo que la gente de mi edificio estaba muerta.
Llamó a su marido y le dijo: “¡Ven acá. Mira, ellas vivían ahí y se salvaron!”. Y su marido, un estadounidense, se persigna y me dice: “Señora, usted es un milagro”. Desde ese primer día el Señor me está dejando saber que mi vida es un milagro.
Cuando yo subí al segundo y el tercer piso, vi que el tercer piso no tenía techo, y que al segundo piso ni siquiera le quedaban los gabinetes de la cocina. Pero en mi apartamento el fuego no se llevó nada; lo que dañó todo fue el agua. ¡No entró el fuego!
¿Hubo muertos?
El gato del segundo piso, porque, como era fin de semana de Madres, todo el mundo estaba visitándolas; los del segundo y tercer piso estaban fuera de la ciudad. Gracias a Dios que el resto del edificio estaba vacío; sólo estábamos nosotras tres.
Cuando los bomberos nos dieron permiso de entrar, pude sacar mis cosas personales, pero de muebles nada. Pero no me falta nada porque el Señor todo me lo dio, y de verdad estoy tan agradecida. Sin embargo nos tuvimos que salir porque el techo del segundo piso ya había colapsado sobre el mío. De los muebles no pude sacar nada porque los dañó el agua, pero estamos vivas gracias a Dios.
La vecina que tomó fotos y video me los envió, y mucho tiempo yo miraba las fotos pero me causaban ansiedad así que borré eso. Pero, antes de borrar, había enviado una a alguien que es mi amigo desde hace 15 años, que me había enviado una felicitación por el Día de las Madres, y yo le había contestado: “Gracias. Estoy en pijama y me salí de mi casa porque se quemó mi apartamento”, y le mandé una foto.
Meses después lo vi en una conferencia; estábamos sentados en una mesa, y todo el mundo me preguntaba por el fuego porque se convirtió en tema de diálogo. Entonces mi amigo nos muestra en su celular la foto que yo le había enviado. Él había hecho un círculo negro en la foto en torno a una presencia clara que estaba parada en la candela en el primer piso de mi casa donde se estaba quemando.
Cuando él me enseña esa imagen, era obvio que había algo, una presencia parada en el fuego, yo digo que mi ángel guardián, y yo me pongo a llorar porque para mí fue bien impactante ver esa imagen. Y ése es otro mensaje que Dios me envió de que Él me protegió.
Antes Dios me había preparado. Cuando hice el Camino de Santiago, estuve 40 días con una mochila con tres muditas de ropa que yo lavaba a mano en los albergues. Y al volver a mi casa me di cuenta de que yo tenía muchas cosas; porque yo había vivido 40 día con tan poco, solamente levantándome a que Dios me acompañara y me cuidara hasta llegar al pueblo que tenía que llegar ese día, a veces caminando 20 millas, a veces 15, a veces 28, casi maratones a diario; yo dependía de Dios, yo no sabía dónde iba, y pues Él me preparo para estar sin nada, como en el camino, que no tenía nada, solamente a Dios. El haber ido al Camino de Santiago fue lo que me dio la fuerza ante este fuego.
¿Qué pasó con tu vida? ¿A dónde te fuiste a vivir? ¿Recuperaste tu casa?
Mis hijos querían que me fuera con ellos. Pero yo tengo una amiga de muy buenas relaciones con una comunidad religiosa, y, con su ayuda, me fui a vivir a un convento de las Hermanas Auxiliadoras del Purgatorio. Dios te lleva a donde te necesita. Ellas tienen en el sótano un área que se llama el pozo, y me fui a vivir al pozo de la esperanza. Ahí estuve 5 meses.
El incendio fue en mayo, y, poco antes, en marzo, yo había comenzado a trabajar en la diócesis de Joliet; así que yo era nueva y casi no me conocían. Tomé una semana libre porque necesitaba reponerme emocionalmente, y entonces fue a verme una señora que trabaja en la diócesis con el Ministerio de Familia y con familias que sufren pérdidas, y llegó a darnos terapia, lo que fue excelente porque de verdad que tanto las monjas como mi prima y yo lo necesitábamos. Fue algo bien alentador y fue sanador.
Cuando regresé a la oficina, la directora del Ministerio de Jóvenes me dice: “Tengo una amiga que se muda para Phoenix, Arizona, y está dando sus cositas; ¿quieres verlas?”. Yo no tenía nada así que le dije que sí, pero yo pensaba que a lo mejor me iban a regalar unas toallitas o qué sé yo. Pero llego a esa casa y la señora me dio todos sus muebles. ¡Y casi me regaló un carro, porque me lo dejo baratísimo! Yo no tenía automóvil; yo iba a la diócesis en el auto de mi prima.
El Señor me ha dado cosa mejores que las que yo tenía antes del incendio y que yo jamás hubiera podido comprar. Lo que yo tengo en mi casa hoy en día es lo que esa familia me regaló.
¿Y qué pasó con tu antiguo departamento?
Lo renovaron. Yo llevaba 14 años viviendo en ese departamento; era de mis hijos, que cuando fueron a la universidad lo alquilaron, y cuando yo vine de Puerto Rico me fui a vivir con ellos. Ellos se casaron y yo me quedé a vivir ahí.
Ellos lo han renovado, pero yo no lo he podido ver desde el fuego. Yo no he visto ese edificio, todavía no tengo la fuerza de ver dónde viví por 14 años.
¿Ahora dónde vives?
Yo vivía con las monjas en un lugar de mucha población, muy urbano, y me preocupaba por esto de la pandemia. Mi hijo compró una casa afuera del centro; casi cruzando una calle estamos en un suburbio; y a dos casas de él había un departamento que estaban alquilando y aquí vivo, con unos dueños que son una pareja de mexicanos, mayores de edad, divinos, gente de Dios, que son como nuestros abuelitos.
Ya van a cumplirse dos años del incendio, y es la primera vez desde entonces que me siento que tengo una casa.
No me sentí en casa hasta ahora, porque, claro, en el convento con monjas viejitas fue una experiencia. La primera vez que salí me llama la Hermana y me dice: “¿Por dónde tú andas?”. Yo me consideraba independiente, pero ella me explicó: “Cuando se vive en comunidad uno tiene que reportar cuando sale”. Y pensé: “¿Dónde me he metido?”. Pero fueron divinas, y yo las quiero mucho, y me salvaron la vida.
Estuve con ellas 5 meses, y entonces me mudé a un departamento; pero todavía no me sentía en casa; ahora sí. Dios me trajo donde yo tengo que estar.
Elisabeth, ¿qué ha significado para ti San José?
Cuando estaba en el convento, me dice la Hermana Dominga que el Papa Francisco es muy devoto de “San José dormido”. Yo nunca había escuchado de él, pero ella lo tiene en la mesa del comedor, y Francisco, en una visita que hizo a Filipinas, dijo que él lo tiene en su escritorio y que le pones sus peticiones debajo porque “San José dormido” se comunica con el Señor y ahí eleva nuestras peticiones.
Entonces, como yo no tenía casa, me fui con la Hermana Dominga y con mi prima a una librería de las paulinas a buscar mi “San José dormido”, y también me compré un libro de “Oraciones a San José en los tiempos difíciles”, y lo empecé a leer y a hacer las oraciones y la novena, para que me ayudara a conseguir casa, y pues me consiguió casa. Tengo mi “San José dormido” encima de una cajita de cristal, y en esa cajita yo pongo mis peticiones; y, a cada rato, cuando yo voy a poner otra, miro las que ya estaban y voy marcando las que ya contestó. ¡Ésa es mi cajita de milagros! Todo lo que yo le pongo a mi “San José dormido” se está dando.
Inclusive esta casa donde vivo. Inclusive la casa de mi hijo; él se tenía que mudar también porque, con la pandemia, los niños no podía salir afuera, así que quería una casa con patio; me lo dijo en mayo, y en junio ya se estaba mudando a su nueva casa.
Le presté mi libro de oraciones a un compañero en la diócesis, el director de Evangelización, que se había mudado a la diócesis de Joliet y no tenía casa, por lo que vivía en una rectoría que estaba vacía; le dije: San José te va a conseguir casa, haz oración”. Hace poco me devolvió el libro con una notita en la que me dice: “Tengo casa gracias a San José”.
¿Cómo resumirías tu vida? ¿Eres feliz?
La noche antes de mi fuego le dije a mis hijos que estaba muy unida a mi casa. Y le dije a mi hijo mayor: “Por primera vez en mucho tiempo yo soy feliz”. Y esa misma noche mi casa se quemó.
Fue un golpe fuerte. Y yo decía: “Dios mío, ¿y ahora qué hago? ¿A dónde voy? ¿Con quién vivo? ¿Cómo yo, a mi edad, voy a empezar otra vez, después de tanta lucha, de tanta batalla?”.
Pero si algo salió de esto es que me di cuenta de lo mucho que Dios me quiere, de lo mucho que Dios me protege. Yo le digo a todo el mundo: “Ahora yo soy la hija favorita de Dios”, porque a cada rato yo veo la mano de Dios en mi vida.
Cuando miro hacia atrás, hacia mi vida, así sea el Camino de Compostela, o el fuego, veo que Dios siempre me protege. No soy yo, yo no puedo sola, sólo soy una simple mujer, una abuela de 60 años. Si de algo estoy clara es de que Dios me ama y de que me ha cuidado siempre. El fuego sólo fue una señal más del cuidado que Él me tiene; ¡no me falta nada! Cuando mis hijos me preguntaron para la Navidad qué necesitaba, les contesté: “Es tan difícil esa pregunta porque no me falta nada”.
Estoy muy agradecida de Dios, de la gente que Él me pone en el camino, de la oportunidad de servir. Estoy muy clara de que yo estoy aquí para hacer lo que Dios quiere; por eso me protegió de ese fuego, por eso me metió por esa purificación que me dio por el Camino de Santiago, porque mi vida tenía que cambiar para Él, para hacer lo que hago.
Yo soy una abuela que trabaja para el Señor, pero a veces me lleva y me pone en sitios donde tengo que levantar la voz por mi pueblo, por mi gente, y definitivamente ese fuego me purificó. Yo no soy la misma persona. Cambié. Yo creo que cualquier persona que haya tenido una experiencia tan cerca de la muerte, te dice que te cambia. Dios me cambió de nuevo para esta nueva etapa.
Restarle importancia a los logros podría parecer una costumbre virtuosa, pero lo cierto es que es lo contrario
El fin de semana pasado fui a Austin (EE.UU.) para ser jueza de una competición deportiva para todas las edades. Como entrenadora, mi trabajo era tanto juzgar como animar a los atletas del ejercicio que me habían asignado: escalada de red.
Los atletas tenían que subir por una red de carga, cruzarla y luego bajar por el otro lado. Si nunca has escalado por una red de carga, quizás pienses que no parece tan difícil, pero, créeme, lo es.
La red no es firme y los espacios de los cuadros de cuerdas son enormes, lo bastante grandes como para que se quede encajado un brazo o una pierna.
Aunque la parte superior no llega a los 3 metros de altura, parece mucho más alto cuando estás arriba intentando maniobrar apoyándote en cuerdas inestables junto con otros competidores.
Incluso los atletas varones de 20 años miraban la red con ojos inquietos antes de lanzarse al ataque. En cualquier caso, independientemente de la rapidez o gracilidad que demostraran al sortear el obstáculo, la red era claramente una de las partes más reseñables de la competición.
Muchas de las mujeres tuvieron problemas con la red, impedidas más por su miedo que por su capacidad, pero las atletas mujeres más mayores fueron las que lo pasaron peor. Entre la inestabilidad y el peso, afrontaban un desafío físico mucho mayor de lo que suponía para las atletas más jóvenes.
Ellas se minusvaloran
De hecho, muchas de ellas admitieron tener miedo a las alturas a medida que se acercaban a la red. Estas mujeres de entre 60, 65 y 68 años escalaron la red, la atravesaron y bajaron por el lado contrario con las manos temblando y los ojos como platos por el miedo, pero también ardiendo con determinación.
Para cuando tocaban el suelo, yo ya estaba dando saltos de alegría, literalmente, imbuida de emoción e inspiración por su logro. “¡Lo habéis conseguido! ¡Lo habéis conseguido!”, les gritaba exultante.
Y cada una de las mujeres me respondía de la misma manera. Encogiéndose de hombros, poniendo los ojos en blanco y diciendo: “Bueno, lo he intentado”.
Vi a cientos de atletas encarando la red. Vi a hombres y mujeres lanzarse a escalarla con ningún miedo por su integridad física y vi a hombres y mujeres moverse con cautela, recelosos de los huecos, la altura y las intimidantes cuerdas. Vi incluso a un hombre de 30 años dislocarse el hombro cuando cruzaba a la otra parte de la cuerda.
Sin embargo, las únicas que quitaban importancia al logro eran las mujeres. Peor aún, eran las mujeres las que luchaban con más fiereza, las que demostraban mayor coraje y determinación en su logro y, también, las más críticas consigo mismas.
Autosabojate
Tengo esta misma batalla con mis hijas de 13 y 10 años en casa. Un ejemplo es cuando vienen a casa con las notas de un examen superando con creces las del anterior, como claro resultado de su trabajo duro, y, cuando intento felicitarlas, ambas me responden: “Sí, pero…”.
“Sí, pero me equivoqué en cuatro preguntas”. “Sí, pero cateé el otro examen”. “Sí, pero no llego al sobresaliente”. Tienen infinitas maneras de minusvalorar y mermar la importancia de sus logros reales y, cada vez, envían el mismo mensaje: “Sí, pero todavía no soy perfecta”.
Tengo que admitir que yo hago lo mismo. Cuando alguien me halaga por mi capacidad atlética o mi rendimiento laboral, me apresuro a señalar la situación desastrosa de la colada en casa.
Escucho constantemente el mismo tipo de conversaciones entre las madres en los eventos escolares: “Vaya, ¡qué buena mano tienes para decorar magdalenas!”, dice una, a lo cual responde la otra: “Sí, pero hace dos semanas que no friego el suelo de la cocina”.
¿Por qué hacemos esto? Cuando hemos logrado algo, desde conquistar un miedo a mejorar unas calificaciones, pasando por ordenar por fin los armarios, ¿por qué despreciamos de inmediato ese éxito centrándonos (interna o externamente) en todo lo demás que no hemos logrado?
Eso no es modestia
Solía pensar que era una cuestión de virtud quitarle importancia a mis logros. Después de todo, la modestia es una virtud, ¿no? Es una virtud que se enseña pronto en la vida y que centramos especialmente en las chicas. Pero muchas de nosotras (yo incluida) hemos heredado un entendimiento erróneo de la modestia.
La modestia se relaciona estrechamente con la cortesía y la amabilidad, dos virtudes que tienen poco que ver con la opinión que tengamos sobre nosotros mismos y mucho que ver con el respeto y la consideración hacia los demás.
Cuando alguien señala un éxito tuyo y te hace un cumplido por ello, ese halago es un regalo. Es un regalo ofrecido libremente y negarnos a aceptarlo —o peor, quitarle valor— es lo contrario de la amabilidad.
Es también lo contrario de la modestia, sobre todo si añades el objetor del “sí, pero…”. Rechazar un cumplido y luego poner la atención en una debilidad es, en realidad, un comportamiento que busca atraer más la atención.
Es como si se buscara un halago en otro aspecto o, al menos, como si se buscara consuelo. No hay nada modesto en esto.
Quizás tengamos la sensación de que es lo que “deberíamos” hacer, pero restarle valor a nuestros logros es, en realidad, una ofensa doble contra la virtud. No solo es falsa modestia, sino también una traición a nuestro honor e integridad propios.
Apreciarte en lo que vales
Cuando nos hemos esforzado para lograr algo, ya sea escalar una red o aprender a coser en línea recta, es un éxito nuestro. Deberíamos reconocer el trabajo propio y los logros derivados de él y sentirnos orgullosos cuando alguien nos lo señala, en vez de menospreciarlo o pensar con culpa en todas las otras cosas que aún no hemos dominado.
La verdad es esta, queridas: nunca vamos a ser perfectas. Nunca vamos a tener todas las cosas bajo control, toda la lista tachada, todas las habitaciones limpias al mismo tiempo o toda la colada limpia y guardada.
Y ¿sabéis qué? Que no pasa nada. De hecho, así es la vida, la misma vida que viven todas las mujeres. Es diferente para cada una de nosotras, pero todas tenemos nuestras propias redes que escalar, esas cosas que hemos encarado con miedo e inquietud, aterradas ante la idea de fracasar pero decididas a salir victoriosas.
Y esas cosas son unos logros enormes, reales e increíbles de los que deberíamos enorgullecernos.
Cuando no lo hacemos, transmitimos a los demás que todo ese esfuerzo no ha tenido importancia. Y lo que es peor, nos estamos enseñando a nosotras mismas, y quizás también a nuestros hijos, a no apreciar nuestra valía.
Todos cargamos con el sufrimiento de la vergüenza, el rechazo o los sentimientos de indignidad. Él quiere sanar las heridas de tu corazón hoy
El amor propio es fundamental. Sabemos que es un camino de sanación. Es tan importante, que si no lo tenemos o no lo vivimos, nos va a ser casi imposible amar bien a los demás.
Pero, lastimosamente se ha llenado de ideas dominantes que no nos permiten comprenderlo de la forma correcta.
No me malinterpretes, querernos a nosotros mismos es fundamental. El problema es que el amor propio se ha convertido en un fenómeno de moda que nos vende la ilusión de gestionar nuestra vida sin la ayuda de los demás, y menos, de Dios.
Sí tenemos límites
Hoy, el amor propio se maneja dentro de algunas afirmaciones como: “yo soy suficiente”, “no necesito a nadie para ser feliz”, “no hay límite para mis deseos”.
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Se nos vende como producto una falsa idea de autonomía -y me da la impresión de que- poco a poco (esta idea) va eliminando la realidad de que somos limitados.
Y además nos convence de que toda limitación es impuesta por algo externo a nosotros mismos.
En lugar de lidiar con nuestro dolor y con nuestros problemas más profundos, aprendemos estrategias para ser autosuficientes. Es como poner una curita sobre una herida abierta.
Siempre buscamos más
Pero, si somos honestos, detrás de ese deseo, se dejan ver anhelos más profundos de plenitud.
Queremos esperanza para encontrar respuestas a nuestros miedos. Estamos buscando algo que le dé sentido a nuestro dolor y nos enseñe a vivir.
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Me pregunto: si yo soy suficiente, ¿qué va a pasar el día que no pueda con algo? ¿Pensar que lo soy me hace mejor verdaderamente, o en los momentos en los que me falten fuerzas, no agregará más peso a la vergüenza de tener que pedir ayuda?
¿Si no hay límite para mis deseos, entonces significa que debo seguir todos mis impulsos? ¿No necesito un poco de autocontrol para no herirme, o herir a los demás?
Al final de todo escondemos nuestra profunda inseguridad detrás de un amor propio que, para mi gusto, nos vende ideas incompletas que terminan tapando un anhelo de un amor más grande.
Lo que necesitamos es sanar desde el amor.
Amor que sana
Jim Carlson | OSF Healthcare
Gran parte de la obra de Jesús en la tierra fue la de sanar. A lo largo de las Escrituras, vemos las innumerables historias dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos, resucitando a los muertos y curando a los leprosos.
También sanando los corazones heridos, como el de la samaritana; dando esperanza a los que ya no la tenían (la hemorroísa); sanando los corazones de los que habían traicionado, como el de Pedro … y así mil ejemplos más.
Dios no entró en nuestra humanidad solo para darnos una curita para nuestras heridas, o mecanismos de supervivencia para salir adelante.
Él vino para darnos vida y vida en abundancia (Jn 10,10). Él vino para sanar nuestras heridas, para amarnos desde lo que somos. Vino para restaurarnos.
Puedes pensar que si tu pierna no está rota o no tienes lepra, entonces Dios no tiene nada que curar.
Pero vivir en este mundo es conocer el dolor y los efectos del mal y la traición en nuestro corazón.
Todos cargamos con el sufrimiento de la vergüenza, el rechazo o los sentimientos de indignidad. Él quiere sanar las heridas de tu corazón hoy.
Así que arréglame ya
Janja Zupančič
Podrías estar pensando: “pero, yo he orado un millón de veces por lo mismo y Dios no lo ha arreglado. Todavía duele. No ha mejorado. ¡Dios no me está curando!”.
Dios no quiere simplemente “arreglarnos”. Quiere intimidad con nosotros, una relación.
Es en, y a través de esa relación, que su amor tiene el poder de curar nuestras heridas. Es toda una vida de caminar con Él como nuestro amigo más cercano la que aportará muchísimo en el camino de nuestro amor propio.
Jesús quiere caminar a través del dolor con nosotros, trayendo las respuestas, los recursos y las personas para guiarnos en el camino.
Cualquiera que sea nuestra herida: rechazo de una relación fallida, pérdida de un ser querido, inseguridades, abuso, vergüenza, sentimientos de abandono, pensamientos negativos, o una larga lista; podemos estar seguros que Dios soportó esa misma herida y la cargó en la cruz para que pudiéramos tener una nueva vida.
“Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, por sus llagas fuimos curados».
REDACCIÓN CENTRAL, 01 May. 21 (ACI Prensa).- Mayo es el mes que la Iglesia Universal dedica a la Madre de Dios, la Bienaventurada Virgen María. Este tiempo es una oportunidad para renovar el amor de todos los bautizados hacia la Mujer que Dios desde la eternidad escogió para darlo a luz y cuidarlo.
La Santísima Virgen María es por siempre la Reina del Cielo y de la Tierra, no hay santidad sin María porque toda Ella lleva a Cristo.
María la más humilde entre las mujeres es precisamente el modelo de toda mujer, como señaló el Papa Francisco en abril de 2014 en un mensaje a más de 20 mil jóvenes reunidos en Buenos Aires, Argentina.
“Hay un solo modelo para ustedes, María: La mujer de la fidelidad, la que no entendía lo que le pasaba pero obedeció. La que en cuanto supo lo que su prima necesitaba, se fue corriendo, la Virgen de la Prontitud. La que se escapó como refugiada en un país extranjero para salvar la vida de su hijo”, afirmó el Papa.
Para profundizar y vivir cada día este mes dedicado a la Santísima Virgen, la primera patena de la Sabiduría Eterna, ingrese al especial del Mes Mariano en: https://www.aciprensa.com/recursos/mayo-mes-de-maria-2307/.
REDACCIÓN CENTRAL, 01 May. 21 (ACI Prensa).- El 1 de mayo la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, padre y custodio del Señor, y patrono de los trabajadores. Esta celebración coincide con el Día Mundial del Trabajo y fue instituida en 1955 por el Papa Venerable Pío XII, ante un grupo de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.
El Santo Padre pidió en esa oportunidad que “el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.
Pío XII quiso también que el Santo Custodio de la Sagrada Familia, “sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo”.
Por su parte, San Juan Pablo II, en su encíclica a los trabajadores “Laborem exercens”, destacó que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”. Con estas palabras, San Juan Pablo manifiesta la importancia de San José para comprender y vivir la santificación en el trabajo, o, lo que es lo mismo, cómo podemos ser santos y felices a través del trabajo que nos toque desempeñar.
Posteriormente, en el Jubileo de los Trabajadores del año 2000, el Papa polaco añadió: “Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo… El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico”.
San José es modelo e inspiración para todo ser humano que quiere asumir el recto sentido del trabajo. Este debe ser siempre una actividad auténticamente humana, que brinde realización y satisfacción al corazón humano y no sea solo medio para producir “cosas”. Sin su sentido sobrenatural el trabajo se convierte en ocasión de nuevas esclavitudes, instrumentalización o manipulación. Por eso, como San José, cada persona que trabaja debe mirar al Cielo y trascender lo puramente material, que siendo importante no agota su sentido. Es Dios quien corona todo esfuerzo en búsqueda del bien común y la plenitud. San José, obrero y trabajador, es poderoso intercesor frente a la injusticia, ayuda para que no nos falte lo necesario y asistencia para el que busca trabajo.