Analicemos nuestra vida cotidiana para ver si es posible vivir sin creer en “algo” o en alguien.
Un acto tan simple y cotidiano como lo es subirse en un ascensor demanda “fe”, pues ¿sabemos exactamente cómo funciona el ascensor? ¿sabemos quién lo construyó? ¿sabemos si lo han revisado últimamente? La mayoría de las personas respondería negativamente a estas preguntas; sin embargo suben “inconscientemente” a uno de estos “aparatos” todos los días. Muchísimas cosas de nuestra vida cotidiana –sobre todo en ésta, nuestra era tecnológica– las aceptamos con una cierta confianza “ciega” en la ciencia, y tanto más cuando dicha confianza aparece suficientemente confirmada por la experiencia común.
En palabras de Jospeh Ratzinger: «vivimos en una red de no conocimientos, de los que sin embargo nos fiamos a causa de las experiencias generalmente positivas (de otros)»2. En pocas palabras, confiamos en otros y en sus conocimientos y participamos del saber de otros, que no es nuestro. Es por eso que confiamos en que al usar un celular éste no va a estallar, o que al subir a un avión éste va a volar en lugar de caer; no porque nosotros tengamos el conocimiento del “cómo” funciona, sino porque sabemos y confiamos en que hay alguien que sí sabe y que –basados en su conocimiento del “cómo”— llegamos nosotros a tener ese “aparato” en nuestras manos y podemos utilizarlo para llamar a una amigo.
Es inevitable: nadie puede saberlo todo ni dominar absolutamente con su propio saber aquello en lo que se basa nuestra vida. Es por eso que podemos afirmar que la fe – entendida como la confianza en el otro— es indispensable para nuestra vida cotidiana. Sin fe simplemente no nos moveríamos, no subiríamos al carro, no usaríamos el celular ni el computador. Sin esta confianza nada funcionaría, pues todos y cada uno tendríamos que comenzar “de cero”, desde el principio. En el sentido más profundo: la vida humana sería imposible si no hubiera confianza en el otro y en los otros, puesto que uno mismo no puede fiarse únicamente de la propia experiencia ni únicamente en sus propios conocimientos.
Pero visto desde otro ángulo, la fe denota en cierto sentido una “ignorancia” y conocer sería mejor. Existe entonces el deseo natural de pasar, en la medida en que nos es posible, de la ignorancia al saber, a un conocer justo y significativo, por lo menos en el campo de la ciencia. Sin embargo debemos aceptar que no podremos conocerlo todo y por tanto nos vemos obligados a participar de la común comprensión y dominio de este mundo, que aún siendo vasta no es total. En pocas palabras, en una sociedad sin confianza no se puede vivir. La confianza es la base de toda sociedad humana.
En la misma línea podemos entonces afirmar que no es necesario comprender cómo funciona la ley de la gravedad para creer en ella; la experimentamos diariamente, incluso sin darnos cuenta, como cuando caminamos o a través de un duro golpe ante una caída (y en ese último caso nos damos cuenta de que no podemos ignorarla, aunque no conozcamos ni comprendamos su explicación científica).
Esta “fe natural” –en palabras de Joseph Ratzinger— se compone de tres elementos fundamentales e innegables a tener en cuenta:
1. Se refiere siempre a alguien que “conoce”; es decir, presupone el conocimiento real de personas cualificadas y dignas de confianza que nos dicen que eso es así.
2. La confianza de “muchos” que basan el uso cotidiano de las cosas en la solidez del “saber” que hay dentro de ellas. Es decir, hay un orden y una “racionalidad” en las cosas, de la que no participo conscientemente pero que sé que existe.

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