VIDEO: Domingo II de Adviento: Mons. Cristóbal Ascencio García, obispo de Apatzingán
Hermanos: Compartimos a ustedes la Reflexión al Evangelio que Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de la Diócesis de Apatzingán, quien de manera personal y directa nos ha solicitado que difundamos su reflexión y que, sumisos y obedientes a la Iglesia, obispos y sacerdotes, lo hacemos con muchísimo gusto y alegría, por tomarnos en cuenta, sabidos que somos nada y por nuestra nada, nos ha tomado en cuenta.
Reflexión de Mons. Cristóbal Ascencio García, obispo de la Diócesis de Apatzingán
El tiempo del Adviento no sólo es tiempo de espera confiada y diligente, como el mismo Señor Jesús nos decía el domingo pasado: “¡Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento!”. El Adviento es también “mensaje anunciado”, llega el consuelo, el amor y el perdón de Dios; así de este anuncio escuchamos la voz de Dios, a través del profeta Isaías en la primera lectura: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho por sus iniquidades”.
La imagen de Dios como refugio y bálsamo para el creyente, Isaías la traslada al oyente o al lector, y de una manera particular, la hemos de acoger nosotros los sacerdotes. Dios será quien hará la mejor y la mayor parte, cuando lo crea oportuno, pero alguien debe antes ser portador del deseo de Dios: “Consuelen, consuelen…, hablen al oído…”. No cabe duda que el pueblo de Dios, la sociedad, necesita y anhela un trato de esta índole porque camina inmerso en contradicciones personales, en conflictos sociales, soledades afectivas y vacíos espirituales.
Todos los bautizados, pero qué mejor que los sacerdotes, nos convirtamos en una extensión benevolente de la voluntad amorosa de Dios; y se nos invita a que alcemos la voz y sin temor anunciemos: “¡Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor lleno de poder!”, y el profeta continúa, “Una voz clama: preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria de Dios y todos los hombres la verán”.
Hermanos, es que: “Salvar es la gloria de Dios” y para ver la gloria de Dios, es necesario preparar el camino para que pueda llegar a nosotros, de allí que, “los valles” de los que habla el profeta son esos abismos de vacío que hay que llenar; “los montes y colinas” son la presunción y la autosuficiencia que hay que bajar; “terreno pedregoso” de ambigüedades, compromisos, contradicciones que hay que igualar. Todo esto para que podamos vivir coherentemente con el Evangelio, ofreciendo el consuelo de Dios con las palabras y las obras. Ésta es la ruta que los cristianos hemos de recorrer para allanar el camino a la llegada de Jesús. Después de todos nuestros esfuerzos, tanto de sacerdotes como de laicos, siempre llega Jesús.
La lectura del Evangelio da un nombre y un rostro a la voz misteriosa, evocada por Isaías, esa voz viene de las profundidades del desierto de Judá, es la de Juan Bautista, que se convierte en voz que sólo grita y anuncia que el Mesías está por llegar, escuchémosle: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.
Hermanos, preguntémonos: ¿Qué tenemos que hacer para preparar el camino y que Jesús entre en nuestra vida?


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