VIDEO: Domingo III de Adviento: Mons. Cristóbal Ascencio García, obispo de Apatzingán
Hermanos: Compartimos a ustedes la Reflexión al Evangelio que Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de la Diócesis de Apatzingán, quien de manera personal y directa nos ha solicitado que difundamos su reflexión y que, sumisos y obedientes a la Iglesia, obispos y sacerdotes, lo hacemos con muchísimo gusto y alegría, por tomarnos en cuenta, sabidos que somos nada y por nuestra nada, nos ha tomado en cuenta.
Reflexión de Mons. Cristóbal Ascencio García, obispo de la Diócesis de Apatzingán
Hermanos permítanme iniciar hoy preguntando: ¿Tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo?. Juan el Bautista es interrogado en el Evangelio de hoy con esas preguntas. La respuesta primera de Juan es un triple no: “No soy el Mesías, no soy Elías, no soy el profeta”, y ante la insistencia, “entonces dinos quién eres”, Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor”. Al contemplar la Palabra de Dios y la liturgia de este domingo, recibimos una profunda llamada a enderezar nuestro camino por el camino de la alegría.
Desde la Antífona de Entrada, se nos exhorta: “Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca”.
En la Oración Colecta, suplicamos a Dios: “Dios nuestro, que contemplas a tu pueblo esperando fervorosamente la fiesta del nacimiento de tu Hijo, concédenos poder alcanzar la dicha que nos trae la salvación y celebrarla siempre, con la solemnidad de nuestras ofrendas y con vivísima alegría”.
En Isaías, de la Primera Lectura, el ungido habla de nuevo para expresar su voz por lo que está a punto de ocurrir: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios. Así como la tierra hecha sus brotes y el jardín hace germinar lo sembrado en él, así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones”.
En la Segunda Lectura de San Pablo a los tesalonicenses, tenemos una llamada a la vida de alegría, de plegaria y de acción de gracias, nos dice: “Hermanos: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús”. Subrayemos el siempre, el sin cesar, el en toda ocasión. Se trata pues de vivir orientados hacia Dios, de que Él esté presente en todo momento y en cada decisión. Los creyentes no podemos vivir una vida que no tenga relación con Él. El Papa Francisco en el número 1 de Evangelii Gaudium señala: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.
En el Salmo Responsorial, hoy tenemos el Magníficat de María, el gozo de María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador”. Ella se nos ofrece como alegre colaboradora en los planes siempre sorprendentes de Dios.
Hermanos, si la alegría es una dimensión esencial de nuestra fe y de nuestra vida en Cristo, si estamos convencidos de que Jesús está en medio de nosotros, si somos alguien que nos sabemos amados por Dios, si somos testigos de la luz de Cristo y comunicadores de la esperanza cristiana, ¿por qué no entramos siempre en este río de alegría que el Señor quiere para todos? ¿No será que estamos cayendo en lo que el Papa llama “el gran riesgo del mundo actual, una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada?. Evangelii Gaudium número 2. ¿O no será que estamos sumergidos en lo que el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Gaudete in Domino número 8, señalaba: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría”?.
Hermanos, no obstante todo eso y demás obstáculos que podamos encontrar para vivir en la alegría, recordemos el deseo grande de Dios “¡Vivan siempre alegres!”.
Les bendigo a todos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Feliz domingo para todos!.


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