Como amaba Dios a San Francisco

¿Qué es más importante, el Amo o el siervo?

Fácil es a todos comprender a San Francisco en amor para con las criaturas; más para comprender el secreto de su esa y que su potencia de abra y acción hay que penetrar más hondo en su amor para con Dios.

Fue la irreverencia en nosotros querer escudriñar porque plugo a Dios ser objeto de la divinas complacencias a este su hombrecillo, hasta el punto de favorecerlo como lo favoreció; todo, algo puede rastrearse de ese misterio divino si se considera correspondencia inmediata y constante, la humildad sencilla y profunda, la delicadeza caballeresca con que amaba a Dios San Francisco.

Medítense los piensos que esta amistad y. Fue en Asís, una noche estrellada. Por las calles, ásperas y estrechas pasa una ronda juvenil cantando; sólitas canciones, sólita poesía de rondallas, más añeja que Homero; a las estrellas, río de diamantes sobre el apretado y negro caserío de los hombres, suben las voces de los jóvenes que preguntan por el amor.

Las estrellas responde; pero uno solo, limpio de corazón, entiende su lenguaje; y mientras los demás prosiguen cantando, el para en medio de la calle, absorto en la voz profunda que habla a su nostalgia. ¿Quién no ha tenido alguna vez en la juventud tales arrobamientos? Otro se detuviera un instante en el que el relámpago de lo infinito; luego, desperezándose y echando calle adelante, habría buscado el amor en las pupilas que atisban curiosas detrás de las ventanas entreabiertas. Francisco, no; se para, y escucha, se pregunta turbado: "pero ¿qué es esto?" Y el universo le responde: "Dios".

Desde aquel momento seguirá su voz con certeza absoluta, con prontitud instantánea, ora le mande, en San Damián, restaurar la Iglesia; óra le llame, en la Porciúncula, a la predicación y a la pobreza; ora, en Alvernia, le pida la total entrega de sí mismo para dársele a si mismo, sencillamente, con los estigmas.

El amor que le derrite hace a San Francisco atento a recoger el paso del divino espíritu, inmensamente agradecido a todos sus dones, humilde con una humildad sin límites, porque se sustenta con el que el amor que no desea otra cosa que anonadarse en el amado. La humildad no le quita la certeza de ser predilecto de Dios, ni el divino goce de este amor; pero despierta en su alma el temor de perderlo por culpa propia, y, por esto, con su inimitable ingenuidad dice al Señor: "consérvamelo tú, que yo soy un ladrón de tus tesoros".

Este gigante enamorado de Dios siente muy hondo el pudor de su amor, y lo recata de la curiosidad de los hombres, hasta recurrir, él, fidelísimo y candorosísimo, a menudo a tretas para encubrir la gracia; así, por ejemplo, con el crepúsculo se acuesta rumorosamente, porque lo sepan todos, y a medianoche se levanta quedito, para que nadie se percate; cuando torna de la oración con el rostro en llamas y el alma ausente, se esfuerza por hablar sereno y participar con los demás en los deberes comunes; cuando irresistiblemente lo embiste en público el amor de Dios, esconde la faz en la manga, para que no sea notado su arrobamiento.

Más entretanto cae el silencio en torno suyo, porque en él mora el señor; Dios mismo es celoso, de sus relaciones con la criatura amada: cuando el obispo de Asís se permite espiar al Santo orante en su celda, lo castiga, paralizándolo en el umbral, sin que pueda defenderlo su dignidad de obispo.
2:21:00 p.m.

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