Por eso no es de extrañar que muchas de sus actuaciones y predicaciones estén orientadas hacia las personas que sufren: refugiados, enfermos, minusválidos, niños, ancianos etc., a quienes acoge con las mismas actitudes de misericordia de Jesús.
Pero, además de estos gestos y actitudes, el Papa ha denunciado a las personas corruptas y explotadoras y a las estructuras sociales en las que se apoyan y que a su vez dan lugar a la “cultura del descarte” de multitudes hambrientas, malnutridas, malvestidas, sin vivienda, sin trabajo y sin cobertura de salud.
El Papa, mirando globalmente al modelo económico que sustenta o permite esa situación, adopta una valiente actitud profética de condena. En una reciente entrevista al periódico La Vanguardia (2014.06.14) desvela la ideología del afán de lucro:
“La economía se mueve por el afán de tener más y, paradójicamente, se alimenta una cultura del descarte. Se descarta a los jóvenes cuando se limita la natalidad. También se descarta a los ancianos porque ya no sirven, no producen, es clase pasiva… Al descartar a los chicos y a los ancianos, se descarta el futuro de un pueblo porque los chicos van a tirar con fuerza hacia adelante y porque los ancianos nos dan la sabiduría, tienen la memoria de ese pueblo y deben pasarla a los jóvenes. Y ahora también está de moda descartar a los jóvenes con la desocupación”.
“Descartamos toda una generación por mantener un sistema económico que ya no se aguanta, un sistema que para sobrevivir debe hacer la guerra, como han hecho siempre los grandes imperios”.
Tal vez algunos economistas califiquen la frase “el sistema económico que ya no se aguanta” como exagerada y catastrofista. Sin embargo es una voz profética que avisa las posibles consecuencias apocalípticas de ese sistema inhumano.
El Papa ve con dolor cómo la economía actual promueve el consumismo desenfrenado y la inequidad provoca las reacciones violentas de los excluidos del sistema y también las guerras.
Francisco, ya en su primera Exhortación Apostólica, refiriéndose a la pasada crisis financiera mundial, lúcidamente explicó que “en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. Reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo” (EG 55).
En el fondo el mundo está cayendo en la decadencia moral denunciada por Jesús: “No se puede servir al mismo tiempo a Dios y a Mamón” (Lc 16, 13). Este último término que se suele traducir por “riqueza”, remite al ídolo de la avaricia al que muchas personas se entregan sacrificando los sagrados valores de la honradez y de la justicia.
Esta denuncia papal debe estimular a todas las personas, pero especialmente a los profesionales políticos y economistas a diseñar nuevas alternativas al capitalismo neoliberal, preponderante en el mundo después del derrumbe del socialismo colectivista de la URSS.
Sin duda la Iglesia católica es una de las instituciones que más se ha preocupado por este desafío. En su doctrina social, iniciada desde hace más de un siglo, ha ido plasmando una valiosa reflexión que merece ser estudiada y completada. La Constitución Pastoral

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