Todos hablan de los menesterosos, sólo la Iglesia les atiende


Aquí a todo el mundo presume de defender la causa de los más débiles y necesitados. En el discurso de la izquierda siempre ha estado presente de forma subyacente el mensaje de que son ellos los que están con los pobres, mientras que la Iglesia se pone al lado de los ricos, acusándola de ser responsable directa o indirectamente de todas las injusticias, abusos, explotaciones y desigualdades sociales a lo largo de la historia. Dan por sentado que a ellos se les debe las conquistas y mejoras de las clases socialmente más desfavorecidas. Consecuentes con estos prejuicios sociales, han tratado y siguen tratando de echar abajo los acuerdos gubernamentales con la Santa Sede, como si de privilegios se tratara. Fuera, por tanto, la casilla de aportación a la Iglesia en la declaración del I.R.P.F., nada de exenciones fiscales, hay que acabar también con la financiación de la clase de Religión en las escuelas y empapelarla con gravámenes por todo lo que tiene y por todo lo que hace. En cambio, nada se dice de las subvenciones millonarias a los sindicatos y partidos políticos despilfarradores y corruptos, nada de sus prebendas fiscales, nada de su trato privilegiado. Con esta injusta arremetida contra la Iglesia, se pone de manifiesto una vez más la falta de congruencia del totalitarismo laicista, que no acaba de comprender que la aportación católica a través de la casilla es una decisión libre y voluntaria de los ciudadanos, con la que unos podrán estar de acuerdo y otros no; pero que a nadie se le obliga. Y lo mismo cabe decir de la opción a la clase de Religión, que por donde quiera que se mire viene a satisfacer una exigencia de los padres católicos que, como los demás ciudadanos contribuyentes, tienen el derecho a decidir qué tipo de educación quieren para sus hijos. No acaban de entender que el mismo derecho que tienen unos a pedir una educación laica lo tienen los otros a recibir una educación religiosa.


El empeño dela izquierda laicista de presentar a la Iglesia Católica como enemiga de los pobres o como un parásito de la sociedad no pasa de ser una patraña burdamente montada que no se sostiene y todo para deshacerse de un adversario molesto que rivaliza con ellos en la lucha por la justicia y reivindicaciones sociales. Los pobres fueron los predilectos de Jesucristo y desde siempre fueron vistos por la Iglesia como su gran tesoro, algo que el totalitarismo de izquierdas trata de arrebatarle; pero los hechos son los hechos, que valen más que las palabras. ¿Quién da de comer hoy a tanto hambriento como hay actualmente en España? ¿Quién ayuda a las familias en apuros para pagar los recibos mensuales de agua o electricidad? ¿Quién atiende en hospitales a los marginados y olvidados? ¿Quién se ocupa de huerfanitos?


Resulta lamentable y grotesco que los mismos que piden medidas contra la pobreza, arremetan contra quien más está haciendo por paliar sus efectos. Hace falta ser muy obtuso para lanzar una campaña anticatólica en unos momentos en que la Iglesia, a través de sus numerosas obras benéficas, comedores sociales, centros de ayuda, atención sanitaria, orfanatos, centros de reeducación social etc., etc., está siendo la última esperanza de miles de pobres, abandonados, marginados, enfermos, drogadictos, ancianos… Por mucho anticlericalismo que corra por sus venas, hace falta estar muy obcecado para no darse cuenta que, en la situación presente, suprimir las partidas presupuestarias a la Iglesia supondría dejar sin pan y sin cobijo no a los obispos, ni siquiera a los sacristanes, sino a los miles de menesterosos, de niños y mayores que se encuentran en extrema pobreza, dejar a la intemperie a un número ingente de necesitados a quienes el laicismo marxista dice defender. ¿No es esto una contradicción? ¿No es esto una hipocresía?


No hace falta ser muy religioso para rendirse ante la evidencia y sentirse agradecido a la Iglesia por todo lo que está haciendo a favor de la sociedad, de los ciudadanos, supliendo muchas deficiencias del Estado. De hecho hay ateos que así lo reconocen; independientemente de sus creencias apoyan la labor social de la Iglesia y piden que se la ayude para que así ella pueda seguir ayudando a los que más lo necesitan. Público se hizo el caso de un oncólogo que a pesar de no ser creyente se vio obligado, según su propio testimonio, a señalar la X a favor de la Iglesia por tres razones fundamentales que él explica muy bien. He aquí sus propias palabras:


1ª. “Ya sé que existen las recientes criaturas llamadas oenegés, pero cómo negar el papel histórico de las misiones católicas y de Cáritas en ese terreno. No estableceré un ranking de altruismo, pero yo, siendo ateo, dudo que los recursos administrados por la Iglesia sean desdeñables o necesariamente sustituibles: voto por mantenerlos.


2ª. Para explicar la idea de Europa -y no digamos la de España- a un extraterrestre, sería imposible obviar el catolicismo. Entre nosotros, terrícolas, sería fatigoso desgranar su legado intelectual, arquitectónico, ético y artístico…. Voto por ese espíritu de paz y concordia, aunque yo no sea creyente.


3ª. Justo por no serlo, me parece inexplicable el furor obsesivo por bajar los crucifijos de los colegios. Me espanta el fanático que se jacta de clausurar escuelas católicas o quemar frailes. A mi juicio de ateo, es lógico y deseable que el Estado sea laico, pero sucede que España no lo es. Hay vida inteligente fuera del Estado, así que pongo la X para la Iglesia Católica, no vaya a ser que algún insensato la destine a construir mezquitas y tengamos que resucitar a don Juan de Austria.”


Me queda la curiosidad de saber si todos los que emiten juicios tan severos contra la Iglesia católica y sus representantes son capaces de entender el razonamiento tan simple y meridiano de este ateo y de otros muchos que siguen marcando la casilla. No deja de sorprenderme que una de las primeras declaraciones del nuevo Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, haya sido manifestar su intención de derogar el actual Concordato de España con la Santa Sede y sustituirlo por lo que él llama La Ley de libertad Religiosa. Con ello lo que demuestra es carencia de sensibilidad y del sentido preciso de ecuanimidad que se le supone a un alto dignatario de la Nación; y, en segundo lugar, declaraciones así no le ayudan en nada a crear esa imagen que busca de sí mismo como hombre de izquierdas que nada tiene que ver con el laicismo anticlerical.



10:30:00 a.m.

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