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| Ana presentando a su hijo Samuel ante el sacerdote. Pintura de Jan Victors (1619-1676) |
Elcaná tenía dos esposas, Peniná que tenía hijos, y Ana que era estéril. Elcaná amaba preferentemente a Ana, pero Peniná se burlaba de ella porque no había peor maldición en Israel que no tener hijos. Ana fue al templo un día y llorando le pidió a Dios un hijo, ofreciéndole que sería consagrado a Dios (nazareo), a su servicio en el templo, que en ese tiempo no era más que una carpa en un pueblito llamado Silo. El sacerdote del templo, Elí, después de regañarla porque pensó que estaba borracha, le prometió que Dios escucharía su oración y que le concedería lo que le pedía.
Ana dio a luz a un hijo varón al que llamó Samuel, que significa “Dios escucha”, y tan pronto como lo destetó, lo llevó al templo y lo dejó allí bajo el cuidado de Elí.
La fe de Ana se manifiesta en su perseverancia en la oración, en el cumplimiento de su promesa y en el valor de desprenderse de su primer hijo, a quien visitaba con frecuencia. En el primer Libro de Samuel encontramos un himno de agradecimiento a Dios, cantado por Ana, que es figura del Magníficat entonado por la Virgen María que conocemos y que es una de las oraciones favoritas de nuestro pueblo cristiano. En recompensa por el hijo consagrado a Dios, Ana tuvo otros tres hijos y dos hijas.
La vocación de Samuel
Todavía era niño Samuel cuando una noche escuchó una voz que lo llamaba. Samuel contestó inmediatamente: “aquí estoy” y corrió a ver a Elí, pues creyó que de él venía el llamado. Elí le dijo que no lo había llamado y que volviera a acostarse. Tres veces escuchó Samuel su nombre y tres veces corrió hacia Elí, quien, comprendiendo que era Dios el que le hablaba, y lo instruyó sobre cómo debía contestar.
Cuando Dios lo volvió a llamar, Samuel contestó: “Habla, Señor, que tu servidor escucha”. Y a partir de aquel momento Dios habló con Samuel y éste lo escucho, convirtiéndose en un profeta respetado, amado y escuchado por Israel.
Juez y sacerdote
A la muerte de Elí, Samuel quedó como sacerdote del templo y como juez de Israel.
En su tiempo, Israel sufría la dominación de los filisteos que, batalla tras batalla, lo vencía matando a sus soldados e, incluso, apoderándose del Arca de la Alianza como botín de guerra. Dios no necesita que lo defiendan y muy pronto los filisteos regresaron el arca a los Israelitas junto con una ofrenda al Dios de Israel, porque mientras el arca estuvo en su poder sufrieron enfermedades y muerte.
Samuel, siendo ya juez, reunió a los miembros de las tribus de Israel en Mispá y los exhortó, una vez más, a dejar la idolatría, alejando de ellos a los dioses paganos. Israel hizo caso y se purificó de sus pecados.
Los filisteos decidieron atacar a los israelitas reunidos en Mispá y Samuel ofreció un corderito como sacrificio a Dios, y Dios volvió a luchar con su pueblo y por su pueblo, haciendo caer sobre el ejército enemigo una ruidosa tormenta que los dispersó y los hizo presa fácil de los israelitas, que los vencieron. Y entonces vivieron en paz.
El hacedor de reyes
Samuel llegó a la ancianidad y nombró a sus hijos como jueces de Israel, pero no se portaron a su altura y se dejaron corromper por dádivas. Entonces los israelitas le exigieron que nombrara un rey. Samuel consideró que era una ofensa a Dios que debería ser el único rey de su pueblo, pero Dios le pidió que nombrara rey a Saúl, no sin antes advertir a los israelitas lo malo que harían los reyes con ellos.
Saúl fue un buen rey en principio, pero llegó el momento en que despreció la voz de Dios y a su profeta, y entonces Samuel ungió a David, antepasado de Jesús y el mejor rey que ha tenido el pueblo escogido.
A pesar de su ancianidad, Samuel siguió paso a paso la nueva historia de su pueblo convertido en reino, y hasta su muerte se comportó con tal honradez y justicia que es considerado por el pueblo judío como un héroe a la altura de Abraham o de Moisés.
Supo escuchar a Dios, que ese es otro significado de su nombre, y supo hablar al Dios que escucha. Habló de Dios a su pueblo y habló en nombre de Dios, que eso es ser profeta. Fue un hombre de fe hasta su muerte y ¡después de su muerte!
Un muerto que profetiza
La nigromancia es invocar a los muertos para adivinar el futuro, y es un grave pecado contra Dios. En el Levítico (20, 27) se dice: “El hombre o la mujer en que haya espíritu de nigromante o adivino, morirá sin remedio: los lapidarán. Caerá su sangre sobre ellos”; a pesar de esta ley, el rey Saúl acudió a la bruja de Endor para que convocara a Samuel, ya muerto, para saber su suerte en una batalla. Dios permitió que Samuel acudiera a tan extraña cita y él profetizó sobre la derrota de Saúl y sobre su muerte. La profecía se cumplió como castigo al pecado del rey de desobedecer las leyes de Dios.


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