Luz para el olvido: heroísmo y pasión de las víctimas de la revolución



El mártir del 15 de febrero es Joaquim Oliveras Puljarás (hermano Arturo), uno de los lasalianos de Griñón, cuyo caso ya se contó por lo que dedicaré este post también al libro Luz para el olvido, de maría Luisa Alonso Montalbán.


"Les mandamos dar un viva a Rusia y nos han contestado: ¡Viva Cristo Rey!"

La historia de los diez hermanos de La Salle y el laico que les acompañaba asesinados en Griñón (Madrid) el 28 de julio de 1936 y beatificados en 2013, la resumí ya en la entrada del 7 de enero , cumpleaños de uno de ellos. El hermano Arturo -Joaquim Oliveras Puljarás- tenía 61 años (había nacido en Sant Feliu de Pallarols, Girona, en 1875).


Una "tesis doctoral", o el homenaje de una hija a su padre

El libro Luz para el olvido. De Melilla a Paracuellos (1922-1936) es el resultado del esfuerzo de una mujer, María Luisa Alonso Montalbán, enfermera de profesión, por conocer la historia y, en consecuencia, honrar la memoria de su padre, el capitán médico Luis María Alonso Alonso, uno de los iniciadores de la disciplina de Psiquiatría en la Sanidad Militar. En la web se puede comprar , leer una reseña y un fragmento , o seguirlo en un grupo de Facebook .


La autora escribe movida de un natural deseo de saber sobre su padre, asesinado en Paracuellos cuando ella tenía un año: pero a diferencia de quienes ponen el carro delante de los bueyes y, partiendo de que determinado familiar ha sido olvidado, dan por supuesto que hay que "recuperar su memoria histórica", es decir, honrarlo, a toda costa, María Luisa Alonso Montalbán ha escrito una biografía histórica sin necesidad de revestirla de invocaciones justificadoras. Es historia de la buena y muestra de que el sentido común es el instrumento necesario y suficiente para escribirla. En la página 500 encontramos una exposición de "motivos", eso que otros ponen delante para pretender recuperaciones "saltándose la historia":


"Franco jamás fue a Paracuellos. Su esposa y su hija tampoco fueron a rendir un homenaje de respeto, agradecimiento y devoción a todos los que murieron allí. Siempre he vivido esta indiferencia y olvido a los que allí murieron como una ofensa, y con el paso de los años, en los que la tragedia tomaba en mi mente sus verdaderas dimensiones, como un borrón imperdonable, así como una muestra de frivolidad y ligereza impropia de una familia que tenía la obligación moral de mostrar con su ejemplo, una señal externa de respeto hacia los que cayeron defendiendo los ideales que motivaron la sublevación, y de mostrar a sus familias este mismo sentimiento."


Héroes y mártires merecen honor, aunque no el mismo

Como se ha visto, Alonso Montalbán no tiene pelos en la lengua para reclamar el honor de quienes murieron "defendiendo los ideales que motivaron la sublevación", entre los cuales hay que contar como elemento principal a la simple honradez cristiana, compartida por los mártires que prefieron dar la vida sin sublevarse, por otros que no tuvieron la opción de sublevarse pero sí la de salvarse renegando de su honradez (como el padre de la autora) e incluso por buena parte de quienes sí llegaron a sublevarse: lo que no quiere decir que todos los sublevados fueran honrados ni que todo lo que hicieron merezca aplauso. Como es sabido, el fin no justifica los medios.


Y aunque por fuerza en este comentario no puedo hablar de la parte en que explica la actuación de su padre, y con él de España, en Marruecos, al menos diré que tiene el mismo valor de la historia de calidad aunque no sea hecha por una historiadora profesional; es más, que es alentador que junto a tanto profesional que vende basura histórica, haya quien no siéndolo haga lo contrario.


Algunos textos de interés para el interesado en comprender el contexto de la guerra civil y por tanto de la persecución y los martirios, pueden ser los que toma desde la página 416 mencionando cómo El Socialista exaltaba los crímenes de la Revolución de 1934 y en concreto las palabras con que el sindicalista José María Martínez señalaba la continuidad de esa revolución con la de 1936 (p. 417): "No llevo la impresión de una derrota. Es un accidente en la lucha, nada más. Otra vez será porque al fin tendrá que ser". Para el marxista convencido, y los de 1934-39 lo eran, cualquier crimen, revolución, persecución etc. es siempre una anécdota, la vida de los justos sacrificados un accidente, nunca tendrán que pedir perdón. Entre esos abusos justificables, está la manipulación tras las elecciones del 16 de febrero de 1936 (valga mencionarla, por ser casi aniversario, tratada en las páginas 420-421). Tras el análisis de la cobardía del Gobierno que pudo evitar esa manipulación, viene una certera reflexión sobre Alcalá Zamora (p. 423), junto a la triste frase en que él mismo reconoce no estar dispuesto a sacrificarse:


"A este también pusilánime político, que no quiso elegir para su Gobierno a los más capaces sino a los más dóciles, le quedan efectivamente muchas horas amargas, como fruto de su falta de grandeza y de las que va a lamentarse en su diario, que rebosará de quejas, minucias y miserias. Una es la que sigue y que por sí sola le incapacita: "¡Qué triste idea tengo de mis conciudadanos! No creo que individual y colectivamente valga la pena sacrificarse por ellos." Éste era el hombre que en estos momentos representaba la mayor autoridad del Estado, y hacia el que se volvían los ojos y las esperanzas de todos."


Algunas de las citas más valiosas no están documentadas con precisión y así he tenido que comprobar con otra fuente que es del 25 de marzo de 1936 esta de Margarita Nelken en la que la diputada del PSOE (desde noviembre del 36, del PCE) asume la autoría de la Revolución de Asturias y convoca a la ya próxima persecución religiosa -por cierto que ocultando la voladura de la Cámara Santa de Oviedo-:


"Nosotros hemos sido muy sentimentales, por sentimentalismo no se tocó la catedral de Oviedo, que es una joya artística. Pero sin sentimentalismo, aquellos que defendían a la burguesía ametrallaron a los trabajadores [muchos aplausos]. Frente a una vida de un hombre, frente a una vida de un niño, ninguna iglesia puede ser obstáculo [muchos aplausos]. Pero somos muy sentimentales y nos importan demasiado los edificios. Hemos querido hacer una revolución respetando los edificios. Y hoy queremos preparar la conquista del poder respetando ciertas acciones, no faltándonos más que reconocerles derechos pasivos y de ancianidad."


Particularmente interesante es el estudio de la sublevación en Madrid, a partir de la p. 453. La documentación que se cita procede del Foro Fundación Serrano Súñer . Según ella, en su reunión del 18 de julio, el Gobierno habría estado tan dispuesto a claudicar que a la pregunta de Azaña sobre qué hacer, Prieto habría respondido: "Pues esperar a que de un momento a otro un obús entre por estos balcones" (cita que aparece, efectivamente, en un libro de Serrano Súñer ).


Con la misma fuente algo imprecisa, acierta la autora en señalar como momento decisivo el giro o engaño de Miaja a los coroneles Serra y Peñamaría, que se presentaron en la primera división a pedirle que no entregara -como pretendía el gobierno- los cerrojos del Cuartel de la Montaña a las milicias frentepopulistas: Miaja se fue al Ministerio de la Guerra con el ayudante del presidente, y volvió diciendo que no los entregaría, pero cuando a las 21 h el teniente coronel Álvarez Rementería llegó a la división para confirmarlo, este salió diciendo a los coroneles Serra y Peñamaría: "Éste [señalando al despacho de Miaja] arma a las milicias."


Por centrar la cuestión en la conducta que merece o no honor, es interesante observar las dos fidelidades de que habla la autora al presentar el diálogo entre su padre y el coronel Álvarez Coque, republicano moderado a quien visitó el primero en el ministerio de la Guerra para pedirle auxilio:

"La llegada de Luis Alonso le perturba e incomoda, a él que ya ha enocntrado su lugar en este nuevo escenario. Álvarez Coque y Luis Alonso están enfrente uno del otro. Son la viva imagen del conflicto que tienen los militares, a los que la geografía les ha encontrado en el lado contrario al de sus convicciones ideológicas.

El primero, "fiel" a la República Popular, que va a crear otro nuevo orden de convivencia y de valores, en los que no cree, pero a los que se acomoda. Unido fatalmente a la causa roja, se quiere convencer de que defiende la causa de la libertad. En segundo, "fiel" a sus ideales, en los que cree, y que no se acomoda. [...] Coque trata de persuadir y empatizar con su antiguo subordinado, sin aparecer como falto de ideales, y le dice: "Alonso, únase, coopere con este Gobierno. Esto es lo que yo hago, y para usted es mucho más fácil. Usted es médico. En cuanto todo esto pase usted será muy necesario para controlar y ayudar en la fase que seguirá de pacificación, orden y progreso. Ustedes los médicos y los científicos van a ser los protagonistas en esta nueva sociedad. Pienselo, tiene usted mucha vida por delante, una esposa, una hija, y espera pronto otro". Aunque la autora tenga que imaginar estas palabras, puede citar (p. 473) las que alegó el coronel Luis Pareja, que el 8 de agosto se presentó ante el general Castelló constituyéndose en prisionero porque "estoy lealmente al lado de mis compañeros". Sería condenado y fusilado el 14 de octubre, tras escribir a su mujer: "Dejo a mis hijos como mi más preciada herencia la fe católica, en la que he vivido y quiero morir".


Catolicismo y honradez, señas de identidad que eran también estigma para identificar a las víctimas de la Revolución, y que eran habituales en los conocidos como de derechas o miltares, caso del abuelo paterno de la autora, residente en la calle Claudio Coello 113 de Madrid, quien contestó a los milicianos a los que le delató el portero: "Sepan ustedes que en esta casa somos todos católicos, si es que vienen a llevarnos por esto." El abuelo materno, que vivía como administrador de la Casa Larios en un pabellón anejo al Palacio de la Trinidad (Francisco Silvela, 84). Los milicianos se lo llevaron con sus dos hijos de 19 y 21 años (Emilio, que era de la Adoración Nocturna, lo que la autora señala como "agravante"). Por último, el 29 de septiembre, detienen en Francisco Silvela 70 al quinto hombre de la familia, el capitán Luis María Alonso. Este será uno de los ejecutados en el Soto de la Aldovea, "según las investigaciones más recientes de José Manuel Ezpeleta y Arias", a quien cita la autora y a quien, por haberle visto hace unos días y saber que sigue trabajando sobre Paracuellos, termino esta reseña animándole en su trabajo y esperando que pueda publicarlo pronto.



El capitán Alonso, padre de la autora, aparece con el número 3 entre las personas identificadas en el cuadro del Museo del Ejército.

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Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).



6:25:00 p.m.

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