La palabra



Tratar bien a la gente y sobre todo al que piensa distinto es, el camino más corto para el entendimiento en las relaciones humanas y para ello utilizaremos la belleza de la palabra si está bien pronunciada. Lo mejor sería no tener enemigos y si los hubiera, recordar lo que dice San Agustín: “Al enemigo hay que tratarlo bien, para que venga a ser nuestro amigo”. La palabra es el medio por el que las personas nos comunicamos y con ella podemos destruir o construir. La palabra construye si lleva un mensaje positivo de paz, de alegría, de amor, de amistad, de consuelo, de aliento al enfermo, de consejo al que lo necesita, de respeto y hasta se puede ser elegante con la palabra; por el contrario la palabra destruye cuando es egoísta, cuando calumnia, cuando se apoya en la envidia y la mentira, cuando es grosera, cuando no se habla con sentido común, cuando podemos inducir a otros en el error, cuando sirve para desahogar nuestra soberbia, etc. Nuestra palabra puede expresar una actitud desagradable o agradable, de humildad, de bondad, o de esperanza, en definitiva ser como la palabra de Dios “Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Por todo ello, deberíamos agradecer que tengamos este medio de expresión y que nuestra palabra sirva siempre para hacer el bien y nunca para sembrar el mal. Hablemos sin miedo de Aquel que puso este don en la especie humana que junto con la razón nos distingue de los demás seres vivos. Solo meditar esta grandeza debe ser suficiente para creer en la existencia de Dios porque sin Él la nuestra no sería.



10:05:00 a.m.

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