La confesión

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La confesión de los pecados, la práctica necesaria del sacramento de la reconciliación con Dios, sufre desde hace años una caída progresiva, en unos casos porque se substituye por una malentendida práctica colectiva, que obvia la verbalización y el encaramiento personal con el pecado, pero en la gran mayoría de casos se trata simplemente de abandono. Se ha conseguido que la Eucaristía sea una práctica totalmente mayoritaria en quienes acuden a misa, pero no está nada claro que exista en igual proporción la preparación previa.

 

¿Por qué se produce esta diferencia? Apuntaríamos una interpretación. La reconciliación exige de un acto objetivo: encarar mis pecados de acuerdo con lo que la Iglesia establece, fruto a su vez de las enseñanzas de Jesús interpretadas de acuerdo con la tradición cristiana, y exige presentarlos a otra persona, el sacerdote, que está dotado de este verdadero poder de perdonarlos por la gracia que les confiere su ordenamiento. Un acto blindado por el secreto de confesión que se sitúa, digámoslo descaradamente, fuera del poder del Estado, hasta el extremo de que en determinados casos lo confesado y silenciado por el secreto de confesión podría constituir un delito.

 

Todo esto es substituido por una relación directa con Dios, por la subjetivación de tal relación: “Él ya sabe porque lo hago”, “Él ya me comprende”. Ciertamente es así, pero eso no significa que tú los sepas y comprendas bien las causas y consecuencias de tus actos, y que nazca de ti la suficiente fuerza para enmendarlos, y sobre todo porque significa que no necesitas la fuerza del sacramento, porque con tu solo pensamiento basta. Es el humanismo desvinculado y autosuficiente aplicado a la fe.

 

La confesión decae porque es contracultural en nuestro contexto de sociedad. Significa culpabilizarnos de algo -sin entender que la reconciliación nos libera de tal peso- como primer paso, revisar de manera habitual nuestra vida, medirla por razones externas a mí, razones objetivas, aportarlo todo al sacerdote, disponer del propósito serio de no repetirlo, asumir la penitencia y, todavía más, levantarse después de caer una y otra vez, algo que puede resultar penoso, cuando no humillante, de ahí el “mejor lo olvidamos”.

 

Y como es contracultural, la presión es a diluir la práctica, dejarla reducida a la nada. Surge de esta manera la paradoja de que mucha gente está dispuesta a acudir al psiquiatra para que escuche sus miserias más íntimas pagando, con la esperanza de recibir ayuda o consuelo, al tiempo que se evita la gratuidad de la confesión. Todavía más escandaloso: un número no menor de personas, capaces de desnudar sus indigencias morales y emotivas ante la televisión, pero que rechazarían afrontarlas ante un sacerdote.

 

Claro que para confesar bien se necesita un buen confesor. Una tarea dura, capaz de desanimar al más entusiasta de los hombres, ante la escucha de tantos sufrimientos y miserias humanas, y que pueden corroer la propia alma sin una vida religiosa intensa. Como en toda practica radical, caso de la atención a los moribundos, a los pobres, quienes la realizan corren el riesgo de refugiarse en la rutina que facilita el distanciamiento como una forma de protegerse. Todos los buenos sacerdotes son grandes confesores porque esta tarea esta en el núcleo duro de procurar la salvación. También aquí existe la tentación de, con un encogimiento de hombros, decirse: “es Dios quien salva”, olvidando que siendo esto cierto no manda colaborar en tal tarea.

 

Recuperar la confesión es una necesidad central de la nueva evangelización, porque significa el camino de reconciliación con Dios, la sanación del alma y, en ocasiones, del cuerpo.

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