Es imposible mirar la foto que la mayoría de los diarios han sacado hoy a portada, sin sentir un escalofrío y una pena inmensa.
El cuerpecito inerte de un niño pequeño en la arena de la playa congela el alma. Una se pregunta qué pasa, cómo es posible que se pierdan tantas vidas, que se frustren tantas esperanzas...
A la desgracia de ser perseguidos, de tener que huir de su país por temor a morir en manos de salvajes sin conciencia, se suma la más que posibilidad de perecer en las aguas de un mar que debiera ser camino de comunicación, no de muerte.
Es hora, y no puede esperar, de que las instancias mundiales se determinen a parar esta sangría de vidas humanas inocentes. Occidente asiste impávido, aunque acongojado, al espectáculo sangrante de tratantes de seres humanos que desprecian la vida y se enriquecen con la muerte ajena.
No se puede esperar más. Hay que parar tanto desprecio a la vida, tanta avaricia, tanta crueldad. Habrá que actuar. Sin dilación. Sin eufemismos. Allá donde se produce la violencia. No podemos cerrar los ojos...
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