Fr. Longshanks: la tiranía de los casos particulares

Participante invitado: El P. Robert Longshanks es un antiguo anglo-católico que cruzó el Tíber hace cincuenta años. Conocido (a sus espaldas) por sus compañeros sacerdotes como Father “Battleaxe” Bob, se comenta que su propio obispo le tiene algo de miedo desde que le dijo que “el problema de Inglaterra ha sido siempre que sus obispos no están dispuestos a morir mártires”.

Actualmente ejerce la cura de almas en una pequeña parroquia de Sussex.

……………………………………

El bisabuelo de mi bisabuelo, recordado cariñosamente en la familia Longshanks como Grandfather Windward, fue oficial de la Royal Navy en tiempos de las guerras napoleónicas y llegó a ser capitán, al mando de la fragata Nereid. Aunque participó en varias batallas navales, una de las misiones que más frecuentemente recordaba en su ancianidad era la incursión en territorio francés, con gran riesgo personal y en una pequeña cala no muy lejos de Saint Nazaire, para recoger a un grupo de realistas franceses que huían de la guillotina en tiempos de la Revolución.

Como herencia del abuelo Windward, en mi familia se ha transmitido de generación en generación su espada, colgada actualmente en un lugar de honor de la casa de mi hermano Audley. En la hoja, el abuelo hizo grabar una frase que habían pronunciado los émigrés a los que rescató de la muerte: Trop souvent le mot liberté n’est qu’un déguisement de la plus terrible des tyrannies. Es decir, demasiado a menudo la palabra libertad no es más que un disfraz de la más terrible de las tiranías. Últimamente, me acuerdo mucho de aquella frase. De hecho, la recuerdo cada vez que oigo hablar de que “cada caso particular es diferente y no se pueden dar normas generales” en relación con el matrimonio.

Durante los últimos meses o quizá incluso los dos últimos años, se ha hablado mucho de la imposibilidad de que haya principios generales que puedan aplicarse a cada caso concreto de divorciados en una nueva unión. Generalmente, se dice que es absurdo pretender decidir los casos concretos mediante el recurso a normas universales e inamovibles, porque, supuestamente, esas normas no podrían ser adecuadas para la multiplicidad de situaciones individuales con las que los sacerdotes se encuentran en la práctica. Para los partidarios de esta postura, como los cardenales Kasper o Schönborn, el hecho de que una pareja viva fuera del matrimonio católico o incluso en una unión posterior a un divorcio no necesariamente implica que estén haciendo mal (a pesar del principio fundamental correspondiente, también conocido como sexto mandamiento), sino que esa situación debe juzgarse según las circunstancias, la historia personal y, en general, una especie de discernimiento personalísimo que no está predeterminado por nada y que puede tomar decisiones correctas contrarias a la norma general.

Cualquiera que haya estudiado lógica, incluso si no ha tenido la fortuna de hacerlo en Oxford, se dará cuenta inmediatamente de la contradicción intrínseca sobre la que se sustenta esa afirmación. Si no hay principios generales que puedan aplicarse siempre, ¿por qué habría que aplicar siempre el principio general de que no hay principios generales que puedan aplicarse siempre? Por supuesto, este tipo de contradicciones son aceptables para otras religiones (recuerdo que un compañero de estudios me dijo que la Iglesia de Inglaterra se había edificado sobre “el firme convencimiento de que el principio de no contradicción estaba sobrevalorado"; llegó a ser obispo anglicano de Ockhamshire), pero no parece que puedan tener cabida en el catolicismo. Para mantener el ambiente naval, podríamos decir que la postura kasperiana es como un cañón defectuoso que, al intentar dispararlo, estalla y acaba con los marineros que lo manejan, en lugar de con el enemigo.

De todas formas, olvidando por un momento esta contradicción intrínseca (si es que algo así puede olvidarse, aunque sea durante un instante), consideremos otros aspectos de la cuestión. El primero consiste, sin duda, en que se trata de una postura diametralmente contraria a la enseñanza constante de la Iglesia. Desde la Veritatis Splendor o la Familiaris Consortio del santo Papa polaco a los mandamientos revelados por Dios, pasando por Santo Tomás de Aquino, San Agustín y la totalidad del magisterio de casi dos mil años, la Iglesia nunca ha dejado de enseñar que hay actos intrínsecamente malos que siempre son objetivamente pecaminosos. No se debe matar al inocente en ninguna circunstancia. Adorar a los ídolos en lugar de al Dios verdadero siempre es objetivamente malo. Adulterar es siempre pecado y un pecado grave, al margen de la situación. La totalidad de la moral de la Iglesia, de hecho, está basada sobre ese principio y, si ese principio se rechaza, esa moral se derrumba sin remedio, porque lo único que queda es la vieja e inmoral máxima de Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Asimismo, conviene analizar las consecuencias de la teoría kasperiano-schönborniana. Es cierto que este tipo de argumentación se presenta como un ejercicio de misericordia, como la liberación de la opresión de la ley, en el marco de una Iglesia moderna, que no permanece atada por el pasado. Sin embargo, para no dejarnos embaucar por cantos de sirena que dulcifican una realidad desagradable y podrían conducir nuestro navío hacia los escollos, profundicemos un poco en esa pretensión.

Para ello, vamos a considerar los efectos de esta idea en otro campo diferente. Imaginemos que un juez civil dijera algo similar en su tribunal:

“Como todos los casos son diferentes, diga lo que diga la ley, lo que hago es reunirme con el acusado y decidir, en cada caso concreto, si recibe una condena de veinte años o es liberado y rehabilitado como inocente. Mis decisiones son personalísimas y, más allá de una vaga inspiración en la ley y en consideraciones objetivas, no se pueden explicar de forma racional y clara. Tampoco me baso en una casuística predeterminada: a éste lo condeno, mientras que a aquel, en un caso cuasi-idéntico, lo dejo libre. Cuando me preguntan por qué he actuado así, si ambos habían vulnerado la ley, la única respuesta que puedo dar es que así lo he decidido en cada caso concreto. Por supuesto, esto implica que mis condenas o absoluciones no pueden ser recurridas, porque ¿en base a qué se recurrirían?”.

Esta forma de actuar por parte de un juez tiene un nombre: prevaricación (en inglés, perversion of justice). Es decir, es la resolución arbitraria de un caso, en la que no se aplica el derecho sino la mera voluntad del juez. Si los jueces actuaran así, nadie estaría nunca a salvo, porque podrían condenar a cualquiera o absolver a cualquiera de cualquier delito. Ya no podríamos estar seguros de que, si cumplimos la ley, no terminaremos en la cárcel, porque el criterio para la condena o la absolución ya no sería la ley, sino la pura decisión del juez, “liberada” de cualquier criterio objetivo determinante. El poder ejecutivo y el legislativo perderían su importancia, porque cualquier decisión del primero podría ser anulada por un juez y las leyes del segundo en la práctica sólo tendrían el papel de inspiración remota, sin efectos prácticos. Inevitablemente, los jueces se convertirían en tiranos, que tendrían en sus manos las vidas de los ciudadanos sin ningún tipo de control ni límite.

Como es lógico, los que proponen esta forma de actuar dirían que eso puede ser cierto en cuanto a la ley civil, pero que en la Iglesia es diferente, que lo importante es la misericordia, que la ley se hizo para el hombre y no el hombre para la ley. Ciertamente, tendrían razón en señalar que se trata de ámbitos diferentes, pero lo cierto es que la diferencia hace que, en la Iglesia, ese tipo de comportamiento sea aún peor y esté todavía más equivocado. La gran diferencia está en que el juez debe aplicar una ley humana, que puede estar equivocada, mientras que la ley moral es obra del mismo Dios, que no se equivoca nunca. La ley positiva, de reyes y parlamentos, es externa al hombre, mientras que la ley moral es parte del ser del hombre, de su misma naturaleza. En ese sentido, la ley humana puede no reflejar (y frecuentemente no refleja) el verdadero bien del hombre. En cambio, la ley moral, natural o revelada, se identifica con el bien del hombre. La ley positiva (civil o religiosa) está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la ley, pero la ley moral no está al servicio del hombre, por la sencilla razón de que es parte del propio hombre. No existe un supuesto “bien” que sea contrario a esa ley moral, ni hay situaciones concretas en las que lo bueno, lo adecuado y lo acertado sea saltársela.

Cualquier intento de justificar la vulneración de la ley moral es un engaño y, por lo tanto, tiene su origen en el Príncipe de la Mentira, que gusta especialmente de encubrir el pecado con la hipocresía de llamarlo bondad o, mejor aún, misericordia. Una misericordia que vulnera la ley natural sólo puede ser una falsa misericordia, que vende la verdadera fidelidad del hombre por un plato de lentejas, que pone la moda del momento por encima de la voluntad de Dios, que busca la popularidad y no el bien del prójimo, que engaña y se engaña en el único tema en el que es fundamental acertar en la vida.

No sé cuál será la costumbre en Centroeuropa, pero en la vieja Britania nos gusta llamar a las cosas por su nombre: afirmar que no hay leyes generales que puedan aplicarse siempre es, simplemente, un disfraz de la más terrible de las tiranías. No importa que el disfraz sea de un bello tono misericordia, con encajes de modernidad y, como siempre, con la palabra libertad bordada en la manga: debajo sigue acechando una odiosa tiranía. En este caso, se trata de la tiranía de lo políticamente correcto, la arbitrariedad de una misericordia mal entendida y la antigua esclavitud del pecado, que nos promete maliciosamente la libertad de ser como dioses.

El almirante Lord Nelson decía en una de sus cartas: “odio la tiranía, venga de donde venga”. Como inglés, como descendiente del capitán de la fragata Nereid y como católico, no podría estar más de acuerdo con él. Sólo la verdad nos hará libres.

Let's block ads! (Why?)

2:56:00 a.m.

Publicar un comentario

[facebook][blogger]

Hermanos Franciscanos

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DisablePlease Enable Javascript To See All Widget