Al seguir las noticias entorno al desmantelamiento de la casa hogar La Gran Familia con la consecuente captura de Mamá Rosa y responsables del albergue por mantener en situaciones infrahumanas y abusar de la precaria condición de cientos de hombres, mujeres y niños recordé el episodio del cierre de la Casa de Migrantes San Juan Diego en Tutlitlán, Estado de México.
La primera vez que llegué a Tultitlán escuché diversas historias con una línea transversal en ellas que podría resumirse así: Durante los años 80 y 90, los migrantes que seguían el camino del tren ahora llamado La Bestia hacían una parada obligatoria, allí recibían ayuda de samaritanos, familias que conocían las dificultades de la pobreza y compartían los deseos de mejorar la condición de vida de sus familias. Algunos varones de esas localidades se sumaban al camino de los migrantes; otros se quedaban y hacían nueva familia allí. Había en general una sensibilidad humanitaria con los varones migrantes. Pero muchos hombres no volvieron, solo llegaba con irregularidad el dinero desde Estados Unidos. Niños y mujeres crecieron con cierto rencor, con sentimiento de abandono.
Mientras, los migrantes crecían en número y en necesidades. Algunas mujeres comenzaron a emigrar, solas o con sus hijos. Algunos residentes nuevos de la explosión demográfica vieron oportunidad de ganar algo con las muchas necesidades de los migrantes y con los dólares que cargaban. Los migrantes cargaban dólares para pagar a los que en la frontera habían encontrado una veta empresarial altamente rentable: polleros. En la ‘ruta migratoria’ aparecieron con gran éxito bares, locales de table-dance y prostíbulos, mujeres y jóvenes locales y migrantes comenzaron a ser explotados y violentados.
Con el tiempo había que proporcionar otra necesidad adquirida en la inhumana ruta: la droga. Aparecieron los ‘picaderos’ y las ‘mulas’. Drogados, vejados, alcoholizados y empobrecidos, los migrantes fueron presa ideal para el secuestro y para el tráfico de estupefacientes. Por la inseguridad, los migrantes dejaron de portar efectivo pues, llegando a un punto en la frontera cobrarían el envío que algún familiar haría desde su lugar de origen; estos servicios tanto como el crimen organizado abusaron sistemáticamente del drama del migrante.
Volviendo a Tultitlán, era evidente que el migrante acarreaba toda esta podredumbre social y la portaba de igual modo en su camino. Aunque en el pasado, iglesias, cooperativas, samaritanos y ciudadanos solidarios apostaron por casas, centros o albergues temporales para migrantes, aportando recursos, auxilio, alimento, ropa, cobijas, camas, medicinas. La realidad es que los migrantes eran absolutamente indeseables.
Constaté la labor encomiable del sacerdote y de fieles que mantuvieron en medio de estas dificultades la Casa de Migrantes San Juan Diego, lo que hacían tiene toda la categoría del heroísmo humanitario. Pero los vecinos no pensaban igual, para ellos los ‘defensores de migrantes’ eran ‘protectores de maleantes’, bastaba ver alrededor: migrantes drogados, enfermos, alcoholizados, sucios, ladrones, mendicantes y agresivos. El resultado: el cierre de la casa-albergue.

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