No se me ocurrió mejor manera de definirlo. Sentado delante de este blog, cuando comenzaba a imaginarlo, a darle vueltas, me di cuenta de que antes o despues tenía que hablaros de ELLA.
Una de las experiencias que aquí he intentado compartir por activa y por pasiva es que el pecado de la pornografía es, en esencia, el pecado de la soledad. En esta asquerosa habitación sin puertas que somos los adictos acontecen todo tipo de misterios, palabras, voces e imágenes. La mayor parte nos destruye. Es la soledad.
Confesémoslo de una vez: cuántas veces habéis terminado de ver o hacer algo que no debíais y habéis dicho algo parecido a “esta es la última vez”, “lo he intentado pero no he podido, luego no es culpa mía”, “¡he aguantado mucho más que antes!”, “al fin y al cabo soy un hombre (mujer) y me gustan las mujeres (hombres)”, “todos lo hacen, pero nadie tiene el valor de decirlo; así que no será tan malo”, y un largo etcétera. Todos estos diálogos de nuestro interior van, si os fijáis, desde el sentimiento desesperado de culpa al de la autojustificación más absurda.
En el espacio de reunión que, como sabéis, intenta ser este blog intentaré dar muy brevemente una experiencia fundamental.
Si en mi caso la pornografía era la adicción de la soledad su remedio fue, sobre todo, la ayuda exterior. Parece obvio, pero no lo es. Soy católico, lo he dicho muchas veces y rezando le pedía a Dios salir de ese pozo. Él, sin embargo, con una pedagogía diferente a la mía, tenía sus tiempos y sus motivos para esperar. Parecía que no estaba ahí para mí. Hoy veo que no es así y empiezo a entenderlo, pero eso os lo comentaré otro día.
La ayuda exterior se hizo palpable cuando Dios quiso. Para mí fue un regalo enorme. MI MUJER. Seáis creyentes o no, encontrad esa persona que os quiera enormemente, sin su ayuda, romper nuestras cadenas será casi imposible.
Recuerdo que todo fue muy difícil. Cuando oigáis que la pornografía acaba destruyendo el matrimonio no lo toméis a broma, ¡es cierto! El porno, como sabéis de sobras, es una adicción y se basa, además de unos píxeles de tu pantalla, en un concepto oscuro; que es el morbo. Cuando no estás con la pornografía no puedes librarte de la sensación horrible de que “te estás perdiendo algo por tonto”. Cuando no estás con ella estás pensando en ella. Entonces, le robas tiempo a tu mujer (e hijos, posiblemente), perviertes tantas veces la sexualidad con ella, aparecen los secretos y las mentiras. Hay tanto que decir del “matrimonio/pornografía” que quisiera reservármelo para una posterior entrada en el blog.
Por ahora quiero hablaros de la persona-ancla. Es un referente insustituible. Alguien externo a nosotros. Es mi opinión, es cierto, pero sin esa persona este blog no existiría, podéis darlo por seguro. A veces no la elegimos nosotros sino que es alguien que tenemos cerca y que se compromete a fondo en nuestro camino. Otras veces hay que buscarla. Debe ser alguien muy implicado afectivamente a ti, que te quiera, que esté dispuesto a acompañarte durante el proceso de desintoxicación que vas a seguir y, sobre todo, que no te juzgue jamás. Fijáos si tengo suerte: “lo que haces es muy duro, pelea, pero no olvides que nada tiene que ver con que te quiero, este es un problema diferente, de los dos y mientras seamos sinceros lo superaremos juntos”.

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