Quien fuera obispo de la provincia argentina de La Rioja nos exige unas palabras en base a dos importantes consideraciones. La primera es su intensa amistad con nuestro actual Papa Francisco, al que llegó a salvar de la muerte y del que fue un referente intelectual y teológico. La segunda es por su actitud ante la Teología de la Liberación: fue un hombre entregado a su pueblo, que luchó por la justicia en circunstancias extremadamente difíciles, que con sus palabras y sus obras ayudó en todo momento a quienes más lo necesitaban.
Aunque una brutal propaganda gubernamental lo acusaba de filocomunista, siempre tuvo un juicio claro sobre el peligro que la teología marxista suponía para la Fe del pueblo. Sus homilías, como su vida, son muestra de la fuerza del Evangelio, de su poder transformador, de la potencia del hecho cristiano que no debe ser reducido a ninguna ideología, ni de izquierdas (pretensión de muchos sacerdotes y laicos influidos por la mentalidad dominante en determinados círculos latinoamericanos) ni de derechas (el ejército y una parte importante de la población querían identificar a la dictadura criminal argentina con la Iglesia, a lo que se resistieron de forma creciente los obispos, como hemos mostrado y documentado en nuestro volumen Francisco, el Papa manso). Podemos conocer mejor su mensaje a través de una página realizada con la intención de recuperar su figura.
La relación entre Enrique Angelelli y Jorge Bergoglio fue muy estrecha y continuada en el tiempo. En junio de 1973 los jesuitas tenían que nombrar a un superior para el país que afrontase el descenso de vocaciones y la arremetida ideológica del momento. Muchos jóvenes que sentían la llamada al sacerdocio y que deseaban dar su vida por sus hermanos se integraban en milicias o grupos terroristas buscando una mayor "eficacia", cuando no simplemente encontraban en el marxismo una nueva religión cuyas promesas les parecían más "razonables". No fueron pocos los sacerdotes y miembros de congregaciones religiosas que se integraron en este tipo de organizaciones o que decidieron desligarse de toda autoridad eclesiástica. En una situación así es muy significativo que el encargado de dictar el retiro espiritual previo a la elección del nuevo superior fuese precisamente Monseñor Angelelli, y que el elegido por los jesuitas fuese Jorge Bergoglio, nuestro Papa.
En otra ocasión penetró con su coche en el aeropuerto Capitán Vicente Almandos de la capital de la Provincia para sacar de su avión a Francisco y al Padre Vicente Arrupe antes de que llegaran a los edificios centrales de la instalación, ya que allí les esperaban unos mercenarios contratados con el fin de lincharles.
Todavía existe otro momento en su amistad que la pone de manifiesto de manera paradigmática. Antes del asesinato de Angelelli los militares ya habían eliminado a algunos de sus colaboradores, como Wenceslao Pedernera, Gabriel Longueville o Carlos de Dios Murias. Tras la muerte del obispo quedaron indefensos tres seminaristas de La Rioja que pertenecían al grupo perseguido de los "Sacerdotes del Tercer Mundo" (conocidos como "tercermundistas") y que corrían serio peligro. Bergoglio, que residía entonces en el Colegio Máximo San José del Barrio de San Miguel, al norte de Buenos Aires, los escondió en el centro asumiendo gran riesgo personal y salvándoles de sufrir un seguro encontronazo con los grupos paramilitares. Serían los primeros de muchos a los que nuestro Papa dio cobijo y protección. Los nombres de aquellos seminaristas, hoy presbíteros, son Carlos González, Enrique Martínez y Miguel La Civita.

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