Relata Tucídides que, durante la guerra del Peloponeso, y especialmente con ocasión de la peste que asoló Atenas en ese tiempo, la inminencia de la muerte liberó a los atenienses de toda restricción debida al temor a los dioses o a cualquier ley humana, buscando sólo satisfacer sus pasiones y obtener beneficios inmediatos en vistas al placer, pues hasta tal punto contemplaban sus vidas y propiedades como efímeras.
Parece que no han cambiado mucho las cosas desde ese tiempo, pues resulta extraño encontrar a alguien que, ante las extremas dificultades de la vida y su fatal contingencia, levante la vista hacia lo eterno en vez de enterrarla en lo todavía más efímero. Celebramos el carpe diem en su sentido más banal, sin caer en la cuenta de que su más profundo significado nada tiene que ver con ese “disfrutar” del tiempo que se nos ha concedido mediante su disipación, sino que entronca con la máxima evangélica de que cada día tiene su afán, y es suficiente con el afán del día de hoy, que el de mañana –si llega – ya nos encontrará.
Confieso que nunca he conseguido asimilar esa máxima. Durante 35 años mi vida ha sido planificar, prever, presupuestar, controlar, medir desviaciones e intentar corregirlas; en una palabra, vivir pensando en el futuro y nunca en el día de hoy, excepto para compararlo con lo previsto en vistas a ese futuro y tomar medidas correctoras. De tal modo ha configurado todo eso mi pensamiento que, cuando el suelo (profesional) ha desaparecido bajo mis pies y me he visto sólo frente a mí mismo, no he conseguido centrarme en el presente y continúo construyendo escenarios de todos los futuros posibles. Y en la medida en que todos esos futuros posibles parecen ser igualmente horribles, a tenor de lo que cada día conocemos, el hecho de no limitarme al afán de cada día me comporta un innecesario y neurótico-masoquista sufrimiento.
Aunque nunca he estado muy de acuerdo con la teoría de que la virtud se encuentra en el término medio (in medio virtus), debo admitir en este caso que tan indeseable considero la pura banalización del presente, esa liberación de las restricciones debidas al temor a Dios o a las leyes, como la obsesividad por el futuro de la que no consigo librarme. Me gustaría saber dirigir la mirada hacia arriba, ni hacia los pies ni hacia un horizonte incierto en la lejanía, sino directamente hacia el zénit, que por estar justo en nuestra vertical es lo que resulta más incómodo de observar, y las cervicales de nuestra alma caprichosa se resienten si, además, pretendemos fijar en él nuestra atención. Pero no podemos dejar de pretender fijar nuestra mirada en ese Zénit, pues está en nuestra naturaleza levantar la vista hacia lo alto, hacia nuestra verdadera patria, de cuyo camino nos desviamos fatalmente si, por temor a estropear esas cervicales, nos obstinamos en seguir mirando al suelo (o al horizonte).

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