Por qué en España no hay conservadores (IV)

Tomás Salas

(Viene de Por qué en España no hay conservadores III)

 

La muerte de Franco pone en marcha un proceso que tenía que llegar por causas naturales: el final de un régimen, tan personal y personalista, que no podía sobrevivir -ni siquiera evolucionar manteniendo sus esencias- a su inspirador. El paso en España de un sistema autoritario a uno de democracia demoliberal puede estar condicionado por factores sociológicos, económicos, culturales, etc.,  pero, la "causa primera" es un factor meramente biológico.

 

Como es normal, en un país que tenía casi nula experiencia en el juego de los partidos, al principio, al principio la situación es extraordinariamente confusa. La izquierda se fragmenta en una multitud de grupos y grupúsculos. Al final, quedará el PCE, como institución histórica presente en la oposición, en la cultura, en el sindicalismo, y un PSOE que recibe el apoyo internacional de SPD alemana y que se acopla al sistema con aquiescencia de los poderes y la habilidad de quien nunca ha salido del todo de los entresijos del poder.

 

En el campo de la derecha, en el que estamos centrados, se dan una serie de fenómenos curiosos. Sobre todo, hay un hecho destacable que va a determinar a todos los demás: la derecha se identifica –la identifican los demás- de una forma casi hipostáticamente con el antiguo régimen. La izquierda y los nacionalismos –que siempre han ido unidos en este terreno- se erigen en organizaciones democráticas de toda la vida. Todos tienen un pedigrí democrático que se remonta a un pasado remoto. Los comunistas maoístas, los soviéticos del PCE, los nacionalistas del PNV herederos espirituales de un integrista con tintes racistas, los nacionalistas catalanes, golpistas contra la República antes que Mola, igual que el PSOE. Todos ellos se revisten de legitimidad democrática. En el campo de la derecha, identificada con el franquismo, pero, en realidad, paralizada por el vacío político que Franco crea a su alrededor, se produce una situación algo extraña. Hay un partido, Alianza Popular, que puede ser llamado conservador, que recoge como dirigentes a antiguos ministros de Franco, liderados por Fraga. Políticos de excelente nivel (se les llamó “los siete magníficos”) que cosecharon un pobre resultado. Pero el gran partido de derechas en la transición es la UCD. Su mismo nombre denota todos los complejos con los que nacía: no es derecha, es “centro”. Tenía que evitar el nombre tabú y lo hace adoptando un concepto que teorizó Fraga hacía una década. Además es “democrático”, para que no quede dudas de su naturaleza. Sin embargo, su extracción política es la misma que la de AP y sus ideas al final tenían que confluir en lo que Fraga llamó la “mayoría natural”. ¿Era menos franquista Suárez que Fraga, Martín Villa que González del Mora, Calvo Sotelo que Areilza? Todos venían del mismo mundo político y todos, en alguna ocasión, se habían embutido en la camisa azul. ¿De dónde provenían los políticos de la UCD? De las estructuras franquistas del poder, incluidos los socialdemócratas de Fernández Ordóñez. Era, ni más ni menos, la derecha sociológica e ideológica, oculta tras un eufemismo.

 

A este factor político añadimos el factor cultural. El dominio en los ámbitos educativos, culturales, artísticos, mediáticos de la izquierda es notorio. La izquierda se preocupa por ocupar y controlar estos espacios, mientras la derecha se despreocupa del tema.

 

Este es un fenómeno que afecta a todo Occidente, pero que en España, por las específicas circunstancias históricas, se da con una especial intensidad.

 

Así, esta derecha oculta en lo político e inoperante en lo cultural, termina aglutinándose en el PP. Es decir, un partido socialdemócrata en lo económico y progresista en lo moral. El partido que acabó en España con el servicio militar obligatorio y los gobernadores civiles, el que más concesiones ha hecho a los nacionalistas. Los pocos conservadores hispanos quedan fuera del partido y casi de la política, se constituyen en outsiders, en una elite en la que contrasta el alto nivel intelectual como la pobre proyección social y mediática. Quizá los conservadores, como los amantes de poesía, están abocados a ser una minoría exquisita.

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