Tres actitudes ante Jesús

Leyendo el Prólogo del Evangelio de San Juan, me he detenido a reflexionar sobre los versículos 11 y 12: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre».

Ante Jesús hay tres actitudes posibles: La primera, expresada en el Nuevo Testamento por Herodes, los escribas y los fariseos, es el rechazo rotundo y abierto a Jesús. En nuestros días son especialmente las ideologías virulentamente anticristianas y especialmente anticatólicas, como pueden ser las relativistas, positivistas, marxistas y en ellas sobre todo las comunistas, nazis y fundamentalistas islámicas que llegan en muchos casos a la persecución abierta y sangrienta, incluso en la actualidad, con varios miles de asesinados cada año por el delito de ser cristianos y muy especialmente católicos. Y en los casos en los que no llegan a la persecución abierta, intentan subvertir los valores morales, espirituales y religiosos, con leyes con las que se intenta acabar con la libertad de religión, de conciencia y de expresión, así como destruir el matrimonio y la familia, corrompiendo también a niños, adolescentes y jóvenes en nombre de lo que ellos llaman políticamente correcto y que no deja de ser lo demoníaco.

La segunda actitud la encontramos reflejada en Apocalipsis 3, 15-16: «Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca». En nuestra Sociedad este tipo de gente tibia abunda muchísimo, por el enfriamiento religioso ocasionado por el secularismo y el consumismo. Son muchos de ellos gente que se considera incluso buena, que aceptan a Cristo pero que no viven una vida cristiana. Dos ejemplos de esta actitud son aquéllos que te dicen: «yo ya mando a mis hijos a un colegio católico para que me los eduquen», pero ellos en su casa prescinden completamente de los valores religiosos, y es que, aunque se consideren católicos, no viven de hecho una pertenencia real a la Iglesia. Otro caso semejante fue el que tuve en una de mis últimas clases antes de la jubilación, cuando pregunté a mis alumnos de Religión en un Instituto si en su casa se rezaba y fuera de una chica que me dijo que sí, todos los demás me afirmaron que en la suya casa nunca lo hacían, con lo cual queda claro la nula educación cristiana que recibían de sus padres.

La tercera actitud es la positiva que refleja Jn 1,12. Los que aceptan a Cristo, creen en Él y por ello llegan a ser hijos de Dios. En el confesonario encuentras mucha gente, más de la que a primera vista diríamos, que te dicen: «Yo, en mi vida, lo que quiero hacer es lo que creo que Dios y la Virgen esperan de mí». La devoción a María y la experiencia del Espíritu son caminos que conducen a Cristo, aunque, como dijo Benedicto XVI, para encontrar a Cristo hay tantos caminos como personas, aunque por supuesto su gracia siempre nos es necesaria. Personalmente insisto mucho en estos cinco puntos, que considero claves en una vida cristiana. 1) El aumento de fe, que los propios apóstoles consideraron necesario pedir a Jesús (cf. Lc. 17,5); 2) El don de la oración, absolutamente clave para vivir una vida cristiana, y de la que tantas veces Jesús nos dio en su vida ejemplo; 3) Paz. Mi experiencia de Medjugorje me hace decir que es la cosa más solicitada por los peregrinos allí. Paz conmigo mismo, con DSios, con mi familia, en la Sociedad; 4) Alegría, a la que considero la hermana gemela de la Paz, y de la que San Pablo nos dice en 1 Tes. 5,16 y Flp 4,4: «Estad siempre alegres», porque cuando estamos así y tenemos sentido del humor somos unas personas encantadoras y muy dispuestas a hacer el bien, mientras que cuando estamos enfadados no sólo no somos encantadores, sino que nadie nos pida un favor; y 5) Confianza en Jesús y en la Virgen, que nos aman más que nosotros a nosotros mismos.

Quiero recordar por último la importancia del sacrificio, especialmente de los pequeños sacrificios a la hora de lograr con ellos superar uno de los más acostumbrados y mayores fallos: la falta de fuerza de voluntad.

Pedro Trevijano

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