¿Por qué tengo que ir a Misa?


La excelencia de la Santa Misa es tan grande, que ni los ángeles mismos podrían encomiarla dignamente; sin embargo, me atrevo a hablar, porque si logro dar de ella una ligera idea, habremos ganado mucho.
San Francisco de Sales le concede varios títulos honoríficos: Entre las prácticas de la religión -dice- el Santísimo Sacrificio de lo que el sol entre los astros; pues es verdaderamente el alma de la religi{on cristiana. Es el misterio inefable que comprende la caridad divina porla cual Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con su magificencia sus gracias y favores.

El obispo de Ginebra dice que el medio para hacerse verdaderamente piadoso e inflamarse en el amor divino, es participar con recogimiento en la Santa Misa.
El sabio Osario la prefiere a todos los misterios de la religión: Entre todo lo que hay en la Iglesia -señala- la Misa es la cosa más santa y más preciosa; porque el Santísimo Sacramento del Altar es consagrado y ofrecido a Dios en sacrificio.

He aquí lo que añadió Fornerus, arzobispo de Bamberg: La Misa excede con mucho en dignidad a todos los Sacramentos. Todos están llenos de majestad, y son para los vivos, fuentes de misericordia; mas la Misa es para vivos y muertos el océano inagotable de la liberalidad divina.

Cada Misa que se dice es de un valor infinito, celebrada por Cristo mismo, con tal devoción, respeto y amor, que supera a todo entendimiento humano. He aquí lo que Cristo reveló a Santa Matilde: Sólo yo -le dijo- comprendo perfectamente, cómo me inmolo todos los días sobre el altar porla salvación de los fieles, lo que no pueden comprender absolutamente ni los querubines, ni ninguna potencia celestial.

¿Cómo después de esto nos atreveríamos a hablar de la excelencia de semejante sacrificio? ¡Que insondable misterio! ¡Oh Jesús mío! Feliz el hombre que asiste dignamente a la Santa Misa, pues por este sólo hecho merece participar de su virtud y eficacia, que son tan grandes, que ninguna inteligencia creada puede penetrar.

Si comprendes bien estas palabras, querido lector, considera cuán útil es asistir a la Santa Misa y participar con devoción. Recuerda que nuestro Señor se ofrece Él mismo por ti, colocándose como Mediador entre tu debilidad y la justicia divina, deteniendo el castigo al que te haces acreedor diariamente por tus pecados. ¡Oh, si te convencieras de estas verdades con cuanta frecuencia acudirías al Santo Sacrificio! ¡Cómo suspirarías por tener la dicha de participar en este beneficio! ¡Cuán devotamente asistirías y cómo sufrirías si se te privase de esta felicidad! te expondrías a tener mil pérdidas en tus bienes temporales antes que resignarte al perjuicio que resultaría a tu alma con esta omisión. Los primitivos cristianos lo comprendieron así, pues hubieran preferido perder la vida antes que faltar a la Misa.

Desde los primeros siglos del Cristianismo, los fieles oían Misa lo mismo que lo hacen ahora. Era tanto el celo que tenían los cristianos por el Santo Sacrificio de la Misa, que preferían sufrir el martirio antes que faltar a él. ¿De dónde ñes venía este fervor? De que conocían suprecio infinito. A nosotros nos toca seguir su ejemplo, procurando tener gran devoción a estos santos Misterios.

Dios ha concedido a los ángeles una santidad insigne y un sin número de perfecciones: ha dotado a muchos hombres de gracias eminentes y de virtudes heroicas; pero ha ido más allá que todo esto al colmar de privilegios únicos y desde esta vida a la Bienaventurada Virgen María. Todoss estos dones, sin embargo, están como divididos entre los diferentes santos; mientras que el Espíritu Santo los ha reunido todos maravillosamente en Jesucristo. Aún hay más; ha colmado a la Humanidad del Salvador de otras muchas gracias infinitas que no se encuentran en ninguna otra parte.

Esto es proclamar muy altamente que este océano de perfecciones está por encima de toda alabanza. Tal es el don que el Gran Sacerdote Jesucristo, Hijo Único de Dios, ofrece diariamente a la Santísima Trinidad en el Sacrificio de la Misa.

Pero este don no lo ofrece solo: además todo lo que Él ha hecho por la gloria de Dios durante los treinta y tres años que pasó en la Tierra, las amarguras que sufrió, sus ayunos, sus vigilias, sus oraciones, sus viajes, todas las fatigas del Apostolado, tantas persecuciones, humillaciones, burlas e injurias; su flagelación, su coronación de espinas, su crucifixión, sus llagas, sus angustias, sus lágrimas, su sudor de sangre en el Huerto de los Olivos, su conmovedora agonía, su preciosa Sangre derramada con el amor más ardiente; Jesucristo en la Misa pone todo esto ante los ojos de la Santísima Trinidad, y la insta a recibirlo con agrado.
2:06:00 p.m.

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