Cielo y Tierra: Jornada de oración + ayuno = ¡poderoso binomio!
El Papa Francisco está muy preocupado por
la amenaza de guerra en Siria y la violencia en todo el mundo.
Así que decidió convocar a los católicos y
a toda persona de buena voluntad, a participar en una jornada de oración y
ayuno para pedir por la paz (lee su llamado en bit.ly/19Ygayd ).
Y tal vez algunos se preguntan: ¿por qué
se le ocurrió esto el Papa?, ¿toda una jornada de oración?, ¿ayuno?, ¿qué no
sería más fácil pedirnos, como nos pidió cuando lo nombraron Papa, que oremos
un Padrenuestro y un Avemaría?
Para responder cabe recordar que la
combinación ‘oración/ayuno’ no es invento del Papa. Es una práctica que
personas creyentes en todo el mundo han venido realizando desde antiguo.
En nuestro caso católico, le damos
particular importancia porque tenemos muy presente aquel episodio en el que los
discípulos de Jesús trataron de exorcizar a un joven poseído por un espíritu
sordo y mudo que solía revolcarlo y arrojarlo al agua y al fuego para matarlo,
pero no pudieron. En cambio a Jesús le bastó dar una orden para lograrlo. Sus
discípulos le preguntaron por qué ellos no consiguieron expulsar a ese demonio,
Jesús respondió: “Esta clase con nada
puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno” (Mc 9, 29).
Descubrimos así que orar y ayunar es una
combinación muy poderosa. ¿En qué radica su poder? Para comprenderlo
consideremos cada elemento por separado.
El poder de la oración radica, en primer lugar en no confiar en nuestras solas míseras fuerzas,
sino levantar la mirada hacia Dios y reconocer que sin Él nada podemos.
Orar nos permite poner nuestro asunto en
manos de Aquel que todo lo puede, de Aquel que en todo interviene para bien
(ver Rom 8, 28).
El Papa anunció que presidiría una oración
de 7pm a las 12am, hora de Roma (12pm a 5pm hora del centro de México). ¿Por
qué dedicarle tantas horas?, ¿qué no basta orar un ratito?
Desde luego toda oración, corta o larga,
es valiosísima, el requisito fundamental no es la extensión, sino que salga del
corazón.
Pero una vez dicho esto, cabe hacer notar
que dedicar una jornada a orar permite entrar a la oración sin prisas,
desentenderse del reloj, sabiendo que se tienen horas por delante, y meterse
más a fondo, disfrutar serenamente de momentos de alabanza, de petición, de
adoración en silencio, entrar en mayor intimidad, en mejor sintonía con Dios.
Es como si alguien que quieres mucho y a
quien no has podido ver más que a ratitos, te dice que tiene cinco horas que
puede dedicarte enteramente, para platicar sabroso. ¡No te parece demasiado
tiempo, al contrario, se te va como agua!
El poder del ayuno
radica, sobre todo, en que es expresión de amor, de donación, de renuncia a uno
mismo.
Ayunar, (que puede consistir en pasarse el
día a pan y agua, o bien tomar algo muy ligerito, lo indispensable, en la
mañana, hacer una sola comida, austera, al mediodía y tomar lo mínimo en la
merienda), permite liberar la mente de la preocupación por el alimento físico y
enfocarla enteramente al alimento espiritual.
Ayunar es ofrecer a Dios un pequeño
sacrificio.
Ayunar fortalece la propia voluntad, el
dominio propio.
Ayunar nos ayuda a solidarizarnos con
quienes padecen hambre; nos hace más sensibles a las necesidades de los demás.
Orar y ayunar potencia
el poder de la oración y del ayuno, porque, por una parte, respalda la oración
con un sacrificio, con una renuncia, con una donación de sí mismo, y, por otra,
da un sentido espiritual a la privación voluntaria, ofreciéndola a Dios en
favor de otros; es un acto de verdadera caridad.
Es muy significativo que el Papa nos
convoque –con él o después, por nuestra cuenta– a vivir una jornada de oración
y ayuno. Nos está pidiendo, para decirlo en argentino, ‘echar toda la carne al
asador’, es decir, darlo todo, poner el máximo esfuerzo, para exorcizar del
mundo el demonio de la guerra, para pedir, en cuerpo y alma, por la paz.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.512921915448055.1073742
El Papa Francisco está muy preocupado por
la amenaza de guerra en Siria y la violencia en todo el mundo.
Así que decidió convocar a los católicos y
a toda persona de buena voluntad, a participar en una jornada de oración y
ayuno para pedir por la paz (lee su llamado en bit.ly/19Ygayd ).
Y tal vez algunos se preguntan: ¿por qué
se le ocurrió esto el Papa?, ¿toda una jornada de oración?, ¿ayuno?, ¿qué no
sería más fácil pedirnos, como nos pidió cuando lo nombraron Papa, que oremos
un Padrenuestro y un Avemaría?
Para responder cabe recordar que la
combinación ‘oración/ayuno’ no es invento del Papa. Es una práctica que
personas creyentes en todo el mundo han venido realizando desde antiguo.
En nuestro caso católico, le damos
particular importancia porque tenemos muy presente aquel episodio en el que los
discípulos de Jesús trataron de exorcizar a un joven poseído por un espíritu
sordo y mudo que solía revolcarlo y arrojarlo al agua y al fuego para matarlo,
pero no pudieron. En cambio a Jesús le bastó dar una orden para lograrlo. Sus
discípulos le preguntaron por qué ellos no consiguieron expulsar a ese demonio,
Jesús respondió: “Esta clase con nada
puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno” (Mc 9, 29).
Descubrimos así que orar y ayunar es una
combinación muy poderosa. ¿En qué radica su poder? Para comprenderlo
consideremos cada elemento por separado.
El poder de la oración radica, en primer lugar en no confiar en nuestras solas míseras fuerzas,
sino levantar la mirada hacia Dios y reconocer que sin Él nada podemos.
Orar nos permite poner nuestro asunto en
manos de Aquel que todo lo puede, de Aquel que en todo interviene para bien
(ver Rom 8, 28).
El Papa anunció que presidiría una oración
de 7pm a las 12am, hora de Roma (12pm a 5pm hora del centro de México). ¿Por
qué dedicarle tantas horas?, ¿qué no basta orar un ratito?
Desde luego toda oración, corta o larga,
es valiosísima, el requisito fundamental no es la extensión, sino que salga del
corazón.
Pero una vez dicho esto, cabe hacer notar
que dedicar una jornada a orar permite entrar a la oración sin prisas,
desentenderse del reloj, sabiendo que se tienen horas por delante, y meterse
más a fondo, disfrutar serenamente de momentos de alabanza, de petición, de
adoración en silencio, entrar en mayor intimidad, en mejor sintonía con Dios.
Es como si alguien que quieres mucho y a
quien no has podido ver más que a ratitos, te dice que tiene cinco horas que
puede dedicarte enteramente, para platicar sabroso. ¡No te parece demasiado
tiempo, al contrario, se te va como agua!
El poder del ayuno
radica, sobre todo, en que es expresión de amor, de donación, de renuncia a uno
mismo.
Ayunar, (que puede consistir en pasarse el
día a pan y agua, o bien tomar algo muy ligerito, lo indispensable, en la
mañana, hacer una sola comida, austera, al mediodía y tomar lo mínimo en la
merienda), permite liberar la mente de la preocupación por el alimento físico y
enfocarla enteramente al alimento espiritual.
Ayunar es ofrecer a Dios un pequeño
sacrificio.
Ayunar fortalece la propia voluntad, el
dominio propio.
Ayunar nos ayuda a solidarizarnos con
quienes padecen hambre; nos hace más sensibles a las necesidades de los demás.
Orar y ayunar potencia
el poder de la oración y del ayuno, porque, por una parte, respalda la oración
con un sacrificio, con una renuncia, con una donación de sí mismo, y, por otra,
da un sentido espiritual a la privación voluntaria, ofreciéndola a Dios en
favor de otros; es un acto de verdadera caridad.
Es muy significativo que el Papa nos
convoque –con él o después, por nuestra cuenta– a vivir una jornada de oración
y ayuno. Nos está pidiendo, para decirlo en argentino, ‘echar toda la carne al
asador’, es decir, darlo todo, poner el máximo esfuerzo, para exorcizar del
mundo el demonio de la guerra, para pedir, en cuerpo y alma, por la paz.
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