En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la paz:Papa Francisco
Al caer la tarde del sábado 7 de
septiembre una Plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos -más de cien
mil- reunida en torno al Papa Francisco alzó su súplica por la paz en Siria,
Oriente Medio y el mundo entero. En la Jornada de oración y ayuno por él
convocada, el Obispo de Roma preguntó si el mundo que queremos “¿no es un mundo
de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás,
en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones?” Esta armonía y paz
no es posible, reflexionó el Santo Padre “cuando el hombre piensa sólo en sí
mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar
por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios,
entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la
violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento.”
“¿Es posible seguir otro camino?
¿Podemos salir de esta espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo
a caminar por las sendas de la paz?” preguntó el Papa, asegurando que sí, es
posible para todos. “Esta noche me gustaría que desde todas las partes de la
tierra gritásemos: Sí, es posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de
nosotros, desde el más pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que
están llamados a gobernar las naciones, dijese: Sí, queremos.”
“¡Cómo quisiera que por un
momento todos los hombres y las mujeres de buena voluntad mirasen la Cruz! Allí
se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la violencia no se ha respondido
con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En
el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la
reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz.”
Homilía del Santo Padre
«Y vio Dios que era bueno» (Gn
1,12.18.21.25). El relato bíblico de los orígenes del mundo y de la humanidad
nos dice que Dios mira la creación, casi como contemplándola, y dice una y otra
vez: Es buena. Esto, queridísmos hermanos y hermanas, nos introduce así en el
corazón de Dios y, de su interior, recibimos este mensaje.
Podemos preguntarnos: ¿Qué
significado tienen estas palabras? ¿Qué nos dicen a ti, a mí, a todos nosotros?
1. Nos dicen simplemente que
nuestro mundo, en el corazón y en la mente de Dios, es “casa de armonía y de
paz” y un lugar en el que todos pueden encontrar su puesto y sentirse “en
casa”, porque “es bueno”. Toda la creación forma un conjunto armonioso, bueno,
pero sobre todo los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, forman
una sola familia, en la que las relaciones están marcadas por una fraternidad
real y no sólo de palabra: el otro y la otra son el hermano y la hermana que
hemos de amar, y la relación con Dios, que es amor, fidelidad, bondad, se
refleja en todas las relaciones humanas y confiere armonía a toda la creación.
El mundo de Dios es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos,
del bien de todos. Esta noche, en la reflexión, con el ayuno, en la oración,
cada uno de nosotros, todos, pensemos en lo más profundo de nosotros mismos:
¿No es ése el mundo que yo deseo? ¿No es ése el mundo que todos llevamos dentro
del corazón? El mundo que queremos ¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro
de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las
ciudades, en y entre las naciones? Y la verdadera libertad para elegir el
camino a seguir en este mundo ¿no es precisamente aquella que está orientada al
bien de todos y guiada por el amor?
2. Pero preguntémonos ahora: ¿Es
ése el mundo en el que vivimos? La creación conserva su belleza que nos llena
de estupor, sigue siendo una obra buena. Pero también hay “violencia, división,
rivalidad, guerra”. Esto se produce cuando el hombre, vértice de la creación,
pierde de vista el horizonte de belleza y de bondad, y se cierra en su propio
egoísmo.
Cuando el hombre piensa sólo en
sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja
fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de
Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la
violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento. Eso es exactamente lo que
quiere hacernos comprender el pasaje del Génesis en el que se narra el pecado
del ser humano: El hombre entra en conflicto consigo mismo, se da cuenta de que
está desnudo y se esconde porque tiene miedo (Gn 3,10), tiene miedo de la
mirada de Dios; acusa a la mujer, que es carne de su carne (v. 12); rompe la
armonía con la creación, llega incluso a levantar la mano contra el hermano para
matarlo. ¿Podemos decir que de la “armonía” se pasa a la “desarmonía”? ¿Podemos
decir esto? ¿que de la harmonía se pasa a la desarmonía? No, no existe la
“desarmonía”: o hay armonía o se cae en el caos, donde hay violencia,
rivalidad, enfrentamiento, miedo…
Precisamente en medio de este
caos, Dios pregunta a la conciencia del hombre: «¿Dónde está Abel, tu
hermano?». Y Caín responde: «No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn
4,9). Esta pregunta se dirige también a nosotros, y también a nosotros nos hará
bien preguntarnos: ¿Soy yo el guardián de mi hermano? Sí, tú eres el guardián
de tu hermano. Ser persona humana significa ser guardianes los unos de los
otros. Sin embargo, cuando se pierde la armonía, se produce una metamorfosis:
el hermano que deberíamos proteger y amar se convierte en el adversario a
combatir, suprimir. ¡Cuánta violencia se genera en ese momento, cuántos
conflictos, cuántas guerras han jalonado nuestra historia! Basta ver el
sufrimiento de tantos hermanos y hermanas. No se trata de algo coyuntural, sino
que es verdad: en cada agresión y en cada guerra hacemos renacer a Caín. ¡Todos
nosotros! Y también hoy prolongamos esta historia de enfrentamiento entre los
hermanos, también hoy levantamos la mano contra quien es nuestro hermano. También
hoy nos dejamos llevar por los ídolos, por el egoísmo, por nuestros intereses;
y esta actitud va a más: hemos perfeccionado nuestras armas, nuestra conciencia
se ha adormecido, hemos hecho más sutiles nuestras razones para justificarnos.
Como si fuese algo normal, seguimos sembrando destrucción, dolor, muerte. La
violencia, la guerra traen sólo muerte, hablan de muerte. La violencia y la
guerra utilizan el lenguaje de la muerte. Después del caos del Diluvio, ha
dejado de llover, se ve el arcoíris y la paloma trae un ramo de oliva. Pienso
también hoy a aquel olivo que los representantes de las diversas religiones
hemos plantado en Buenos Aires, en la Plaza de Mayo, en el 2000, pidiendo que
no haya más caos, pidiendo que no haya más guerra, pidiendo paz.
3. En estas circunstancias, me
pregunto: ¿Es posible seguir otro camino? ¿Podemos salir de esta espiral de
dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la
paz? Invocando la ayuda de Dios, bajo la mirada materna de la Salus populi
romani, Reina de la paz, quiero responder: Sí, es posible para todos. Esta
noche me gustaría que desde todas las partes de la tierra gritásemos: Sí, es
posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de nosotros, desde el más
pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que están llamados a gobernar
las naciones, dijese: Sí, queremos. Mi fe cristiana me lleva a mirar a la Cruz.
¡Cómo quisiera que por un momento todos los hombres y las mujeres de buena
voluntad mirasen la Cruz! Allí se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la
violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido
con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el fragor de las
armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la
paz. Quisiera pedir al Señor, esta noche, que nosotros cristianos, los hermanos
de las otras religiones, todos los hombres y mujeres de buena voluntad gritasen
con fuerza: ¡La violencia y la guerra nunca son camino para la paz! Que cada
uno mire dentro de su propia conciencia y escuche la palabra que dice: Sal de
tus intereses que atrofian tu corazón, supera la indiferencia hacia el otro que
hace insensible tu corazón, vence tus razones de muerte y ábrete al diálogo, a
la reconciliación; mira el dolor de tu hermano ¡pienso en los niños: solamente
ellos!... Mira el dolor de tu hermano y no añadas más dolor, detén tu mano,
reconstruye la armonía que se ha perdido; y esto no con la confrontación, sino
con el encuentro. ¡Que se acabe el sonido de las armas! La guerra significa
siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad.
Resuenen una vez más las palabras de Pablo VI: «Nunca más los unos contra los
otros; jamás, nunca más… ¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!» (Discurso
a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965: AAS 57 [1965], 881). «La Paz se afianza
solamente con la paz; ¡la Paz se afianza solamente con la paz! La paz no
separada de los deberes de la justicia, sino alimentada por el propio
sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad» (Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz 1976: AAS 67 [1975], 671). Hermanos y
hermanas, perdón, diálogo, reconciliación son las palabras de la paz: en la
amada nación Siria, en Oriente Medio, en todo el mundo. Recemos esta tarde por
la reconciliación y por la paz, contribuyamos a la reconciliación y a la paz, y
convirtámonos todos, en cualquier lugar donde nos encontremos, en hombres y
mujeres de reconciliación y de paz. Así sea.
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.512921915448055.1073742
Al caer la tarde del sábado 7 de
septiembre una Plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos -más de cien
mil- reunida en torno al Papa Francisco alzó su súplica por la paz en Siria,
Oriente Medio y el mundo entero. En la Jornada de oración y ayuno por él
convocada, el Obispo de Roma preguntó si el mundo que queremos “¿no es un mundo
de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás,
en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones?” Esta armonía y paz
no es posible, reflexionó el Santo Padre “cuando el hombre piensa sólo en sí
mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar
por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios,
entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la
violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento.”
“¿Es posible seguir otro camino?
¿Podemos salir de esta espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo
a caminar por las sendas de la paz?” preguntó el Papa, asegurando que sí, es
posible para todos. “Esta noche me gustaría que desde todas las partes de la
tierra gritásemos: Sí, es posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de
nosotros, desde el más pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que
están llamados a gobernar las naciones, dijese: Sí, queremos.”
“¡Cómo quisiera que por un
momento todos los hombres y las mujeres de buena voluntad mirasen la Cruz! Allí
se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la violencia no se ha respondido
con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En
el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la
reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz.”
Homilía del Santo Padre
«Y vio Dios que era bueno» (Gn
1,12.18.21.25). El relato bíblico de los orígenes del mundo y de la humanidad
nos dice que Dios mira la creación, casi como contemplándola, y dice una y otra
vez: Es buena. Esto, queridísmos hermanos y hermanas, nos introduce así en el
corazón de Dios y, de su interior, recibimos este mensaje.
Podemos preguntarnos: ¿Qué
significado tienen estas palabras? ¿Qué nos dicen a ti, a mí, a todos nosotros?
1. Nos dicen simplemente que
nuestro mundo, en el corazón y en la mente de Dios, es “casa de armonía y de
paz” y un lugar en el que todos pueden encontrar su puesto y sentirse “en
casa”, porque “es bueno”. Toda la creación forma un conjunto armonioso, bueno,
pero sobre todo los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, forman
una sola familia, en la que las relaciones están marcadas por una fraternidad
real y no sólo de palabra: el otro y la otra son el hermano y la hermana que
hemos de amar, y la relación con Dios, que es amor, fidelidad, bondad, se
refleja en todas las relaciones humanas y confiere armonía a toda la creación.
El mundo de Dios es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos,
del bien de todos. Esta noche, en la reflexión, con el ayuno, en la oración,
cada uno de nosotros, todos, pensemos en lo más profundo de nosotros mismos:
¿No es ése el mundo que yo deseo? ¿No es ése el mundo que todos llevamos dentro
del corazón? El mundo que queremos ¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro
de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las
ciudades, en y entre las naciones? Y la verdadera libertad para elegir el
camino a seguir en este mundo ¿no es precisamente aquella que está orientada al
bien de todos y guiada por el amor?
2. Pero preguntémonos ahora: ¿Es
ése el mundo en el que vivimos? La creación conserva su belleza que nos llena
de estupor, sigue siendo una obra buena. Pero también hay “violencia, división,
rivalidad, guerra”. Esto se produce cuando el hombre, vértice de la creación,
pierde de vista el horizonte de belleza y de bondad, y se cierra en su propio
egoísmo.
Cuando el hombre piensa sólo en
sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja
fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de
Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la
violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento. Eso es exactamente lo que
quiere hacernos comprender el pasaje del Génesis en el que se narra el pecado
del ser humano: El hombre entra en conflicto consigo mismo, se da cuenta de que
está desnudo y se esconde porque tiene miedo (Gn 3,10), tiene miedo de la
mirada de Dios; acusa a la mujer, que es carne de su carne (v. 12); rompe la
armonía con la creación, llega incluso a levantar la mano contra el hermano para
matarlo. ¿Podemos decir que de la “armonía” se pasa a la “desarmonía”? ¿Podemos
decir esto? ¿que de la harmonía se pasa a la desarmonía? No, no existe la
“desarmonía”: o hay armonía o se cae en el caos, donde hay violencia,
rivalidad, enfrentamiento, miedo…
Precisamente en medio de este
caos, Dios pregunta a la conciencia del hombre: «¿Dónde está Abel, tu
hermano?». Y Caín responde: «No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn
4,9). Esta pregunta se dirige también a nosotros, y también a nosotros nos hará
bien preguntarnos: ¿Soy yo el guardián de mi hermano? Sí, tú eres el guardián
de tu hermano. Ser persona humana significa ser guardianes los unos de los
otros. Sin embargo, cuando se pierde la armonía, se produce una metamorfosis:
el hermano que deberíamos proteger y amar se convierte en el adversario a
combatir, suprimir. ¡Cuánta violencia se genera en ese momento, cuántos
conflictos, cuántas guerras han jalonado nuestra historia! Basta ver el
sufrimiento de tantos hermanos y hermanas. No se trata de algo coyuntural, sino
que es verdad: en cada agresión y en cada guerra hacemos renacer a Caín. ¡Todos
nosotros! Y también hoy prolongamos esta historia de enfrentamiento entre los
hermanos, también hoy levantamos la mano contra quien es nuestro hermano. También
hoy nos dejamos llevar por los ídolos, por el egoísmo, por nuestros intereses;
y esta actitud va a más: hemos perfeccionado nuestras armas, nuestra conciencia
se ha adormecido, hemos hecho más sutiles nuestras razones para justificarnos.
Como si fuese algo normal, seguimos sembrando destrucción, dolor, muerte. La
violencia, la guerra traen sólo muerte, hablan de muerte. La violencia y la
guerra utilizan el lenguaje de la muerte. Después del caos del Diluvio, ha
dejado de llover, se ve el arcoíris y la paloma trae un ramo de oliva. Pienso
también hoy a aquel olivo que los representantes de las diversas religiones
hemos plantado en Buenos Aires, en la Plaza de Mayo, en el 2000, pidiendo que
no haya más caos, pidiendo que no haya más guerra, pidiendo paz.
3. En estas circunstancias, me
pregunto: ¿Es posible seguir otro camino? ¿Podemos salir de esta espiral de
dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la
paz? Invocando la ayuda de Dios, bajo la mirada materna de la Salus populi
romani, Reina de la paz, quiero responder: Sí, es posible para todos. Esta
noche me gustaría que desde todas las partes de la tierra gritásemos: Sí, es
posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de nosotros, desde el más
pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que están llamados a gobernar
las naciones, dijese: Sí, queremos. Mi fe cristiana me lleva a mirar a la Cruz.
¡Cómo quisiera que por un momento todos los hombres y las mujeres de buena
voluntad mirasen la Cruz! Allí se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la
violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido
con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el fragor de las
armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la
paz. Quisiera pedir al Señor, esta noche, que nosotros cristianos, los hermanos
de las otras religiones, todos los hombres y mujeres de buena voluntad gritasen
con fuerza: ¡La violencia y la guerra nunca son camino para la paz! Que cada
uno mire dentro de su propia conciencia y escuche la palabra que dice: Sal de
tus intereses que atrofian tu corazón, supera la indiferencia hacia el otro que
hace insensible tu corazón, vence tus razones de muerte y ábrete al diálogo, a
la reconciliación; mira el dolor de tu hermano ¡pienso en los niños: solamente
ellos!... Mira el dolor de tu hermano y no añadas más dolor, detén tu mano,
reconstruye la armonía que se ha perdido; y esto no con la confrontación, sino
con el encuentro. ¡Que se acabe el sonido de las armas! La guerra significa
siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad.
Resuenen una vez más las palabras de Pablo VI: «Nunca más los unos contra los
otros; jamás, nunca más… ¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!» (Discurso
a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965: AAS 57 [1965], 881). «La Paz se afianza
solamente con la paz; ¡la Paz se afianza solamente con la paz! La paz no
separada de los deberes de la justicia, sino alimentada por el propio
sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad» (Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz 1976: AAS 67 [1975], 671). Hermanos y
hermanas, perdón, diálogo, reconciliación son las palabras de la paz: en la
amada nación Siria, en Oriente Medio, en todo el mundo. Recemos esta tarde por
la reconciliación y por la paz, contribuyamos a la reconciliación y a la paz, y
convirtámonos todos, en cualquier lugar donde nos encontremos, en hombres y
mujeres de reconciliación y de paz. Así sea.
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