¡Que estalle la paz! Un corazón que se deja conmover. Es todo lo que se neces...

¡Que estalle la paz!



Un

corazón que se deja conmover.



Es

todo lo que se necesita.



Todo

parte de ahí.



Todo

parte del corazón de alguien que al ver en el periódico o en la televisión, la

foto de un viejito sirio que toma en sus brazos a su nieto, muerto, como los

otros niños que yacen junto a él, por un arma química, no se levanta a

contemplar a su propio niño, que duerme plácidamente en su camita y piensa:

‘¡qué suerte que eso no le sucedió a él!’, sino que al verlo es capaz de

reconocer a ese otro chamaquito, y sentir como propia la tragedia de ese

abuelo.



Todo

parte del corazón de alguien que al ver a unos cristianos arrodillados orando

entre las ruinas de lo que fue su iglesia, de la no queda nada más que el altar

y unas columnas, no piensa: ‘¡qué bueno que nadie destruyó así mi parroquia!’,

sino que le duele el alma ver esa casa de Dios, que es la suya, la de todos,

incendiada, arrasada.



Todo

parte de un corazón que no se conforma con decir, ‘a mí qué’, ‘ya ni modo’,

‘qué puedo hacer’, sino que se deja tocar, mover, y se siente personalmente

llamado a responder, a hacer algo, lo que sea, menos quedarse con los brazos

cruzados.



Decía

Martin Luther King que no sólo le preocupaba la perversidad de los malvados,

sino la indiferencia de los buenos.



Afortunadamente

abundan los corazones buenos que no son indiferentes, y el Papa Francisco tuvo

la inspirada idea de ¡convocarlos a todos!



En

el rezo del Ángelus del domingo primero de septiembre, hizo un llamado inusual,

no sólo dirigido a los católicos, sino a toda persona de buena voluntad, a

unirse a su Jornada de Ayuno y Oración por la Paz, el sábado 7 de septiembre.



Sin

pensar: ‘ya no da tiempo’, ‘se necesita más anticipación para organizar y

anunciar estas cosas’, ‘no tiene caso, nadie atenderá’, el Santo Padre lanzó su

invitación a la gran familia humana, en calidad de urgente, del domingo al

sábado, y ¡ésta respondió!



Nunca

fue mejor aprovechada la velocidad y capacidad multiplicadora de las ‘redes

sociales’. De inmediato el llamado del Papa comenzó a difundirse en mensajes de

texto en celular; se volvió tópico del momento en twitter, se convirtió en tema

de ‘estado’ y de ‘enlace’ en los ‘muros’ de miles de páginas de ‘facebook’. Y

no sólo entre católicos. Muchos ‘alejados’, acostumbrados a que en la Iglesia

se hable de ellos pero no a ellos, se sintieron invitados, acogidos, y

decidieron sumarse. No hacía falta ser católico para participar, ni siquiera

creyente, bastaba ser hombre o mujer de paz.



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En

todo el planeta la gente se preparó como mejor se le ocurrió y pudo, para

participar en la Jornada de Ayuno y Oración convocada por el querido Papa

Francisco.



Se

celebraron Misas y Horas Santas en Catedrales y Basílicas, en parroquias y

capillas; en las casas las familias se reunieron a rezar el Santo Rosario;

muchos siguieron el evento en vivo a través de medios electrónicos, y miles

colmaron la plaza de san Pedro.



Daba

ternura conocer el modo a veces tan sencillo pero siempre tan amoroso como la

gente participó del ayuno para poner su granito de arena ofreciendo su pequeño

sacrificio personal en aras de la paz mundial: una ancianita dijo que tomó su

café sin azúcar, un joven, que ese día no vio ‘fut’, una pareja dijo que en

lugar de ir al cine prefirió quedarse allí, a orar con los demás.



Todos

ofrecieron algo y todos supieron unirse, por encima de cualquier diferencia de

credo, color, nacionalidad o situación económica o social, para expresar su

anhelo por la paz.



Fue

conmovedor cuando la imagen de la Virgen María fue llevada desde el Obelisco,

para el rezo del Rosario, durante el cual se leyeron textos bíblicos, un

bellísimo poema de santa Teresita del Niño Jesús, y se pidió una y otra vez:

‘Reina de la paz, ruega por nosotros’.



Y

como el Papa dijo que ‘la verdadera paz nace del corazón del hombre

reconciliado con Dios y con los hermanos’, se instalaron cincuenta

confesionarios en la plaza, para que los fieles pudieran acudir, tal vez por

primera vez en años, al Sacramento de la Reconciliación.



Resultó

impactante que en la oración ante el Santísimo se hizo un silencio profundo,

que denotaba el intenso recogimiento de los presentes. Y hubo lágrimas en

muchos ojos cuando se escucharon los textos bíblicos, la muy actual oración del

Papa Pío XII, las invocaciones para pedir la paz, los cantos, y desde luego

cuando cada una de las parejas que representaba a Siria, Egipto, Tierra Santa,

Estados Unidos y Rusia, se acercaron a ofrecer incienso en el brasero a la

derecha del altar, como para expresar el deseo ferviente de que en esas

naciones en especial, cese toda violencia y afán de violencia.



Dice

el salmista al Señor: “Suba mi oración como incienso en Tu presencia, el alzar

de mis manos como ofrenda en la tarde” (Sal 141,2).



Al

ver ese humo del incienso que iba elevándose, perdiéndose en el lila oscuro de

la noche que caía sobre la plaza, podía uno pensar que era, sin duda, aroma

grato a Dios, ofrenda agradable a la que iba unida la de una humanidad que está

cansada, harta, de estar, como dice la Plegaria Eucarística, ‘dividida por las

enemistades y las discordias’, una humanidad que quiere que terminen los

estallidos de las guerras, y, que en su lugar, como pidió, como oró

fervientemente el Papa Francisco, ¡estalle la paz!



El

Papa dio las gracias a todos los participantes en la Jornada de Ayuno y Oración

por la paz, y nos pide que sigamos orando. Lee su mensaje en bit.ly/15KgWku





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