Serie Año de la Fe, Ficha 43: Y Su Reino no tendrá fin
Ser
como todos’, no suele ser la mejor motivación pero fue la que hizo que los
ancianos del pueblo elegido de Dios pidieran al profeta Samuel que les nombrara
un rey (ver 1Sam 8,5). Querían ser como otros pueblos y que los gobernara un
hombre (ver 1Sam 8, 7). Advertidos de los abusos que podría cometer el rey (ver
1Sam 8.10-18), no quisieron escuchar (ver 1Sam 8,20).
Así
pues, Dios les concedió reyes. Cuando éstos cumplieron la voluntad divina
lograron cosas admirables, pero cuando siguieron sus propios deseos, hicieron
cosas reprobables.
Entonces
Dios prometió enviar un rey que reinaría como ningún otro, en la verdad, en la
justicia, en la paz (ver Is 11, 1-9); un rey que no sería derrotado por sus
enemigos; que reinaría para siempre (ver 2Sam 7,12.15-16; Dan 2,44; 7,14).
Ellos
esperaron a ese rey del que pensaban les daría dominio sobre todos los pueblos.
Pero
se quedaron esperando. Y no porque Dios hubiera incumplido Su promesa, sino
porque no supieron reconocer que el rey que les envió era Jesús.
Un
Rey que no vino a conquistar con violencia sino con amor, no vino a ser servido
sino a servir, no vino a borrar de la tierra a sus enemigos, sino a
perdonarlos; no vino a condenar sino a salvar.
Vino
a este mundo, pero no era rey de este mundo (ver Jn 18, 36).
Vino
a darnos a conocer Su Reino, a invitarnos a habitarlo, edificarlo, extenderlo.
Y Su
Reino no se parece a ninguno otro:
Los
reinos de este mundo se expanden mediante el uso de la fuerza, sometiendo a
otros pueblos. El Reino de Dios en cambio viene a conquistar corazones, a
seducirnos con Su amor, busca nuestra rendición voluntaria. Jesús no impone,
propone. Dice “si alguien quiere seguirme...” (Lc 9,23)
En
los reinos de este mundo triunfan los que intrigan y mienten, los que escalan
posiciones aplastando a otros, los que avasallan a los débiles.
En
el Reino de Dios en cambio, brilla la verdad (ver Mt 5,37), la justicia (ver Mt
5,20), la misericordia (ver Mt 5,7), la compasión (ver Lc 6, 36). El éxito está
en dar, no en arrebatar (ver Lc 6,38), en ayudar no en perjudicar (ver Mt 25,
31-46), en perder la vida, desgastándola en los demás (ver Mt 16,25).
En
los reinos de este mundo se valoran las grandes hazañas, en el Reino de Dios se
valora lo pequeño, el más mínimo acto de amor, de ayuda desinteresada (ver Mt
13, 31-33).
En
los reinos de este mundo se busca obtener títulos, figurar, ser ‘alguien’, en
el Reino de los Cielos se valora la humildad, servir al otro, no servirse del
otro, hacerse como un niño (ver Mc 10, 41-45; Mt 18, 1-4).
En
los reinos de este mundo se sobrevaloran los bienes materiales, impera la
avaricia, el lujo, el derroche (un par de zapatos de una dama de la realeza
cuesta más de lo que un migrante, campesino u obrero gana en un año). En el
Reino de Dios lo que cuenta es ser, no poseer; lo valioso es compartir no
acaparar, acumular un tesoro en el cielo, no en la tierra (ver Mt 6, 19-21; Mc
10,21).
Los
reinos de este mundo son pasajeros, por bueno o malo que sea un rey, tarde o
temprano morirá y dejará su lugar a su sucesor. Su ‘corte’ perderá sus
privilegios. En cambio el Reino de Dios es para siempre, todo lo bueno y lo
bello ¡nunca terminará!
Como
afirmamos en el Credo, el Reino de Jesucristo “no tendrá fin”, como proclamamos
en Misa: “Tuyo es el Reino, Tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.”
Al
inicio de Su ministerio Jesús anunció que el Reino de Dios estaba cercano, e
invitó a la gente a convertirse y a creer en el Evangelio.
Acepta
Su invitación quien no desea ser como quienes se rigen por los reyes de este
mundo, sino quiere que el Señor reine en su corazón porque ha comprendido que
no hay mejor manera de vivir en este mundo que ayudando a Jesús a edificar Su
Reino, y no habrá mejor manera de pasar la eternidad que disfrutándolo en
compañía del Rey eterno.
---
Para
profundizar en este tema, medita las parábolas del Reino en el Evangelio (por
ej Mt 13; Lc 15), y lee el Catecismo de
la Iglesia Católica, #541-570; 2046
(Continuará...
‘El Credo desglosado en el Año de la fe’)
La
próxima semana: ‘Creo en el Espíritu Santo’
¡No
te lo pierdas!
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Ser
como todos’, no suele ser la mejor motivación pero fue la que hizo que los
ancianos del pueblo elegido de Dios pidieran al profeta Samuel que les nombrara
un rey (ver 1Sam 8,5). Querían ser como otros pueblos y que los gobernara un
hombre (ver 1Sam 8, 7). Advertidos de los abusos que podría cometer el rey (ver
1Sam 8.10-18), no quisieron escuchar (ver 1Sam 8,20).
Así
pues, Dios les concedió reyes. Cuando éstos cumplieron la voluntad divina
lograron cosas admirables, pero cuando siguieron sus propios deseos, hicieron
cosas reprobables.
Entonces
Dios prometió enviar un rey que reinaría como ningún otro, en la verdad, en la
justicia, en la paz (ver Is 11, 1-9); un rey que no sería derrotado por sus
enemigos; que reinaría para siempre (ver 2Sam 7,12.15-16; Dan 2,44; 7,14).
Ellos
esperaron a ese rey del que pensaban les daría dominio sobre todos los pueblos.
Pero
se quedaron esperando. Y no porque Dios hubiera incumplido Su promesa, sino
porque no supieron reconocer que el rey que les envió era Jesús.
Un
Rey que no vino a conquistar con violencia sino con amor, no vino a ser servido
sino a servir, no vino a borrar de la tierra a sus enemigos, sino a
perdonarlos; no vino a condenar sino a salvar.
Vino
a este mundo, pero no era rey de este mundo (ver Jn 18, 36).
Vino
a darnos a conocer Su Reino, a invitarnos a habitarlo, edificarlo, extenderlo.
Y Su
Reino no se parece a ninguno otro:
Los
reinos de este mundo se expanden mediante el uso de la fuerza, sometiendo a
otros pueblos. El Reino de Dios en cambio viene a conquistar corazones, a
seducirnos con Su amor, busca nuestra rendición voluntaria. Jesús no impone,
propone. Dice “si alguien quiere seguirme...” (Lc 9,23)
En
los reinos de este mundo triunfan los que intrigan y mienten, los que escalan
posiciones aplastando a otros, los que avasallan a los débiles.
En
el Reino de Dios en cambio, brilla la verdad (ver Mt 5,37), la justicia (ver Mt
5,20), la misericordia (ver Mt 5,7), la compasión (ver Lc 6, 36). El éxito está
en dar, no en arrebatar (ver Lc 6,38), en ayudar no en perjudicar (ver Mt 25,
31-46), en perder la vida, desgastándola en los demás (ver Mt 16,25).
En
los reinos de este mundo se valoran las grandes hazañas, en el Reino de Dios se
valora lo pequeño, el más mínimo acto de amor, de ayuda desinteresada (ver Mt
13, 31-33).
En
los reinos de este mundo se busca obtener títulos, figurar, ser ‘alguien’, en
el Reino de los Cielos se valora la humildad, servir al otro, no servirse del
otro, hacerse como un niño (ver Mc 10, 41-45; Mt 18, 1-4).
En
los reinos de este mundo se sobrevaloran los bienes materiales, impera la
avaricia, el lujo, el derroche (un par de zapatos de una dama de la realeza
cuesta más de lo que un migrante, campesino u obrero gana en un año). En el
Reino de Dios lo que cuenta es ser, no poseer; lo valioso es compartir no
acaparar, acumular un tesoro en el cielo, no en la tierra (ver Mt 6, 19-21; Mc
10,21).
Los
reinos de este mundo son pasajeros, por bueno o malo que sea un rey, tarde o
temprano morirá y dejará su lugar a su sucesor. Su ‘corte’ perderá sus
privilegios. En cambio el Reino de Dios es para siempre, todo lo bueno y lo
bello ¡nunca terminará!
Como
afirmamos en el Credo, el Reino de Jesucristo “no tendrá fin”, como proclamamos
en Misa: “Tuyo es el Reino, Tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.”
Al
inicio de Su ministerio Jesús anunció que el Reino de Dios estaba cercano, e
invitó a la gente a convertirse y a creer en el Evangelio.
Acepta
Su invitación quien no desea ser como quienes se rigen por los reyes de este
mundo, sino quiere que el Señor reine en su corazón porque ha comprendido que
no hay mejor manera de vivir en este mundo que ayudando a Jesús a edificar Su
Reino, y no habrá mejor manera de pasar la eternidad que disfrutándolo en
compañía del Rey eterno.
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Para
profundizar en este tema, medita las parábolas del Reino en el Evangelio (por
ej Mt 13; Lc 15), y lee el Catecismo de
la Iglesia Católica, #541-570; 2046
(Continuará...
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