El maltrato a los mendigos de las bandas callejeras

Rafael Gutiérrez Amaro

María del Rosario Endrinal Petit tenía 50 años cuando una noche de diciembre de 2005 tres jóvenes, uno de ellos menor de edad, accedieron al cajero donde dormía en el barrio barcelonés de Sant Gervasi, la agredieron, la rociaron con un líquido inflamable y le prendieron fuego. Murió días más tarde.

Jesús Ruiz, director del centro de acogida Assís para personas sin hogar, tiene las siguientes cifras: “En España muere una persona sin hogar cada cinco días, el 25% como consecuencia de una agresión”.

Assís forma parte de Hatento:

·         “Hatento es un observatorio de delitos de odio contra personas sin hogar en Barcelona”.

El citado estudio observatorio comenzó a recoger datos, primero gracias a los medios de comunicación, tras el crimen perpetrado contra Endrinal Petit. Ella era una secretaria de altos directivos que tras una mala época acabó mendigando en la calle. ¡Triste verdad!

Ruiz asegura que la media de edad de los sin techo que acaban falleciendo en la vía pública es de 47 años.

Constantemente hay gente joven que acaba la fiesta agrediendo a una persona sin hogar. Los insultan, se ríen de ellos. Los mendigos a veces se rebotan y se enfadan y eso todavía hace más gracia a la banda de callejeros. Entonces se acercan al bulto en el suelo y junto a ellos le lanzan botellas que van impactando y cortando el cuerpo del sin techo y en esos momentos, entre risas y en ambiente lamentablemente cachondo, graban la agresión con un teléfono móvil, lamenta Ruiz.

El director del centro de acogida asegura que hay un componente educacional extraño en muchos adolescentes y callejeros que les hace creer:

·         “Que son superiores al resto, y con el increíble derecho de agredir, o quemar a un indigente, grabarlo y difundirlo”.

Un 47,1% de las personas sin hogar ha sufrido un incidente o delito de odio por la intolerancia y los prejuicios hacia su situación de exclusión social extrema y, de este porcentaje, un 81,3% ha pasado por esta experiencia en más de una ocasión, asegura el informe.

El 87% de las personas responsables de los incidentes o delitos de odio fueron hombres y un 57% tenían entre 18 y 35 años, de acuerdo con la información recibida. En el 28,4% de las experiencias analizadas:

·         “Los responsables de la agresión o humillación fueron chicos jóvenes que estaban de fiesta”.

·         “Un 10,1% de los entrevistados relataron experiencias relacionadas con el trato recibido por los servicios policiales”.

·         “Los grupos nazis estuvieron implicados en un 7,3% de los incidentes”.

El neurólogo y psiquiatra Joan Romeu asegura:

·         “En la mayoría de casos estas bandas de adolescentes con un comportamiento “antisocial” no tienen un trastorno sino una relajación moral de la escala de valores”.

El psiquiatra Romeu recuerda el juicio en Israel contra el nazi Adolf Eichman en 1961, y nos indica:

·         “Entonces, la filósofa alemana Hannah Arendt acuñó la teoría de la banalidad del mal, que aseguraba que los nazis no eran malos sino que les habían educado para pensar que el mal podía ser algo que no tenía importancia”. La polémica teoría fue fruto de grandes discusiones pero Romeu cree que puede ser acertada.

Y continúa Romeu:

·         “Algunos adolescentes creen que los mendigos están en la escala más baja, son gente que no sirve, que no son productivos, que son unos desgraciados, inútiles… y por tanto es banal hacerles daño o incluso puede ser bueno”.

Todo esto denota en estas bandas callejeras y desgraciadamente en gran parte de la sociedad actual:

·         Insensibilidad social.

·         Falta de humanidad.

·         Insolidaridad.

·         Desprecio a los marginados.

·         Ausencia de valores.

·         Maldad.

·         Incomprensión hacia los demás.

·         El no respeto a la dignidad de la persona.

·         Inmoralidad

Construir una sociedad justa con este tipo de personas es ciertamente difícil y eso nos está sucediendo en estos tiempos. En muchos sectores hay disponibilidad para cambiar, para mejorar la sociedad, pero no encontramos a las personas adecuadas; y así aparecen con frecuencia los corruptos, por ejemplo en el Parlamento, en los ayuntamientos, en las autonomías, en la banca, en el mundo empresarial, en la educación, en la sanidad y así aunque queremos hacer un mundo y en concreto una España más solidaria, más justas y con más valores éticos y morales no podemos. Y no podemos sencillamente porque nos faltan personas con cualidades; y por lo tanto es necesario una renovación social, un volver a valorar comportamientos y actitudes más acordes con la dignidad del ser humano y menos acordes con el egoísmo, con la usura, con el orgullo, con la deshonra y con el poder.

Estas bandas callejeras construyen sus vidas sobre principios de corrupción, de anarquía, de extremismos, de radicalismos, de absoluta ausencia de valores, de inmoralidades, de libertinajes, de deshonestidades. Estás personas, en muchos casos, viven al día y de una manera cochambrosa y estéril. Sólo se dedican a molestar, a robar, a insultar, a deteriorar lo que encuentran a su paso, a crear malestar, etc.

Ojalá seamos capaces de erradicar de nuestra sociedad a esta inmundicia maloliente y a ir construyendo un mundo mejor, basado en la bondad, en la honestidad, en la decencia, en el respeto, en la tolerancia, en la libertad, en la paz y en el amor.

Parte de los datos que documentan este artículo tienen su origen en: “Alfonso L. Congostrina de Barcelona”. A él mi agradecimiento por estos datos tan ilustrativos de este tema tan crudamente inexplicable. 

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