Al hombre actual no le falta de nada, pero carece de lo principal. Esta afirmación podría ser el título de una tesis doctoral, que reflejase el comportamiento y experiencia de muchas personas, que viven instaladas en el primer mundo. En nuestra sociedad consumista, quien tiene riquezas, trabajo y dinero, casi lo tiene todo ya al alcance de su mano, sea cualquier capricho o antojo. Las modas y anuncios de los medios ofrecen atractivos y persuasivos reclamos, para el gusto de todos los consumidores. Incluso en tiempo de crisis, recortes y austeridad. No hay barreras y se dan amplias facilidades para adquirir casi todo. No obstante esto, se tiene la común experiencia y se constata, que pese a tantos incentivos y reclamos, en general la gente no es más feliz que la de otras épocas o de otros mundos ignotos o subdesarrollados. ¿Cuál es la causa de esta generalizada frustración?. Me atrevo a decirlo sin ambages ni rodeos. La gente no es feliz porque no busca ni ha encontrado a Dios, el único bien capaz de satisfacer las apetencias infinitas de amor y felicidad que alberga el corazón humano. Los santos y místicos de la Iglesia católica, un S. Pablo, un S. Agustín, una Sta. Teresa, S. Juan de la Cruz etc, nos han brindado a los humanos, ahítos de bienes materiales pero hambrientos y sedientos de trascendencia, su propia vida y experiencia. La dejaron plasmada en pocas palabras, como estas: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. ”Dios mío y todas las cosas”. ”Quien a Dios tiene, nada le falta”. ”Y descansé, estando ya mi casa sosegada”. “Lo que no es eterno no es nada”. No vale darle más vueltas. O buscamos a Dios para que él nos llene de su paz, amor y felicidad o nos quedaremos con la mayor carencia de la vida, que es vivir sin Dios.
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