Al comunicar los dogmas, los preceptos y las particularidades del cristianismo, deberemos ser fieles al mensaje que nos confió Jesucristo, el Evangelio, evitando caer en el error de inventarnos un cristianismo a gusto del consumidor, poco exigente. No se trata de inventar nada. Una cosa es el aggiornamento y otra picar en el anzuelo de los que pretenden cambiar el cristianismo. Sin duda, sería desvirtuarlo, faltar a la confianza con que nos lo depositó su fundador, su Cabeza, el Maestro, el Hijo de Dios vivo.
Aggiornamento es la palabra. El cristianismo tiene una facilidad extraordinaria para adaptarse a cada época y lugar. Lo ha demostrado hasta ahora y lo demostrará siempre. En esa línea, es bueno todo lo que sea sacarle brillo y actualizar el mensaje: Limpiémoslo, curémoslo de toda la caspa que el hombre con el paso del tiempo le ha ido provocando voluntaria o involuntariamente y hablémoslo de la manera y con los medios que hablamos hoy y con los que habla cada cultura. Ciertamente, eso también ha sabido hacerlo la Iglesia hasta hoy, pero ahora está fallando, no porque su mensaje sea arcaico, sino porque no encuentra la manera de llegar al corazón del hombre moderno, y menos del postmoderno. Es especialmente importante conseguirlo en el actual contexto multicultural a nivel global y regional, para llegar con incisión a todas las culturas que están abriéndose al mundo y a las que debemos llegar, y también para hacer efectivo el diálogo ecuménico e interreligioso.
Así, hay que adaptar y hasta cambiar el cómo, no el qué. Para ello será bueno hallar, avanzar en y promocionar los puntos que tenemos en común, los que de alguna manera ya nos unen, pero de ninguna manera debemos renunciar y traicionar la esencia teológica de nuestra religión. Si no, perdería el alma, pues dejaría de ser lo que es para ser otra cosa. Entonces sí que peligraría su futuro y el nuestro, y llegaría a desaparecer del mapa, puesto que Jesucristo “sólo” nos aseguró asistirnos hasta el fin del mundo si permanecíamos fieles a su Palabra (Cfr. Mt 28,20), la que nos transmitió por mandato del Padre (Cfr. Jn 14,23), enseñando a los demás, al mundo, a guardar todo lo que Él nos mandó (Cfr. Mt 28,20), ya que si no permanecemos en él, no podemos dar fruto (Cfr. Jn 15,1-8). Es lo que está haciendo certeramente el Papa Francisco. De él la revista Time sentenció: “No ha cambiado la letra, pero ha cambiado la música”. ¡De eso se trata! Quien canta el mal espanta.
[Para este artículo debo reconocimiento a M. Kugler y F. J. Contreras (Eds.) ¿Democracia sin religión? Ed. Stella Maris. Barcelona, 2014. En especial, la ponencia “Entender la crisis de secularización del cristianismo” (M. Prüller). Me ha dado muchas ideas, generado otras y despertado algunas que había pensado u oído.]
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