La visita del Papa a Ecuador, Bolivia, y Paraguay ha hecho emerger un tema recurrente: el crecimiento evangélico en América Latina y el retroceso –en términos relativos- católico. En muchas de las explicaciones que se dan a su buen resultado, se hace hincapié en la utilización de medios más “modernos” en la comunicación, la ayuda de las fundaciones de Estados Unidos, su aplicación en algunos casos por los propios gobiernos, como en Bolivia, para debilitar a la Iglesia católica, entre otras razones. Pero quisiera apuntar una que me parece fundamental. Se atribuye como una de las causas centrales del crecimiento protestante a la “teología de la prosperidad”, del “éxito en la vida” que caracteriza a muchas de estas confesiones evangelistas. Brasil es uno de los casos más llamativos por su penetración en las poblaciones más pobres. Este planteamiento suscita críticas, sobre todo en sus excesos, por el caer en la tentación de la fe como beneficio inmediato y material, cuando Cristo señala una y otra vez que la recompensa está en la vida eterna, lo que constituye una trampa maléfica que lleva a la frustración y rechazo, cuando la prosperidad no acaece. Pero eso, en todo caso, serían sus excesos, pero no es el caso cuando este planteamiento es correctamente entendido y explicado. La mejor verificación es que después de años de aplicar este enfoque, por tanto con tiempo para experimentar sus resultados, no se ha vuelto en contra de las iglesias que lo practican.
Y es que lo que se está proponiendo es empíricamente cierto y forma parte de un gran olvido y un error católico el haber marginado esta visión.
Me explico, la ética, es decir el tipo de comportamiento, el modelo de vida y de familia que propone el cristianismo, no solo es la práctica necesaria del camino de salvación, sino que aporta ventajas concretas. Se ha olvidado, en definitiva, algo tan propio de la Iglesia como es la educación y la experiencia en las virtudes. Las personas que no roban, no buscan en el delito la satisfacción de sus necesidades, que substituyen la violencia y la agresividad por la empatía, la reciprocidad y la solidaridad, la de que estén donde estén honran a Dios con el trabajo bien hecho quienes viven en la esperanza y en el amor que les da su fe; quienes se mantiene lejos de las drogas, el alcohol, la dependencia del sexo, del poder y del dinero; quienes no vacilan y aplican la ética clara y sencilla del cristiano, mantienen sus familias unidas y son esposos y mujeres fieles, tienen hijos y se esfuerzan en educarlos sobre todo con su propio ejemplo, mantienen vivas las relaciones de parentesco y comunidad. Estas personas acostumbran a obtener mejores resultados en todos los ámbitos, desde la salud a la felicidad percibida, desde la vivienda a sus ingresos y ahorros, y ven con mayor facilidad como sus hijos prosperan. La razón técnica, llamémosle así, es que la ética cristiana y sus virtudes aportan un capital social importante a las familias y a sus comunidades, y acrecientan su capital humano. Soportan menos costes sociales y de funcionamiento, y hacen posible una –en términos relativos- mejor renta familiar disponible.
Cuando el catolicismo se encierra demasiado en la creencia ideológica, que a veces es abrumadoramente temporal, y pierde de vista la acción del Espíritu Santo, cuando confunde la fe con un ritual y la eucaristía se rutiniza, o acaba en una sociología que se dilucida en reuniones, cuando se olvida en definitiva del significado sencillo de la vida cristiana, se pierde de vista que ser bueno no representa sufrir siempre y mucho en este mundo, y resignarse.
Naturalmente, esto no significa una protección “mágica” ante la adversidad de la vida, simplemente es un efecto colateral de una vida cristiana. No significa negar el sufrimiento, sino vivir la vida tal y como es.
Asumir todo esto no tiene nada que ver con negar la supremacía y destino del ser humano en la vida eterna, solo quiere decir –creo- que efectivamente la ley natural funciona. La Iglesia ha de hablar sin temor de los benéficos de la vida buena cristiana, en términos concretos demostrables, y enseñar en que consiste esta vida buena, en lugar de limitarse a paliar parte de los efectos de la “vida mala”, porque no todas las situaciones de marginación, desamparo y sufrimiento que se viven hoy en plena crisis están causadas solo por las estructuras de pecado. Cambiar la ética y la falta de virtudes personales contribuye a ello, en algunos casos amplificando las privaciones, en otros siendo la causa principal de los daños.
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