La Palabra del Domingo: Cuenta conmigo ¿Alguna vez has dicho o te han dicho: ‘...

La Palabra del Domingo: Cuenta conmigo



¿Alguna vez has dicho o te han dicho: ‘puedes contar

conmigo’?



Es una frase que suele brotar, sincera, del fondo del

corazón, pero como dice el refrán, ‘del dicho al hecho hay mucho trecho’.



No siempre puedes o te pueden cumplir esa promesa.



Y no por falta de ganas o de buena voluntad, sino

simplemente porque ciertas capacidades personales no dan el ancho, y ni modo.

Fallas y/o te fallan.



Y cuando eso sucede no te queda otra salida que pedir o

tener benevolencia, comprensión hacia la debilidad humana que hizo imposible

cumplir lo prometido.



Viene esto a la mente al leer en el Evangelio que se

proclama este domingo en Misa (ver Lc 14, 25-33), que Jesús plantea tres

exigencias a quien quiera seguirlo como discípulo: debes preferirlo a Él por

encima de cualquier persona, incluso de ti mismo; debes cargar tu cruz y

seguirlo, y debes renunciar a todos tus bienes.



Si te pones a considerar si podrías cumplir estos

requisitos, tal vez empiezas por el primero, y te incomoda preguntarte si

realmente prefieres a Dios o a las personas que amas más, ¿a tu novio o novia,

a tu cónyuge, a tus hijos, a ti mismo?



Mejor revisas lo siguiente que pide, y te cuestionas si de

veras querrías cargar una cruz para seguir a Jesús.



Y como te das cuenta de que responderías que sí siempre y

cuando te garanticen que no te toque una muy pesada, decides saltarte al último

requisito, a ver si éste sí aunque sea éste puedes cumplir: renunciar a todos

tus bienes; ¡gulp!, dijo ¿a todos?, ¡doble gulp!, cuestión espinosa si tienes

muchos, o si tienes pocos pero te aferras a ellos.



Cuando terminas la rápida revisión de lo que Jesús pide y lo

que tú darías, te das cuenta de que perteneces al triste grupo de los ‘no

dignos’ de ser Sus discípulos.



Pero ¿qué vas a hacer?, ¿resignarte a quedarte fuera?, ¿irte

con no sé qué secta o gurú?, ¿quedarte como estás? No. En el fondo del alma

sabes, como sabía Pedro, que no hay nadie más a quién acudir, pues sólo Jesús

tiene palabras de vida eterna, sólo Él es el Hijo de Dios (ver Jn 6, 68-69).



Entonces, ¿qué puedes hacer?



No desesperar.



Considerar que Jesús pone dos ejemplos en este Evangelio,

con los que quiere dar a entender que antes de emprender algo hay que calcular

si se tienen los recursos para llevarlo a cabo.



Menciona el caso de quien desea construir una torre y

primero calcula el costo, “no sea que después de haber echado los cimientos, no

pueda acabarla” y todos se burlen de él, y habla de un rey que antes de

combatir a otro, primero considera si será capaz de derrotarlo, porque si no,

mejor le propone la paz.



Mucha gente se pregunta si los requisitos que pidió Jesús y

los ejemplos que puso atañen sólo a Sus discípulos (pues a ellos se dirige al

principio), o si conciernen a toda la gente.



Y aunque no falta quien querría que no los haya dicho para

todos, la verdad es que todos estamos llamados a amar al Señor sobre todas las

cosas, a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas

(ver Dt 6,4; Mt 22, 36-38); a todos se nos invita a cargar con nuestra cruz de

cada día para seguirlo (ver Mt 16,24), y a todos nos advierte no poner el

corazón en los bienes materiales (ver Mt 6, 19-21).



Así que no hay salida por la tangente.



Lo que sí hay es solución.



¿Cuál?



Para hallarla hay que considerar ¿qué pasaría si los

ejemplos que puso Jesús hubieran tenido un final diferente?



¿Qué hubiera ocurrido si al que no tenía dinero para

terminar la torre, un amigo millonario le hubiera regalado todos los ladrillos

que necesitaba?, y ¿qué hubiera sucedido si a ese rey cuyo escaso ejército no

podía nada contra el de su enemigo, le hubiera enviado un emperador sus

poderosas tropas?



¡Entonces sin duda que el constructor se hubiera animado a

construir y el rey se hubiera lanzado con todo contra su adversario!



Pues bien, ese constructor eres tú, ese rey, eres tú, que

con tus propios recursos, con tus solas míseras fuerzas no eres capaz de amar a

Dios como se merece, no eres capaz de cargar tu cruz y seguirlo, no eres capaz

de renunciar a nada por Él, y por lo tanto, no eres digno de Él.



Pero, y eso es lo esperanzador, Él ya lo sabe, lo ha sabido

siempre.



Hace mucho que hizo cálculos, y vio que no eras digno.



Pero eso no lo desanimó ni decidió borrarte de la lista de

Sus discípulos.



Lo animó, más bien, a venir personalmente a echarte la mano.



A unir Sus poderosas fuerzas a las raquíticas tuyas.



Y así, inunda tu corazón de Su amor, para que lo puedas amar

por encima de todo.



Carga contigo tu cruz, hombro con hombro, Él delante de ti,

para que puedas seguirlo, poniendo tus pies sobre Sus huellas.



Te colma con Sus dones y bendiciones, para que prefieras

poner tus ojos, y tu corazón, en los bienes del cielo, no en los de la tierra.



En suma, como no eras digno, el Señor te hace digno.



Dice el salmista que “si el Señor no construye la casa, en

vano se cansan los albañiles” (Sal 127, 1). Con ayuda del Señor puedes

edificar, no una torre, no una casa, sino el Reino de los cielos.



Dice el salmista: “pues yo no confío en mi arco, ni mi

espada me da la victoria; Tú nos das la victoria sobre el enemigo, y derrotas a

nuestros adversarios” (Sal 44, 7-8)



“Fiado en Ti me meto en la refriega, fiado en mi Dios,

asalto la muralla” (Sal 17, 30). Con ayuda del Señor puedes vencer no solamente

a un rey, sino al pecado y a la muerte.



Decía san Agustín: ‘Señor, dame lo que me pides y pídeme lo

que quieras’.



El Señor nos ayuda a cumplir lo que nos exige, y si por

desaprovechar la mano que nos tiende, tropezamos y caemos, y dejamos de amarlo como

merece, o nos negamos a cargar nuestra cruz, o nos aferramos más a nuestros

bienes, Él, que conoce nuestro barro (ver Sal 103, 13-14), nos comprende, nos

levanta, nos sostiene, nos pone de nuevo en el camino.



Este domingo la Palabra de Dios nos descubre que somos

indignos de ser discípulos de Cristo, pero que no por ello hemos de

desanimarnos, porque Él mismo nos ayuda a suplir lo que nos falta, remedia

nuestras deficiencias con Su gracia.



Puedes atreverte a seguirle, decirle, aunque sea titubeante:

‘cuentas conmigo’, porque antes que tú, Él te lo dijo.



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