Lectio Divina: Poder ser discípulo Lectura Aunque en torno a Jesús pueda habe...

Lectio Divina: Poder ser discípulo



Lectura



Aunque en torno a Jesús pueda haber una gran muchedumbre que

camina con Él, lo cierto es que, para considerarse discípulos en sentido

estricto, es necesario atender sus exigencias radicales. La suavidad de muchas

de sus palabras y el alborozo espontáneo ante sus signos despierta, en

ocasiones, un entusiasmo irreflexivo. Por eso, teniendo como objetivo el llegar

a Jerusalén, la Ciudad Santa donde ha de entregar su vida, el mismo Jesús

advierte sobre las implicaciones de su seguimiento. En tres ocasiones concluye

sus palabras diciendo: “...no puede ser mi discípulo”. El cuidado estilo de san

Lucas no tiene aquí matices que moderen la fuerza de las expresiones. En la

primera frase, al mencionar los vínculos familiares, el texto original pide

“odiar” al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y a

las hermanas, para poder ser discípulo. La segunda menciona “cargar” la propia

cruz, ponérsela a los hombres, de modo que se amenaza la propia vida. La

tercera indica “separarse” de todos los bienes. En medio de estas exigencias

del seguimiento, dos parábolas las aclaran: hay que medir las propias fuerzas,

es decir, hay que ser consciente de la propia realidad, pues el itinerario de

la salvación no admite negociaciones ni respuestas a medias. En ella se juega

el todo por el todo.







Meditación



Las demandas de Jesús, en realidad, son excesivas. Ningún

ser humano tiene derecho a pedirnos lo que Él reclama. Y, sin embargo, así es:

Él nos pide todo. Cualquier obstáculo, incluso el más natural, aún los resortes

espontáneos del cariño familiar y el instinto de conservación, aún la válida

posesión de recursos para satisfacer las necesidades ordinarias, todo ha de ser

calculado como secundario, incluso considerado “basura” delante del Señor. Esta

desproporción evidente ante las fuerzas humanas naturales sólo puede explicarse

a partir de la sobreabundancia de la empresa salvífica de Jesús, que tiene en

la Cruz su extremo desbordante y se transforma en el incontenible cauce de

gracia que se nos entrega con el Espíritu.







Oración



¡Jesús, tu exageración es la base de mis seguridades! Nada

puede ocupar en la vida el lugar central que sólo a ti te corresponde. Quiero

seguir tus huellas, deseo caminar contigo. Extrañamente, la dureza de tus

palabras no se convierte en vértigo ante el riesgo o en miedo ante las

amenazas, sino en una grave certeza interior. Ello es posible sólo por el

bálsamo del Espíritu que te ungió y que me alcanza cuando camino tras de ti.

Porque tu palabra está revestida del ímpetu del amor, puedo entender su lógica y

entregarme a tu seguimiento. No me pides nada que Tú mismo no me hayas dado

antes. Me pides todo porque Tú antes me has dado todo. Los recursos que yo

calculo en mis arsenales son absolutamente insuficientes para ser tu discípulo.

Y, sin embargo, quiero ir tras de ti. Hazme fuerte en tu amor para poder

seguirte, tal y como lo pides.







Contemplación



Volveré a mirar la Cruz, pidiendo entender lo que implica

hoy para mí la exigencia del discipulado. Dejaré que mi corazón quede perplejo

ante lo que Jesús me pide, y confiaré mis débiles fuerzas a su amor redentor.







Acción



Descubriré aquellas pruebas particularmente duras que

aparecen en el camino, y las reconoceré como oportunidades de responder

radicalmente al llamado de Jesús.





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