Siempre he quedado fascinado por los relatos bíblicos donde Dios cambia el nombre de las personas o, incluso, su mismo nombre. Vea este fragmento del Génesis 17,4-8: “Mira, esta es mi alianza entre yo y tú: serás padre de una multitud de pueblos. Ya no te llamarás más Abram; tu nombre será Abraham, porque te haré padre de una multitud de pueblos. Te haré muy, muy fecundo; tus descendientes formarán varias naciones, y de ti saldrán reyes. Mantendré mi pacto entre yo y tú, y con las generaciones que te sucederán. Será una alianza perpetua: yo seré tu Dios y el Dios de tu descendencia. A ti y a tus descendientes os daré todo el país de Canaán, donde ahora vives como inmigrante. Será posesión de ellos para siempre; y yo seré su Dios”.
Según las notas de la Biblia Catalana el cambio de nombre significa un cambio de destino. Abram, que quiere decir “el (mi) padre/dios es exaltado/elevado”, se convierte en Abraham, forma dialectal del mismo nombre, pero que recuerda la expresión hebrea con Hamon, que equivale a “padre de una multitud. También es sorprendente como Dios se presenta a Abram al inicio de este relato. Dios le dice a Abram: “Yo soy el Dios todopoderoso”. En hebreo, El-Jahdai. Algunos expertos han querido traducirlo por Dios de las montañas o Dios protector.
Entre los judíos había la práctica de no decir el nombre de Dios. En la época de Moisés había muchos dioses y todo era una maraña de nombres para nombrar las divinidades. Pero, la experiencia judía es que sólo hay un Dios y sólo tiene un nombre. Así queda reflejado en Ex 6,3: “me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como ‘Dios todopoderoso’, pero no me reveló con mi nombre, que es ‘el Señor’”. Los judíos, después del periodo de exilio, adoptaron la actitud de no usar la palabra Dios y la sustituyeron por “el Señor” de tal manera que al construir los relatos más antiguos utilizan este cambio de nombre.

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