Inteligencia en el cosmos

Octavio Rodríguez

Los físicos, cuando intentan explicar el origen y sentido –o no– del cosmos, van más allá de los límites de su propia especialidad, e incursionan en campos filosóficos y teológicos. Al hacerlo así, siguen –al menos implícitamente– diferentes escuelas de pensamiento (atomismo, estoicismo…) que, de una manera u otra, han persistido a lo largo de los siglos. Sus elaboraciones teóricas tienen gran recepción y, de hecho, modelan la opinión pública. Pues bien, muchos Padres de la Iglesia habían ya establecido un diálogo fructífero con aquellas escuelas. Debemos revigorizar este intercambio.

 

Consideremos un sofisticado artefacto robótico –adecuadamente programado y accionado– que elabore, por ejemplo, diferentes piezas de relojería. ¿Qué encontramos? Un diseñador, materias primas, el robot y los específicos programas de ejecución. Avancemos un poco. En el laboratorio de biología es posible que lo sintetizado –mediante webware– sea, por ejemplo, la secuencia de nucleótidos de un genoma (del Mycop. mycoides JCVI-syn1.0) y, a partir de éste, una estirpe bacteriana (Gibson et al 2010).

 

En el primer caso, ensamblamos un reloj; en el segundo, bacterias. El reloj queda a merced de las circunstancias: dependerá de quien cuide su estructura y función; en contraste, la bacteria –en un medio adecuado– exhibe cierta independencia –autopoiesis (Fernández et al 2014): ella misma se adapta y desarrolla.

 

Hemos visto que, en ambos casos, han concurrido un diseñador, un programa –transductor de la información–, instrumental, y materiales de ensamblaje. La información, aparte de su software, consiste en la transmisión –procedente del artífice– de un mensaje, de una idea genérica (que exprese y plasme la estructura funcional). En el caso de la célula bacteriana esta idea genérica queda incorporada a ella –pues procura, per se, mantener su integridad característica y replicarla. La información genética no se limita al ADN, sino que abarca a todo el organismo (Tresmontant, 1977).

 

Platón llamaba είdoς (forma) a la idea subyacente del artífice, y la consideraba realmente distinta de los materiales configurados por ella. En contraste, los aristotélicos y estoicos prefirieron llamarla lόgoς (razón), y supusieron que sería también material –aunque muy sutil. De todas maneras, unos y otros convendrán en que el reloj, en general, no responde a los desajustes por sí sólo, mientras que la bacteria sí.

 

Contemplemos ahora, en general, el microcosmos o el macrocosmos: Ostentan información y materia; comportamientos regidos por leyes físicas. No existe una materia no-informada o sin comportamiento. Las partículas más elementales exhiben configuración y funcionalidad –como si estuvieran programadas. El universo entero es describible –mediante funciones matemáticas–, desde su origen, pasando por su despliegue, hasta su presunta terminación: sigue una programación, una racionalidad subyacente.

 

Los físicos intentan dilucidar el elemento simplísimo que constituya cualquier otro componente material y, también, la fuerza más elemental que las explique todas. De hecho, las partículas pueden considerarse campos de fuerza; resultan de un cálculo de probabilidades. El modelo estándar de la física –que procura alcanzar una idea directriz (είdoς o lόgoς) válida para todo– permite calcular desde interacciones intraatómicas hasta el origen y evolución del cosmos.

 

Las estructuras y dinamismos de los macro-niveles están ya incoados en el nivel micro-físico más simple; el universo en expansión obedece a sus condiciones iniciales. Los físicos que optan por el realismo reconocen que, en último término, lidian con infinitesimales estructuras fundamentales; pero, entonces, quedan anegados por la cantidad de cálculos adicionales. Otros, idealistas extremos, intentan anclar el fundamento de lo físico sólo en funciones y relaciones. El consenso apunta, de todas maneras, a la consideración de un principio intelectivo, una información, un logos, ínsito en la materia. El materialismo más crudo confluye, así, con las más altas abstracciones.  Soñamos con unificar todas las ciencias.

 

La ciencia física se funda en unos presupuestos. El estudio mismo de estos presupuestos tendrá que ser metafísico. Así, los investigadores, al abordar cuestiones fundamentales –como la del origen (más allá del límite de Planck) o del sentido del mundo, de la vida y la conciencia–, se alinean ideológicamente según las posturas de los antiguos pensadores: los hay ahora –al igual que antes– de talante atomista, platónico, aristotélico, estoico…

 

Los Padres de los primeros siglos de la Iglesia vivieron en un ambiente en el que atisbaban una sabiduría –una información– inscrita en el cosmos. Este hallazgo constituía apenas un preámbulo para la fe: Si hay programación, entonces hay una Inteligencia –una voluntad− programadora, que se revela a los seres racionales y que, para mantener esta revelación, instituye la Iglesia. Pero ninguno de nosotros llega a la fe por un mero razonamiento, sino por sus disposiciones con respecto a la verdad, la bondad y la belleza; por el encuentro sacramental con el Logos del Padre hecho hombre, Jesucristo, por el Espíritu.

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Referencias:

 

Gibson, Daniel et al. Creation of a Bacterial Cell Controlled by a Chemically Synthesized Genome. En: Science 329, 52 (2010).

 

Tresmontant, Claude. Le problème de l’âme. Paris. 

 

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