Primer Encuentro Nacional de Movimientos Católicos: Una espiritualidad de comunión
Una de las características más originales de esta espiritualidad reside en su dimensión comunitaria. Sabemos que, en estos dos mil años después de la venida de Jesús, la Iglesia vio florecer en su seno, una tras otra y a veces simultáneamente, las más bellas, las más ricas espiritualidades, de modo que la Esposa de Cristo está adornada con las perlas más preciosas, con los brillantes más raros, que forjaron y forjarán todavía muchos santos.
En medio de este esplendor siempre ha habido una característica constante: es sobre todo la persona, individualmente, la que va a Dios.
Eso sigue siendo consecuencia de aquella lejana etapa de la historia en la que los cristianos, una vez debilitado el primitivo fervor que había hecho de la comunidad de Jerusalén un solo corazón y una sola alma, y pasadas las persecuciones, pensaron en poner a salvo su fe retirándose al desierto para realizar, sobre todo, el primer mandamiento: amar a Dios. Es la época de la vida anacorética.
Si, por un lado, esto salvó muchos principios cristianos y santificó a muchas personas, por otro, no se subrayó el valor del hermano en la vida espiritual, que a veces era considerado un obstáculo para llegar a Dios.
Son espiritualidades individuales, aunque por el misterio del Cuerpo místico de Cristo nunca pueden considerarse exclusivamente tales, porque lo que sucede en una persona siempre tiene repercusión en las demás. Y también porque estos cristianos ofrecían y ofrecen a Dios oraciones y penitencias en favor de los hermanos.
Pero hoy los tiempos han cambiado. En esta época el Espíritu Santo llama con fuerza a los hombres a caminar junto a otros hombres, e incluso a ser un sólo corazón y una sola alma con todos los que lo deseen. Los estudios de algunos especialistas revelan que una espiritualidad como ésta, que acentúa especialmente la dimensión comunitaria de la vida cristiana, aparece por primera vez en la Iglesia.
Es cierto que ha habido en el pasado experiencias que se aproximan, surgidas principalmente de los que ponían el amor como base de la vida espiritual.
Recordemos, por ejemplo, a san Basilio, para quien el primer mandamiento, que se refiere al amor a Dios y el segundo, sobre el amor al prójimo, constituían la base de la vida de su espiritualidad. Y sobre todo san Agustín, para quien el amor recíproco y la unidad tenían un valor supremo.
Pero el padre Jesús Castellano, por ejemplo, conocido experto en teología espiritual, dice que “en la historia de la espiritualidad cristiana se afirma: ‘Cristo está en mí, vive en mí (y es la perspectiva de la espiritualidad individual, de la vida en Cristo); o bien se afirma “Cristo está presente en los hermanos” (y desarrolla la perspectiva de la caridad, de las obras de caridad). Pero en general falta descubrir que, si Cristo está en mí y en el otro, entonces Cristo en mí ama a Cristo que está en ti y viceversa (...) y se verifica el dar y el recibir”.
“Incluso cuando los autores actuales expresan intuiciones o afirmaciones sobre esta dimensión de la teología y de la espiritualidad, les falta el modo concreto de proponer esto como estilo de vida y de encarnarlo en una experiencia: desde las cosas más sencillas a las dimensiones más complejas”.
Al mismo tiempo, varios teólogos contemporáneos han previsto para nuestros tiempos una espiritualidad colectiva y el Concilio Vaticano II habla de ella.
Karl Rahner, al hablar sobre la espiritualidad de la Iglesia del futuro, dice que la imagina en la “comunión fraterna en la cual es posible hacer la misma experiencia esencial del Espíritu”. Afirma: “Los ancianos hemos sido espiritualmente individualistas, debido a nuestra procedencia y a nuestra formación. (...) Si ha habido una experiencia del Espíritu hecha en común, comúnmente considerada tal (...) ésta es claramente (...) la experiencia del primer Pentecostés en la Iglesia, un acontecimiento - se debe presumir - que ciertamente no consistió en la reunión casual de una suma de místicos individualistas, sino en la experiencia del Espíritu hecha por la comunidad (...).
Creo – prosigue Rahner - que, en una espiritualidad del futuro, el elemento de la comunión espiritual fraterna, de una espiritualidad vivida juntos, puede desempeñar un papel más determinante, y que, lenta pero decididamente, se debe proseguir por este camino.
El cardenal Montini había dicho en 1957 que, en estos tiempos, el episodio debía hacerse costumbre y que el santo extraordinario, aunque venerado, dejaba paso en cierto modo a la santidad de pueblo, al pueblo de Dios que se santifica. Así pues, estamos en una época en que la realidad de la comunión sale a la luz, en que se busca, además del Reino de Dios en cada persona, también el Reino de Dios en medio de las personas”.
Además, las espiritualidades más propiamente individuales manifiestan en general exigencias precisas a los que se comprometen más con ellas: la soledad y la fuga de las criaturas para alcanzar la unión mística con la Trinidad dentro de sí. Para proteger la soledad se exige el silencio. Para mantenerse separados de las personas, se emplean la toca y la clausura, además de un hábito determinado. Para imitar la pasión de Cristo, se hacen penitencias de todo tipo, a veces durísimas, ayunos, vigilias.
También en el camino de la unidad se busca la soledad y el silencio, por ejemplo, para realizar la invitación de Jesús de encerrarnos en nuestra habitación a rezar y huir de los demás cuando nos inducen al pecado. Pero en general se acoge a los hermanos, se ama a Cristo en el hermano, en cada hermano: a Cristo, que está vivo en él o que renace con la ayuda que le damos. Se desea estar unidos a los hermanos en el nombre de Jesús, para tener garantizada su presencia en medio de nosotros.
En las espiritualidades individuales es como si uno estuviera en un magnífico jardín (la Iglesia), observando y admirando una flor: la presencia de Dios dentro de sí. En una espiritualidad colectiva se aman y admiran todas las flores del jardín, a Cristo presente en cada persona, y lo amamos como en nosotros mismos.
Y puesto que tampoco el camino comunitario es ni puede ser sólo eso, sino que es también plenamente personal, una experiencia generalizada es que, cuando uno está solo después de haber amado a los hermanos, el alma siente la unión con Dios. Y basta, por ejemplo, con tomar un libro para hacer meditación para que en lo más íntimo Él quiera conversar.
Por eso se puede afirmar que quien va hacia el hermano del modo correcto, amando como el Evangelio enseña, descubre que es más Cristo, más ‘hombre’.
Y dado que procuramos estar unidos a los hermanos, además del silencio amamos de modo especial la palabra, que es un medio de comunicarse. Hablamos para ‘hacernos uno’ con los hermanos. Hablamos para comunicarnos nuestras experiencias sobre nuestra vida espiritual, conscientes de que el fuego, cuando no se comunica, se apaga y de que esta ‘comunión del alma’ tiene un gran valor espiritual. San Lorenzo Giustiniani decía: “Nada en el mundo da mayor alabanza a Dios y lo revela digno de alabanza que el humilde y fraterno intercambio de dones espirituales...”.
Hablamos en grandes eventos, para mantener encendido en todos el fuego del amor de Dios. Y cuando no hablamos, escribimos cartas, artículos, libros, diarios para que el Reino de Dios avance en los corazones. Usamos todos los medios modernos de comunicación. Y nos vestimos como todos para no separarnos de nadie.
También practicamos las mortificaciones indispensables en toda vida cristiana, hacemos penitencia, sobre todo la que aconseja la Iglesia, pero nos gusta especialmente la que nos brinda la vida de la unidad con los hermanos. Esta vida no resulta fácil para el ‘hombre viejo’, como lo llama san Pablo, que está siempre dispuesto a abrirse paso dentro de nosotros.
Además, la unidad fraterna no se compone de una vez por todas; es preciso reconstruirla siempre. Si es cierto que, cuando la unidad existe - y por ella la presencia de Jesús en medio de nosotros-, experimentamos la inmensa alegría prometida por Jesús en su oración por la unidad, cuando la unidad falta, se infiltran las sombras y la desorientación. Entonces vivimos en una especie de purgatorio. Y ésta es la penitencia que tenemos que estar dispuestos a enfrentar.
También rezamos y amamos de modo especial la oración litúrgica, como la santa Misa, porque es la oración de la Iglesia. Y es característica la oración colectiva que nos enseñó Jesús: “Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá” (Mt. 18, 19). Para los que recorren el camino de la unidad, Jesús en medio de los hermanos es esencial.
Es necesario mantener siempre viva su presencia so pena de fracaso personal. Y precisamente esa presencia caracteriza el carisma de la unidad.
Así como los dos polos de la luz eléctrica, aunque haya corriente, no producen luz hasta que no se unen, pero lo harán en cuanto entren en contacto, del mismo modo dos personas no pueden experimentar la luz propia de este carisma hasta que no se unen en Cristo mediante la caridad.
En este camino de la unidad todo tiene significado y valor -en el trabajo, en el estudio, también en la oración y en el aspirar a la santidad, lo mismo que en la irradiación de la vida cristiana- si se da la presencia de Jesús en medio de los hermanos, que es la “norma de las normas” de esta vida.
En esta espiritualidad alcanzamos la santidad si hacemos una marcha en unidad hacia Dios.
Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, habla de un ‘castillo interior’: la realidad del alma habitada en el centro por su Majestad, que hay que descubrir e debe iluminar todo durante la vida superando las distintas pruebas. Ésa es una cima de santidad en un camino sobre todo individual, aunque luego ella arrastraba a esta experiencia a todas sus hijas.
Pero llegó el momento de descubrir, iluminar y edificar, además del “castillo interior” también el “castillo exterior”, donde Cristo está presente e ilumina todas sus partes, del centro a la periferia.
Pero si tenemos en cuenta que esta nueva espiritualidad que Dios ofrece a la Iglesia llega incluso a responsables de la sociedad y de la Iglesia, comprendemos inmediatamente que este carisma tiende a hacer un “castillo exterior” con el tejido social y eclesial.
El Santo Padre, dirigiéndose a unos setenta obispos, les dijo: “El Señor Jesús... no llamó a los discípulos a seguirlo individualmente, sino que su llamada era inseparablemente personal y comunitaria. Y si esto es verdad para todos los bautizados - sigue el Papa - es válido de un modo especial (...) para los apóstoles y sus sucesores, los Obispos”.
De este modo, esta espiritualidad, como todos los carismas, está hecha para todo el pueblo de Dios, cuya vocación es ser cada vez más uno y más santo.


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