© Rafal Olechowski
Quedaron el mismo día que ella volvió a su ciudad, y él había cambiado. «Estaba muy nervioso, fumaba un montón. Cuando nos pusimos a hablar, lo que me dijo fue: No te quiero, y he hablado con mi abogada para que hagamos un aborto. Ya había pedido fecha y hora en una clínica, para el día siguiente. Al oír esas palabras tan frías me eché a llorar. Le dije que no quería hacerlo, que era mi hijo. Pero no sabía qué podía hacer yo, pensando en mi situación».
No podía acudir a su familia, porque «tenía una relación muy mala con mis padres; no me iban a dejar quedarme en casa». En ese breve espacio de tiempo, se le pasaron mil cosas por la cabeza: «Te entra miedo, no sabes qué hacer ni cómo reaccionar. Al final, le dije que si realmente quería hacer eso, lo organizara todo él, porque yo no podía».
O firmas, o te largas
La noche antes del aborto «fue la más larga de mi vida. Tenía muchísimo miedo, me sentía muy sola, y no podía contarle a nadie lo que me estaba pasando. Pero no era capaz de decirle que no». Cuando llegó el día, Ania comenzó a llorar durante el camino hacia el centro abortista, y ya apenas paró durante el proceso. Lo recuerda con todo lujo de detalles: «Pasamos a la sala de espera. Yo estaba temblando de miedo. No estaba segura de lo que estaba haciendo, pero ya no me podía echar atrás. En la sala había más chicas, y una me impresionó mucho porque tenía bastante barriguita. Yo sabía que dentro había una persona, y que esa chica había venido a lo mismo que yo».
El siguiente paso fue la consulta del médico: «Me hizo sentar para hacerme una ecografía. Lo hizo sin ninguna delicadeza. Grapó la foto en la hoja donde yo tenía que firmar, y al verla me puse otra vez a llorar. Estaba viendo a mi bebé. El médico me dijo: O firmas, o te largas. Era extremadamente frío, su cara no expresaba ningún sentimiento. Ni leí el papel, pero mientras lo firmaba pensaba Dios mío, qué estoy haciendo, por qué lo estoy haciendo».
«Sólo quería quitarse al hijo de encima»
Una enfermera «me hizo pasar a otra habitación y me dijo que me tranquilizara, que no me iba a doler». Allí se quitó la ropa, se puso el camisón de hospital, y se la llevaron a la sala de abortos. «Sólo me había quedado con la cruz de la Primera Comunión. La cogí, le pedí perdón al Señor, le dije que tuviera compasión de mí. Así, con la cruz en la mano, me quedé dormida».
Se despertó en la habitación donde se había cambiado de ropa. «Al saber que ya lo habían hecho, mi llanto fue desgarrador. Y lo peor de todo es que, mientras yo estaba así, mi novio estaba hablando por el móvil, como si fuera algo normal. Tenía todo tan controlado… que me pregunto si quizá no era su primera vez». Después de salir del centro abortista, «desapareció y no lo volví a ver. No le importó cómo me sentía, sólo quitarse al hijo de encima. Un día, me lo encontré, y me trató como si no hubiera pasado nada».
Una religiosa que «lloraba conmigo»
Ania, ya sola, empezó a caminar por las calles «como una zombie. No pensaba, no sentía nada. Sólo andaba. No era capaz ni de llegar a mi casa. Terminé yendo a un convento, donde conocía a la superiora. Me abracé a ella llorando, y le conté que acababa de abortar. Ella lloraba conmigo, y me dijo que sentía mi dolor, que Jesús me amaba y estaba conmigo. Cuando me tranquilicé, me explicó que tenía que confesarme en la catedral», porque el aborto era un pecado muy grave. «Ella misma me acompañó al día siguiente».
sources: Alfa y Omega

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