
Paquistán lleva decenios deslizándose por la pendiente del fanatismo. Todos los que se han opuesto desde las instancias políticas y judiciales a la implantación de la sharia y a la aplicación de la Ley de la blasfemia, han acabado asesinados. El futuro no es nada halagüeño, como confirman los atentados del pasado domingo, día 15 de marzo.
Los cristianos, el 2% de una población de 180 millones de ciudadanos, se han convertido en principal objetivo de los fanáticos. No basta con reducirlos a ciudadanos de segunda o tercera, ni es suficiente empujarlos a vivir en guetos. Y mientras eso sucede y los cristianos muestran a campo abierto su testimonio, como nos cuentan estos días los misioneros españoles en Lahore, el mundo prefiere guardar silencio.

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