¿Las cosas son siempre como nosotros pensamos?

¿Cuántas veces no nos permitimos abrirnos a la novedad, abrirnos a lo que no manejamos, a lo que no podemos controlar? ¿Estamos encerrados en nuestros rígidos esquemas previos y prejuicios?

Seguramente más de lo que solemos pensar. Para poder ver de verdad es necesario renunciar a querer ver lo que deseamos ver o a que otros nos digan cómo son las cosas sin dudarlo. El camino fácil siempre es no querer pensar demasiado.

Cuantas veces decimos “Esta persona no me convence”. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar la imagen que tenemos del otro o para juzgar su vida? Seguramente es más cómodo juzgar toda la realidad desde nuestros esquemas de seguridad que nos dicen cómo deben ser las cosas. Pero la realidad nos desborda por todas partes, nadie puede abarcarla completamente. Es esa pretensión absurda de dominarlo todo y de controlarlo todo la que impide la apertura a lo nuevo.

Cuando creemos saber

Solemos pensar a menudo que sabemos cómo son las cosas, que conocemos a los demás, cómo piensan y por qué hacen lo que hacen. Incluso los demás también lo hacen con nosotros. Pero ¿es así?

Fácilmente confundimos la realidad con la percepción que tenemos de ella y olvidamos que nuestra percepción y nuestra perspectiva de lo real es solo un rostro limitado e interpretado de la realidad. No darnos cuenta de esto nos lleva a simplificar y reducir la realidad a mi propia visión de las cosas y a mis propios prejuicios sobre los demás que no estoy dispuesto a cuestionar.

La realidad, empezando por las demás personas, siempre supera la imagen que nos construimos y excede nuestros esquemas mentales y conceptos. Pero cuando no podemos ubicar algo en nuestros esquemas, hacemos una caricatura del otro o de un acontecimiento para que pueda ser fácilmente explicado por nosotros y decir que lo entendemos.

En nuestra sociedad donde los medios audiovisuales y la avalancha informativa han desarrollado niveles que no nos permiten discernir con claridad lo real de la percepción y la verdad de la mentira, esto se vuelve más complejo todavía. Sin embargo, muchas veces sin discernir damos por cierto lo que vemos en las redes sociales o en la televisión solo porque alguien lo dice o porque vimos una imagen, aunque sea editada y una falsificación.

La situación contemporánea debería hacernos el doble de cuidadosos, prudentes y críticos ante lo que parece ser tan seguro, cierto y “comprobado”. No quiero decir con esto que vivamos en un permanente escepticismo, porque no podríamos opinar sobre nada ni tomar decisiones. Pero lo que si me parece fundamental es que vayamos por la vida sin creer que todo es como nosotros lo pensamos o como nos lo han dicho en un medio de comunicación.

La exigencia de buscar las fuentes, de indagar en los supuestos hechos, de ir con cautela a la hora de reenviar una información recibida o de emitir un juicio categórico es cada vez mayor.

La importancia del discernimiento

Vivimos en una sociedad y en un tiempo donde se buscan toda clase de atajos para no pensar y hacer alarde de ello, como si ir más rápido nos asegurara estar más cerca de la información. A veces tanta velocidad solo satura y confunde, desviando la atención de lo importante, dejando en las sombras los problemas más graves y distrayéndonos con cualquier banalidad que está en todos los medios por uno o dos días, o que se volvió “tendencia” en las redes sociales.

Buscar la verdad no es tarea fácil y es un trabajo lento, que exige rigor en el análisis, reflexión serena y apertura mental. El camino fácil es el pensamiento simple, evitar los matices y la complejidad en el análisis de los hechos. Normalmente quienes menos saben, hablan con más seguridad de sus certezas

Una confirmación científica: El efecto “Dunning-Kruger”.

En la década de 1990 el psicólogo social David Dunning de la Universidad de Cornell y su colega Justin Kruger, realizaron varios experimentos en los que analizaron especialmente la competencia de las personas en gramática, razonamiento lógico y humor.

A los participantes se les pidió que estimaran su grado de competencia en esos campos y luego se les realizaron varios test. El resultado fue que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Al contrario, las personas más capaces y competentes solían infravalorar su competencia y su conocimiento.

Las personas más capaces eran más humildes y quienes eran menos capaces presumían de saber hacerlo bien. Los investigadores concluyeron que las personas incompetentes en ciertas áreas del conocimiento son incapaces de darse cuenta y reconocer su incompetencia, como tampoco son capaces de reconocer la competencia del resto de las personas. Pero a medida que la persona incrementa sus conocimientos y su nivel en determinada competencia, el efecto disminuye y se hace más consciente de sus limitaciones.

El estudio se publicó en 1999 y desde entonces se le llama “Efecto Dunning-Kruger” al sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades y conocimientos, con lo cual suelen ser personas que opinan sobre todo como si supieran mucho, con gran seguridad, sin tener idea del tema, porque piensan que saben mucho más que los demás.

Por ello recomendaban que la mejor forma de salir de ese sesgo es dar lugar a la duda, prestar atención a otras perspectivas y estar dispuestos a aprender.

Esta investigación confirma algo que se conoce hace más de dos mil quinientos años en la historia del pensamiento, que ya aparece en los escritos de Platón: Cuanto más se sabe de algo, más consciente se es de que no se sabe mucho. En cambio, el ignorante cree saber cuando en realidad es muy poco lo que sabe. Un proverbio bíblico enseña que “la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.

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