Siempre con dolor y siempre sonriendo, ¿cuál era su secreto?

En los pasillos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica de Santiago de Chile, una placa rinde homenaje a un hombre que los recorría hace unas décadas, primero como alumno y después como profesor de Geometría Analítica y subdirector. Se llamaba Mario Hiriart Pulido.

Este joven ingeniero tenía una mente realmente brillante, fue el primero de su promoción. Pero no es por eso por lo que más se le recuerda.

Mario era un hombre culto y delicado, con sensibilidad hacia la música y la poesía, equilibrado y sereno, agradable, con sentido del humor, respetuoso, un poco tímido…

Sus ojos brillantes te acogían, todos se sentían bien con él, dicen sus amigos… y siempre sonreía. Pocos podían sospechar que constantemente sentía dolores. A veces eran tan fuertes que no le dejaban dormir por la noche.

De hecho, su salud fue frágil desde que nació -el 23 de julio de 1931, en Santiago de Chile- hasta su muerte en Milwaukee, Estados Unidos, a causa de un cáncer de estómago, a ocho días de cumplir 33 años.

En su profunda espiritualidad se encuentra el secreto que le permitía mostrarse bondadoso y empático a pesar de su malestar físico y extremo cansancio. Descúbrela en la siguiente galería de imágenes y textos suyos realmente impactantes:

Mario estudió en el colegio marista Alonso de Ercilla, donde recibió formación religiosa y creció en la fe. Después comenzó a formar parte del primer grupo de jóvenes del incipiente Movimiento de Schoenstatt en Chile, donde creció en una vivencia profunda de amor a Cristo y María y recibió la fuerte motivación para aspirar a una comprometida vida cristiana en medio del mundo.

Conocer a Jesucristo y a su madre la Virgen María le impactó tanto, que en mayo de 1955 decidió consagrarse totalmente a ellos como laico, a través de su profesión como profesor y en el Instituto de los Hermanos de María del Movimiento de Schoenstatt.

En ellos se inspiró para encontrar el sentido de su vida: acoger el dolor -propio y de los demás- y hacerlo sagrado entregándoselo a Dios. Él expresó así el ideal que le iluminaba: “Cáliz vivo, portador de Cristo como María”.

© María Gabriela Poblete Hinojosa / Flickr / CC

Mario enseñó con éxito a muchos alumnos, de una manera personalizada, preocupándose realmente por sus necesidades, rezando y ofreciendo cosas por ellos,… Promovió la formación y oración entre compañeros de trabajo y jóvenes, incluso dirigió espiritualmente a muchos.

Pero en su vida también hubo muchos fracasos. La chica de la que estaba enamorado no le correspondió, una compañera sin ganas de vivir a la que intentó ayudar acabó suicidándose, dudó, el cáncer lo torturó hasta matarlo,…

La manera como él los enfocaba y asumía puede resultar insólita:

Señor, de rodillas quiero estar bajo tu cruz, reconociendo mi indignidad, para recibir tu sangre redentora como un cáliz… Sublima Tú, te lo ruego, mi ansia de valer, para que en nada intente gloriarme sino en el llevar una partecita mínima de tu cruz. Sublima mi ansia afectiva, para que no ame a nada ni a nadie más, sino a ti, a aquellos que tú me señalas como camino recto hacia ti, para que ame los sufrimientos que tú me envías para purificarme, para que vea en ellos, nítidamente, la oportunidad maravillosa que tú me das de participar (…) en la redención del género humano. ¡Señor, hazme ser de verdad un cáliz!”, rezaba.

En 1964, debía viajar a Schoenstatt, Alemania, a un período de formación con su comunidad, pero pasando por Estados Unidos para visitar al fundador de esa obra, el padre José Kentenich, con quien pudo encontrarse y conversar.

En ese viaje a los Estados Unidos, pasó por Brasil y al sentirse mal de salud, un médico le diagnosticó cáncer de estómago. Pudo continuar el viaje pero muy poco después tuvo que ser hospitalizado.

Sus palabras a punto de morir retratan su fe. Puedes escucharlas entre el minuto 15:20 y el 16:02 de este video:


Mario se ofreció a Dios como víctima expiatoria para que la Iglesia rehabilitara al fundador de Schoenstatt, el padre José Kentenich, y acabara con su exilio en Milwaukee.

Consumido por la enfermedad, murió el 15 de julio de 1964; por decisión propia, rechazando los calmantes durante 9 días, con grandes dolores; sonriendo.

Desde el 16 de octubre de 1965 sus restos mortales están enterrados junto al Santuario de Nuestra Señora de Schoenstatt en Bellavista, La Florida (Chile).

El viernes pasado, 21 de febrero de 2020, Mario Hiriart recibió oficialmente la declaración de “venerable” por la que la Iglesia católica reconoce que vivió las virtudes cristianas de manera heroica, excepcional.

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