La fiesta de la presentación de Jesús en el templo (y de la purificación de María) se desarrollaría en Occidente en sustitución de las Lupercales. La iniciativa se le atribuye al Papa Gelasio I
En tiempos de Gelasio I (492-496), el Papa no era un monarca indiscutible, ni siquiera en su diócesis. Cada sucesor del apóstol Pedro tenía que lidiar con el poder político, en manos de la aristocracia romana representada en el Senado, y también con otros rasgos vestigiales de la antigua Roma.
Es en este difícil contexto que el obispo de Roma intentó poner fin a una fiesta popular pagana, las Lupercales, sustituyéndola por una celebración que ahora se ha convertido en la Candelaria.
Un siglo antes de la llegada de Gelasio al trono de Pedro, fue el emperador Teodosio y no el Papa (quien decidió con el Edicto de Tesalónica (391) prohibir el paganismo) signo de cómo era predominantemente el poder político a decidir sobre la evolución social del imperio.
Su hijo Honorio habría continuado el trabajo de su padre y ordenó la destrucción de los altares erigidos a los dioses antiguos.
Sin embargo, se celebraban aún numerosas ceremonias de paganas, incluso en Roma, ciudad donde muchos fueron martirizados, entre los que se destacan los príncipes de los apóstoles.
Los prelados de la Iglesia fueron entonces acusados de ser “censores lentos en la represión” de los vicios que se observaban en el contexto.
Gelasio, un erudito hombre de letras, empapado de cultura clásica, decidió pasar al contraataque enviando una carta al Senado romano en la que arremetía contra un mal que consideraba peor que “del adulterio y la fornicación” del que se acusaba a su clero: “Fornicación del alma” y “adulterio espiritual” que representa el sacrilegio de los ritos paganos.
Una iniciación al ritual de la loba
El blanco de la ira papal fue la fiesta de las Lupercales, una de las tradiciones paganas más antiguas de la ciudad, celebrada en una cueva bajo el monte Palatino, aquella en la que se cree que Rómulo y Remo habían sido amamantados por una loba.
Durante esta ceremonia particularmente sangrienta dedicada a Fauno (Pan) dios de los bosques y los campos, dos jóvenes hombres desnudos se “iniciaban” marcados con sangre de varios sacrificios. Luego tenían que correr por la ciudad riendo y profiriendo insultos, desencadenando así un desfile “carnavalesco”.
Armados con un látigo hecho con hilos del cuero de la bestia sacrificada, azotaban a las mujeres que encontraban, especialmente a aquellas que querían quedar embarazada, exponiéndose a este ritual para estimular la fertilidad.
En su carta al senador Andrómaco, Gelasio I dijo que no podía creer de la supervivencia de esta práctica, y de la participación de muchos ciudadanos romanos en la ceremonia: “¿Cómo es posible que quienes cometen actos paganos tan blasfemos no traicionen la fe?”.
El pontífice, a quien se le pidió “tirar la primera piedra” contra su propio clero, volvió la acusación contra los acusadores, declinándola por impiedad:
Quien desea que venga pronunciada inmediatamente una acusación contra otro, debe reconocer que, por el mismo hecho de juzgar a otro, él mismo se está condenando.
Un rito inútil y supersticioso
A continuación, en su carta, Gelasio siguiendo escrupulosamente las reglas del arte de la oratoria, procedió a una requisa implacable contra las Lupercales, mostrando inicialmente la ineficacia del culto y subrayando que otras religiones incluso habían abandonado su práctica.
El pontífice arremetió contra la hipocresía de la aristocracia, que permitía que se levantara “el clamor de la obscenidad” en nombre de la tradición, donde la tradición los obligaba a mezclarse con la plebe.
A los que le reprochaban que sus antecesores no habían suprimido a Lupercales, Gelasio respondía que “una medicina no cura todas las enfermedades del cuerpo a la vez, sino aquellas cuyas amenazas son más peligrosas para él”.
El Papa lamentó entonces que la majestad imperial (el emperador de Occidente habría sido depuesto formalmente en Rávena en 476) aún no había podido librarse de este “rito inútil y supersticioso”. Por lo tanto, se encargó él mismo de invocar la supresión de estas fiestas, “en la medida en que estas sean contrarias a la verdadera religión”.
La autoridad del Papa en discusión
Tratando de hacer valer su autoridad en cuestiones religiosas ante el poder político romano, a duras penas, Gelasio defendió la doctrina de la autonomía de lo espiritual.
En su Tomus de anathematis vincolo insistía, como cabeza de la Iglesia cristiana, el primado romano. Sin embargo, el tono retórico de su carta tendía a mostrar que el obispo de Roma luchaba por imponer su propia autoridad a la casta senatorial.
Su carta no tuvo grandes efectos en el Senado, como se podía suponer, pero habría sido otra iniciativa atribuida a Gelasio I la que inició la desaparición de las Lupercales: la idea de la Candelaria.
Según algunos, él habría instituido la celebración romana de la presentación de Jesús en el Templo coincidiendo con la fiesta pagana, fiesta que entonces ya existía en Oriente. Según otros, habría instituido la fiesta de la Purificación de la Virgen como una reelaboración del tema de la pureza presente en la fiesta pagana.
¿Gelasio eI inventor de las crepes?
La Candelaria, o “fiesta de las velas”, se celebra con velas que representan el reconocimiento de Jesús como la “Luz de Israel”. Gelasio, según algunos, habría organizado la procesión con velas para contrarrestar la competencia pagana.
¡Y eso no es todo! Existe una tradición que atribuye la invención de las crepes de Candelaria de la mano del Romano Pontífice. Gelasio habría hecho distribuir panes muy delgados a los peregrinos que llegaban a Roma.
Si estas atribuciones están lejos de estar verdaderamente documentadas, las tradiciones de la Candelaria son sin embargo antiguas: ¡hay rastros de velas y crepes, aquí y allá, desde la Alta Edad Media!
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