La migración infantil centroamericana: el grito desesperado de la miseria

El drama que Centroamérica y Norteamérica no quiere ver. ¿Por qué viajan solos estos niños? ¿De qué están escapando?

Cuando un niño de nueve años intenta cruzar solo el Río Bravo e internarse en territorio de Estados Unidos para ser detenido por la Patrulla Fronteriza y poder reunirse con sus familiares que se encuentran en lugares tan distantes como Chicago o Charlotte, hay un drama atrás que Centroamérica, y Norteamérica no han querido ver.

Los menores migrantes provenientes de Honduras, Guatemala, El Salvador y, ahora, del propio México, han escuchado la “oportunidad” de labios de sus mayores, y han aceptado el enorme peligro que implica para ellos, los unos cruzar territorio mexicano –plagado de bandas de delincuentes y de autoridades venales–, los otros, los mexicanos, pasar el río que divide a Texas con los estados del centro norte y noreste de México y perderse en las mesetas inhóspitas, ser “cazado” por grupos paramilitares, o ser aprehendido por “la migra”.

Crisis humanitaria sin precedentes

La crisis humanitaria que se vive en ambas fronteras de México comienza a saltar a los titulares de los medios de comunicación. Por lo pronto, el gobierno mexicano movilizó un amplio grupo de personas del Instituto Nacional de Migración (INM) a la frontera con Guatemala para evitar el paso de menores camino a Estados Unidos. Ya no son efectivos de la Guardia Nacional –como en 2019–, sino agentes migratorios que están impidiendo el paso en los tramos divisorios del Río Suchiate.

La consigna del INM es que al detener el paso de los niños, están evitando que éstos caigan en manos de grupos del crimen organizado y sean explotados por redes de trata de personas, prostitución infantil y un largo etcétera. Quizá esa sea una parte del cerco fronterizo en el sur mexicano. También está la necesidad expresada por el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de que México detenga el flujo de menores migrantes hasta que exista una adecuación jurídica en Estados Unidos y puedan ser acogidos en ese país.

A cambio de ello, Estados Unidos ha prometido darle a México un excedente de vacunas contra el coronavirus cercano a los tres millones de piezas, con las que México intentará acelerar la vacunación de los mayores de 60 años en un país que ya ha llegado a las 200.000 muertes por la pandemia. Evidentemente, este acuerdo no ha trascendido como tal a los medios públicos, pero es claro que la crisis humanitaria de los menores migrantes en custodia estadounidense no da lugar para más menores del lado de la frontera de Estados Unidos.

Historias dolorosas

El INM ha dicho que desde el mes de enero y a lo que va del mes de marzo, cerca de 4.000 menores de edad procedentes de Centroamérica, principalmente de Honduras, han entrado a México con dirección a la frontera norte, concretamente a la frontera del peligroso Estado de Tamaulipas con Texas (por ser el camino “más corto”) o en el vecino Estado de Coahuila, en donde pretenden pasar “al otro lado”. Las autoridades migratorias mexicanas aseguran que los traficantes o “coyotes” les dicen que lleven a sus niños para facilitarles la entrada a la Unión Americana.

Ya en Matamoros (Tamaulipas), frontera con Brownsville (Texas) o en Piedras Negras (Coahuila), limítrofe con Eagle Pass (Texas), los menores llegan solos o acompañados por sus padres (generalmente su madre). Y ahí cruzan la frontera, se entregan a las autoridades migratorias estadounidenses quienes, a su vez, los recluyen en centros de acogida (actualmente rebasados, y tanto que ya se van a tener que reubicar en instalaciones militares) desde donde contactan a sus familiares viviendo ya en Estados Unidos.

Niños que mueren en Río Bravo

Pero no siempre, ni mucho menos, estas historias de desesperación y de huida por la pobreza, la violencia o la corrupción en los países que expulsan a sus niñas y niños, tienen un final feliz. El pasado 19 de febrero, un niño hondureño de ocho años se ahogó mientras trataba de cruzar el río prácticamente congelado con su familia en Piedras Negras para llegar a Eagle Pass, Texas. Los padres y la hermana del niño lograron llegar, pero los regresó la agencia de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) para que reconocieran el cadáver del menor en México.

En ese mismo lugar, el sábado 20 de marzo, una niña mexicana de 9 años de edad, quien trató de cruzar el Río Bravo con su mamá (de origen guatemalteco) y su hermanito de tres años, fue arrastrada por la corriente y murió ahogada, tras de que los elementos de la Patrulla Fronteriza recogieron su cuerpo y trataron, en vano, de reanimarla. La madre y el hermano menor lograron llegar al lado americano y ahora se encuentran en la ciudad de San Antonio (Texas), donde el niño de tres años estaba en condiciones críticas.

La lista es inmensa. Un dolor que clama al cielo. Y que los líderes de todas las naciones involucradas no alcanzan a entender. Solo queda la oración por estos pequeños inocentes que son las víctimas propiciatorias de muchos años de corrupción política y de degradación social en la región.

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