Hoy celebramos a San Juan de Egipto, el hombre que encontró a Dios en el silencio

REDACCIÓN CENTRAL, 27 Mar. 22 (ACI Prensa).- Hoy, 27 de marzo, recordamos a San Juan de Egipto, conocido también como Juan el Anacoreta o Juan el Eremita. Este santo vivió en el siglo IV, la mayor parte del tiempo, en el desierto de Nitria. Este lugar, ubicado en una colina a pocos kilómetros al sur de Alejandría, es reconocido como uno de los primeros centros monásticos cristianos de Egipto, abundante en frutos de santidad.

Dios le concedió a Juan el don de profecía, del consejo y el poder de curar enfermedades. Gozó de gran fama en vida y, por eso, fue consultado por emperadores -se dice que profetizó una victoria a Teodosio el Grande-, figuras políticas y religiosas; incluso acudieron a él algunos de los Padres de la Iglesia como San Jerónimo y San Agustín. Este último escribió sobre él y constituye una de las fuentes más seguras para conocerlo.

Florecer en medio del desierto

San Juan el Eremita nació alrededor del año 305 en Tebaida, Licópolis -razón por la que se le llama también ‘Juan de Licópolis’-. Allí aprendió el oficio de carpintero, al que se dedicó durante su juventud. Con solo 25 años decidió renunciar a toda vida mundana para dedicarse a la oración y meditación, lejos de las tentaciones de la ciudad. Se puso entonces bajo la guía de un anciano anacoreta del desierto de Nitria quien, a lo largo de diez años, lo ejercitó en la obediencia y la renuncia de sí mismo.

Una voz del pasado que resuena hoy

El santo aprendió así a obedecer, sin quejarse, con humildad, aun cuando muchas de las órdenes que recibía parecían irracionales. En la antigüedad solían repetirse historias aleccionadoras en torno a él, muchas de ellas muy llamativas como desconcertantes: se dice, por ejemplo, que cultivaba un huerto lleno de árboles muertos o varas de madera.

El carácter ejemplar de esas historias está centrado en su paciencia y actitud de obediencia -dos virtudes que hoy apreciamos muy poco y no entendemos correctamente-. Cualquiera que fuera la tarea que se le imponía, San Juan de Egipto respondía con constancia y firmeza. Al morir su maestro, Juan se retiró a la cumbre de una escarpada colina, donde construyó su celda. Allí permaneció hasta el final de sus días, viviendo casi en total aislamiento. Solo recibía a algunas personas para darles consejo o asistencia espiritual.

Una vida hecha conversación incesante con Dios

Se dice que logró permanecer en oración durante todas las horas de la vigilia. La tradición subraya especialmente ese aspecto, porque constituye una excelente inspiración para todo cristiano que desea hacer de su tiempo algo hecho siempre de cara a Dios, una auténtica ofrenda de amor.

Por otro lado, Juan inspiró a muchos otros monjes y místicos posteriores. Se alimentó solo de frutos secos y vegetales por casi 50 años; además, habitó tres celdas que él mismo construyó: una para dormir, otra con solo una ventana para atender a los visitantes ocasionales y otra para rezar.

San Juan de Egipto falleció a los 90 años. Cuando hallaron su cuerpo, este estaba rígido, en posición de oración. Hoy se le considera como el ‘Padre de todos los ascetas’.

¿Sabías que no toda forma de ascetismo conduce a Dios? ¿Quieres saber más sobre los anacoretas o eremitas? Te sugerimos que leas estos artículos de la Enciclopedia Católica:
https://ec.aciprensa.com/wiki/Anacoretas
https://ec.aciprensa.com/wiki/Ascetismo

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